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Vestido de mujer (Primer premio)

Faerman, Macarena

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº67

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº67

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Proyectos Ganadores

Año XII, Vol. 67, Julio 2015, Buenos Aires, Argentina | 178 páginas

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El barco estaba a punto de zarpar. La gente había terminado de embarcar y se habían levantado las escalerillas. Sonó la bocina, ya no había marcha atrás. Había mucha gente que se iba, pero más era la gente que se quedaba, eso sí, todos lloraban.

Una joven llamaba la atención de muchos por su estatura y por su cara, ya que tenía facciones muy marcadas y además por su extraña elegancia. Su vestido era poco adecuado para la situación. Era un viaje largo, por ende la gente viajaba lo más cómodo posible, pero esta chica era la excepción, llevaba un vestido de fiesta de color carmín, de tela muy brillosa, parecía seda, con flores bordadas. Rosas muy detalladas, con canutillos de todos los tamaños e hilos de colores metálicos que le daban una apariencia de lo más sofisticada. No lloraba, tenía la mirada fija en las casitas de las que el barco se alejaba lentamente.

Era un día caluroso, la familia Badián se estaba por sentar a comer. El tintineo de los cubiertos y los platos entrechocándose invadían el ambiente. Edit, de 17 y Kiria, un año mayor, llamaban a la mesa a su hermano menor, Ariel de 15 años. Su padre había fallecido hacía ocho años en la guerra, y desde ese entonces, Aquiles, su hermano, había quedado a cargo de la familia junto con Miriam, la madre de los tres adolescentes.

– ¡Chicos la comida está servida! – llamó Miriam mientras le cedía la cabecera a Aquiles.

– Perdón, mamá, estaba trayendo el diario – dijo Edith apoyándolo sobre la mesa junto al lugar de su tío.

Al dejar el periódico, Aquiles no pudo evitar leer el título de la portada. La guerra en Crimea ya estallaba. “Se enrolarán todos los hombres mayores de catorce años debido a la escasez de soldados”, leyó Aquiles y se le iluminaron los ojos.

– ¡Qué orgullo! Otra vez la familia Badián va a poder demostrar su valor –dijo reclinándose para atrás y mirándolo con ojos encendidos.

Ariel bajó la mirada a su plato.

– ¿Y, que decís? –pregunto Aquiles inquieto.

– Sí tío, que orgullo –dijo Ariel poco convencido.

– Claro que sí, vas a pelear como lo hizo tu padre – Aquiles perdió la mirada en alguna parte para después retomar lo que decía – y bien bravo que fue. Te acordás cómo llegaba luego de la guerra, glorioso, como debe ser. Se abría la puerta de esta casa y se oían sus pasos, pisaba fuerte. Sus cicatrices, ¿las seguís recordando? Esas son las verdaderas medallas de guerra, y ya las vas a tener querido Ariel, ya las vas a tener.

Ser soldado es ser un hombre de verdad, y vos se lo debes a tu padre, tenés que pelear, como el Badián que sos.

Ariel miró a su madre con ojos desesperados pero sin expresarlo mucho ya que su tío lo observaba fijamente.

– Tío, ¿pero por qué es tan importante la guerra? – preguntó Kiria después de tragar lo que estaba terminando de comer.

– La cobardía es lo peor que puede tener una persona. Un hombre que huye de la guerra no es un hombre, es un cobarde y merece lo peor. Un Badián jamás huiría de una guerra porque dejaría de ser un Badián. – dijo Aquiles con voz firme y agregó – Dios no me bendijo con hijos, pero si hubiera tenido y se negaba a pelear yo mismo los hubiese matado. Entre un Badián cobarde y uno muerto prefiero uno muerto.

Ariel llegó a su casa silenciosamente y pretendía no ser visto por nadie hasta llegar a su cuarto.

– ¿Qué pasó Ariel? – preguntó Miriam interceptándolo.

–Nada, hoy José se enroló. Me quiero ir a mi cuarto. – respondió cortante.

– ¿Qué tiene eso Ariel, no es algo bueno? – preguntó.

– Mamá, no quiero ir a la guerra, tengo miedo, soy chico por más que el tío diga lo contrario – Ariel dijo al borde de las lágrimas el día que se enteró que su mejor amigo, José se había enrolado.

Los días pasaban y cuando más tiempo pasaba peor era, los soldados pronto empezarían a recorrer los barrios, entrando casa por casa, haciendo que los hombres dentro del rango de edad se enrolaran a la fuerza. Era momento de tomar una decisión, o huía o se quedaba a pelear para complacer a su tío y todos sus ancestros guerreros. Pero si huía, ¿Cómo lo haría?

Había guardias en cada frontera, cada límite, ya sea marítimo o terrestre, todo estaba custodiado para que nadie escape de su deber como ciudadano ucraniano pero lo que más le pesaba a Ariel era su familia, y su tío en particular. Durante días trataron de pensar en un plan para llevar eso a cabo. Tanto Miriam, como Edit y Kiria trataron de encontrar una manera de salvar al pobre Ariel de la guerra, obviamente a espaldas de su tío ya que esto lo enfurecería.

Kiria lanzó una idea que dejó a todos con la boca abierta.

– ¿Y qué pasa si se viste de mujer? – dijo Kiria mientras miraba de arriba hacia abajo a su hermano.

– ¿Qué? – exclamó Miriam

–Si es flaquito y lindo. El único problema es la barba… no hay mujeres barbudas. – respondió segura.

– ¿Kiria te volviste loca? – dijo Ariel agarrando a su hermana por los hombros – ¿te parece poco ya huir de la guerra y la desilusión que le generaría al tío que querés que me vista de mujer?, ¿dónde está mi orgullo como hombre? – dijo Ariel cruzado de brazos sentado en su cama.

Los cuatro estaban reunidos en el cuarto de Ariel ya que era el más alejado de la casa y su tío, Aquiles, desde el living no escucharía nada. En la familia Badián era una tradición llevar una barba larga, era el símbolo de hombría, cuando un muchacho empezaba a crecer se afeitaba una vez y nunca más. Ariel ya se había afeitado una vez. Huir significaba dejar atrás toda la historia familiar y romper con toda su estructura e historia.

Era empezar de cero.

Ariel entró al baño y se miró al espejo. Se acercó. Estiró el cuello poniendo las manos en su cara, se acarició la barba.

En su mente estaba su padre, el recuerdo que tenía de ese guerrero victorioso, honrado por todos, admirado por el pueblo, era el más valiente soldado que había tenido el ejército, y él ahora estaba pensando escaparse. Agarró una navaja que encontró luego de revolver todo el lugar. Era una navaja de punta recta que se había olvidado uno de sus tíos, que irónicamente, era barbero. La agarró fuertemente, decidido a hacerlo y se la apoyó en su cuello. Comenzó a levantarla y cortar su incipiente barba. Pequeños hilos de sangre comenzaron a correr por su cuello. Sintió una mano que se apoyaba sobre la suya. Era su madre.

– Si te afeitas, con un poco de jabón es mucho mejor.


Vestido de mujer (Primer premio) fue publicado de la página 145 a página146 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº67

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