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¿Es posible encaminarnos hacia un paradigma tecno-ético?

Salgado, Mariela [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº X

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº X

ISSN: 1668-1673

XVI Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2008.

Año IX, Vol. 10, Agosto 2008, Buenos Aires, Argentina. | 212 páginas

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La realidad en que vivimos nos demuestra la influencia del paradigma científico-tecnológico en todas las áreas del conocimiento y de la vida humana. Pero, hablar de un paradigma (o consenso de determinado conocimiento o modelo científico, que sostiene una comunidad científica y que, necesariamente se extenderá a la sociedad en su conjunto) es hablar de algo muy general, es decir, antes habría que pensar cuáles fueron los momentos claves en la construcción del mismo. 

Referirnos a lo científico y lo tecnológico, es mencionar dos conceptos que no son asimilables entre sí, aunque se han correspondido con un determinado proyecto de construcción del mundo. Lo científico, se refiere estrictamente al paradigma de la ciencia moderna, que comienza con la revolución copernicana, o sea la visión de un mundo que ha devenido en la contra – imagen de lo que era hasta el momento. El eje central del giro copernicano parará a ser el modelo heliocéntrico provocando el descreimiento de que la tierra era el centro fijo del universo. 

Ésta se podría considerar la primera fase del paradigma al cual nos referimos. 

Sin embargo, pasará mucho tiempo para que la revolución copernicana sea aceptada y, para ello, contribuyeron Galileo -junto con toda la astronomía de los siglos XVI y XVII- y también la llamada filosofía moderna, a partir del momento en que Descartes anuncia Cogito, ergo sum (Pienso, luego existo) que instaura la separación entre mente (res cogitans) y cuerpo (res extensa). Ahora bien, en esta separación entre la razón y la fe, ya no habrá un sustrato tecnológico que sostenga la idea del hombre hecho a imagen y semejanza de un Creador. El hombre (Señor y administrador del planeta) y la tierra (punto fijo y referente de todo un sistema) dejan de existir como “centros”. Aparece, de este modo, la creencia en la centralidad del hombre, como lugar privilegiado de la creación. 

El pensamiento, entendido como razón, será el que le permita al hombre ubicarse en un lugar distinguido respecto de los seres vivos; a la vez es esta razón, entendida como una conciencia capaz de generar ideas “claras y distintas”, la que lo distinguirá como sujeto del conocimiento y de la creación del mundo. 

Por un lado, será esta razón la que lo distinguirá como sujeto del conocimiento y de la creación del mundo; por otro, la filosofía se desprenderá de la teología para emparentarse con la fascinación por la razón, una razón que pasa de ser especulativa a explicativa, que propone en hipótesis o teorías, la resolución de los problemas que presenta la naturaleza y, además, los resuelve. 

Esta razón dará lugar a la matematización del mundo, apoyará la necesidad humana de cuantificar todas las cosas. Además, la filosofía de los siglos XVII y XVIII utilizará esta razón en lo referente a la concepción del tiempo, como un movimiento lineal y progresivo, en el cual la ciencia le otorga el sentido de realizar el pasaje de lo no sabido a lo sabido a través del concepto, del progreso del conocimiento. 

Justamente, será en el Siglo de las Luces, de la Enciclopedia, en el cual habrá una fuerte apuesta a la idea que es posible correr más las fronteras del conocimiento y dominar la naturaleza, en beneficio de la humanidad. El avance científico (a partir del planteo de problemas, la elaboración de hipótesis y la posterior contrastación de éstas con lo experimental y la lógica) aparece como la creación más importante del mundo moderno. Casualmente, en este siglo, también se producirá otra revolución que originará el despliegue del mundo capitalista, de lo tecnológico: la Revolución Industrial. 

Hay quienes sostienen que los albores de la Revolución Industrial se vislumbran hacia el año 1690, cuando se descubren el telar mecánico y la lanzadera volante (ambos, técnicas de la industria textil) y que este período se desarrolla hacia 1750, cuando la máquina de vapor pudo reemplazar el transporte por tracción a sangre, fuere de hombres o animales. Y para que estas máquinas se perfeccionaran fue sumamente importante la incorporación del conocimiento científico al despliegue tecnológico, alrededor de los cuales la filosofía contribuyó desde su perspectiva de organizar y explicitar lo que llamó “razón instrumental”. Sin embargo, esta construcción del mundo tecnológico ha repercutido en los valores, ahora mutados. Será en el siglo XVIII cuando aparecerá una euforia, o fe imparable en el progreso de la razón, en el progreso del conocimiento. 

Se suponía que, a medida que avanzara el aporte tecnológico y se progresara en el conocimiento científico, se iría aliviando al hombre de los males radicales: que el conocimiento postergara la muerte, era la idea subyacente a estos cambios. 

No obstante, el progreso tecnológico se asoció a lo político, tornándose en una cuestión de estado, generando una brecha entre los países potencia y los que no lo son. 

Se podría hablar de una segunda etapa de la Revolución Industrial, hacia 1880, fundamentalmente ligada a las actividades intensivas de capital, ligada a la red ferroviaria, la química, la electricidad, las comunicaciones y el acero. También fue el momento de mayor auge del capitalismo y, con él, la desigualdad de poder entre los estados que han accedido al conocimiento, dado por lo científico-tecnológico, y los estados que han quedado al margen. 

Hoy, en lo que conocemos como la tercera fase de la Revolución Industrial, se ve más claramente este problema, con el desarrollo de la microelectrónica y los nuevos materiales (para algunos investigadores, la Era Tecnotrónica, o la Era Electrónica). 

Actualmente, el liderazgo político está asociado con el poder tecnológico estatal, la ciencia ha devenido en un conocimiento problemático y aún más problemática es la tecnología. Además, el paradigma científico-tecnológico ya no es la panacea o saber dogmático, sino que ha aparecido un correlato de problemas, correspondidos con estos avances, que se vinculan a la manipulación genética, el despliegue de la energía nuclear (utilizada para la guerra), la idea de que la producción masiva de bienes y servicios mejora el confort y el bien-estar del hombre (en términos de Ezequiel Martínez Estrada, en La cabeza de Goliat). 

Pero estos progresos no se han distribuido equitativamente. Hoy el avance puede significar un retroceso, un perjuicio para toda la sociedad. Se hace menester, entonces, que las ciencias humanas vuelvan a la reflexión filosófica. 

Esta especie de “sistema” entre la ciencia, la tecnología, la sociedad, la industria y el estado, se vuelve “uno” en la medida en que cada elemento necesita al otro y se plantea una lógica interna entre ellos. Este mismo sistema transforma, a través de rupturas, lo que hasta ese momento era considerado como válido. 

La ciencia ha variado mucho y en su lugar surge la íntima relación entre el sujeto que propone una determinada teoría y el objeto que se construye a partir de esa determinada teoría. Aparece, entonces, una ruptura epistemológica ligada a la concepción de la verdad, puesto que esta creencia en un conocimiento absolutamente objetivo, desprovisto de valores éticos, ha caído. 

Durante años, se sostuvo la idea del progreso como concepto del tiempo acumulativo y lineal, traducido en mejores conocimientos, crecimiento económico y beneficios para la humanidad. Esta idea ha sido juzgada hoy por falta de méritos. Pareciera que al progreso le corresponde, en muchos casos, la regresión; al conocimiento, la ignorancia; y al confort de la sociedad tecnológica, la existencia de sectores sumidos en las mayores miserias e injusticias sociales. 

Para pensar una tecnología ligada a la ética es necesario recordar que, en primer lugar, el concepto de tecnología no es puro o aislado, sino que está ligado al hombre desde que el hombre es tal. En segundo lugar, que se necesita aplicar la ética al paradigma científico-tecnológico para aplacar los grados de invasión que el hombre realiza sobre la naturaleza, a través de la agresión tecnológica, la transformación de espacios, la alteración de la cosa natural. 

Cuando la ambición por la información, la economía, el mercado, la tecnología, el desarrollo, etc. obnubila la visión puesta en los valores intrínsecos de solidaridad entre todas las creaciones de la naturaleza, hay que volver a pensar en un elemento orientador, de orden diferente al de otros elementos y originado en el valor de la acción humana, que es la ética. Todo centro de investigación, hasta la propia universidad, ya no pueden excusarse más bajo la bandera del cientificismo ingenuo que no pudo prever las catástrofes, los malestares, los conflictos y los retrocesos que tuvieron como efecto muchos de los inventos tecnológicos, o las aplicaciones de la ciencia y la tecnología. 

La biotecnología, la biogenética, la bioenergética, etc. han sido sumamente beneficiosas y positivas para la botánica, la zoología, la industria alimenticia, y demás. Sin embargo, si a estos avances no le agregamos el valor normativo ético, no hay salida. 

Si la ética -entendida como la capacidad para discernir lo bueno de lo malo, en función con el beneficio o el perjuicio de mis acciones- no está presente como valor paradigmático; entonces, las manipulaciones que puedan hacerse tenderán hacia fines non sanctos, como la selección de las in-natura, la eugenesia, la creencia en la superioridad o purificación de las razas, la destrucción humana. 

Es necesario y urgente que sea la universidad el ámbito en el cual se reflexione sistemáticamente sobre el problema del mundo posmoderno para que, de una vez por todas, el desarrollo y el consumo vayan de la mano de una mejora de la calidad de vida para todos los ciudadanos por igual.


¿Es posible encaminarnos hacia un paradigma tecno-ético? fue publicado de la página 119 a página120 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº X

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