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El cine nos acerca a la realidad y a la historia

Fauvety, Juan Carlos [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

ISSN: 1668-1673

XVII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2009.

Año X, Vol. 11, Febrero 2009, Buenos Aires, Argentina. | 195 páginas

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El cine ofrece una infinita cantidad de posibilidades audiovisuales para testimoniar diferentes aspectos de comunicación y diseño, de preceptos psicológicos establecidos o sugeridos a través de personajes o diálogos, de diferentes culturas y países, a través de una lista enorme de personajes fascinantes, o de rostros fascinantes, además de sus guionistas o escritores y sus pensamientos o reflexiones, y los actores y sus directores que los plasman en una imagen. Los hombres y mujeres del cine.

A veces esas notas se hacen evidentes a través de las diferentes escuelas cinematográficas de la Argentina o América Latina, con temáticas sociales basadas en pautas actuales o problemas que se refieren a un problema económico en particular, a un sistema político erróneo que lo cosecha o a decadencias humanas en lugares olvidados o países cercanos en geografía y lejanos en el tiempo en que vivimos. El cine es una máquina del tiempo. 

Es cierto que las temáticas de la pantalla se hacen más intelectuales cuando el público y la crítica hablan del cine europeo, del ‘cine de vanguardia’ de tal país o de los movimientos artísticos en respuesta a un período o una eclosión histórica. También existen otros fundamentos que se pueden dar a continuación: el cine norteamericano e inglés ha sabido retratar también con criterio y a veces mejor que ninguno, con estilo y por sobretodo: ritmo y calidad de imagen y de actores en películas muy famosas o no conocidas por el gran público, la omnipresencia de los personajes históricos, reales, imaginarios y literarios, el individualismo en respuesta de los problemas humanos o de aquellos seres rebeldes justos pero silenciosos, no poniendo énfasis únicamente sobre otros temas que tienen más relación con el totalitarismo o conlleva sólo a la defensa de las masas sin comenzar por el individuo. En respuesta a estas cuestiones totalitarias, se puede dar un panorama sobre aquellos momentos particulares de Emile Zola o de Gandhi, desde Miguel Ángel hasta Picasso, o de Robin Hood hasta Indiana Jones, poniendo énfasis en la exaltación de los personajes que debieron combatir un período o un enemigo que los obstaculizó, una historia que les fue adversa, asimismo por tener que luchar por ser adelantados a sus contemporáneos. En la mayor incredulidad que puede tener un espectador común en respuesta al cine que habitualmente conoce como aventurero o de taquilla, se esconden panoramas que pasan desapercibidos en medio de una aventura o de la ciencia-ficción, de los diálogos de Woody Allen, de la épica de John Ford, Henry King o Henry Hathaway, el drama para William Wyler o la comedia para Frank Capra, en las que las defensas a las libertades individuales, el concepto del sentimiento y de la razón estuvieron siempre presentes a través del concepto del hombre común en lucha contra el poder o de los sueños de victoria sobre la adversidad. Esto convierte a este cine, escena por escena, en mensajes directos para el espectador. Esto ha sido perdido debido en parte a la propia taquilla que las popularizó, que les jugó en contra a la hora de poder analizarlas, y por haber pertenecido, irremediablemente, al cine de Hollywood. 

A veces se puede demostrar que en 10 minutos de Todos los hombres del presidente (de 1976, sobre el caso de Watergate) de Alan J. Pakula, en Poder que mata (Network, sobre el problema de los ratings y la mafia en la televisión) dirigida por Sidney Lumet y escrita por el gran Paddy Chayevsky, se analizan conceptos que van más allá de ciertos parámetros, tan sólo en un cuarto de película, en diferencia de muchas otras que pretendieron ahondar estos temas en dos horas, en películas francesas o italianas que no pudieron completar el juego o el mensaje, sino estirando anécdotas de minutos a largas horas interminables de película. Demostraremos fielmente cómo en los lenguajes de cuerpo de Henry Fonda, Gary Cooper, Fredric March, Spencer Tracy o Anthony Quinn, se encuentran cuajados detalles psicológicos que pasan desapercibidos ante un espectador que los observa como simples historietas. Una vez le pregunté a Anthony Quinn en una charla a solas, por qué en su personaje de Paul Gaughin en el film Sed de vivir (Lust for life, 1956, dirigido por Vincente Minnelli), siempre interpretaba a su personaje hablando despectivamente o de costado, no poniendo atención a los que lo rodeaban o señalando desde lejos a los objetos de los que estaba hablando. La respuesta de Anthony Quinn, luego de una sonrisa cómplice de saber que estaba respondiendo a algo muy sutil en su interpretación, obedecía a los muchos libros que había leído sobre el pintor (que me declaró que él mismo admiraba) y su interpretación, basada en conversaciones con el director Minnelli, de cómo debía expresarse en la vida real, alguien que pensaba como él. Nadie que pueda ver 17 veces este film por televisión en sus muchas emisiones, jamás podría interceptar este concepto o pensarlo como un detalle psicológico identificable. En parte, la culpa estaría en el mismo método del cine visto por cable en nuestros hogares, y aunque siempre un método fabuloso, si, a su vez es enemigo del orden substancial del argumento de una película, de los perfiles de sus personajes, entrecortados por el zapping, o la sencilla razón de verlos expuestos en una aparato de televisión en el living de nuestra casa, a través de una sencilla presión de uno de nuestros dedos en un control de remoto. El instinto nos dice que es demasiado fácil este método para que el cerebro encuentre una idea ante tal fácil movimiento. He allí a lo que iremos a contar, a mostrar, a analizar, a través de múltiples diálogos de comedias como Notting Hill o Front page (Primera plana, de Billy Wilder) desde Hugh Grant a Jack Lemmon, desde el romance hasta la nota del periódico más sensacionalista o audaz. En estas películas, los detalles están combinados a través de pequeños detalles de las frases del diálogo o del casting o elección de los personajes exactos para interpretar el rol destacable que le combina. Podremos pasar desde la fabulosa escena en Gandhi (1982), en que el protagonista (interpretado por el ganador del Oscar Ben Kingsley) sirve el té a sus amigos, mientras va sugiriéndoles sobre destacar la independencia de la India sobre los británicos (que es la escena fundamental en la que esta independencia comienza a nacer y el espectador no la toma en cuenta), acaparándoles la atención por el simple hecho de estar sirviéndoles el té mientras les habla. 

En pequeños detalles se sugiere la autoridad enfermiza del nefasto personaje de Ralph Fiennes en La lista de Schindler (1993) de Steven Spielberg, que no quiere toser delante de una prisionera para no contagiarle su resfrío, cuando dos minutos después ordena matar a una arquitecta a unos pocos pasos de allí; conoceremos los detalles psicológicos interpretados por el actor (que fue a un sitio especial de enfermos mentales para conocer sus obsesiones) hasta la manera en que se conforman en una mesa de restaurante los personajes de un drama o de una comedia de Woody Allen, que nos involucra en un lenguaje gestual y en posiciones del cuerpo, y que es lo que evidentemente nos muestra que está sucediendo en la acción, sin que esto se denote aún en los diálogos. En las fallas mecánicas de los relatos del director Stanley Kubrick, donde los mecanismos de una computadora, de una pistola del siglo XVI, o de una máquina que expende gaseosas, pueden determinar el destino de un individuo o hasta de un país. En las pausas de Marlon Brando, el ejemplo de lo que debe hacer una persona para sentir su propio pensamiento antes de enfrentarse en la vida, en el convencimiento de Miguel Ángel para pintar la Capilla Sixtina a pesar de las múltiples presiones del Papa Julio II que se la encarga o del arquitecto Bramante que lo conspira. La búsqueda del Santo Grial o del Arca perdida, pueden resultar ser las mismas misiones oníricas de la mitología griega, personajes que hacían de su propia vida su propia aventura para forjar sus personalidades. En el cine de Stanley Kramer descubriremos los comienzos en que el racismo se tocó por primera vez en el cine, o el Holocausto, o la matanza de animales o el matrimonio interracial. En esas imágenes, en sus escenografías, en el movimiento de actores y en sus reacciones, están los detalles a seguir, a tener en cuenta, para observar en todas ellas una película completamente diferente. En el diseño de la imagen también encontraremos detalles psicológicos particulares, en las pausas de grandes directores de cine como Wyler, Dmytryk, y el enorme David Lean, denotaremos un sentimiento o una aflicción, en un abrazo o en una mirada de Henry Fonda interpretando a Abraham Lincoln o de Peter O´Toole en Lawrence de Arabia se encontrará un pensamiento o una acción decidida a seguir; tendremos una conducta o un estímulo, y dejarán de ser simples imágenes de un cine que entró de lleno en la publicidad y en un apogeo, aunque no efímero, que lo hizo perder la observación de sus grandes autores, directores y actores, que pusieron como énfasis hasta en las secuencias más cortas de ‘Matar a un ruiseñor’ (1962), con Gregory Peck, sobre un abogado que defiende a un negro en una ciudad sureña norteamericana, o la lucha de un solo hombre dentro de doce hombres de un jurado, por deliberar la inocencia de un joven que realmente es inocente en ‘Doce hombres en pugna’ (1957), filmada en un mismo ambiente de un jurado y tan sólo durante tres semanas. Esas fabulosas caras, el cine de los rostros y de las expresiones, de las frases maravillosas y de los preámbulos visuales, que ahora, dicho así, podría dar a temer pensar que lo que realmente se ha mirado no fue de la manera exacta a como fue filmada, y que simplemente esas imágenes, aunque decenas de veces, sólo han pasado delante de los ojos.


El cine nos acerca a la realidad y a la historia fue publicado de la página 94 a página96 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

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