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Viaje de desencuentro

Fieg Bugarini, Julieta

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº62

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº62

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación r nProyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura r nComunicación Oral y Escrita r nPrimer Cuatrimestre 2014 r nProyectos Ganadores r nComunicación Oral y Escrita r nPrimer Cuatrimestre 2014

Año XI, Vol. 62, Septiembre 2014, Buenos Aires, Argentina | 144 páginas

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Dedicatoria: A mis padres y hermana, por apoyarme en todas mis decisiones y estar siempre cuando los necesito. A mi abuelo Manucho Fieg por inspirar este relato y en especial a mi papá Raúl, que con sus recuerdos e historias me ayudó a crear esta narración.

Agradecimientos: A mi familia.

Prólogo: Esta narración se enfoca en la unión de la familia, y como uno siempre resuelve las situaciones que se le cruzan en su camino para ser feliz y lograr estar con sus seres más queridos.

Capítulo I. 11 de Abril

Corría el año 1976 y en una esquina de la calle 11 de Abril al 96, de la ciudad de Bahía Blanca, llamaba la atención una gran casa blanca de dos pisos con grandes ventanales y persianas azules. Allí vivía un viajante de comercio que era muy conocido en la ciudad por sus simpatía, generosidad y también por sus divertidas anécdotas. No sólo era conocido en su ciudad, sino que a cada lugar al que viajaba, debido a su trabajo, forjaba grandes amistades y era muy querido por sus amigos. Osvaldo Rodolfo Manuel, o mejor conocido como Manucho, era un hombre alto y fornido, con un bigote poblado y medio canoso debido a sus 48 años. Se dedicaba al comercio de acumuladores de autos pertenecientes a Baterías Sermat, una empresa familiar de la ciudad que había sido fundada en el año 1961 y en la que trabajaba hacía ya 8 años. Su trabajo consistía en viajar a ciudades para comercializar los acumuladores, entre sus destinos se encontraban ciudades del sur de la provincia de Buenos Aires, La Pampa, Río Negro, Neuquén y algunas ciudades de Chubut. Cada ciudad y lugar al que viajaba se convertía en un sitio muy especial para él ya que conocía personas que se volvían muy importante en su vida. Por ejemplo, en Guatraché el dueño del hotel ya no le cobraba por todos los años que llevaba hospedándose ahí y por la amistad que habían entablado. En Comodoro Rivadavia dormía siempre en la casa de un cliente, quien se convirtió en un gran amigo de la familia. Recorría las rutas en su Peugeot 504 color bordó, y por largos días este vehículo se convertía en una especie de hogar, ya que pasaba horas y horas conduciendo hasta sus destinos e incluso, en algunas ocasiones, dormía siestas en él. Los viajes podían resultar largos y pesados, pero Manucho se deleitaba con los hermosos paisajes que la naturaleza le ofrecía, se convertían en cuadros de obras de arte que él apreciaba a través de los cristales de su auto, mientras los colores cálidos del atardecer teñían el paisaje de un tono anaranjado. Los viajes que realizaba nunca duraban más de dos semanas y a Manucho le resultaba muy duro estar separado de su familia por tan largos periodos. Por eso llamaba todas las noches a su hogar; estuviera donde estuviera, nunca faltaba su llamado, que era muy esperado por su familia en Bahía Blanca. Su mujer, Nelly, era una señora de 42 años, menuda y delgada que se dedicaba a dar clases de piano desde su casa. Sus hija mayor, Lea, estaba estudiando en la Universidad y Aníbal, su hijo más chico todavía estaba en el colegio. Raúl, su hijo del medio era el más rebelde, logrando que su madre estuviera siempre preocupada por saber dónde podría estar.

Capítulo II. Nuevo camino

Una fría mañana de Julio, Manucho se despertó a las siete en punto como hacía cada día, se duchó, se vistió y tomo el café con leche que le preparaba Nelly todas las mañanas. Luego se dirigió hasta la empresa Sermat para asistir a una reunión de trabajo. El señor Roberto Sermat, uno de los directores de la empresa, había citado a Manucho para tratar algunos temas laborales. Después de unas horas de charla, Manucho y Roberto habían acordado una nueva zona para comercializar los productos de la empresa. Este trayecto implicaba casi una semana más de viaje, pero era una gran oportunidad, ya que le habían ofrecido duplicarle el sueldo si conseguía nuevos cliente en el viaje. ¿Se convertiría ésta en la oportunidad más importante de su vida? Cuando llegó a su casa, ubicada en la calle 11 de Abril al 96, le comentó a Nelly sobre el nuevo proyecto. Después de unos segundos de silencio, ella le respondió diciendo que no le simpatizaba la idea. Consideraba que era peligroso realizar un viaje en esa época del año, en rutas y caminos desconocidos para él. También le preocupaba la situación que se vivía en el país y los continuos controles que se realizaban en las rutas. Estas nuevas inspecciones que habían impuesto los militares obligaban a los viajantes comerciales a registrarse antes ellos. Aunque le costó trabajo, Manucho logró convencer a Nelly de que la mejor opción era que realizara el viaje. Sin embargo, Manucho, jamás imaginaría los hechos que estaban a punto de sucederle.

Capítulo III. Los primeros días

Después de un mes llegó la hora de partir para volver a la rutina. Manucho se despidió de su familia para comenzar su trayecto hacia Río Gallegos, en la provincia de Santa Cruz. Le dio un beso y un abrazo a Nelly y le prometió, como siempre, que llamaría todas las noches. Luego abrazó a sus tres hijos, quienes le desearon suerte en este nuevo camino. Y así fue como Manucho se subió a su auto y emprendió la nueva aventura. Otra vez la sensación de soledad recorría su cuerpo, extrañaba a su familia, pero disfrutaba de los momentos que pasaba consigo mismo, escuchando la música que reproducía en su auto, desde la casetera salían melodías de canciones de Sandro, Serrat o de los Beatles. Recordaba el día en que sus hijos le habían regalado el cassette de los Beatles en su cumpleaños número 48. -¿Ya habían pasado cinco meses? Se preguntó Manucho. Paseando entre sus pensamientos, el largo viaje parecía acortarse un poco más. Después de largas horas de conducir en su Peugeot decidió parar en una estación de servicio para recargar el tanque del auto, ya que la aguja del tablero le indicaba que le quedaba poco combustible, también aprovecharía para tomar un café y descansar un rato. Allí mantuvo una conversación con un hombre que, al igual que Manucho, estaba realizando un viaje de comercio. El hombre le comentó que durante el trayecto de su recorrido había sido demorado por oficiales que le habían pedido su documentación y luego registrado su auto, esto puso un poco nervioso a Manucho ya que él siempre viajaba con el revólver que había heredado de su abuelo y pensó que podría traerle inconvenientes si era registrado. Luego de tomar un café y comer un tostado, Manucho se dirigió a su auto y guardó su revólver en un compartimiento del auto, donde creyó que pasaría desapercibido escondido entre el paño que utilizaba cuando se empañaba el vidrio del auto. Así transcurrieron los primeros días del viaje, tranquilos como siempre, y aparentemente sin ningún problema a la vista.

Capítulo IV. Disturbios

La noche del tercer día de viaje, al igual que las anteriores, Manucho llamó a su casa para comunicarse con su familia, les contó que el viaje había ido muy bien, sin ningún imprevisto. Ya había pasado por distintos pueblos donde tenía viejos clientes y mañana emprendería su camino rumbo a Chubut. Esa noche la pasaría en el hotel de Guatraché, propiedad de su viejo amigo de la infancia, Mario. Luego se despidió de su familia y fue hacia la recepción del hotel para encontrarse con él. Pasaron unas horas charlando, recordaron viejos tiempos, cuando ambos vivían en Guatraché, hablaron de lo bien que la pasaban jugando en el campo de Luis, el abuelo de Manucho y de cómo ese campo terminó convirtiéndose en el pequeño pueblo de Unanue. A la mañana siguiente, Manucho retomó su viaje después de haber desayunado y haberse despedido de Mario. Mientras viajaba por la ruta disfrutando de su música y los paisajes observó por su espejo retrovisor que un coche lo estaba siguiendo y le hacía señas de luces desesperadamente. Cuando reconoció que era un Falcon verde no lo pensó dos veces y pisó el acelerador, pero lamentablemente el auto que lo seguía hizo lo mismo. Analizó rápidamente la situación en su cabeza, y mientras su mente le decía que parara, su querido Peugeot le gritaba que la única manera de salir ileso de esa situación era pisando el acelerador. Pero antes de que pudiera decidirse, el Falcon lo adelantó y se colocó delante de su auto, impidiéndole seguir avanzando. Dos militares bajaron del coche y Manucho reconoció que estaba en problemas. Mientras se dirigían hasta donde él estaba los observó. Uno de ellos era rubio, alto y robusto y parecía estar de muy mal humor; el otro militar, era más joven, un poco más bajo y de cabello castaño, seguía al primero y aparentaba no tener mucha experiencia. - ¿Usted es consciente de lo que acaba de hacer? - Le dijo el primer oficial. -¿Pensaba que iba a escaparse de nosotros? Bájese ya mismo del vehículo y muestre su documentación. -Discúlpeme oficial, no había reparado en que estaban pidiendo que me detuviera - dijo Manucho, intentando calmar un poco la tensión. -Basta de excusas, cállese y salga del coche. Manucho salió rápidamente del auto con sus documentos en la mano esperando que no se generaran más problemas. Mientras uno examinaba sus documentos, el militar más experimentado inspeccionaba el vehículo. Al no encontrar nada que comprometiera a Manucho estaban dispuestos a dejarlo marchar, pero de repente el oficial más joven habló por primera vez. -Oficial, creo que le faltó mirar ahí. Manucho vio que señalaba el compartimiento donde había escondido hacía un par de días su revólver y su corazón se aceleró por el pánico que sentía. Al ver lo que se ocultaba entre el paño, los militares no lo dudaron y se abalanzaron sobre él violentamente, exigiéndole una respuesta por la posesión de aquel arma. Manucho quiso explicarles, pero ninguno de los dos militares se interesó en prestarle atención, así que le secuestraron el auto y lo llevaron hasta la comisaría de un pueblo cercano que Manucho no conocía.

Capítulo V. Noche interminable

Una vez en la comisaría y después de largas horas encerrado en una celda, Manucho logró llamar la atención de los militares diciendo que era primo de Rubén Paccagnini, quien era jefe de la base Aeronaval Almirante Zar en la ciudad de Trelew. Los militares le dijeron que a la mañana siguiente llamarían a la base para comunicarse con él, ya que eran las dos de la madrugada y no iban a molestarlo por algo tan insignificante. Manucho no pudo pegar ojo en toda la noche. Estaba preocupado, pero su inquietud no se debía a lo que podría pasarle a él, lo que lo mantenía desvelado era su familia. No le habían permitido comunicarse con nadie y sabía que su mujer estaría impaciente por no recibir noticias suyas ya que la última vez que habían hablado fue cuando partió de Guatraché. Las horas pasaban lentas como la caída de una pluma y Manucho no paraba de pensar cómo lograría resolver el problema en el que se había metido. No podía creer lo que le estaba sucediendo y cómo había sido capaz de arriesgarse tanto llevando su arma. Era irónico pensar que el objeto que consideraba que lo mantenía seguro lo había arrastrado a esta situación. La única esperanza de salvarse era mediante el llamado que se realizaría al día siguiente. Esperando que las horas pasen, Manucho logró quedarse dormido en la fría celda de barras oxidadas.

Capítulo VI. La agonía

Un baldazo de agua fría lo despertó de repente, ya era de día y los débiles rayos del sol entraban por las barras de la ventana de la pequeña celda en la que se encontraba. Los guardias le dijeron que se habían comunicado con el Capitán Paccagnini y que él mismo había corroborado que era su primo y que debía ser dejado en libertad de inmediato. De todas maneras, el militar rubio que lo había detenido la noche anterior no estaba muy conforme con esa decisión, y, mientras le devolvía el revólver, le prometió a Manucho que las cosas no quedarían así. Que él mismo haría justicia por haber roto las reglas del propio presidente Videla, ya que ningún civil debería portar armas. Manucho tomó su Smith & Wesson calibre 32 y salió lo más rápido que pudo en dirección a su Peugeot, que para su fortuna estaba estacionado en la puerta de la comisaría, aparentemente alguien lo había trasladado de la ruta hasta allí. Luego de varias horas de viaje, sólo quería llegar a algún pueblo conocido para llamar a su familia y pasar la noche. Sentía una gran adrenalina por los recientes acontecimientos y no podía dejar de mirar por el espejo retrovisor, ya que las palabras de aquel militar habían quedado rondando en su cabeza y sentía que la amenaza explotaría súbitamente como una granada. Cuando llegó a General Roca, después de haber manejado durante seis horas sin descanso, se dirigió al hotel de un conocido y llamó a su familia para contarles la situación que había vivido hacía unas horas. Su mujer, Nelly, le dijo que era una locura lo que había hecho, que tenía que dejar de llevar ese revólver a todos lados, la situación no estaba como para arriesgarse así; y tener conocidos que pudieran salvarlo de ciertas situaciones no le garantizaban nada. Luego de una larga discusión, Manucho se despidió de su familia. Esa noche no pudo dormir tranquilo, se despertaba sobresaltado debido a pesadillas relacionadas con lo que había vivido y la amenaza que no dejaba de preocuparlo. Pasaron los días y Manucho continuó su viaje, sólo le faltaba recorrer algunos pueblos y ciudades, y cuando llegara a Río Gallegos emprendería la vuelta a casa. No podía dejar de pensar en lo que Nelly le había dicho, sabía que su revolver era motivo de problemas ya que Videla había dictado un decreto en el que prohibía la portación de armas. Pero él ya estaba demasiado acostumbrado a su Smith & Wesson, y le tenía un gran aprecio debido a que pertenecía a su abuelo, Luis Fieg, quien le había regalado el revólver. Su abuelo fue una persona muy importante para Manucho y se sentía muy orgulloso de que le haya obsequiado un arma de su preciada colección. Continuó su viaje meditando si llevaría o no su revólver en su próximo trayecto y miles de preguntas le surgían pero sabía que había una sola respuesta. El miércoles 11 de agosto, después de nueve largos días de viaje, Manucho llegó por fin a su destino: Río Gallegos. Allí realizo las visitas que tenía que hacer, y para su felicidad logró que tres nuevos clientes se sumaran a la compra de los acumuladores que vendía Sermat. Esa noche festejó tomándose unas cervezas con el cantinero que conoció en el hotel donde se hospedaría hasta el día siguiente, el que supuso, se convertiría un destino fijo para sus futuros viajes a la ciudad. Llamó a su familia alrededor de las 10 de la noche para contarles las buenas noticias. Su familia estaba muy contenta y Nelly le pidió que no se metiera en más problemas. Manucho se despidió diciendo que en tres días llegaría a Bahía Blanca y podrían festejar todos juntos.

Capítulo VII. Incertidumbre

La mañana del Sábado 14 de Agosto Nelly seguía sentada en una silla del comedor. No había dormido en toda la noche y estaba rezando su rosario por enésima vez. Hacía tres días que la familia no tenía noticias de Manucho. Nelly estaba desesperada, toda su familia estaba en la búsqueda de su marido pero no lograban encontrar ningún indicio que pudiera localizarlo. Pasaron los últimos tres días llamando a todos los pueblos donde había estado hospedado, pero nadie conocía su actual paradero. Nelly presentía que esta repentina desaparición tenía que ver con la discusión que había tenido con aquel militar, no dejaba de pensar que podía haber sido secuestrado y que su futuro pendía de un hilo. Se comunicaron con todas las comisarías de Bahía Blanca y el resto de ciudades por las que estuvo, incluso llamaron a la Secretaría de Inteligencia de Estado para comunicarse con un viejo conocido, para que rastrearan el paradero de Manucho. Pero no había forma de saber dónde se encontraba, habían perdido el rastro después de Río Gallegos, el último dato que conocían era el que les había dado el cantinero del hotel, pero sólo les dijo que la mañana del jueves 12 de agosto, él había emprendido su viaje para volver a casa. Nelly continuaba rezando su rosario en silencio, las lágrimas corrían por sus mejillas, Raúl colgó el teléfono, y miró a su madre para decirle que la policía de Río Gallegos no tenía novedades. De pronto alguien llamó a la puerta, Lea volvió al comedor con un papel arrugado. Con manos temblorosas se lo dio a su madre, ya que no se atrevió a abrirlo. Era un telegrama procedente de Gobernador Gregores. Cuando Nelly desplegó el papel, esperando la peor de las noticias, logró leer, a través de sus ojos llorosos: Todo bien. Imposible comunicarme. Los llamo cuando pueda. Nelly se quedó en silencio observando el papel que tenía en su mano, pasaron varios segundos y no emitía palabra, entonces Raúl lo tomó y leyó en voz alta lo que decía. Los tres hijos empezaron a celebrar abrazándose entre ellos. Pero Nelly los interrumpió diciéndoles: -Chicos, esto no quiere decir nada, en el mensaje no puso besos y él siempre es cariñoso conmigo. Me parece muy extraño ¿y si está secuestrado y lo obligaron a escribir el mensaje? Estoy segura que esto tiene algo que ver con el militar que lo amenazó-.

Sus tres hijos se burlaron de ella, estaban acostumbrados a que su madre exagerara las cosas y siempre estuviera preocupada, pero en algún punto tenía razón. La nota no era demasiado específica y podía haber sido enviada por cualquier persona. Decidieron enviar un telegrama a Gobernador Gregores dirigido a Manucho. Raúl retomó sus llamadas a las comisarías, esta vez a la de Gobernador Gregores, pero no obtuvo respuesta, el teléfono no daba tono, por lo tanto no había conexión. Probó llamando a los hoteles pero tampoco logró comunicarse. Parecía que fuera un pueblo fantasma.

Capítulo VIII. Respuestas

La familia estaba desesperada, ya había pasado otro día y seguían sin nuevas noticias. Raúl y Lea propusieron viajar al sur del país con su tío Omar, para dirigirse a ese pueblo tan misterioso y lograr contactar con el gerente del correo donde estaba el telégrafo del que había salido el mensaje. Fue así que armaron un pequeño equipaje y decidieron que a la mañana siguiente, bien temprano, partirían hacia Guatraché, y así continuarían siguiendo sus pasos hasta encontrarlo. Esa noche de domingo, en una hora poco adecuada para una visita, sonó el timbre de la casa. Raúl abrió la puerta y Rubén, un amigo cercano de la familia, estaba parado en el umbral de la puerta. Le dijo que traía información muy importante, Raúl lo invitó a pasar a la casa y se sentaron en el living. Llamó a su madre y a su hermana para que todos escucharan las noticias que traía. Rubén comenzó a hablar, no encontraba las palabras para expresarse, pero finalmente pudo ordenar sus ideas y le contó a Nelly y sus dos hijos mayores las noticias que tenía. Un contacto del Sur, que también conocía a Manucho, lo había llamado esa noche para contarle que en un diario local de la zona había sido publicada una noticia muy trágica. Al parecer un hombre que viajaba por la ruta, había sido asaltado y asesinado con su propio revólver por dos hombres que querían robarle el auto. La familia de Manucho no creía lo que escuchaba, estaban devastados por el relato que acababan de oír. El hombre de la noticia podría ser Manucho pero no lo sabían con total seguridad. Nelly, sentía que le habían arrancado el corazón del cuerpo, le dolía en el alma, en el cuerpo, en cada parte de su ser sólo la idea de pensar que su marido estuviera muerto. Después de una larga y triste noche, Lea y Raúl decidieron no cancelar el viaje y dirigirse hacia el pueblo donde había sido detenido Manucho para poder hablar con la comisaría de allí. Pero cuando se dirigían hacia la puerta para emprender el viaje, el teléfono sonó.

Capítulo IX. Inesperado

Nelly levantó el teléfono y cuando escuchó la voz que le decía hola, cayó al suelo desmayada inmediatamente. Sus hijos corrieron a ayudarla y Lea tomó el teléfono para ver quien contestaba del otro lado. Una voz masculina sonó a través del aparato: - “¿Qué pasó? ¿¿Nelly estás bien??”. Lea, atónita le preguntó quién era y la voz del otro lado del teléfono le contestó: - Soy yo Lea, Manucho. Inmediatamente le pidió que le explicara que estaba sucediendo porque no entendía nada de lo que acababa de pasar. Hablaron por unos largos minutos y Lea colgó el teléfono llena de felicidad. Le explicó a la familia todo lo que Manucho le acaba de contar. Después de haber pasado la noche en el hotel de Río Gallegos, Manucho se había despertado muy temprano para volver a Bahía Blanca, luego de manejar durante varios kilómetros decidió detenerse en Gobernador Gregores para pasar la noche allí, pero a la mañana siguiente, cuando se disponía a retomar su viaje le informaron que el temporal de nieve había bloqueado las salidas del pueblo y estaban incomunicados, ya que los teléfonos no tenían conexión. El único medio que encontró para comunicarse fue un viejo telégrafo que había en el correo del pueblo y del que envió el mensaje. Cuando logró salir del pueblo, llegó hasta Comodoro Rivadavia y desde allí pudo realizar la llamada. Otra vez la familia se quedó sorprendida por lo que escuchaba y Nelly logró relajarse al saber que su marido estaba sano y salvo y que por fin volvería a su casa. Inmediatamente comenzaron a llamar a todas las personas que habían ayudado en la búsqueda de Manucho para contar las buenas noticias que habían recibido.

Epílogo

Finalmente, dos días después de haber recibido la llamada tan esperada de Manucho, llegó a Bahía Blanca y pudo reencontrarse con su familia. Todos los familiares y amigos de Manucho lo esperaban en su casa con una fiesta sorpresa de bienvenida que había organizado Nelly para recibirlo. Después de un tiempo, retomó sus viajes, esta vez dejando el revólver en su casa, lo cual fue muy sensato, ya que varias veces volvió a cruzarse en los controles militares con aquel oficial que lo había amenazado y éste nunca pudo realizar ninguna sanción contra él. Aunque los hechos sucedidos fueron muy duros para la familia, al cabo de unos años sólo se convirtieron en una anécdota más de Manucho para contar en sus viajes y reuniones.

Conclusión

Para la realización de este relato hice una pequeña investigación sobre mi abuelo y a través de esto pude conocer más acerca de mi familia y sus orígenes, a la vez descubrí anécdotas e historias familiares que no había escuchado antes.


Viaje de desencuentro fue publicado de la página 106 a página109 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº62

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