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La ética de la argumentación

García Sastre, Martín [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXII

ISSN: 1668-1673

XVII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2009.

Año X, Vol. 12, Agosto 2009, Buenos Aires, Argentina. | 203 páginas

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Lo que otorga vigor y fuerza a los argumentos es algo más que su estructura y su orden. Sólo se puede entender plenamente su status y fuerza si se sitúa los argumentos en sus contextos originales y se ve cómo contribuyen a la empresa más general en la que se inscriben.

Roberto Marafioti 

El recorrido exitoso de los alumnos por los claustros universitarios requiere, entre otras competencias, de un manejo solvente del tipo textual argumentativo. Las circunstancias en las que un alumno universitario deberá medir sus capacidades argumentativas son múltiples: pueden requerirla tanto para dar los motivos de una ausencia a clase como para fundamentar un tema de investigación. 

Este nivel de importancia que tiene para el alumno es correlativo al nivel de dificultad con el que se topa el docente a la hora de trabajar esta competencia en el aula, ya que a pesar de las múltiples propuestas pedagógicas existentes, siempre que trabajamos con lenguaje no estamos exclusivamente trabajando con una forma, con una estructura, sino que nos topamos con los problemas propios de la lógica de pensamiento y de los fundamentos ideológicos que sustentan los argumentos. 

En un plano ideal o autoritario este aparente conflicto podría resolverse a partir de la coincidencia espontánea o de la anulación de la diferencia fomentada desde la postura hegemónica del profesor. Pero si aspiramos a que el valor de verdad o validez que los argumentos puedan tener, se sustente en elementos racionales que vayan más allá de la autoridad, es indispensable la reflexión acerca de los procedimientos que generan un pensamiento autónomo. 

Habitualmente, en las aulas, los docentes encontramos textos argumentativos producidos por los alumnos que responden en un alto grado a las características formales solicitadas. Fácilmente, el alumno puede reproducir la estructura clásica de marco, introducción, hipótesis, cuerpo de la argumentación y conclusión. También de un modo relativamente sencillo, los alumnos pueden incorporar ciertos recursos o estrategias argumentativas tales como la concesión, la cita de autoridad, la ironía o la ejemplificación. Si argumentar fuera exclusivamente manejar estas estructuras y estrategias, nuestra tarea estaría cumplida y de un modo satisfactorio. Sin embargo, dos grandes problemas aparecen rotundamente cuando intentamos corregir aquellos textos argumentativos que a primera vista cumplieron con la consigna propuesta: el primero de ellos consiste en razonamientos que a pesar de su aparente solidez interna, no contemplan la refutación latente que podría dar por tierra con todo el edificio argumentativo contado por el alumno. El segundo, pero no menos importante, consiste en la dificultad de evaluar aquellos argumentos que provienen del discurso oficial y son difundidos ampliamente por los medios masivos de comunicación, que gozan de cierto consenso y prestigio, pero que entrañan en sus fundamentos ideológicos, perspectivas que defienden ideas opuestas a las que los alumnos parecen adherir o a las que la ética nos lleva a rechazar. Una reflexión se impone cuando intentamos analizar el primero de los conflictos: argumentar implica defender ideas en marcos de pensamiento polémicos y en toda polémica, el valor de validez del argumento propio debe ser medido en función de la capacidad del argumento ajeno por desmontar aquello que sostenemos. La eficacia de los argumentos propios, debe medirse tanto a partir de la lógica interna de funcionamiento como desde la posibilidad externa de refutación. Si debatimos sobre la pena de muerte y sostenemos como hipótesis que debe ser aplicada en los casos de asesinato y damos como argumento a favor de esa hipótesis que el respeto a la vida ajena es el valor más importante que debe tener nuestra sociedad, rápidamente podemos observar una contradicción en los propios términos de la argumentación ya que se coloca un valor superior por encima de cualquier otro y es ese mismo valor el que anula la posibilidad de aplicar la pena de muerte. La refutación del argumento propio, en este caso, está latente en el mismo argumento. 

El segundo de los problemas enunciados anteriormente es el que entraña mayores dificultades ya que tropieza con las ideas preconcebidas de los alumnos, los discursos socialmente hegemónicos y estereotipados y nos instala en un nivel ético de la docencia ¿Cómo corregir un texto argumentativo correctamente formulado que defiende una hipótesis éticamente reprobable? ¿Cómo cuestionar la ideología de base de un alumno sin abusar del rol asimétrico en el que toda relación docentealumno se basa? ¿Cómo desmontar ideas éticamente reprobables, pero que cuentan con gran apoyo mediático y cierto prestigio (justamente por ese apoyo)? 

Enseñar las características de los textos argumentativos presenta como límite una idea que parece muy tentadora: “todo puede argumentarse y todo puede defenderse”. Mostrar los límites de esa idea es la tarea más compleja a la que como docentes nos enfrentamos. El hecho de que en los textos se defienda la desigualdad, la exclusión, la represión o los abusos, a pesar de la lógica y la coherencia textual con la que pueda hacerse requiere de una intervención por parte del docente. 

Obviamente, el hecho de que estos argumentos reprobables sean respaldados en ciertos lugares comunes y estereotipos hace que la tarea sea mucho más ardua. Según Barthes: “el estereotipo tiene fuerza de aserción: es el poder de afirmar una opinión como si fuera una verdad”2 . Así como los estereotipos, los lugares comunes, los refranes, las frases hechas se asientan en el terreno de lo universalmente aceptado, que toma el estatus de verdad por el consenso de la comunidad. La verdad no es lo verificable sino lo creído, lo reiterado y aceptado. El análisis de la estructura argumentativa de los estereotipos permite ver que las argumentaciones reaccionarias se apoyan en garantías constituidas por lugares comunes que buscan generar consenso a partir de la apelación a un discurso común, compartido y por eso indiscutible. Los lugares comunes tienen un papel preponderante en el desarrollo argumentativo: permiten que la argumentación avance proveyendo leyes generales (garantías) que funcionan como justificación de los datos pero que al tener la forma de dichos populares, proverbios, verdades extendidas socialmente, etc. salen del terreno de lo verificable e impiden a los alumnos analizar críticamente sus propios enunciados.

Notas 

1 Marafioti, Roberto (2003) “El modelo argumentativo de Stephen Toulmin” Cap. V en Los patrones de la argumentación: la argumentación en los clásicos y en el siglo XX. Buenos Aires: Biblos. 

2 Barthes, Roland (1975) Roland Barthes par Roland Barthes. París: Du Seuil.

Vocabulario relacionado al artículo:

aula . discurso .

La ética de la argumentación fue publicado de la página 48 a página49 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXII

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