Estudiantes Internacionales Estudiantes Internacionales en la Universidad de Palermo Reuniones informativas MyUP
Universidad de Palermo - Buenos Aires, Argentina

Facultad de Diseño y Comunicación Inscripción Solicitud de información

  1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº60 >
  4. El camino de tu ausencia (Segundo Premio)

El camino de tu ausencia (Segundo Premio)

Cantisani, María Agostina

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº60

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº60

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2013 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2013

Año X, Vol. 60, Junio 2014, Buenos Aires, Argentina | 124 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Dedicatoria

A mi hermano Facundo Emmanuel (10-01-85/18-04-04) por darme tanta felicidad desde que nací enseñándome el inmenso significado de la palabra hermano. Por lo buena persona que fue, por su solidaridad y compañerismo con sus semejantes. Por ser tan especial, un ser de luz, y por ayudarme a transitar el desgarrador dolor de su partida.  

Es tan difícil aceptar que no te volveremos a ver en esta vida; tu estadía entre nosotros fue tan breve. ¡Cuán duro es despedirse y seguir viviendo! Encontramos ánimo en los que visitan nuestro dolor y nos hablan de ti, narrando cosas que no habíamos nunca sabido. Sí, entonces el eco de tu presencia nos renueva y sostiene. C. Smith 

  Prólogo

Facundo se fue un 18 de abril de 2004, junto con el principio del otoño. Las hojas de la enorme plaza que fue cómplice de sus últimos años, empezaban a adquirir ese tinte amarillento que a muchos entristece. Unos años después recibo de las manos de Agostina este material, para que fuese leído y así dar forma a estas páginas que hoy son parte de este testimonio. Supe inmediatamente que se trataba de un tesoro. Los sentimientos de una adolescente que perdió a su hermano, que fluían como a borbotones, inundando página tras página de palabras cuya última intención, a su decir, era la de trasmitir un mensaje esperanzador, un “se puede, a pesar de…”. No fue sencillo dar forma literaria a una tonelada de sentimientos difíciles de describir. El estado de ánimo de esa hermana se dibujaba en cada palabra: hubo días de bronca, otros de no entender esa sensación desoladora y paralizante. Hay individuos que ante el sufrimiento se pierden, otros se redescubren, gente que se abandona a la desesperación, otros que sacan a luz su riqueza interior. Agostina eligió canalizar la angustia que generaba la separación de su hermano escribiendo su experiencia. Eligió compartirla. En síntesis: un verdadero baraje de experiencias y recursos para confrontarse sanamente con las pérdidas y ayudar a aquellos que tienen roto el corazón porque un ser querido navegó hacia la otra orilla. Carlos A. Martin. Octubre 2013   

En pocas palabras

La pérdida de un ser querido nos parte en mil pedazos, nos deja con un dolor tan grande que nadie puede calmar, con una herida tan profunda que no se puede curar. Nos deja perdidos en medio del mar, del inmenso desierto, en el medio de una gigantesca tormenta. Nos sentimos solos, defraudados por el destino, no sabemos a dónde ir, cómo seguir caminando o simplemente para qué seguir ¿Para qué seguir sin esa personita que con sólo una sonrisa nos alegraba la vida? ¿Y ahora? Ya no está. Miles de preguntas pasan por nuestra mente en un instante; todas sin respuesta. Miles de recuerdos aparecen en un segundo, risas, llantos, logros, emociones, encuentros, fiestas familiares, etc. Todo intenta consolarnos una y otra vez, pero nada sirve, nada alcanza para calmarnos. Miles de planes quedan derrumbados, todas las ilusiones desaparecen. Queremos salir corriendo, buscar un culpable o, tal vez, intentamos salir tras la persona que se fue pero nada resulta ser del todo convincente. Las horas, los días, los meses, los años, todo pasa, menos el dolor. Dicen que el tiempo cura todas las heridas, pero no. Hay ciertas heridas que nunca cicatrizan y aunque uno las oculte, siempre siguen estando exactamente igual que el primer día. Son marcas del destino, que siempre están presentes. La vida muchas veces nos juega una mala pasada sin alertarnos, de repente sucede, sin previo aviso. Y así quedamos sufriendo, algunos en silencio y otros mostrando el inmenso dolor que nos envuelve. Pero debemos continuar, sacando fuerza de donde sea debemos seguir, sin olvidar a ese ser que no esta, recordándolo como era, un ser de luz. Finalmente, mi trabajo lo desarrollaré contando cómo se puede seguir, a pesar de todo, con los recuerdos de un ser querido que ha dejado de estar con nosotros físicamente pero que siempre nos compaña. Cómo se puede después de todo, seguir viviendo con nuestras heridas abiertas y ser feliz con todo lo bueno que hemos compartido. 

El final estaba en camino

Facundo Cantisani eligió partir en una lluviosa madrugada de abril de 2004. Era el 18, y el otoño empezaba a madurar. Ya han pasado nueve años desde su partida y aquí estoy, sentada frente a la computadora, intentando, de alguna manera, evadir este caos que se ha instalado en mí desde ese día. Todos los rincones de mi casa se encuentran invadidos por gente que viene a brindarnos sus abrazos, ellos desconocen que la única compañía que necesito ahora es, precisamente, la de él. Me estoy ahogando y dejando todas mis lágrimas en este teclado que tantas veces sus dedos acariciaron, cada palabra brota de mi mente tan rápidamente que no me permite el mínimo descanso: esa intensa necesidad de comunicación y de acercamiento con mi hermano. Mis dedos navegan en el teclado y plasman lo que siento, lo que su sonrisa me marca y sus ojos aprueban. No quiero dejar ningún detalle de esta vida compartida con Facundo, quiero trasmitir todos los momentos felices, muy felices, acompañados siempre de su gran sonrisa y alegría. Tampoco quiero dejar escapar la más mínima peleíta que hayamos tenido con mi hermana y él. Un año antes de su partida, en el 2003, trascurría su primer año de facultad, tiempo en el que cosechó numerosos amigos y compañeros que, a diario, hacían de su departamento un lugar de encuentro constante. Aunque a veces mis padres creían que esa frenética actividad social le quitaría tiempo a sus estudios, durante ese primer año rindió 10 materias de su carrera, la misma que mi padre: abogacía. La gran ciudad no lo intimidó, se manejaba con total soltura. Trascurrió su primer año en Buenos Aires, durante el cual todas las noches a las 10, el reloj marcaba nuestro encuentro diario. Nuestro gran pequeño encuentro familiar. Donde estuviese se conectaba, nada más importante para nosotros que ese contacto: mamá comenzaba con sus preguntas, Anto  empezaba a solicitar consejos a su hermano, yo tramaba qué travesura iba a contarle, y si no la tenía la inventaba. Por último, papá pensaba que ese medio de contacto era algo frío, él prefería escuchar su voz todos los días a través del teléfono, ya que siempre alguna pregunta técnica sobre su carrera aparecía, y esto a Daniel le aumentaba el ego y Facu lo sabía. Creo que algún día, de no haber tenido ninguna duda, igual, algo se le hubiese ocurrido para preguntarle, sabía que lo hacia feliz, con poco ¡Como lo disfrutaba!, tanto como su sonrisa de pequeño o sus berrinches de adolescente. Para mis padres podrá haber millones de personas en el mundo, pero tanto Facundo como nosotras éramos su eje. Para Daniel, Facu era la luz de sus ojos.

El mismo sexo, los mismos deportes, la misma camiseta de fútbol, los mismos pasos en la profesión. Muchas cosas en común, muchos temas compartidos, Boca-River discutidos, proyectos de estudios, e innumerables sacrificios laborales para dejarle a Facu un lugar en su lugar. Acá, allá y en todos lados el nombre de su primogénito salía siempre de sus labios, todos sus amigos y conocidos sabían quién era y qué hacía su hijo. Algunos recuerdos amargos de su infancia y la carencia de muchas cosas en esa etapa de su vida, hicieron que muchas veces hasta malcriara a su hijo varón, tal vez intentando balancear positivamente aquella situación. Todos los logros enumerados de Facundo motivaron a mis padres a que tomaran la decisión de premiarlo. Así fue que en noviembre, concretaron y cambiaron su cuatriciclo por un Jeep. Su alegría fue tan grande que casi no le salían las palabras. Tenía que verlo, tocarlo, probarlo. Estaba feliz, agradecido, y repetía una y otra vez y con una gran sonrisa en su cara que lo caracterizaba siempre, “Gracias viejos, gracias”. Ese fin de semana que pasó en Henderson lo disfrutó a pleno; tenía que regresar a la facultad y continuar con sus finales. Aunque poco tiempo después volvería, en diciembre, y estaría nuevamente con nosotros para quedarse todo el verano. Otra vez los cinco, otra vez la familia, durante tres meses volvió el bullicio a la casa, los amigos que iban y venían, las peleas, risas, y travesuras con mi hermana y conmigo, las charlas largas con papá, las recomendaciones de mamá, los secretitos con Anto y las macanas conmigo. Y así, más rápido de lo que deseábamos llegó marzo de 2004.

El año comenzaba nuevamente para él, y lo hacía con una nueva mudanza. Por suerte, mis papás pudieron cambiarlo de departamento a un sector donde él quería, en Barrio Norte. En Semana Santa volvimos a tener el regalo de vivir a pleno unos días en familia. Otra vez el lugar de encuentro fue Mar del Plata; no nos cansábamos de andar y de compartir cada momento. Hasta se animó a acompañar a mi padre a jugar al golf y soportó como caddie cinco horas después de una noche completamente sin dormir. Pero no podía irse sin darle el gusto a su papá, quien jugó de maravillas como rindiendo un examen frente a su hijo, intentando entusiasmarlo en ese deporte al que poco a poco le iba tomando simpatía. Nunca se había dado antes que pasáramos tantos días seguidos los cinco juntos, pero una fiesta de 15 años fue el pretexto para que viajara al siguiente fin de semana hacia Henderson. No sabíamos que sería su último fin de semana en la tierra, nuestro último encuentro familiar, nuestra última cena, nuestro último baile.   

El día más oscuro de nuestra vida: 18 de abril de 2004

Eran las 21:30 horas del sábado 17 y nos disponíamos a salir para la fiesta. En ese momento, entre otras cosas, mamá le arregló el botón de la camisa a Facu. Estaba hermoso luciendo su primer traje, ese que meses antes le había regalado mi padre. Algo que parecía tener una fuerza indescriptible lo frenó en el momento que abríamos la puerta para salir. Quería una foto, que los cinco juntos posáramos ante la cámara. Y así, con la velocidad que siempre lo caracterizó, preparó la cámara digital sobre el bar, para que nos tomara a todos en el rincón. –Estábamos re lindos, re pintones– repetía una y otra vez. Ya en la fiesta y aunque estaba en diferentes mesas, nuestras miradas se cruzaban constantemente. Las horas pasaban y el corte de la torta se demoraba, por lo que Facundo decidió abandonar la fiesta unos minutos e ir a la confitería bailable, a compartir algunos momentos con sus otros amigos. Y ahí se encontró con que uno de ellos había sufrido una caída del palo enjabonado y en apariencia tenía una fractura en su muñeca. En ese mismo instante, Facu, fiel a sus instintos solidarios, lo cargó en el Jeep, con el propósito de llevarlo al hospital. Cincuenta metros antes de llegar a destino, el vehículo saltó en el badén arrastrándose en el asfalto, lo que produjo la rotura del tanque de nafta. Inmediatamente ardió en llamas, ante la mirada atormentada de su amigo, que fue despedido del vehículo sin sufrir ningún rasguño. Es imposible describir ese dolor, acabábamos de perder a Facundo, el único hijo varón para mis padres, mi único hermano varón para mi hermana y para mí.

En definitiva, perdimos a Facundo en el medio de las llamas, ante la mirada atónita de su amigo, la policía, los bomberos y todos los vecinos que no pudieron hacer nada, siendo mudos testigos de este inenarrable episodio. Cuando pocos minutos después mis padres llegaron al lugar, habiéndose enterado por casualidad del accidente de su hijo, la calle estaba cortada, y nadie se había animado a ir a buscarlos. Entiendo que a todos se les hacía difícil explicarles aquello que nunca hubiesen ni hubiésemos querido escuchar: que su hijo había muerto. Pasaron corriendo hacia el hospital, dejándonos con unos amigos a mi hermana y a mí, sin imaginar que entre los restos del Jeep yacía nuestro bien amado retoño. No podía ser verdad, empezaron los porqué, el hecho de creer que era un acontecimiento de ficción ¿Por qué Facundo? ¿Por qué a nosotros? Y entre tantas preguntas sin respuestas un chaparrón que parecía una burla nos humedecía queriendo ayudar en lo imposible, apagar las llamas. Y ahí surgió otra pregunta: ¿Por qué el agua ahora y no unos minutos antes? Las horas siguientes fueron indescriptibles para todos. Sólo los padres y hermanos que han sufrido semejante pérdida pueden entender la sensación del dolor atroz que se siente, una sensación que ni siquiera hoy puedo describir. Aun pasado años de su partida, todavía nos aferramos a sus cosas materiales y hay muchas madrugadas que nos sorprende el sol, que casi con agresión ingresa por la ventana, encontrándonos acostados en su cama, o sentados frente a su escritorio repleto de fotografías que reflejan cada etapa de su vida, o recorriendo ese placard que hoy nuevamente tiene su ropa ordenada. Será también por eso que Daniel usa sus zapatillas casi sin estrenar, que Antonela luce sus poleras, mi madre usa sus buzos y me veo a mí misma durmiendo con su pijama. Tal vez sean esos los detalles que nos hacen sentir esos abrazos que ya no puede darnos personalmente. A mis padres, este semáforo con luz roja los ha detenido, y les ha partido la vida en dos vaciándolos interiormente. Haciendo que tomen conciencia de ellos mismo intentando aprender a vivir nuevamente desde la base de ese dolor y de ese sufrimiento. A pesar de que ese convencimiento no es fácil, seguimos de pie, aprendiendo a vivir mutilados, pero con una sonrisa en nuestro rostro al recordarlo homenajeándolo.

Tomamos como prioridad alimentar a esa tenue llama que ilumina nuestros corazones y nos permite ver como familia que seguimos bien, de pie, y fingiendo esa sonrisa que a veces tanto cuesta dibujar en nuestro rostro. Aun con el dolor inexplicable que sigo sintiendo, no me queda otra que enderezarme y ser fuerte; muchas veces, cuando tenemos que ser el bastón de la familia no podemos derrumbarnos. Hay que entender que sonriendo y disfrutando de las alegrías y los logros se vive mejor que lamentándonos y sufriendo por lo que ya pasó. Hay cosas que no tienen vuelta atrás, ni el arrepentimiento ni ningún remedio pueden solucionar lo que pasó, pero no hay que estancarse en eso. Lo que nos quita por un lado se nos puede devolver por otro; por eso prefiero guardarte en mi corazón y guardarte en mi mejor recuerdo, eras, sos y serás mi luz, y un amigo, hermano impresionante. Voy a crecer junto a vos, aunque si madurar significa ir perdiendo cosas, no quiero crecer ni madurar nunca. Gracias a esto, hoy me doy cuenta de que hay muchas cosas que dejamos pasar, ignoramos, no nos detenemos, desperdiciamos el momento, quejándonos de lo que tenemos o de lo que nos falta. Y casi nunca damos gracias por el hecho de tener piernas para caminar, manos para acariciar y brazos para abrazar a mis padres y hermanos.   

Conclusiones personales

Antes de empezar con mis explicaciones, este análisis lleva un pequeño tiempo para aceptarlo. Nosotros podemos aceptar una idea, pero será difícil aplicarla. La muerte pone al ser humano en contacto con su propia fragilidad interior. Pero además, superar la muerte de un ser querido es un proceso lento que requiere fuerza de voluntad. En definitiva, la muerte de un ser querido requiere de un proceso de duelo, un proceso que implica un tiempo de adaptación a la ausencia de dicha persona. Gracias a este trabajo, pude auto descargarme y sentirme totalmente satisfecha con todo lo que quería contar sobre la hermosa persona que me acompañó muy poco tiempo a comparación de todo lo que teníamos planeado por el resto de nuestras vidas. Yo no me respaldo mucho en la fe, no soy muy creyente actualmente. Lo era hace muchos años, pero este cambio brutal en mi vida me hizo perder la poca fe que tenia. Pienso que para superar la pérdida de un ser querido, lo que más falta hace es la familia y los amigos, y sobre todo seguir teniendo ganas de vivir, recordar a esa persona todos los días de la vida (es inevitable, en mi caso, no hacerlo), pensar cómo habría actuado en diferentes situaciones, lo que habría disfrutado, etc. La única manera de superar una pérdida es tener la conciencia tranquila y recordarlos siempre. Ésa es mi fe ahora 


El camino de tu ausencia (Segundo Premio) fue publicado de la página 122 a página124 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº60

ver detalle e índice del libro