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Comunicar sin palabras

Ficker, Karin

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº68

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº68

ISSN: 1668-5229

Ensayos Contemporáneos. Edición XIV Escritos de estudiantes. Segundo Cuatrimestre 2014. Ensayos sobre la Imagen. Edición XVI Escritos de estudiantes. Segundo Cuatrimestre 2014

Año XII, Vol. 68, Julio 2015, Buenos Aires, Argentina | 134 páginas

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Introducción

Este ensayo está basado en una reflexión acerca de la importancia de la imagen como condicionante en la mirada del espectador durante los últimos siglos. Asimismo, también busca analizar la influencia que tiene un texto sobre la percepción de una imagen. Un cuestionamiento acerca de la ideología moderna en comparación con los siglos XVII y XVIII, donde se destacarán a dos artistas como Johannes Vermeer y William Hogarth, que han dado un claro ejemplo acerca de la riqueza y particularidad de expresar un mensaje únicamente a través de la imagen.

Desarrollo

Una mirada indiscreta, una historia sin revelar, numerosos símbolos que conformaban un escenario lleno de misterios y que podían ser descubiertos a través de ingeniosos códigos pertenecientes al mundo del arte. Todo artista ha querido expresarse a través de su obra. Cada una representa una pizca de ese sentimiento profundo y ambiguo de querer transmitir aquello que es difícil decir con palabras; y es a través del movimiento y el color de sus líneas que se puede observar ese sentir. Algunos serán más comprendidos que otros, pero en fin, siempre conllevan un mensaje.

Hoy día numerosos anuncios publicitarios rodean la vida del hombre, incluso son repetidos infinidad de veces. Se vive rodeado de isotipos, logotipos y diversos símbolos que representan una multiplicidad de ideas y orientan a una sociedad de consumo a responder de cierta forma. Ya la costumbre marcó al hombre y responde automáticamente a ciertos estímulos provocados por esa diversidad de mensajes. El hombre siempre tuvo la necesidad de transmitir su ideología, o simplemente querer mostrar una realidad que lo rodeaba o lo atormentaba. Una revista o diario muestran una infinidad de imágenes acompañadas por textos que complementan la misma, guiando al observador hacia el mensaje.

Generalmente son imágenes instantáneas, o sea fotografías, producidas por tecnologías de alta definición; sin embargo el espectador que se encuentra frente a una obra artística en un museo o galería de arte descubre otra magia que lo involucra y lo lleva a querer descubrir y revelar una diversidad de mensajes que fueron pensados y trazados uno a uno con dedicación y destreza por el artista.

Es fascinante poder detenerse por un instante a pensar cuáles fueron los motivos de realizar una determinada obra, la vida social o política que rodeaba a ese artista que influiría ciertamente en sus deseos de producirla. Es posible observar que sus sentimientos de querer captar esa imagen en un instante no se encontraban tan alejados de los que experimentan los artistas actualmente. Si se observara un cuadro de Vermeer del siglo XVII como por ejemplo La carta, la sensación transmitida es la de estar de incógnito mirando aquella escena desde un rincón, detrás de una cortina, sin que los protagonistas se percaten de esa situación. El observador del cuadro se convertía así en espía. O simplemente, como es el caso de La joven de la perla, pareciera que el mismo espectador tomara una fotografía de aquella desconocida mujer.

Vermeer, oriundo de Holanda, indudablemente buscaba una mirada espontánea de diversas situaciones de la vida cotidiana.

Su ideología era diferente a la de Caravaggio por ejemplo, ya que por esa zona prevalecía el protestantismo y su fin no era representar ideales religiosos sino más bien la gente simple del pueblo o burguesía que formaban parte de su día a día. Sin embargo ambos, pertenecientes a un movimiento artístico similar, como es el Barroco, compartían algo en común: generar un efecto en el espectador, mediante formas más dinámicas. Caravaggio ha sido el primero en dar estos primeros pasos hacia esta representación más realista y poder expresarlo tal cual se lo imaginaba. Las imágenes parecían salidas de una escena de teatro donde la angustia, el dolor y otras emociones luchaban por ser protagonistas de cada obra. El juego de luces y sombras aportaban una pizca de dramatismo. Artistas como Vermeer buscaban tal vez otra mirada. Sin ser dramático como Caravaggio, buscaba otra mirada en el espectador, combinando sus trazos para crear mayor movimiento y mediante el efecto de luz, una realidad más verosímil del mundo que representaba. No sólo eran sus trazos o los colores que utilizaba, sino también la ubicación de cada uno de los protagonistas como así también de las pertenencias que aparecían alrededor de ellos. Todas conllevaban un mensaje oculto que complementaban su idea; al igual que el texto complementa la imagen en un diario.

Uno de estos ejemplos podría ser contemplado en su obra titulada La carta, donde hay una joven, muy bien vestida, con un vestido de color amarillo, aparentemente de clase pudiente, que recibe una carta entregada por su criada. Ciertos elementos como por ejemplo el instrumento musical que sostiene o el zapato tirado en el suelo son símbolos de que esa carta puede ser de un amor ilícito. Otro indicio es el cuadro colgado detrás de la protagonista, donde se puede observar una marina, símbolo de riesgos de algún viaje o dramatismo de pasiones amorosas.

Todos los elementos mencionados eran pequeños indicios, símbolos que había que descubrir para entender la historia completa mediante una única imagen. Allí se encontraba la magia. Era el espectador, quien interactuaba con la obra. El artista lo invitaba a espiar. Generaba la intriga en el observador como si estuviera junto al artista y compartieran el mismo secreto. Esto no se aleja mucho de la idea de un paparazzi de hoy día queriendo descubrir alguna historia íntima aún no revelada, sin embargo con la obra artística era el espectador quien realizaba el trabajo de descubrir la totalidad del secreto y buscar las pistas.

Toda esta nueva ideología de Vermeer viene de la mano de una creciente clase social, la burguesía, que se hacía cada vez más fuerte e influyente ante los nuevos acontecimientos socio-económicos. Su poder económico se acrecentaba junto a un creciente poder en aspectos políticos y a una nueva forma de pensar. En países como Holanda, Alemania, Inglaterra había una fuerte influencia religiosa protestante, debido a la reforma de Martín Lutero en el siglo XVI. El uso de la razón buscaba abrir un nuevo camino hacia la comprensión y el aprendizaje de ese mundo que los rodeaba y fue aquel hombre, Lutero, quien dio un giro a la historia. Ya las respuestas de una estricta y poderosa Iglesia Católica no eran suficientemente satisfactorias para un hombre que iba lentamente hacia una edad moderna. Los países del norte de Europa iban hacia un nuevo concepto y el fin de aquellos artistas no era representar únicamente figuras religiosas sino buscar aquello que realmente estaba a su alrededor y gracias a ello se obtuvo indicios de cómo era vivir en aquellos tiempos. El hecho de tener que descubrir por sus propios medios, ser ellos los que interactuaban con la obra, habla de un concepto racional del pensamiento.

Aquella nueva clase social formaba parte del mundo del arte, las obras ya no eran meramente figuras religiosas ordenadas por el poder de la Iglesia; sino que la burguesía era partícipe del mundo artístico. Es aquí donde se puede observar una mirada distinta hacia el concepto de transmitir el arte.

Anteriormente, en especial durante la Edad Media, las obras artísticas se realizaban siguiendo una historia religiosa que eran reguladas cuidadosamente por la Iglesia, quien seguía la ideología de un texto: la Biblia. El fin era poder transmitir el texto sagrado al pueblo que no sabía leer y sólo se valía de las historias relatadas mediante el método de la imagen. A partir de estos cambios sociológicos anteriormente mencionados, el hombre se encontraba libre de expresarse como artista representando hechos cotidianos, libres de texto alguno, sintiendo la libertad de seguir su propio pensamiento.

Frente a este hecho, el espectador ya no se encontraba condicionado por historias leídas o contadas anteriormente; más bien todo lo contrario, esa imagen representaba un mundo real que él debía observar y descubrir por sí solo. Era aquí donde la libre razón y pensamiento cumplirían un papel protagónico.

¿Acaso el mensaje de esa obra artística sería la misma si estuviera acompañada de un texto? En primer lugar la magia que rodeaba el secreto de la imagen se desvanecería.

El espectador ya no sería partícipe de la escena a la cual por ejemplo Vermeer ingeniosamente lo invitaba a observar y a descubrir. Ya el texto condicionaría la mirada del observador y su significado sería completamente distinto. Si el cuadro llamado La joven de la perla, acompañara un pequeño texto que contara la historia de la muchacha, ya la mirada del espectador sería completamente otra.

A mediados del siglo XVIII, un renombrado pintor satírico oriundo de Inglaterra alcanzaba su máxima popularidad al realizar una serie de cuadros que representaban las costumbres de la vida contemporánea de su país, denominada Costumbres morales modernas. Es así que William Hogarth había logrado una considerable popularidad y fue uno de los precursores de la escuela artística británica. En aquellos tiempos, Inglaterra no poseía un estilo propio. La alta sociedad no estaba interesada en adquirir obras de artistas nacionales y preferían recurrir a los famosos del continente. Su afán por adquirir grandes colecciones de arte había provocado una importante demanda de artistas extranjeros, que Hogarth consideraba artificial y buscaba que tomaran conciencia de un estilo propio.

Es por ello que se preguntó qué finalidad tenía un cuadro y es así que decidió que las obras que él realizara debían tener una utilidad que fuera fácil de comprender. Su finalidad era comunicar un mensaje claro al observador. Indudablemente no estaba muy alejado de la idea eclesiástica del medioevo donde era a través de la imagen que se transmitía una enseñanza; pero en este caso la idea de Hogarth nada tenía que ver con la religión, sino con transmitir una crítica de aquella sociedad que lo asombraba. Nuevamente surge la necesidad del hombre de querer expresar un pensamiento. Hogarth se dedicó a realizar una serie de cuadros que comprendían una narración de un hecho en particular el cual consideraba que la sociedad debía reflexionar. Las más conocidas fueron Matrimonio a la moda, La calle de la cerveza y la ginebra, La carrera del libertino.

El título de cada serie indicaba cuál era su concepto principal, pero era el espectador quien descifraría el mensaje crítico y satírico de cada obra. Por ejemplo es así que el título Matrimonio a la moda podría tomarse tanto como un mensaje positivo como negativo. Sólo al mirar la obra, cada detalle minuciosamente representado, hacía que el observador realmente descubriera lo que Hogarth quería transmitir.

Es fascinante el modo en que una representación muda lo dice todo. Al parecer cada personaje tenía su papel asignado y no sólo por su rostro, sino también mediante sus gestos, su vestuario y la escenografía. Era una secuencia de imágenes que podían ser leídas como una narración, o como algunos lo consideran también un sermón, ya que muchos de ellos infundían la idea de la recompensa de la virtud y las consecuencias del pecado. Él mismo se consideraba el artífice y director de escena dentro de su propia obra artística.

Desde ya, era notable su preocupación por resaltar cada tema y era admirado no sólo por como manejaba la luz y el color, sino también por el lugar preciso que ocupaba cada personaje.

Al igual que Vermeer, de carácter protestante e influenciado por una época donde la razón predominaba ante todo, conllevan a entender sus representaciones tan realistas.

Uno de ellos lograba captar las espontaneidades del día a día de aquellos tiempos y el otro lograba darle una esencia más controversial y provocadora de análisis acerca del contexto social y político que les tocaba vivir; sin embargo ambos buscaban la idea de que el espectador sea quien revelara finalmente el mensaje oculto.

Hoy día, la idea de una imagen como inspiradora y generadora de efecto en el espectador, no se encuentra tan alejado del pasado. Así como Vermeer y Hogarth buscaban transmitir diferentes mensajes, en la actualidad se encuentran una infinidad de imágenes fotografiadas y arregladas por medios de tecnología avanzada para atrapar al público y ganar su mayor atención. Muchas veces los medios de comunicación masivos juegan con este concepto. Una imagen impactante como tapa de revista acompañada por un breve texto logra que la mirada del futuro comprador la elija entre tantas.

En la actualidad se vive un ritmo de vida totalmente distinto, en el que pulula una infinidad de imágenes y el desafío de captar la atención del espectador no es un tema menor. Tal vez la magia no sea la misma. El espectador cumple otra función.

Generalmente la imagen debe ser concreta y la mayoría viene acompañada de un texto que permita una rápida lectura para conducir su pensamiento hacia un fin determinado.

Así también, el uso del color y la textura estudiados por sus antepasados, enriquecen esa imagen utilizada por ejemplo para un aviso publicitario. Cada detalle es pensado con estrategia al igual que Hogarth ó Vermeer establecían la ubicación de cada personaje en su obra artística. El espectador de la actualidad busca una interpretación distinta mediante la lectura de un texto que lo guíe hacia un pensamiento determinado, como el guión de una película acompaña a las imágenes en movimiento.

Una mirada hacia el pasado permite reflexionar acerca de la metodología utilizada por los artistas para representar su ideología sin ningún texto que lo complemente. Sin embargo una única imagen muchas veces vale más que mil palabras.

Conclusiones

Durante varios siglos, el hombre ha querido transmitir su ideología a través del arte. Gracias a las imágenes heredadas por medio de artistas que han dejado su legado; se ha podido comprender la idiosincrasia de las personas a lo largo de la historia, sus costumbres; la situación social o política que sin lugar a dudas siempre han influenciado en el pensamiento del pueblo. Es por ello que resulta interesante comprender la riqueza que se puede encontrar al observar una obra artística, donde la imagen por sí sola puede transmitir una infinidad de mensajes. La magia no sólo se encuentra en los colores, luces y sombras logrados; sino también en los movimientos, gestos y el lugar que ocupa cada personaje representado en una obra. Los símbolos que rodean aquella escena, pensada por el artista, tiene una significancia inigualable ante los ojos del observador. Es allí donde se comprende el poder de la imagen ante el espectador, que sin estar acompañado por un texto, lo dice todo.

Bibliografía

Gombrich, E. (1992) Historia del Arte. Madrid: Alianza.


Comunicar sin palabras fue publicado de la página 61 a página63 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº68

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