Estudiantes Internacionales Estudiantes Internacionales en la Universidad de Palermo Reuniones informativas MyUP
Universidad de Palermo - Buenos Aires, Argentina

Facultad de Diseño y Comunicación Inscripción Solicitud de información

  1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº67 >
  4. Una melodía en el ADN (Primer premio)

Una melodía en el ADN (Primer premio)

Ferrari Antonio, Antonella

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº67

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº67

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Proyectos Ganadores

Año XII, Vol. 67, Julio 2015, Buenos Aires, Argentina | 178 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

El inicio

Cuenta la vieja historia narrada de generación en generación que allá, por el año 1932 en Junín, Buenos Aires, una costurera sencilla, amable y charlatana que vivía en una humilde casa de familia en el pueblo conoció, no por casualidad, a un grupo de personas, las cuales pertenecían a una fraternidad, su propia hermandad, un tanto particulares para la época. En sí, eran los artistas o mejor dicho para el momento, trabajadores del Circo Panter.

Ramona Herminia Franco cosía desde pequeña en el campo, era su oficio por excelencia y tenía dentro de su hogar un pequeño espacio donde guardaba, cual si fuera oro, todo aquello que le servía para esta tarea. En la vecindad la reconocían por tener buenos ojos e increíbles manos para el bordado y el arreglo de cualquier prenda que hubiera sufrido un desperfecto.

Además de esta pasión que tenía, debía cumplir con las obligaciones de todo lo que comprende ser un ama de casa con nueve hijos y un marido. Una tarea un poco ardua. Ramona no se quejaba de la vida que, según ella, Dios le había concedido y planeado particularmente, pero sospechaba que Él tenía un aprecio especial hacia su persona porque aunque le fue asignada una morada hecha en pedazos en medio de prácticamente la nada, rodeada de lotes baldíos vacíos, cada vez que las hojas terminaban de caer de los árboles y todos los pimpollos buscaban nacer y explotar en color, esos terrenos sucios, oscuros e inertes también cobraban vida y para mayor alegría, traían inolvidables momentos.

Durante años al llegar la primavera, los circos que venían de todas partes, especialmente desde la capital procurando brindar un show jamás visto con trajes y atuendos desorbitantes, animales salvajes, payasos de locura, equilibristas suicidas, bailarinas de muerte y un millón de extravagancias más, encontraban tierra firme frente a la puerta de Doña Ramona.

Para ella, su familia y todos los habitantes, éste era un acontecimiento digno de ver y magnífico para salir de paseo.

El encargo

Pasaron varias temporadas, muchísimas carpas, un casamiento y más de cuatro cumpleaños, hasta que Ramona decidió colocar un cartel fuera de casa escrito por un conocido ricachón quien sí sabía leer y escribir, en donde anunciaba “arreglos para prendas especiales”.

Poco a poco y sin darse cuenta, su vida pasó de contar días a contar estaciones y esperar pese a los acontecimientos del cotidiano, que aquellas tribus vinieran. En septiembre de 1932, hace su aparición el famoso circo Panter el cual tenía como mayor objeto de atracción serpientes enroscadas al cuerpo de una bella dama y dagas arrojadas a un enano, por un personaje con los ojos vendados.

Esto no era lo que llamaba la atención de Ramona como para asistir a cada función a ver el espectáculo con algunos de sus hijos, los cuales debían turnarse ya que el dinero no era lo que más abundaba en aquellos tiempos, sino las increíbles y excéntricas pilchas de cada uno de los miembros, en especial las prendas femeninas y más que eso, la actuación y puesta en escena de cada una de ellas.

Fue entonces cuando galas antes de la última, un señor de gran porte, actitud grosera y poco amigable le pregunta a una de sus hijas, Haydee, la mayor de cinco mujeres, si sabía dónde habría alguien que pudiera arreglar unas mallas, pantalones, tirantes y unas que otras cosas más. La niña, entre temblando por el miedo y la vergüenza de estar hablando con un desconocido estrafalario, le informa que su madre podría ayudarle.

Cruzaron la calle de barro húmedo y llamaron justo a la puerta donde se encontraba el cartel que indicaba dichos servicios.

Ramona acude a su encuentro, toma el pedido y perpleja por semejante fortuna pone manos a la obra, había que acabar esa misma tarde antes del inicio del show.

El regalo

El circo se quedó más de la cuenta debido a la gran cantidad de público que seguían teniendo proveniente de los pueblos de los alrededores, y para felicidad de la familia Franco Tevez, encontraron buenos amigos de paso en su domicilio. No faltaron bailes, comidas y risas. Pero como todo en la vida, el final siempre espera paciente y el día 30 de septiembre anunciaron su show de despedida. La prole fue invitada especial, completa, madre, padre e hijos.

Casi llegando a la culminación de la obra, Carmelia, equilibrista de lujo, pide al público que quien esté dispuesto a pasar a probar un truco levante la mano. Ramona aunque se consumía por dentro, no lo hizo. Empero, la muchacha haciéndose la desentendida, una total desconocida, empieza a pasearse por medio de los espectadores hasta divisarla, con paso firme avanza hasta cogerla por las manos y gritar para todas las personas presentes “Tú”.

Pasadas las reverencias, la aclamación, los aplausos, silbidos y euforia por la increíble colaboración, Domingo José, anfitrión de Panter, pide a sus trompetistas que corten la música, bajen las luces y le hace entrega, en honor a su valentía, una caja musical alhajero a Ramona, procurándole que ya había estado viajando con ellos durante mucho tiempo y que era hora de que su melodía sea dulce de leche para otro paladar.

Ramona, con las lágrimas al borde de la libertad, lo acepta, agradece y sabe en su interior, bien dentro de su ser, que más que eso era el sello de una amistad, de una experiencia vivida, una paga simbólica y todo lo que hubiera querido ser y no pudo.

La entrega

Una década después, Haydee, ya toda una mujer comprometida, a punto de casarse, la cual había pasado a vivir con su futuro marido en la capital, deseando que su madre deje de sufrir con la enfermedad que finalmente la mató y la perdone por sus errores, decide ir a buscarla y llevársela a su lado. Sus hermanos ya podían sustentarse y trabajar por sus propios medios, ayudándose entre ellos; su padre había fallecido tres años atrás de un paro cardíaco, episodio traumático que contribuyó a empeorar el estado de Ramona, tanto físico como mental y anímico; por lo cual no había inconveniente alguno o situación que la retenga para quedarse en el pueblo.

Pasaron buenos años, nació una vida, creció y otra, como dice la ley de esta tierra, se fue. Ramona falleció a causa de los problemas que le generó la diabetes, sin embargo, no quiso abandonar este mundo sin antes revelarle a su hija el secreto que mantuvo oculto en su corazón desde hacía tanto tiempo y que era lo único que la mantenía con esperanzas, no esperanzas para su propia vida, sino para la que le seguía a ella.

Buscó el día, el momento y el lugar perfecto, esperó que hubiera en el aire ese aroma a barro que tanto le recordaba su pasado, aguardó la brisa cálida, dejó fluir la circunstancia y las palabras, tomó a su hija, la abrazó y le pidió que cuidara de lo que le iba a entregar. Sus palabras resonaron en el espacio, se conectaban con el instante y parecían tener poder hipnótico.

Estiró sus brazos y suavemente depositó la caja musical en sus manos, se acercó, la acarició y le rogó que entendiese que aquel objeto contenía su mayor anhelo, sus deseos más profundos estaban guardados allí. Haydee, confusa, aceptó todo y se dignó a no hacer ninguna pregunta. Se dejó llevar y trató de hacerse una con su madre, intentó meterse en su piel.

El amor

Haydee solía esconder de sus pequeños sus objetos más preciados ya que, como todos los niños sobre la faz de la tierra, no había cosa que al contacto con sus palmas y un par de segundos de por medio, no quedara hecho mil pedazos en el suelo. Intentaba ser una buena madre y esposa, tenía algunas mañas y un espíritu enorme; le gustaba que sus chiquillos crecieran quitándose la imagen y las crudezas que la guerra había dejado, y bajo ese lema, todas las noches, una vez acabada la cena y dada la orden por el padre de poder retirarse a sus dormitorios, Haydee subía las escales, los acurrucaba en la cama, besaba su frente, bajaba del gran mueble la caja musical, la echaba a andar y se disponía a contarles un cuento, siempre con algún mensaje oculto, algún tipo de moraleja para que los retoños reflexionaran antes de dormir.

Un tesoro

Corrió el tiempo deprisa, los calendarios anuales se marcaban más rápido y las fiestas de fin de año parecían hacerse presentes antes de lo debido.

Haydee se encontraba pensativa, lavando los platos del almuerzo, terminando de fregar las ollas y ordenando la cocina cuando de repente Marcela su niña menor aparece corriendo con gritos desesperados pero cargados de júbilo. Desesperada le cuenta a su madre que el muchacho con el cual había soñado toda su vida casarse, vivir en una luna de queso y tener diez hijos, le había pedido a su padre, su mano. Haydee no podía dejar de ver en Marcela el esplendor de una mujer de 21 años, fértil, bella e inteligente, repleta de ambiciones e ideales.

Tratando de calmar la euforia de la joven no notó las gotas que comenzaban a deslizarse por su rostro, se apartó y le pidió que la esperase un segundo; se deslizó hasta el armario, abrió un cajón y sacó el alhajero musical, lo apretó contra su pecho, lo besó y volvió. Se paró frente a ella y le explicó que aquella melodía que oía de beba con las fantásticas historias que tanto habían dado vuelta en su cerebro, provenían de ese elemento, el cual le había sido obsequiado por su madre, antes de partir. Se lo otorgó a Marcela aquel día al comprender que ya pasaría a experimentar una nueva etapa y que quizá era aquello lo que su madre quiso que comprenda ese día, que dicha pieza contenía su ansia de ser alguien en la vida, de luchar por lo que uno siente, por lo que cree que es capaz de hacer. Fue entonces cuando descubrió que todo lo que su madre había querido era actuar y tuvo que vivir a la sombra de aquello por sacar a flote una familia pero procuró cambiar eso para quienes le seguirían, y si Marcela estaba a punto de comenzar ese camino debía saberlo y portar el alma inquieta de su antepasado.

Afortunada

Marcela conservó la caja musical, fue moldeándola a su forma, la lijo, pintó, le hizo unos grabados, la barnizó y juró que nunca permitiría que su deliciosa melodía se apague. Le acompañó en todas sus experiencias, era su pasaje a otro mundo.

Solía escucharla en sus ratos de intimidad, alejada de la humanidad, le buscaba significado a cada sonido, buscaba encontrar a su abuela, a su madre, ese lazo que las unía, ese gen que les permitía ser libres en su mente aunque la sociedad quisiera esclavizarla. Ayudaba a pasar las tormentas, los malos tragos del destino como la pérdida de un bebé, la soledad, las carencias, brindaba compañía y de una forma abstracta, calor y cariño.

Una madrugada, incómoda en la cama, ansiosa sin saber por qué, Marcela determina subir una frazada a la terraza para disfrutar del aire de verano, se levantó con cuidado para no despertar a su compañero de vida, tomó un libro, una linterna, su alhajero, una botella de agua y se dispuso a disfrutar de las estrellas. En medio de la noche, cuando esta se hace más oscura esperando el amanecer, vio que había un insólito reflejo que se producía en su caja. La examinó, la dio vueltas para todos lados hasta advertir un ruido como a dañada; se le aceleró el pulso, se le tensionaron los músculos y pidiéndole a los santos que por favor no fuera nada malo, acabó de darle un apriete a la parte inferior de la madera. Increíble, mágico.

Lo que se encontraba guardado allí eran dos muñequitas de madera, llenas de polvo. Eran perfectas, eran todo. Las limpió y se preguntó si aquello había sido obra de su abuela, intuyó que sí ya que había algunos elementos pequeños para coser allí guardados. Pasó la noche entera haciéndolas bailar al compás de la canción y preguntándose por qué habrían llegado a su vida en ese momento y qué podían significar. Ella era una mujer feliz, había logrado cada cosa propuesta en su cabeza, había superado las pruebas del camino, en sí, casi todas. Dejó de buscar una razón y se quedó sola, disfrutando, desconectada, gozando de ese encuentro maravilloso.

Milagro

Nueve lunas llenas contando desde aquella madrugada, Marcela dio a luz a su única hija. Era una pequeña niña blanca con ojos de almendra, vivaz, con una sonrisa a la orden del día y sobre todo curiosa. Pequeño demonio de Tasmania solían decirle sus primos, tíos, abuelos, incluyendo padres y padrinos.

Creció en un hogar inundado de amor, cada fiesta era celebrada como se merecía que lo fuera, cada tarde después de tomar la leche llegaba la hora de las manualidades en plastilina, cada domingo era un ritual: primero ver a su papá, preparase para ver lo que él llamaba su razón de existir después de ella, River Plate, luego bailar al compás del partido de fútbol, más tarde esperar a que llegaran los invitados y finalmente comer un delicioso asado con un frío y refrescante jugo de naranja recién exprimido por su abuela. Y así sucesivamente, cada día de la semana tenía su momento mágico para compartir en familia, incluso los que empezaban como aburridos terminaban siendo un éxito gracias a las increíbles maniobras de la suerte o más bien, de las casualidades, mejor aún, de las causalidades.

Historias

Había un día al año en que para Antonella, la oscura noche se volvía más importante que la luz del sol, aunque fuese suyo en particular. Sabía que todos los 18 de enero era su cumpleaños, lo tenía recién aprendido, pero eso no la emocionaba tanto como lo que sucedía en su alcoba una vez que todos los niños partían exhaustos pero felices de haber pasado el atardecer soplando velitas, comiendo torta, saboreando caramelos y jugando con el tobogán en una quinta de verano.

Luego de bañarse, ponerse crema en los raspones, perfumarse, abrir cada uno de los regalos que faltaba conocer, examinarlos, colocarse el pijama y recibir un beso de su perro, la niña esperanzada solía correr escaleras arriba, tomar carrera desde el pasillo, saltar a su cama, hacer una carpa con las sábanas y esperar a su mamá y abuela, las cuales traían un té calentito, masitas deliciosas caseras preparadas con abundante dulzura y una sorpresa. Quizá, la sorpresa no tenía mucho de sorpresa ya que siempre era la misma, pero la sensación que le producía al verla era la misma que la primera vez.

Pasaban toda la noche despiertas, era una auténtica pijamada cargada de energía cósmica y lo que la hacía enteramente especial y única, era que podían convertirse en tres mosqueteras, tres piratas, damas antiguas, detectives privados, guerreras, exploradoras, indias y un millón de personajes más dependiendo la historia que urgiera contar. Ya cuando vencía el sueño a la pequeña, la mamá iba hasta su escondite confidencial, tomaba su objeto más apreciado, lo aferraba a su pecho y volvía al campamento con rostro compasivo, en busca de sabias palabras para que su hija enfrente lo que está por venir con un poco más fuerza, paciencia, esmero y entienda que, el luchar por algo que uno desea requiere sacrificio o más bien, esfuerzo, pero al fin de cuentas vale tanto la pena como la alegría.

Melodía

Sentadas las tres en ronda cual si fuera una fogata, con la caja musical en el medio como parte de la ceremonia, la abuela tomaba la iniciativa, echaba a rodar las cuerdas del alhajero y la melodía comenzaba a penetrar la habitación, congelaba el espacio y el tiempo, todo dejaba de existir, salvo ellas y lo que les había pasado, lo que las apasionaba, lo que desearon, lo que fueron, lo que son, lo que hacen, lo que harán y lo que llegarán a ser.

La conexión era irrompible, ancestral. Las dos mujeres mayores se encargaban de contarle a la niña las raíces de ese objeto, por qué era guardado de aquella forma y lo que significada para cada una, enganchando alguna anécdota que le pusiera misterio y color a todo aquello. Se daban sus momentos de silencio, únicamente para escuchar aquel sonido, gozar con él, sumergirse, empaparse de emociones y fluir. Parecían las brujas de Zugarramurdi en pleno transe. Unidas pero separadas.

Y así sucedió cada cumpleaños, el rito era infalible e inamovible.

Pasaron varios veranos, la niña ya dejó de ser pequeña, la abuela se hizo aún más mayor pero seguían amando ese momento, y ella, desde sus adentros, juró esperar con serenidad el momento en que esa caja musical pasara a sus manos y le tocara cumplir el rol que en ese momento cubrían su abuela y mamá. Jamás permitiría que esta cadena se cortara, uniría aunque sea en espíritu a todas las mujeres de la familia, desde la primera hasta la última generación.

Se dignó a esperar y aún hoy aguarda el momento en que su madre crea que es el justo para recibir aquel tesoro.


Una melodía en el ADN (Primer premio) fue publicado de la página 92 a página95 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº67

ver detalle e índice del libro