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Una luz al final del túnel

Lambertini, María Paula

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº62

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº62

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación r nProyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura r nComunicación Oral y Escrita r nPrimer Cuatrimestre 2014 r nProyectos Ganadores r nComunicación Oral y Escrita r nPrimer Cuatrimestre 2014

Año XI, Vol. 62, Septiembre 2014, Buenos Aires, Argentina | 144 páginas

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Síntesis del trabajo

A lo largo de su vida, Rosa María Bergallo, fue transmitiendo a sus descendientes su historia de vida, a través del relato de su propio testimonio. Cada uno posee en su imaginación una verdad tal vez fragmentada de la vida de Rosa. Entre las anécdotas, la gran admiración a su padre es constante y ello, de algún modo, marcó su andar. La fotocopia de un diario viejo, donde el Dr. Ubaldo Bergallo, quien fuera su padre, era homenajeado por ser el Primer Vocal de la Cámara del Trabajo, hizo de esas historias, un dejo claro de realidad al verlo reflejado en un recorte periodístico. Rosa, más conocida como Yoyi, se autogestionó en una época en donde la mujer dependía del hombre. Desde muy chica heredó el espíritu de su madre, quien luchó por los oficios de la mujer y debió salir adelante tras la muerte de su esposo. Hoy, mi abuela, a quien tiene por protagonista esta narración, padece de Alzheimer. Dicha enfermedad fue el disparador que me llevó a escribir para poder condensar algo de todo aquello que nos contó y también de lo que no nos contó, pero que formaron su identidad. Esta historia es una pequeña construcción de su pasado, una necesidad o urgencia íntima, para que no se pierda ese relato que se empieza a confundir en la telaraña de su amnesia.

Aportes y descubrimientos

Considero que este trabajo además de un aporte valioso a mi conocimiento, marcó un antes y un después en mi vida. Por un lado, debido a que el proceso de investigación se basó no sólo en la historia de mi abuela sino también en el contexto socio-político, fue el doble de valioso. No podría haber recreado su persona sin el marco espacial y temporal en el que estuvo inmersa, ni tampoco podría haber comprendido o dimensionado el valor de sus pasos, sin concebir la época a la que perteneció. Revelo aquí una serie de hallazgos, desconocidos por muchos de la familia. De Ubaldo, mi bisabuelo, descubro que redactó la Constitución de 1921 (Santa Fe), que fue primer vocal de la Cámara de Trabajo, e hizo grandes aportes por los derechos del trabajador. Por su parte, de Clotilde, mi bisabuela, que fue Directora de la primera escuela de oficios de Bell Ville donde dejó un importantísimo legado de sabiduría, comportamiento y de lucha a muchas mujeres que hoy son abuelas. Por otro lado, y en relación a mi abuela, este trabajo permitió introducirme en su enfermedad, comprender qué siente un enfermo de Alzheimer y dimensionar que si bien no podremos detener la confusión y la desorientación, sí lograremos disminuir el malestar y la frustración que sienten a causa de ello. Más allá de la falta de reconocimiento o recuerdos, el apoyo, la protección y el afecto de su cuidador y familia pueden alivianar, contrarrestar y generar sentimientos de alegría plena, aunque no sepan el por qué. Es por esto que tomé este trabajo como una forma de acercarme a ella, de cuidarla y devolverle algo de todo lo que hizo por nosotros con este pequeño fragmento escrito de su identidad, y por qué no, sacarle una sonrisa.

Introducción

El Alzheimer entró sigiloso en la vida de Rosa María Bergallo. Esta historia quiere ser su guía cuando marche a recuperar sus recuerdos a un sitio mejor. Es un testimonio de su pasado, para que no lo olvide.

Desarrollo

-I

La siguiente historia comienza en las primeras décadas del siglo XIX cuando Ubaldo Bergallo Andrade, un joven abogado oriundo de Coronda, Provincia de Corrientes, decidió marcharse de sus tierras en busca de mejores aires y de sueños por cumplir. Como dice Gabriel G. Márquez “viajar es volverse mundano, es conocer otra gente, es volver a empezar.” Así fue como Ubaldo, siendo Juez de Paz Letrado y con el texto de su autoría bajo el brazo “El proceso constitucional de Santa Fe: (constitución de 1921)”, llegó a la ciudad cordobesa de Bell Ville. En aquel tiempo, Argentina atravesaba un período político conocido como la Década Infame: crisis económica, el primer golpe de Estado y los fraudes electorales, sin embargo, no frenaron al doctor Bergallo Andrade en su convicción por aportar a una sociedad que estaba privada de ejercer sus derechos con libertad. De este modo, paralelo a su empeño como magistrado, empezó a dar clases en la Escuela Normal José Figueroa Alcorta, donde conoció a una elegante maestra de grado, Clotilde Cacciavillani, más conocida como Coca.

Testigos de la época sospechan que lo que cautivó a Ubaldo fue la manera en que esta señorita se ponía sus guantes antes de retirarse de la escuela. Empero, fue de su espíritu luchador y trabajador, algo poco común encontrar en una mujer de aquellos años, lo que lo enamoró.

En julio de 1936 el diario local en la sección “Hogar y Patria” anunció la boda de Ubaldo y Coca, quienes habían decidido compartir su vida juntos, como un acontecimiento de vastas proyecciones debido a la respetabilidad que generaron ambos por su accionar en la comunidad. Su desempeño escolar y trayectoria, llevaron a Coca con el tiempo a convertirse en una de las más destacadas directoras que tuvo la Escuela Robertino Moyano de Sastre, primera escuela de oficios para la mujer de Bell Ville. Mientras tanto, el Dr. Bergallo, protagonizó la primera Cámara de Trabajo de aquella ciudad, destacado hoy como un importante capítulo de la historia jurídica de nuestro país y de la provincia, ejerciendo el rol de Primer Vocal. Sin renunciar a su accionar profesional, Coca y Ubaldo se instalaron en la casa de Avenida España 76, donde se propusieron concretar su mayor anhelo: formar una familia. En aquel tiempo, cuando los pañales aún eran de tela, vivieron la llegada de sus tres hijos: los primeros, Celina y Ricardito, a quien apodaron como Caíto y la última, pero no menos esperada, Rosa María.

-II

La precedida Década Infame y del desarrollo de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), ejercen una decisiva influencia en la política argentina: se desencadena el segundo golpe de Estado militar, la Revolución del 43, y hacia 1946, la asunción del primer gobierno constitucional electo de Juan Domingo Perón. Dentro de este panorama nacional, Rosita o Yoyita, como le salía pronunciar a su hermano, se asomó al mundo el 30 de agosto de 1943, y pasó a ser popularmente nombrada como Yoyi. En los inicios de su infancia, pasó la mayoría de sus horas en el Parque Tau junto a su padre Ubaldo, quien le enseñaba los secretos del río y los misterios que encierra el cielo: los cambios de luna, el movimiento de las nubes y cómo el viento influye en estas. Así es que de papá heredó la sangre correntina, la fortaleza de su espíritu y aprendió a amar la naturaleza, donde descubrió su verdadera libertad. Por otra parte, en la década del 50, la mujer debía cumplir un rol impuesto socialmente, el de esposa y madre ideal. Si bien el 23 de septiembre de 1947 fue promulgada la Ley del Voto Femenino, la que se puso en práctica en las elecciones del 11 de noviembre de 1951, el papel de la mujer aún estaba relegado al ámbito doméstico. Por estas razones, una de las asignaturas dictadas por Coca en la escuela correspondía a las normas y conductas femeninas que, a su vez, se encargó de transmitir a sus hijas. Sin embargo, los buenos modales y el quehacer del hogar, no fueron las únicas lecciones que recibió Yoyi de su madre, mujer cálida y serena pero de firmes convicciones; además, la instruyó en la pedagogía y a desenvolverse en la vida de forma independiente. Aunque todo parecía ser de color rosa, se sucedieron algunos tiempos difíciles en la familia Bergallo. Cuando Yoyi tenía tan sólo 13 años, su padre, luego de neumonías frecuentes, falleció de cáncer pulmonar y, en simultáneo, su hermano Caito, se enfermó de meningitis, cuyas secuelas graves le impidieron desarrollarse como una persona normal, declarándose con los años, insano. Tales acontecimientos hicieron del sueldo de Coca insuficiente para que Yoyi pudiera continuar sus estudios, pese a esto, el Colegio Nuestra Señora del Huerto la acogió como alumna en retribución al trabajo previo de su madre; y exigió a cambio, una rigurosa disciplina y un excelente desempeño académico. La pollera color azul y la blusa blanca, las charlas en el recreo y la diaria visita a la capilla junto a su pasión por el deporte: tirarse de la barranca, nadar en el río y los partidos de tenis en el Club Bell, acompañaron a Yoyi en su largo recorrido de la secundaria. Pero además, la inquebrantable ayuda a su madre, el firme respaldo y cuidado a su hermano y el afán por mantener presente el recuerdo de su padre van a ser las constantes de esta niña, futura adolescente y mujer.

-III

Corría diciembre del 58, época de ilusiones, fantasías y sueños. Tiempos de dudas, debilidades y temor. La adolescencia se expresaba tímidamente: un encuentro especial y definitivo, él tenía 19, ella había cumplido los 15. Egar Ramón Lambertini había terminado el secundario en la Escuela Comercial de Bell Ville. Su fiesta de egresado debía ser muy especial, ya que hizo correr la voz entre sus amistades de que esa noche una mujercita, de la que se sentía muy atraído, debía asistir al gran baile. El eco de ese deseo tocó los oídos de aquella dama, quien se preparó, lució el mejor de sus vestidos y llegó a la fiesta acompañada por sus amigas, sus confidentes y cómplices. Entre la multitud del lugar, Yoyi lo observaba con disimulo y de pronto, sin más rodeo, Egar decidió acercarse e invitarla a bailar. Bailaron. Sonrieron. Y en ese ir y venir al ritmo de la música, él le susurró al oído una frase en otro idioma -primero en inglés, luego en francés-: “yo te amaré siempre, con todo mi corazón”. Así dio comienzo la historia, una gran historia de amor y compañerismo. Egar repartía su tiempo entre el trabajo en la fábrica Mainero y las visitas a Yoyi en su casa. Los encuentros fueron cada vez más frecuentes: un paseo, la misa de los domingos, alguna flor. A poco de egresar del colegio, Yoyi comenzó a dar clases en varias escuelas de Bell Ville y de la zona. Transitó por la escuelita Virgen Niña, la N° 33, la N° 192, la José María Paz, la Neuquén. Luego, el Colegio Nuestra Señora del Huerto, la escuela Robertino Moyano de Sastre, la escuela Normal Superior José Figueroa Alcorta, entre otras. Semejante sacrificio a tan temprana edad, le permitió no sólo terminar el secundario, sino que además, pudo emprender y costearse la carrera de Psicopedagogía en la ciudad vecina de Villa María. Sus ansias de progresar, guiada de una gran vocación, la indujeron a viajar todos los días a tomar clases, para luego regresar a trabajar y sostener a su familia. Mientras tanto, ya con 21 años y un noviazgo que se afianzaba cada vez más, Yoyi aceptó emocionada la propuesta de Egar de comprometer su amor ante familiares y allegados. Fue entonces que el 22 de abril de 1965, celebraron una fies ta donde fueron bendecidos sus anillos y, en un cruce chispeante de miradas anunciaron la boda para el mes siguiente.

Poldy Bird relató en uno de sus libros: “Porque la vida misma es una sucesión de luces intermitentes, como parpadeos”.

Así fue como Edgar Francisco, Marcelo Ramón, Pablo Oscar, María Elizabeth del Huerto y María Silvina, condujeron a Yoyi a su primera profesión: la de ser madre. La casa de Ameghino se pobló y, año tras año, fue acunando sueños, sollozos, juegos y travesuras. Por aquel tiempo, eran pocas las mujeres que podían continuar sus estudios y la mayoría de las que lo hicieron, desistieron de llevar una vida laboral cuando se casaron. Sin embargo, éste no fue el caso de Rosa. Aunque su esposo, quien formó parte de la segunda generación dentro de la empresa familiar Mainero, la que “empezó a desempeñar un rol fundamental en la tecnificación del campo argentino y en la humanización del trabajo rural” (ADMIRA, 2011), fuese el pilar indispensable en la economía de la casa; Yoyi, leal a sus precursores y ajena al común denominador de las mujeres, se recibió y persistió trabajando sin cesar. Durante casi 40 años se dedicó a orientar a sus alumnos, de distintas partes del país, a que encuentren su vocación. Paralelamente, demostró sus dotes de creatividad, visión y buen gusto en la sedería Piubella y, como si esto fuera poco, formó parte del Club de Leones, organización de servicio que tiene como objetivo satisfacer las necesidades de la comunidad tanto a nivel local como global, donde asumió en 1987, junto con Egar, el cargo de Gobernador bajo el lema “Compromiso es la valentía de no ser indiferente”. Los años difíciles nuevamente iban a llegar. Primero, la muerte de su madre, Coca, quien sufría de Alzheimer; y luego, la partida de cada hijo a la gran Ciudad de Córdoba donde iniciarían su vida como estudiantes universitarios. Y en aquella casa volvieron a ser dos. Yoyi estuvo siempre allí, en todos los grandes acontecimientos de la vida de cada hijo. Motivándolos a que sigan adelante, dándoles ideas para su futuro y sobretodo, corriendo ante la llegada de sus once nietos.

-IV

Pareciera que las palabras de Jorge Luis Borges retumbaran constantemente en la vida de Yoyi: “Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y que con cada adiós uno aprende”. Desde su infancia Yoyi atesora heridas y cicatrices, éstas hicieron que ante cada infortunio no sólo se vuelva a levantar, sino que además, sostenga su andar con más fuerza. Una mujer visionaria, de alma apasionada, que descubrió que cada lección que tiene la vida, es más reconfortante y valiosa si la transmite, si la comparte, y por qué no, si se la entrega a otro. Hoy, el Alzheimer golpeó a su puerta y más allá de las propias características de la enfermedad, y vaya a saber desde qué lugar y tiempo, es increíble como lo esencial de su persona sigue intacta: sólo salen de su boca palabras de aliento para aquél que lo necesite o frases como: qué linda que estás, qué bueno que sos, justo estaba pensando en vos, qué lindo que me llamaste, gracias.

Conclusión

“Lo que ocurre en el pasado vuelve a ser vivido en la memoria”. (John Dewey)

Toda persona que padece de Alzheimer entra, poco a poco, a un mundo de sombras, sin recuerdos, a una nebulosa que le priva la dignidad de saberse persona. Cada uno es testigo de su propio pasado, inmerso en un espacio y tiempo determinado. Tanto la oralidad como la memoria, constituyen la historia de cada familia, la cual se va transmitiendo de generación en generación.

Cuando me enfrenté con la mirada perdida de mi abuela, supe que aquella tradición oral debía registrarse por escrito, no sólo para atesorarlo, sino para ayudarla a no olvidar, para que encuentre una luz al final del túnel. De ahí el título, y la intención de este relato.


Una luz al final del túnel fue publicado de la página 59 a página61 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº62

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