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Empanadas leudadas (Primer premio)

Carrascal, Sol Delfina

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº72

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº72

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2015 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 72, Mayo 2016, Buenos Aires, Argentina | 144 páginas

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Introducción

Muchas veces los planes de Dios nos sorprenden, de manera inesperada. Uno como hijo tiene que estar siempre preparado y sumamente dispuesto a dejar todo y cumplir con su voluntad.

Con un corazón temeroso, Anastasia y Afanasio dejaron su vida completa en Ucrania. Cargando con el deseo y la búsqueda de un sitio pacífico, sin guerra, arribaron a Argentina.

Con tan sólo 25 años de edad y una Biblia bajo el brazo, construyeron una familia a 12.825 kilómetros de distancia de su país natal, de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos.

Senderos de tierra roja, selva misionera, chozas de paja, pisos de barro, escasa comida, animales salvajes, pero ante todo esto, fe, la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Personas humildes, que sin tener nada, lo tenían todo. Claros reflejos de humildad, de amor, de confianza, de fidelidad y de esperanza. La historia testifica el origen de una nueva vida para los Turczeñiuk. Incluso marca el comienzo de una familia que hoy en día permanece unida, no sólo por la sangre y los vínculos afectivos, sino también por esta historia, por las raíces y los lazos culturales que todos los integrantes comparten y llevan en sus corazones.

Empanadas de masa leudada

“Ni muy fina ni muy gruesa” repetía en mi mente mientras cortaba la cebolla en rodajas, no muy finas y no muy gruesas.

Su fino y su grueso, quizás, eran diferentes a lo que yo consideraba fino o grueso. Posiblemente la receta no iba a salir igual, sólo por el hecho de que la cebolla no estaba picada de la misma manera que lo hacía ella. No es posible identificarle atributos en el absoluto a las rodajas de cebolla, éstos pertenecen exclusivamente al mundo de la experiencia, la única manera que ella tenía para referirse a él era negándole todos los atributos empíricos posibles. Así, mediante una formulación negativa conseguía una afirmación trascendente, un elemento positivo; la medida justa del corte de la cebolla.

La negación del atributo de la rodaja, no implicaba su inexistencia, sólo que era otra cosa, “ni muy fina ni muy gruesa”.

Ese domingo era Domingo de Pascuas y las empanadas leudadas o las pierogi, como ella las llamaba, tenían que estar exquisitas. Anhelaba el momento en que la Baba Rosa, mi abuela, sentada a la mesa, me mirara con ojos cómplices, elogiando la cocción de las empanadas.

Ella es una experta en la cocina, se desenvuelve como pez en el agua, dice que heredó ese talento de Anastasia, su madre, quien cortaba la cebolla “ni muy fina ni muy gruesa”.

Yo creo que todas adquirimos ese don, mi abuela es excelente amasando todo tipo de masas, toma los bollos y los estira, los aplasta, los separa, los vuelve a unir, los extiende, los combina, los aprieta, los manosea, los fricciona, pareciera que la masa es una extremidad más, una parte de su cuerpo, y ella danza, danza armoniosamente con su pareja, como si estuviera frente a millares de espectadores en un teatro bailoteando sobre el pentagrama de Tchaikovsky.

El fuerte de mi madre es la pastelería, todas sus comidas son una obra de arte, una escultura de Rodin, su mano está presente en cada detalle, le gusta innovar aunque se mantiene fiel a su estilo. La delicadeza de sus figuras es inigualable, únicas, enamoran en cada bocado. Sus comidas me transportan, a una época, a un lugar, a un espacio, me hacen viajar, soñar, anhelar.

Y por último yo, yo estoy en un camino largo, muy largo, me queda mucho por aprender, muchos huevos por romper, muchas cremas por batir, muchas tortas por quemar, muchas cebollas por pelar, pero igualmente, con cada receta, me perfecciono más. Dicen que Anastasia a mi edad ya sabía cocinar hasta Golubtsi, unos rollos de repollo rellenados con carne picada y arroz, su elaboración es extremadamente compleja.

Lleva considerable tiempo prepararlos, el cocinero debe tener un gran conocimiento culinario, los rollos deben estar perfectamente hechos, ya que con la cocción se pueden deshacer.

Por la tarde, ya cuando las lágrimas de Ana habían pasado, Anastasia limpió el residuo del llanto que había quedado sobre la loseta roja que cubría el piso. No podía esquivar de su mente el reconcomio que sentía, a su alrededor había unas 80 familias, desesperadas, en la misma situación. Ochenta familias que atravesaron el mundo arriba de un barco en busca de una tierra para vivir en paz, en busca de un hogar.

Al llegar a Buenos Aires las familias fueron trasladadas a un cuarto de migraciones. Allí todos estaban apilados como vacas camino al matadero, luchando por hallar un recoveco para acomodarse en la sala que era más pequeña que su iglesia de Ucrania.

Ana no era la única que lloriqueaba, se escuchaban infinidad de sollozos que provenían de niños desconsolados, niños que habían dejado hogares, familias y amistades atrás, a 12.825 kilómetros de distancia. Sus padres derramaban lágrimas por dentro, lágrimas de padecimiento, lágrimas de aprensión, de desaliento, de aflicción, no podían mostrarse débiles, pero en su interior estaban quebrantados. Sólo permanecía la ilusión de criar a sus hijos en un lugar mejor, sin ninguna guerra por venir. Anastasia sostenía a la bebé en brazos, Esteban y María jugueteaban brincando entre baúles y maletas y Afanasio leía las diferentes opciones de destino que habían dentro de un panfleto que había sido entregado a cada familia antes de subirse al barco. El folleto mostraba una versión idílica de la realidad, tenia imágenes de tierras fértiles, campos verdes y animales robustos, bien alimentados.

De pronto, Estanislao Vasylchenko, un hombre que había conocido en el barco, que siempre se cortaba mal el bigote y llevaba un saco marrón, se le acercó caminando, se puso en cuclillas a su lado y le susurró en el oído recomendándole un lugar de tierra colorada. Un señor con un sobretodo de piel largo hasta los tobillos ingresó a la pequeña sala donde se encontraban los inmigrantes apilados, algunos ya estaban dormidos, otros seguían llorando y otros tan sólo esperaban al transporte que los llevaría a su futura morada. El señor llamó a todos aquellos que deseaban ir al norte del país, fue así como Afanasio cogió rápidamente sus posesiones y Anastasia, con la bebé en brazos, llamó a los dos niños, Esteban y María, para que se apresuraran; ya era hora de partir hacia su nuevo hogar. Se formó una larga fila dentro del salón, una fila de personas y de maletas repletas de vajillas, ropa, candelabros, joyas, herencias, recuerdos. El señor de tapado largo no permitió que las familias viajaran con todos esos baúles llenos de pertenencias, por lo tanto tuvieron que tomar lo indispensable y dejar todas sus posesiones allí, con la excusa de que después iban a ser enviadas a sus nuevos hogares. En el camino, Esteban, el mayor, comenzó con dolores de cabeza, según el chofer, que había leído unos libros de medicina de su tío que era doctor, el niño había contraído una gripe. Su tez de porcelana se había tornado más blanca que lo normal y comenzaron a formarse círculos negros alrededor de sus ojos.

Era julio, hacía mucho frío y era común que los pequeños se enfermaran en esa época, le explicó el conductor a Anastasia entre señas y ademanes. El viaje duró una semana, siete días montados arriba de un camión como animales, todos acurrucados, intentando soportar el gélido aire que soplaba por las aberturas del acoplado.

La tierra ya se tornaba colorada, senderos marrones, senderos rojos, indicaban la proximidad de Oberá, lugar de tierra fértil. Cinco casas revestidas de madera construidas sobre una colina carmesí señalaron la llegada al pueblo. Los inmigrantes se dirigieron con rapidez a tomar sus maletas que esperaban pacientemente para ser descargadas del camión, comenzaron a bajar precipitados y la gente del pueblo se acercaba a ellos como si fuesen animales de un circo. Un joven de tez morena se arrimó a Anastasia, ofreciéndole un fruto comestible de forma alargada y algo curva, con pulpa de color blanquecina y piel lisa de color amarrilla que se desprendía con facilidad, al probarlo sintió que estaba comiendo jabón.

El joven le señaló el nombre del fruto pero ella no alcanzó a escuchar porque un perro de la casa grande salió corriendo, ladrándole a un carpincho al que confundió con un gato. El intendente se avecinó, junto con su traductor, para darles la bienvenida, entre mímicas les indicó que debían dirigirse al monte, lugar donde iban a trabajar la tierra. Finalmente ese sueño utópico que cargaban hace meses se volvería real, las fotografías del panfleto que Afanasio sostenía en su mano derecha iban a cobrar vida.

Cargaron su equipaje nuevamente en el transporte y se dirigieron al monte. Estuvieron casi un día completo viajando para llegar a un denso bosque con gran diversidad biológica, vegetación de hoja ancha, con dosel cerrado. Los árboles superaban los 30 metros de altura, Afanasio nunca había visto tanto follaje en su vida. Siendo carpintero, tenía un gran conocimiento sobre especies de árboles y tipos de madera pero allí se quedó asombrado. De pronto, el conductor, se puso a descargar las maletas, hizo unos gestos extraños, se subió al camión y dejó a las familias solas, solas en el medio de la selva misionera. Ana comenzó a gimotear y con ella, todos los que se encontraban allí. Una inmensa nostalgia se adueñaba de todos los presentes en cuanto se dieron cuenta que habían sido dejados allí al azar. Inclusive Afanasio, siempre tan propio, hacía un esfuerzo tremendo por contener las lágrimas.

Y Anastasia, que ni cuando su hermana murió había derramado una infeliz lágrima, lloraba silenciosamente. Y eso no fue todo, el llanto fue el primer síntoma de una enfermedad rara que tenía algo que ver con una gran melancolía y frustración que hizo presa a todos. La congoja intensa permaneció por cuatro días, cuatro días sin dormir, cuidando a los niños de los insectos, asustados por los bramidos de los pumas o tigres o gatos monteses. Afanasio, con sus habilidades de carpintero y la ayuda de Estanislao, el señor del bigote mal cortado que ahora a parte de tenerlo desparejo, lo tenía más largo y se le humedecía cuando bebía agua, construyeron una precaria choza en donde todos se refugiaban, tenían turnos para dormir ya que uno siempre tenía que cuidarlos de las amenazantes fieras salvajes que velaban en el lugar. A partir de un cinturón de cuero Afanasio logró hacer una vela, comenzó a moldearlo como si fuera plastilina, hasta que creó la única fuente de luz que alumbraría largas noches de angustia.

Anastasia sentía un vacío en el estómago que no se aliviaba con nada, una sensación de náuseas la invadía. Descubrió que el hueco no era hambre, más bien se trataba de una álgida sensación dolorosa. Era necesario deshacerse de ese molesto frío. La vela se había apagado por el céfiro que soplaba de madrugada, los dos niños dormían acurrucados sobre la falda de su madre intentando soportar la helada. Anastasia amamantaba a Anita cubriéndola con el saco color visón de su marido. Cada vez que cerraba los ojos, podía revivir muy claramente las escenas de aquella Navidad, un año atrás, en que toda la familia estaba reunida alrededor de la mesa de roble. A pesar del tiempo transcurrido, ella podía recordar perfectamente los sonidos, los olores que emanaba el pan dulce, el roce de su vestido nuevo sobre el piso recién encerado.

Recuerdos que ahora eran totalmente ajenos. Extrañaba a su familia de Ucrania, seguramente nunca más los volvería a ver, nunca más iba a poder oler el aroma a aserrín que brotaba de su padre. Qué lejos le parecían ahora esos días de felicidad, cuando Jerodolsia, su madre, estaba a su lado ¡Jerodolsia! Extrañaba su olor a varényky, a borsch, a pollo en salsa de ajo, a chucrut, a tiempos pasados ¡Por siempre serían insuperables su knedle, sus tés, su risa, su manera de trenzar el pelo, de arroparla por las noches cuando era niña, de cuidarla en sus enfermedades, de cocinarle sus antojos ¡Si pudiera volver un solo momento a aquella época para traerse un poco de alegría de esos instantes y poder cuidar a los niños con el mismo entusiasmo que entonces. Repentinamente su retrospección fue interrumpida por dos voces que provenían de un árbol, las voces se escuchaban cada vez más cerca. Ella era la única despierta, Ana se había despertado lloriqueando porque tenía hambre. Aparecieron dos siluetas entre las ramas, Anastasia despertó a su esposo que dormía a su lado. Eran dos hombres de pelo blanco con el rostro un poco agrietado, sorprendentemente hablaban el mismo idioma, eran ucranianos.

Habían estado caminando por días desde un pueblo vecino en busca de un campo donde vendían vacas, inesperadamente se habían topado con esa pequeña comunidad de inmigrantes. Para Afanasio era una bendición del cielo, finalmente su corazón comenzó a sentirse esperanzado, no sólo por ver a esos hombres sino porque ellos lo podían guiar para que él también comprase un animal.

Recolectó el poco dinero que tenían para poder comprar la vaca y emprendió viaje siguiendo los pasos de los dos ucranianos.

Siete días y siete noches caminó, junto a los señores con sólo un machete, en busca de la vaca. Cuando llegó de vuelta al monte los vecinos estaban agradecidos, todos los niños tendrían leche para beber. Anastasia ató al animal a un cabestro, tomó una palangana y la colocó debajo, sujetó cada una de las ubres con el pulgar extendido y el índice, de modo que cubrió toda su palma mientras apretaba, exprimió hacia abajo para sacar la leche manteniendo la mano en la parte superior de la ubre, de apoco la leche fue cayendo, gota por gota, hasta que la palangana se llenó completamente. Primero alimentó a María, quien era la que había perdido más peso, siguió Esteban y después se dedicó a repartir un poco de leche a cada uno de los niños de la pequeña comunidad. Ana no bebía leche vacuna, ya que todavía se alimentaba de leche materna, tan sólo tenía 24 semanas.

Los meses fueron transcurriendo, días eternos, noches inmortales, la angustia sobreabundaba en los senderos colorados, hasta la vaca se veía triste, algunas noches se la podía oír llorando, estaba cansada, sus ubres parecían pasas de uvas de tantos apretujones que recibían. Afanasio, carpintero, empezó a construir un pequeño rancho para su familia, afilando el machete, cortando troncos y lijándolos, al mismo tiempo con la madera que le sobraba comenzó a edificar un molino.

Entre los vecinos intercambiaban bienes, aceite por té, tomate por harina, leche por repollo, yerba mate por ricota, así de a poco la comunidad se fue abasteciendo.

Finalmente, después de secarse el sudor de la frente por varias semanas, Afanasio terminó de construir la casa; un comedor, tres pequeños dormitorios con roperos grandes que ocupaban toda una pared y una cocina, la cocina de Anastasia.

Ella pudo volver a cocinar, recordaba varias recetas que su madre Jerodolsia le había enseñado pero había perdido un poco de práctica ya que todos esos meses que pasaron había estado cocinando con una cocina primitiva. Afanasio encendía el fuego y Anastasia echaba todo lo que tenía sobre la hoguera, no se daba mucha maña. Lo primero que hizo en su nueva casa fue un pan casero con harina, levadura, agua tibia y sal, su rostro se volvió fresco y rozagante como un pepino recién cortado. Toda esa emoción se hizo más intensa cuando descubrió que tenía dos meses de atraso en su menstruación y sospechaba estar embarazada. Le mostró a Afanasio lo inflamado que tenía el vientre, y cómo sus faldas y sus vestidos ya no le cerraban. Luego le contó cómo por las mañanas al levantarse sentía mareos y náuseas. Cómo el busto le dolía tanto que no podía darle leche a Ana. A él un nudo en la garganta le impidió hablar. Unas lágrimas rodaron lentamente por sus mejillas. Sus primeras lágrimas de felicidad después de tanto tiempo. Bladimiro estaba en camino.

Tomé una bandeja del segundo estante de la alacena, la forré en papel manteca y allí acomodé mis empanadas. Con mucho cuidado me acerqué a la mesa donde estaban sentados y me acomodé al lado de la Baba. Todos estaban hambrientos, el pan de la Santa Cena no había saciado los rugidos de sus estómagos.

Siempre, los niños, al finalizar el culto en la iglesia, iban atrás del escenario en busca del resto de pan que sobraba, pero esta vez como les esperaba una mesa abundante en comida y se tenían que ir rápido, no habían podido coger los panecillos. La Baba estaba sentada en la cabecera izquierda y mi abuelo en la otra punta ¡Cómo esperaba ese momento en el que ella me felicitara por las deliciosas empanadas! Deseaba que esas empanadas la ayudasen a recordar, a recordar sus divertidas anécdotas, porque a pesar de que tuvo una infancia muy dura viviendo en el monte, me dijo que fue de lo más divertido. Ella me había contado que Anastasia, una vez que tuvo su propia cocina, hacía las empanadas leudadas sólo cuando había visita ya que eran muy difíciles de preparar. Antes de comenzar a comer, Bladimiro agradeció los alimentos con una hermosa oración y apenas terminó de decir Amén todos se desesperaron por la comida. Somos una familia de muy buen comer. La Baba tomó una de mis empanadas, la olfateó y le dio un primer bocado, instantáneamente sus ojos me miraron y comenzó a sonreír y a deleitarse en la cebolla, en el repollo, en la carne, en cada ingrediente que le hacía recordar su niñez.


Empanadas leudadas (Primer premio) fue publicado de la página 81 a página84 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº72

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