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Construyendo una identidad

Ocampo, Valentina

(Segundo premio)

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Segundo Cuatrimestre 2016 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Segun

Año XIII, Vol. 77, Mayo 2017, Buenos Aires, Argentina | 208 páginas

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Introducción 

El distrito Tatutí, ubicado en la frontera de Corrientes, es uno de esos lugares que no figuran en el mapa. No tuve la oportunidad de ir, pero me lo puedo imaginar como cualquier otro pueblo chico: calles de tierra, chicos jugando a la pelota a la hora de la siesta, señoras mayores sentadas en sus sillones en la vereda, tomando mate mientras buscan tema de conversación. En este pueblo en 1890 nació un niño que tampoco figuraba en el mapa; Eusebio se escapó de su casa a los siete años y comenzó una vida nueva, con un hogar y una familia nueva.

Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia

Hay la espera de mí mismo Y esta espera es otro modo de presencia

La espera de mi retorno

Yo estoy en otros objetos

Ando en viaje dando un poco de mi vida

A ciertos árboles y a ciertas piedras

Que me han esperado muchos años

Se cansaron de esperarme y se sentaron.

Vicente Huidobro, 1948. Últimos poemas.

Capítulo I: un contexto 

Crisis, fraude y revolución son tres palabras que pueden resumir el comienzo de 1890. La Revolución de los Parques había acabado con la presidencia autoritarista y corrupta de Celman en Argentina, que había sido reemplazado por Carlos Pellegrini. No creo en el sufragio universal. Consultar al pueblo siempre es errar pues éste únicamente tiene opiniones turbias. Había dicho el antiguo presidente. 

Corrupción, devaluación, inflación. Alta dependencia del capital extranjero. Más corrupción. Lo llamaban Pánico de 1890, y hay que admitir que es un buen nombre para estos tiempos de desesperación. 

Todo esto sucede en Argentina a nivel nacional. Pero para el desarrollo de esta historia necesitaremos recortar el mapa y hablar de un pueblito ubicado en la frontera de Entre Ríos y Corrientes, llamado Tatutí. Un pueblo cuyo nombre fue paseando de boca en boca, de familia en familia, hasta llegar a la mía, pero que muy pocos ubican en un espacio. 

En este pueblo, que también sufría notoriamente de la crisis del pánico, comenzaba a extenderse el ferrocarril. Llegaban ingenieros, la mayoría ingleses, y la gente no entendía. Entre todos ellos se encontraba nuestro primer personaje, Petrona Ocampo, que tenía otras preocupaciones en mente.

Capítulo II: un apellido 

Petrona lo quería, pero sabía que había hecho algo terrible. Ser la amante de un hombre casado en aquella época era casi un delito y en un pueblito como aquel donde todos se enteraban de todo no era fácil ocultarlo. Desde un principio supo que nada podía salir bien de una relación así, y ahora sabía que esperaba un hijo suyo. 

Nunca pensó que él reaccionaría de esa manera; antes de decírselo soñaba despierta con lugares lejanos donde podrían escaparse juntos con su bebé, sin sentirse perseguidos por las miradas críticas de sus conocidos. Pero él la había abandonado. Se había quedado sola con un bebé que de ninguna manera llevaría el apellido de ese hombre. Borrando de su mente todo recuerdo de él, decidió ponerle su apellido: Ocampo. Eusebio Ocampo era un lindo nombre.  El nombre y el apellido son la base para la distinción de las personas. Los apellidos a lo largo de la historia se utilizaron de manera diferente; hasta la Edad Media se usaba únicamente el nombre de pila, y para diferenciar a dos personas con el mismo nombre se añadía una indicación al lugar donde la persona vivía o al trabajo que realizaba. En estos casos el apellido describía hasta el estilo de vida de la misma, por lo que las diferencias de clases sociales se hacían más notorias. Actualmente en algunos casos se pueden distinguir los distintos tipos de clases a partir de éstos, y por lo general siempre se bautiza a un hijo con el apellido del padre. En el caso de Eusebio, llevar el apellido de su madre en esta época no estaba para nada bien visto. 

Capítulo III: un hogar 

Tiempo después, Petrona conoció a otro hombre y se casaron. Se dice que ninguno de los dos tenía una buena relación con Eusebio, y que nunca le prestaban atención; hasta circula una versión de la historia que dice que su nuevo padrastro lo maltrataba. Cansado de esto, a los siete años de edad se escapó de su casa.  Se fue sin tener ninguna idea de adónde ir ni qué hacer; simplemente lo hizo sin pensar. Pasaba días caminando, alejándose de lo que alguna vez pudo llamar su casa. Dormía en la calle, y se arreglaba como podía para comer. ¿Acaso podía ser peor el sufrimiento que pasaba con sus padres que aquello? Como en todas las historias de estas existen distintas versiones y comentarios; algunos cuentan que una vez estaba caminando cerca de unas vías de tren y se sentía muerto de hambre. Había pasado mucho tiempo desde que había comido por última vez, y de tanto caminar estaba en muy mal estado físico. De repente, observa pasar el tren y ve a un hombre que se acerca a la ventanilla con un paquete cerrado y lo arroja hacia afuera. Extrañado, Eusebio se acerca al paquete y lo abre, descubriendo que era un trozo de pollo. Puede sonar algo extraño, pero esta anécdota circula entre varios familiares suyos. 

Era un niño de la calle: nunca aprendió a leer ni a escribir, ni tenía juguetes, ni amigos con quienes compartir esos juguetes. En esos momentos él era su propia familia, su propia madre. Casi sin darse cuenta el niño llegó a la Provincia de Entre Ríos y recorrió gran parte de ella hasta llegar a una estancia que le llamó la atención. 

Capítulo IV: una familia 

Para Eusebio, Petrona y su padrastro nunca fueron su familia. El concepto de familia era algo difícil de definir, hasta que llega allí. 

Era una estancia enorme; podía llamar la atención de cualquiera que pase cerca. Allí vivía una familia de clase media-alta, definitivamente muy distinta a la familia de Eusebio: dos hermanos que vivían con sus padres, andaban bien vestidos, tenían juguetes y amigos con quienes compartir esos juguetes. Sin pensarlo, se acercó para hablar con ellos. Lo único que quería era vivir esos últimos años de su niñez como un chico normal. Quería jugar, sentir el aroma de la comida recién preparada, que lo reten por hacer ruido a la hora de la siesta. Lo bueno y lo malo de tener una familia: quería vivirlo todo. Los hermanos vieron que se les acercaba con la ropa sucia y rota, pero no dijeron nada; los niños no suelen molestarse por esos detalles. Estaban jugando con una pelota entre los dos, y de repente, casi sin darse cuenta, comenzaron a pasársela entre los tres. Eusebio no podía estar más feliz. 

Mientras tanto, los padres de los chicos los observaban desde lejos. El padre tomó la precaución de acercarse a ellos para saber si todo estaba bien; los adultos sí se fijan en los detalles.  El hombre le hizo algunas preguntas hasta sacar la conclusión de que era un chico de la calle. Sintió tanta pena por él, luego de verle el rostro iluminado mientras jugaba a la pelota, que con su mujer decidieron ofrecerle un lugar en su casa. Eso sí, a cambio tenía que trabajar en la estancia y ayudar con el mantenimiento del hogar.  Para Eusebio ese día se había ganado un tesoro: una familia y un hogar. Y hasta sus últimos días recordó esa estancia y a esa familia sumamente agradecido de haberlos encontrado.

Capítulo V: un trabajo 

Allí vivió y trabajó hasta los 18 años. Pasó sus mejores días en aquel lugar, disfrutando de cada segundo. 

Un día que estaba trabajando con sus tareas diarias vio a lo lejos en la calle a un hombre cuyo carro había quedado estancado en el barro. Era un auto bastante nuevo para la época. Enseguida dejó lo que estaba haciendo y se dirigió a ayudarlo. Estuvieron un buen rato intentando sacarlo mientras conversaban; el hombre, que parecía una figura bastante importante, le dijo que trabajaba en el Ministerio de Obras Públicas de Concepción del Uruguay, una ciudad de Entre Ríos. Finalmente lograron sacar el carro, y el hombre estaba tan agradecido que le ofreció un puesto de trabajo allí, en el puerto de la ciudad. 

Eusebio debía pensarlo: le habían ofrecido un trabajo en otra ciudad muy diferente, donde iba a poder ganar su propio dinero, pero a la vez debía dejar la estancia para vivir allí. Finalmente decidió aceptar el puesto, y emprendió un viaje a Concepción. Se iba a independizar. 

Al llegar a la ciudad le dijeron que para estos puestos debía recibir un nombramiento que llevaba tiempo en concretarse, podía llevar hasta años, por lo tanto tenía que buscar un trabajo provisorio para poder sustentarse, ya que no tenía mucho dinero. Así que el hombre del Ministerio lo ayudó a conseguir un puesto en la Policía, donde trabajó muy duro haciendo guardia en eventos públicos o en las calles, muchas veces de noche. Por un tiempo volvió a tener una vida en las calles, hasta que finalmente recibió el nombramiento. 

Capítulo VI: una nueva familia 

En su nuevo trabajo se dedicaban especialmente a lo naval; eran los encargados del dragado del Río Uruguay, pero de vez en cuando los hacían viajar a otras localidades. Una de ellas fue una localidad de Concordia llamada Puerto Yeruá donde, a pesar de ser un viaje de trabajo, pudo conocer a la mujer con quien más tarde se casaría y tendría tres hijos. 

Eusebio se casó con María Faustina Brasesco, a quien le decían Maruca, y se mudaron juntos a Concepción del Uruguay. Sus tres hijos se llamaron Carmen, Hugo y Eugenio, quienes luego tuvieron a sus hijos en esta misma ciudad. Concepción del Uruguay se volvió el hogar de esta nueva familia Ocampo, que recuerda esta anécdota en todas sus generaciones. 

Hugo Ocampo, mi abuelo paterno, recuerda a su padre como un hombre callado y reservado, quien era bastante exigente con sus hijos pero que era un hombre de buen corazón. Él cuenta otras anécdotas de su padre, por ejemplo, que al haber hecho el servicio militar de joven, les hacía practicar a sus hijos ejercicios físicos que aprendió allí. También recuerda que su padre siempre fue analfabeto pero se los ocultó por mucho tiempo. 

Eusebio comenzó con una familia nueva que lo va a recordar por siempre por medio de estas anécdotas.

Conclusiones personales 

Un nombre y apellido, un lugar de origen y un ámbito familiar son las cosas con las que nos identifican desde que nacemos; se nos asignan desde nuestro nacimiento, no los elegimos. Por eso, a medida que vamos creciendo vamos construyendo una identidad propia e independiente a los factores nombrados, justamente porque tenemos la necesidad de mostrarnos como seres únicos y diferentes a los demás.

Me gustaría destacar que es muy difícil construir una identidad desde cero como en el caso de mi bisabuelo, al criarse con una familia que no era la suya y usar un apellido que no le correspondía en aquella época. Se puede decir que este hombre intentó despegarse de todos esos rasgos que lo identificaban y se vio obligado a comenzar de nuevo: un apellido nuevo, con otra familia y otro lugar para vivir. 


Construyendo una identidad fue publicado de la página 128 a página129 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

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