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Un amor en pie de guerra (Primer Premio)

Lalli, Paula Evangelina

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº60

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº60

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2013 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2013

Año X, Vol. 60, Junio 2014, Buenos Aires, Argentina | 124 páginas

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Introducción

“La vida es una milonga y hay que saberla bailar”, decía la nona con convicción mientras regalaba una sonrisa. A Paula, su nieta, desde pequeña le gustó esa frase y aunque los gustos cambian con el correr del tiempo, aún siente mucho agrado por ella. Claro que sólo a medida que pasaron los años pudo entender lo que ella quería decirle. Esta es la historia de Sabia Di Vito, una mujer de sangre italiana que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. Un relato que a pesar del dolor huele a fresias. Dicen que las huellas de la guerra son imborrables, que su sombra proyecta eternamente imágenes en las mentes de quienes la vivieron. A pesar de los recuerdos oscuros y plomizos, Sabina intentó sobreponerse y lo logró. Las miradas pueden hundirse en la oscuridad o abrirse al mismísimo cielo pidiendo fuerzas para continuar. Ella eligió seguir de pie y vivir para amar hasta el cansancio. El relato se conforma de seis capítulos. En cada uno de ellos habita un sendero particular de la vida de Sabina. Al leerlos se podrá ser testigo del nacimiento de un gran amor. Lo que sigue a continuación es el resultado de un trabajo de investigación que recopila el aporte de familiares allegados a ella.  

I. La vida en guerra

En julio de 1943, tropas británicas y estadounidenses desembarcaron en Sicilia, Italia. Con tal sólo nueve años, Sabia comenzó a sentir el sabor a guerra. Los hombres de su pueblo se despedían de sus mujeres y sus hijos para abrirse camino a las armas, al horror. Incluso Alberico, el padre de la pequeña, tuvo que abandonarlos a ella, su hermano menor y su madre, en ese entonces embarazada de su tercer hijo. En ese momento, la gente de Casalbordino, obligadamente, tuvo que alojar a los soldados en su casa por más pequeña que fuera. Sabia compartía su día a día con ellos y a pesar de su corta edad intentaba aprender palabras sueltas en inglés.

Es que aquellos extraños forasteros tenían cosas nunca vistas por los pueblerinos y tal vez, hasta inalcanzables. Es así que los niños les pedían chocolates y carne enlatada a los soldados, quienes cada tanto les regalaban alguna golosina o alimento.

El miedo asechaba en las almas de la gente. Por las noches, las luces del pueblo dormían por completo para que este no fuera bombardeado, pero no así las mujeres, quienes se dirigían en busca de provisiones para su familia en la oscuridad. Sabina (como la llamaba su madre) iba grabando en su recuerdo las imágenes y sonidos del dolor que llevaría por siempre adonde fuese. Asustada, cada tanto corría a acurrucarse debajo de la mesa cuando sus oídos advertían el próximo bombardeo. Tan chiquita, sentía que así tal vez podría protegerse de la muerte. Y cada tanto, le parecía que temblaba el suelo pero lo que temblaba era ella. Sus brazos, sus piernas, cada hueso. Durante el día, a pesar de la tristeza e incertidumbre, todos tenían que trabajar en el campo para sobrevivir. La pequeña se dirigía a las campañas junto a su madre Beatriz, su hermano y algunos vecinos para cosechar tabaco. Ella tuvo que dejar el colegio en el momento en que su cuerpo de niña comenzó a desarrollarse para convertirse en el de una mujer. Beatriz no le permitió seguir estudiando para evitar el contacto con sus compañeros varones. Entonces la vida era el campo y la cocina, la guerra y la ausencia de su padre. También algún juego o pelea con su hermano Pepe durante la jornada laboral o la cena, pero los momentos duros volvían a aparecer una y otra vez. Tal vez Sabina era demasiado pequeña como para advertir y comprender todo lo que estaba sucediendo, o quizás era esa pequeñez la que, en realidad, engrandecía su percepción a través de los sentidos. Lo cierto es que la violencia que envolvía el ambiente generaba aires que dificultaban la respiración. Lo peor no había sucedido aún hasta que en 1944 Sabina recibe la desgarradora noticia de que su padre había muerto prisionero en la guerra. La carta de puño y letra del compañero de Alberico lo decía claramente. El filo de las palabras manuscritas cortaba la piel más que el viento helado del peor invierno. Jamás volvería a verlo. Ni siquiera una tumba para llorar. Nada. La imagen de su regreso se hizo añicos. Su padre se había ido con los ojos llenos de historia y el cuerpo vacío de tiempo. Sería joven eternamente. Muchas habían sido las muertes, pero ésta sin duda la más cruel para Sabina hasta ese momento.  

II. Un amor después del horror

Difícil de imaginar volver a creer, mirar con luz la vida y vivirla con alegría. En Casalbordino había corrido sangre que la tierra aún no terminaba de absorber. Todo, absolutamente todo estaba abatido, incluso las almas. En Sabina la guerra puso su marca de fuego dejando huellas imborrables. Con el traje oscuro de muerte arrasó con fuerza en el pueblo y alrededores, con la misma inescrupulosa fuerza con la que se llevó a su querido padre. Es sabido que lo temporario se prolonga y que lo exterior se hace carne, se infiltra en el interior. Así, la guerra, aún finalizada, acompañaría imperecederamente a la gente, también a Sabina. Pero a ella no pudo llevarle su ser, ni arrancarle el corazón. El tiempo pasó y Sabina de a poco fue secando sus lágrimas. Sobrevivió al espanto y creció. Con sus resplandecientes 18 años se instauró el amor en su interior, de manera reparadora y revitalizante. Todo comenzó un verano, en un baile del pueblo. Sus salidas no eran muchas. Apenas iba a la iglesia y, tal vez, a la casa de una vecina. Ese día conoció a Alberto, en ese lugar miró por primera vez sus ojos, lo hizo hasta agotarlos. Por primera vez escuchó su voz. Fue un flechazo de fulgor directo al alma. Sin embargo, tiempos tormentosos vendrían. Beatriz no aceptaba los sentimientos de su hija. Sabina y Alberto no podían estar juntos porque La Gran América la esperaba. Pero ellos se amaban y juraron estar unidos hasta la eternidad. Con todas sus energías batallaron y decidieron unirse en matrimonio. Sabina enfrentó a su madre y aseguró que no se iría de Italia sin antes casarse. Fueron unos instantes heroicos, creyó triunfar. Ahora sí nada ni nadie podría separarlos. Pasó de la alegría al llanto cuando su madre la abofeteó ante tal decisión. Lumbre y un incendio de ardor recorrió su mejilla. Ira, tristeza, incertidumbre, impotencia. Un universo de sentimientos encontrados en un mismo instante, todos en las entrañas de Sabina.

Pepe intentó defenderla, que la deje casarse, que si lo amaba tenía que estar con él. Pero fue en vano, Beatriz siempre tenía la última palabra. La dureza de los prejuicios y costumbres de entonces hizo su labor ¿Cómo iban a vivir bajo el mismo techo si en breve se separarían para siempre? El golpe no fue suficiente para truncar el amor, ese que permanecía continuamente latiendo, recorriendo las vértebras de ambos. Si bien ante su madre Sabina era débil, fue desafiante y fuerte su lucha por esta causa. Y un día los jóvenes por fin sintieron acariciar el cielo con sus propias manos en su boda. Los labios de Sabina resplandecían no sólo por el maquillaje, sino por la sonrisa que se dibujaba por completo en su rostro. Los ojos de ambos se iluminaban en cada mirada. Ella lucía una pollera hasta las rodillas y una chaqueta impecable que dejaba ver los pliegues de la camisa blanca abotonada hasta el cuello. A Sabina siempre le gustó vestir de manera elegante. Un bello ramo de flores reposaba en sus temblorosas manos, aquellas que no podían ocultar la ansiedad y el nerviosismo. La piel del Alberto reflejaba la juventud misma y la alegría de quien logra alcanzar un sueño. Vaya a saber qué estrella del cielo distrajo a Beatriz para que su temperamento quedara reducido e inmovilizado y dejara a su hija casarse con él. 

  III. Pueden arrancarte el corazón

La gran cantidad de combates y el elevado nivel tecnológico aplicado a las armas había hecho de esta guerra el conflicto más destructivo de la historia. El desastre se introdujo en la vida de los combatientes y de todos aquellos que estaban en zonas de frentes de combate. La humanidad quedó abatida, traumatizada. En sus ojos quedaron grabadas infinidad de muertes. En las mentes, los recuerdos de las privaciones, bombardeos y exterminaciones. Luego de la guerra, Italia lamentaba sus víctimas. Uno de cada cinco en la población había dejado su vida en ese desastre. La pérdida de bienes y destrucción de recursos materiales también era una desgracia para quienes habían sobrevivido y luchaban por seguir adelante. La subalimentación y la exposición a enfermedades aumentaban por las malas y tristes condiciones en las que se vivía en esos tiempos. La destrucción había arrasado los pueblos, ciudades y campos, en tanto que las instalaciones industriales también habían sufrido daños y perdido una gran porción de la capacidad productiva. La depresión posguerra empujaba a Sabina a otro lugar. Ella y su familia emprenderían un largo camino. Un largo viaje en barco los esperaba, un nuevo continente, un nuevo hogar. La madre de Sabina buscaba una salida y pensó que no sería Italia donde la encontraría. Beatriz la arrancó de su Casalbordino natal, de la mismísima médula de su adorado Alberto. Para esta época la joven ya contaba con un hombre en su familia que cumplía el rol de su padre. A pesar de no haber dejado de amar a Alberico, Beatriz se puso en pareja con Nicola sólo para dar una familia a sus hijos, poder sobrevivir a la miseria y criarlos. Su amor por Alberico fue uno de esos que quedan ciegos, sordos, mudos, muertos pero vivos a la vez. El hombre de la casa fue el primero en llegar a América. Se instaló en Argentina con la intención de conseguir un trabajo, un lugar donde vivir y mandar a llamar a su familia (prácticamente adoptada). Un gran hombre Nicola. Mientras tanto, Sabina, su madre y hermanos en su pueblo natal preparaban todo para la partida. La tristeza era insoportable, grisácea. Alberto tenía que cumplir el servicio militar y debía quedarse en Italia. Intentó hallar la solución, luchó para no separarse de su amor, pero parecía luchar contra una majestuosa corriente. Nada ni nadie podía impedirlo y su separación era inminente. La pobre Sabina no tuvo más remedio que partir. Conte Grande, un enorme barco, un gentío sobre él. Sabina entre esa multitud. Allí abajo, en el puerto, Alberto agitando su pañuelo jurando ir a buscarla.   

IV. El amor como un puente

21 días fueron los que Sabina estuvo arriba del barco. La mayor parte del tiempo se dedicó a dormir porque viajar por agua le causaba náuseas. Una escala en Dakar y el horror de ver gente desnuda, tapada literalmente sólo con hojas. Todo era nuevo y extraño, todo la sorprendía. Luego Argentina estiró sus brazos para acogerla y ella finalmente se instaló, muy lejos de su amor. Nada fue fácil, no sabía una sola palabra en castellano. Hizo lo que pudo cada vez que necesitó comprar algo o comunicarse con alguien. Pero lo más difícil sin duda era estar lejos de Alberto. Y los días pasaban y la espera era insoportable. Horas, minutos, segundos sin poder mirar sus ojos o escuchar su voz. Cualquier fracción de tiempo era una eternidad sin saber qué era de la vida de su marido. Por suerte hay promesas que se cumplen en esta tierra y la de Alberto fue una de ellas. Él no estaba dispuesto a permitir que su matrimonio se extinguiese, no iba a seguir sometido a las garras del servicio militar que lo separaban de su mujer. Tal vez sintió miedo, pero no lo derrocó. Decidió escapar. Tomó valor y se dirigió al nuevo continente en busca de Sabina. Alberto se convirtió en un prófugo y no podría volver por mucho tiempo a su tierra natal, no antes de que prescriba su delito. El amor todopoderoso es capaz de unir continentes en su nombre. Es así que Sabina y Alberto pudieron al fin volverse a mirar a los ojos. Y si bien los tiempos fueron arduos, la vida les dio la oportunidad de formar su propia familia. Uno, dos, tres hijos. El primero fue un varón, mujeres las que siguieron. Y las cosas se acomodaban por momentos, por otros se desacomodaban, pero seguían, como se dice, en pie de guerra.   

V. Se escapa la vida

Sobreponerse a las pérdidas quizá no signifique estar preparados para afrontarlas nuevamente. Sabina aprendió a vivir sin su padre y sin su tierra natal, sus raíces. Sin embargo, no estaba lista ni siquiera para imaginarse una despedida más. Las palabras del médico fueron claras. Por más que el Dr. Pilla intentó ser delicado y cuidadoso, sus expresiones permanecieron duras en los oídos de Sabina y como una daga se clavaron en su pecho. Alberto estaba enfermo y si bien su mujer ya tenía edad suficiente para comprender, no lo lograba. Tal vez no quería entenderlo. Idas y vueltas, lugares impensados. Sabina y su familia se amarraban a cualquier minúscula esperanza que por allí apareciera. Por eso lo llevaban a donde fuese que le dijeran. Lo que sea con tal de que Alberto se curara. Ante tales situaciones los humanos intentan olvidar los límites de sus acciones, prefieren guardar la razón en un cajón y creer que siempre hay algo más por hacer, que los milagros existen. Sabina y sus hijos intentaron retenerlo en este mundo de manera ciega, loca, inconsciente, pero Alberto seguía perdiendo peso y no tenía fuerzas para alimentarse. Las alucinaciones a causa de las drogas eran cada vez más frecuentes, estiraba los brazos y llamaba a su madre ya fallecida, como si estuviera viéndola allá arriba. Los médicos explicaban que ya no existía tratamiento, que nada podían hacer más que encomendarse a Dios. Ya era hora de aceptar la realidad, quedarse a su lado el tiempo que restante y sólo pedir que no sufra más. Una tarde, con tan sólo 50 años, Alberto se fue de esta tierra llevándose consigo un sinfín de momentos que aún tenía por vivir. Sólo quedarían los recuerdos y los retratos inmortalizando la frescura de su piel. Este adiós no se parecía en nada al vivido en el puerto en Italia. Alberto ya no agitaba su pañuelo jurando ir a buscarla ¿Cómo iba a hacer Sabina para seguir sin esperar su regreso? Este vacío era inaceptable, causaba un dolor que recorría cada rincón de ella, sus huesos, su médula.   

VI. El amor después del amor

El rostro de Sabina no mostraba el horror de la guerra. Por el contrario, su constante sonrisa siempre habló de la sabiduría de quien aprende a sobrellevar las penas y se lanza a vivir. Ella seguía amando la vida. Sus arrugas, como ríos, nutrían su ser de grandes experiencias. Si bien ya tenía 75 años, sus piernas estaban firmes y brillaban como las de aquellas muñecas que uno recuerda de la infancia. Los pies eran pequeños y siempre estaban vestidos de prolijos zapatos de tacón. Le gustaba bailar, y lo hacía cada vez que podía mientras tarareaba una canción. La música la acompañaba en sus horas. Sabina era inquieta y evitaba las siestas mientras podía. Para ese entonces ya tenía seis nietos, tres mujeres y tres varones. Se divertía sobremanera con ellos, reían a carcajadas. A pesar de su optimismo y alegría, jamás dejó de recordar al hombre de su vida; evocaba su nombre constantemente y en el mismo segundo en que lo pronunciaba, sus ojos brillaban. Por las mañanas, por las noches, la presencia de Alberto siempre estaba en la casa, sobre todo en la habitación. Innumerables recuerdos quedaron atrapados en esas paredes que encerraron los últimos momentos de vida de su marido y guardaron también el instante de su muerte. Por eso, un cuadro con la foto del casamiento es lo primero que se veía al entrar al dormitorio de Sabina. El claro intento de perpetuidad de un gran amor envolvía el ambiente por completo.  Llegó un día de mayo que no fue como cualquier otro. La tez de Sabina tenía algo extraño, su cara, sus manos, pero ella no lo notaba. Un color amarillento se esparcía por su piel. Tampoco advirtió que hacía unos días su apetito se había reducido. El pelo de Sabina colmado de pequeños rulos era tan fino que dejaba entrever el cuero cabelludo. Su hijo y su nuera decidieron consultar un médico, algo estaba sucediendo. Con toda cautela buscaron la mejor excusa para que Sabina no temiera. Ella siempre había tenido miedo a las enfermedades, no las llamaba por su nombre, no quería hablar ni escuchar de ellas. Una clínica tras otra, un especialista, después otro y muchos otros más. Las palabras, los resultados de los estudios, parecía que todo tenía una mano tenaz que apretaba el cuello, la mente, el alma. No podía ser, se estaban equivocando. Los seres humanos suelen ocultar la razón en lo más recóndito. Buscar respuestas a incógnitas ya resueltas, escapando de aquellas verdades que los desintegran. Ese fue el primer reflejo de todos los que amaban a Sabina. Indagar hasta el cansancio con la esperanza de refutar la certeza.

Pero todo conducía a la misma situación, una enfermedad crecía dentro de ella y había venido para quedarse. Sabina sospechaba, preguntaba, ¿qué estaba sucediendo exactamente? El cansancio se apoderaba de ella. Al principio lentamente, luego a pasos agigantados. Su piel de a poco se volvió translúcida, dejando ver sus huesos. Su enfermedad se hizo sombra, tal vez mochila. Era oscura, pesaba en su espalda, sus omóplatos, sus costillas. Los días ya no eran los de antes. Ya no se la escuchaba tararear y sus horas transcurrían en una cama. Qué paradoja. Esa cama a la que continuamente escapó por las tardes ahora la abrazaba demasiado fuerte. La lucha fue intensa y extensa, pero Sabina se iba quedando sin energía. Sus pensamientos se enredaban como en un sueño. Por momentos su cabeza se alborotaba y las ideas la confundían. Sus seres queridos aparecían y desaparecían en su mente, tenían otras caras, otros nombres. Todos supieron y saben que quiso vivir, pero cuando el universo estira sus brazos lo hace con tanto vigor que no hay ataduras en esta tierra que puedan hacerle frente. Su corazón ya no logró latir y su boca sólo pudo pronunciar el silencio. Sabina se fue con el viento, la liviandad se apoderó de ella. Quizá voló, quizá flotó. El dolor es de este mundo, no de aquél. Aquí se quedó y Sabina se libró de él. Las luces suelen apagarse en la tierra. El agua, escurrirse entre los dedos. Las flores, marchitarse. Pero allí no existe la noción del tiempo. En aquel lugar hay renacimiento luego del ocaso del cuerpo. Dicen que cuando el amor es ingente un puente indestructible se crea. Es una conexión, un enlace invisible y perdurable. Y el puente jamás se desmoronó. Sabina caminó por él. Del otro lado, Alberto la esperaba para unirse a ella en un abrazo. 

  Conclusiones personales

El amor es el alimento del alma. Puede nutrir el cuerpo como la mismísima sangre, oxigenar cada porción del ser humano. Es capaz de cambiar el rumbo de la vida, de tender sus manos para secar las lágrimas del dolor. El amor da pinceladas de color sobre las fotografías del horror que guarda la mente, creando cuadros maravillosos. La vida tiene encrucijadas, vueltas y caminos encontrados. Al ser humano le toca enfrentarse a situaciones impensadas, muchas de ellas llenas de opacidad. La historia de Sabina es una más entre tantas otras que merodean por las calles de todo el mundo esperando ser narradas. Ella pisó el suelo de la guerra. Sin embargo, los escenarios de angustia y desconsuelo mutan, cambian sus caras. Hoy la guerra puede tener otro nombre, crear situaciones límites en el sendero de cualquier persona y reflejarse en sus miradas y en sus cuerpos. Pero mientras haya vida siempre es posible renacer desde los escombros y volver a construir. Mientras haya amor puro y verdadero en el alma las fuerzas resurgirán. Entonces hay que seguir una y otra vez. Y cuando los ojos se cierren porque el reloj ha marcado la hora de partir con seguridad habrá maravillosos reencuentros. 


Un amor en pie de guerra (Primer Premio) fue publicado de la página 95 a página98 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº60

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