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Historia de Miguel

Candelarezi, Bárbara

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº62

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº62

ISSN: 1668-5229

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Año XI, Vol. 62, Septiembre 2014, Buenos Aires, Argentina | 144 páginas

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Como tantos españoles a comienzos del siglo XX, la familia Meléndez partió de Cuevas de Almanzora, en busca de la tierra prometida. Las condiciones que había dejado la guerra en ese país eran duras, en especial para una familia numerosa; el hambre y el desánimo afectaron gravemente a los lugareños, para los que las pérdidas habían sido ya demasiadas: tanto las materiales como las otras –las más dolorosas– a las que, como si la lucha armada no hubiese sido suficiente, se sumó la gripe española, causando aún más víctimas. Así tomaron la difícil decisión, y un día, Don Miguel compró cinco pasajes de transatlántico para su mujer Teresa, y sus hijos, Sebastián, Encarnación y Teresita. Sin embargo, en el barco viajaron seis, Miguelito lo hizo como polizón en el vientre de su madre. Fue engendrado en Almería y nació del otro lado del charco, en la provincia de Salta, lugar donde los Meléndez eligieron establecerse. El noroeste argentino los recibió con calidez a ellos, como a tantos otros inmigrantes que llegaron buscando un nuevo comienzo, y aunque el paisaje era muy distinto al que estaban acostumbrados –habían cambiado el mar mediterráneo por cerros verdes y tupidos– pronto se sintieron como en casa, esperanzados. Poblaron una casa linda y luminosa que consiguió Don Miguel en el barrio árabe donde, a pesar de tener distintos orígenes, la empatía generaba un clima de armonía y solidaridad. Fue allí, en esa morada de la calle Mitre, donde se cumplieron los nueve meses, más tantísimos kilómetros, y una tarde de Diciembre de 1922, nació Tati: el primer argentino de esa familia de andaluces. Teresa se ocupaba de la casa y los niños, que pronto fueron cinco con la llegada de Francisco, mientras que Don Miguel pasaba largas horas en una fábrica de corcho y hielo donde había conseguido empleo. Así pasaron algunos años, y los Meléndez por fin llevaban la vida que habían soñado cuando emprendieron aquel viaje en barco, las oportunidades que anhelaron habían aparecido, y después de tanto esfuerzo habían logrado consolidar un nuevo hogar; pero un penoso día de 1926, el padre de la familia –por tanto entrar y salir de la cámara frigorífica en su trabajo– contrajo una neumonía que al poco tiempo le costó la vida. Su mujer aún vestía negro cuando decidió transformar parte de la vivienda en una verdulería, ante la imperiosa necesidad de mantener a sus hijos y al mismo tiempo acompañarlos. Cada mañana, salía con el cantar del gallo a comprar mercadería en el mercado San Miguel para su negocio, siempre acompañada por su hijo Miguelito quien, a pesar de estar entre los más pequeños de la familia, era a su vez el más colaborador. Tati era un niño delgado, de grandes ojos marrones que miraban todo con curiosidad. Alegre y travieso, prefería callejear a estar en la escuela, sobre todo cuando lo hacían quedarse después de hora a copiar cien veces una palabra que había escrito mal, castigo ante el cual optaba por escapar por la ventana mientras la maestra estaba distraída. Aventurero él, gustaba de conversar con todo el mundo, preguntando y escuchando atentamente cada respuesta que recibía. Lo lúdico no quedaba afuera de sus andanzas: con una rama y un poco de tanza improvisaba una caña de pescar, y así –con la desfachatez propia de la infancia– se inmiscuía en una competencia de pesca de mojarritas y, jugando, la ganaba; o armaba con mucho empeño una pelota de trapo bien resistente para jugar al fútbol con sus amigos. Era también muy compañero de sus hermanos, con los que además de divertirse, tenía una actitud protectora, más allá de ser tan niño como ellos.

Tal vez por eso, y a pesar de que su madre no quería que sus hijos trabajasen, él buscaba oportunidades para juntar unas monedas y aportar en su hogar de alguna forma. Entonces, al ver que se jugaba un partido de fútbol en una cancha cercana, Miguelito buscaba naranjas en la verdulería de su casa, las metía en una canasta y se dirigía veloz a vendérselas a los espectadores, sin calcular el riesgo que representaba pararse atrás de un arco, hasta que un pelotazo hizo volar las frutas por el aire, y con estas, el temple de ese chiquito que llorando juntó la mercadería desparramada, con la ayuda de buenos samaritanos que se compadecieron de sus lágrimas. Sin embargo, esto no lo derrotaba y al llegar pascuas, tomaba otra vez la canasta –esta vez con huevos– y se disponía en una zona transitada a ofrecerlos vehementemente. No se daba por vencido.

Una mañana como tantas otras, Tati se aventuró al mercado San Miguel: un enorme galpón que ocupaba una manzana, con techos altos y grandes puertas que daban sobre dos calles principales, por las que transitaban los cocheros y el tranvía, que acercaban a la gente a este gran centro comercial en el que se mezclaban distintas nacionalidades y clases sociales. Recorriendo sus calles internas, perfumadas de especias, se veían todo tipo de alimentos: frutas y verduras, quesos de vaca y cabra, leche, y cortes de carne para todos los gustos; también se conseguían comidas preparadas: regionales, como los tamales, las humitas y las típicas empanadas, como así también importadas, tantas opciones como etnias habían inmigrado a esa acogedora provincia. Por esos pasillos deambulaba Miguelito cuando se detuvo a observar la labor de una empanadera que empezaba a acomodar su puesto. Era una mujer con la piel curtida, con rasgos de esos que no dejan saber su edad, pero denotan el paso de los años, y manos veloces que demostraban experiencia en su oficio. Tenía una olla de hierro veterana, que colocó sobre un fuego que había encendido con leños, donde calentaba el aceite. Luego –ante la interesada mirada de Tati– comenzó a preparar todos los ingredientes del recado: con un cuchillo que afilaba a cada rato, cortó la carne que luego sancochó y mezcló con cebollas picadas que había sofrito en grasa de pella. Lo condimentó con ají molido y pimentón; por otro lado armó una mezcla de cebolla de verdeo, papa y huevo duro, todo cortado muy pequeñito con mucha dedicación. Con el relleno preparado, se dispuso a estirar la masa, a la que luego cortó en círculos con un molde improvisado. Después de todo ese trabajo, había llegado por fin la hora del armado: la señora colocó un disco de masa en su mano levemente cóncava, y con extraordinaria precisión, agregó una cucharada colmada de la preparación de carne, otra más liviana de la otra mezcla; cerró un poco la mano sosteniendo todo en su sitio, y con el pulgar e índice de la otra, hizo un recorrido en el que selló el borde de la empanada, yendo desde el extremo más cercano a ella hacia el otro, y cuando volvió –en sentido contrario– realizó un repulgue impecable. Al ver el asombro del niño ante sus habilidades, le ofreció enseñarle a simbar, y descubrió en él un aprendiz muy capaz, que al cabo de un rato nomás, ya realizaba repulgues dignos de un experto. Así trabajó Tati toda la mañana ayudando a la señora y practicando su nueva gracia, y hacia el final de la jornada –con todas las empanadas vendidas– recibió una moneda en compensación por su labor. Orgulloso partió hacia al almacén del turco Ará, local donde la madre lo mandaba normalmente a hacer los mandados, y con las cinco guitas que había ganado, compró galletitas: de esas que el almacenero guardaba en una lata y ofrecía de yapa a sus clientes. Tesoro en mano corrió hasta su casa donde lo esperaba Teresita, su hermana preferida. Juntos movieron unas cajas con las que improvisaron dos bancos y una mesita, y galletas mediante, jugaron a las visitas.

Conclusión

Tati tiene hoy noventa y dos abriles, y recomienda –aún ante semejante número– que los cumpleaños hay que festejarlos siempre, porque la vida se celebra aunque aparezcan piedras en el camino: todo es posible. Ese chiquito alegre, de personalidad resiliente, sigue presente en su espíritu generoso, en su buen humor y su cariño. Esa es la actitud que tomó ante la vida, y es con esa actitud que se brindó a su familia: con su madre y hermanos a principios del siglo XX, luego con su mujer e hijas, y hoy, en este nuevo milenio con sus nietos y bisnietos. Es por eso que lo queremos tanto y le agradecemos todo lo que nos dio.


Historia de Miguel fue publicado de la página 120 a página121 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº62

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