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Recuerdos de una memoria colectiva

Osterc, Lucía

(Primer premio)

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Segundo Cuatrimestre 2016 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Segun

Año XIII, Vol. 77, Mayo 2017, Buenos Aires, Argentina | 208 páginas

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Introducción 

Para la realización del presente trabajo, decidí contar la historia de vida de mi abuelo paterno Janez, actualmente de 83 años. Desde pequeño atravesó muchos obstáculos como la segunda Guerra Mundial y una migración continental. Hoy está enfermo de Alzheimer y no recuerda nada acerca de su historia, es por ello que decidí reescribirla para que esta perdure en el tiempo.

Que difícil es decidir por donde empezar a escribir cuando se trata de una historia tan representativa y personal para uno, puesto que el modo de relatar los hechos ha de ser cuidadosamente seleccionado para transmitir lo que verdaderamente se quiere. Mas allá de evitar malentendidos, el asunto es lograr que el lector se sumerja en la historia y se deje llevar por la empatía.  La siguiente historia, más que una aventura o un cuento de agrado para pasar el rato, es un gesto de amor, respeto y profundo agradecimiento a mi abuelo. Se trata de una trayectoria de vida que merece ser contada y atesorada en la memoria, o incluso en el corazón.  Mi abuelo es uno de los miles de ciudadanos que huyeron de un país y un continente destruido por la guerra para salvar su vida. Eso es ser inmigrante. Para muchos, la palabra inmigrante es uno de los tantos términos que aparecen en los libros de historia, muy lejanos a nuestra realidad. Sin embargo, la violencia y las guerras han vuelto a poner sobre la mesa la problemática de la inmigración, adjudicándole una connotación más bien despectiva. 

El significado real de la palabra inmigrante abarca mucho más de lo que se supone hoy en día. Significa: valor, coraje, esfuerzo, hambre, sufrimiento, trabajo, ilusión, desarraigo, esperanza, tropiezo, decepción, dolor, y finalmente la alegría de ver que con todo eso se puede construir algo mejor: una pareja, una familia, una empresa y hasta un país.

Pilar, 26 de Junio de 2016 

El sol ya se había puesto por el Oeste. Solo quedábamos papá, mamá, mis hermanos, mi tío Martín y mis abuelos Janez y Elsa. El resto de la familia había vuelto a sus casas tras un largo domingo de festejo. Hacia dos días, el 24 de Junio, mi abuelo celebraría su santo, costumbre que adquirió de su país natal Eslovenia.  Eslovenia es un pequeño país de la Unión Europea, limita con Italia y el Mar Adriático al Oeste, Austria al norte, al este con Hungría y al Sur con Croacia. Antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, estaba conformado nada más y nada menos que por dos millones de habitantes profundamente patriotas. Desde sus inicios, fue un país de raíces sumamente católicas, a tal punto que en vez de festejar el día de su nacimiento, los eslovenos festejan anualmente el día de su santo. Es por esa misma razón que nos encontrábamos reunidos. Habíamos estado celebrando el día de San Juan el Bautista, correspondiente al santo de mi abuelo Janez, dado que su nombre esloveno se traduce a Juan en español.  Los Osterc nos reunimos la mañana del domingo para preparar el gran almuerzo que acostumbramos tener cada festejo. Entre las comidas que comprendían el menú se encontraban platos típicos argentinos como el asado, y postres tradicionales de Eslovenia como la Potiča. Luego de comer y pasar la tarde en familia, nos despedimos de quienes con el correr de las horas partían de regreso a sus rutinas. 

Me senté en el sillón color crema situado en el centro del living a esperar a mi abuela con la computadora sobre mi regazo. Mi abuelo se encontraba en su silla de ruedas junto a mi familia y mi tío en la habitación de al lado. Sus ojos celestes miraban hacia el impenetrable y oscuro horizonte, como si buscaran algún recuerdo en el olvido.  La habitación se hallaba cubierta de un sinfín de cuadros en acuarela de paisajes eslovenos. Recuerdo que esas pinturas estuvieran allí desde que tengo uso de razón, sin embargo, nunca supe obra de quién eran. Desde Bled hasta las cuevas de Postojna, Eslovenia se caracteriza por tener algunos de los paisajes más lindos que existen, por lo menos eso dice mi abuela. Nunca lo visité, pero si esos cuadros retratan el lugar realmente, me atrevería a decir que son la prueba y uno de mis más fieles argumentos para afirmar que Eslovenia posee escenarios naturales impactantes. 

Noté a mi abuela aproximándose por la izquierda. Luego de sentarse a mi lado, le pedí que me contara la historia de mi abuelo. Con una sonrisa me advirtió que él nunca había hablado mucho acerca de su historia, y que todo lo que sabía se lo debía a los retazos que fue escuchando y almacenando desde que lo conoció. Después prosiguió hacia el origen de los hechos.

Liubliana, Eslovenia, julio de 1933 

El 28 de julio de 1933 nació en la capital de un pequeño país europeo, el menor de los ocho hermanos Osterc. Su madre Paula y su Padre, Ludvik, lo llamaron Janez. No fue mucho el tiempo que él vivió antes de que la Segunda Gran Guerra se desatara, y tampoco lo son la cantidad de personas que puedan atestiguar y describir su niñez. De todos modos, sé que a la edad de seis, junto con el comienzo de la Guerra, Janez comenzó la primaria.  Mi papá, Tomás su segunda hijo, me contó en ciertas ocasiones que debido a la falta de materia prima en el continente durante los enfrentamientos armados, las escuelas carecían de libros y hasta de papel. Es por eso que mi abuelo debió escribir en los márgenes de los periódicos con un pequeño lápiz de grafito que poseía. 

Sus dos hermanos mayores, Ludvik y Franz, tuvieron que ir a la guerra. Mi tía abuela Mita, otra de sus hermanas, contó en una ocasión que ya a los ocho años, Janez fumaba las colillas de cigarrillos que tiraban los soldados al suelo.  La vida durante la guerra no fue nada fácil, ni para los Osterc, ni para el resto de los eslovenos. Pero lo peor aguardaba. En 1945 con el fin de la guerra y el tratado de Yalta, Eslovenia pasó a ser parte de la República Federativa Socialista de Yugoslavia junto con Serbia, Bosnia, Croacia y Macedonia. En aquel entonces JosipBroz asumió como líder socialista, cargo que le otorgó la URSS, y comenzó así la dictadura comunista (Granda, 2008, pp. 9 -13). Eslovenia dejó de existir oficialmente como país, pero mi abuelo y su familia nunca dejaron de considerarse eslovenos: el amor que le tenían a su pequeño país era enorme. 

En el transcurso de este período, muchos eslovenos fueron amenazados y perseguidos por cuestiones políticas. Muchos jóvenes murieron, entre los cuales se hallaba un hermano de Janez. Una noche de otoño de 1945, Janez y su familia se encontraban reunidos en la cocina de su casa mientras la comida se cocinaba en la hornalla. Todos, menos la hermana mayor que se había marchado tras su boda. En aquel entonces mi abuelo tenía tan solo doce años. Inesperadamente se escuchó el estruendo de la puerta abriéndose bruscamente. Eran los Dolina, una familia amiga, que venían a avisar que los miembros de la dictadura comunista venían por ellos. Sin más tiempo que perder escaparon dejando todo atrás: su casa, sus pertenencias, su país, su vida… Solo pudieron llevarse las escrituras y el recuerdo de lo que alguna vez vivieron. 

Se dirigieron entonces hacia Austria. Durante el día se escondían por miedo a ser encontrados, y por las noches huían al paso, siguiendo el curso del río. 

Y el fuego ardió en aquella pequeña casita de Liubliana en donde la comida continuó por cocinarse hasta consumirse y quedar en el olvido.

Pilar, Argentina. 26 de Junio, 2016 

Ya rondaban las ocho y las nueve de la noche. Mi mamá se había incorporado a la escucha del relato y permanecía sentada a mi lado. Luego de una pequeña pausa, mi abuela continuó con el relato. Según cuenta ella, Janez no sufrió las penurias y los efectos de la guerra del mismo modo que sus hermanos mayores. Al ser el más pequeño, recibió muchísimo amor y cariño. Su protección y cuidado fueron la razón por la que sobrepasó sus desgracias y se convirtió en el hombre optimista y alegre que ella conoció. Luego de albergarse en Austria, se dirigieron a Italia donde padecieron mucho. De todos modos, mi abuela cuenta que Janez con tan solo catorce años se ponía feliz de poder ayudar a su familia. Se levantaba todos los días a las cuatro de la mañana para trabajar de monaguillo en una iglesia. Desde pequeño siempre fue muy trabajador. Todo lo que él es y lo que logró hasta el día de hoy, lo consiguió con gran esfuerzo y dedicación. 

En cierto momento se acercó mi tío Martín y le pregunté si recordaba alguna anécdota que mi abuelo le hubiese contado. Asintió con la cabeza y comenzó a contar que durante el tiempo refugiado en Italia, Janez y uno de sus hermanos mayores se escapaban de vez en cuando en tren a Alemania para pasar el día. Fue así como aprendió también a hablar en alemán solo con catorce años. Pero no duraron mucho tiempo más en Italia. En 1948, a los Osterc se les presentó por intermedio de un sacerdote amigo, la oportunidad de trasladarse a Canadá, Estados Unidos, Australia, África o Argentina, según cuenta mi abuela. En aquel entonces Perón ejercía la presidencia argentina. Por su política de libre inmigración, mi bisabuelo Ludvik, quien ya era mayor de edad, decidió migrar a Argentina en busca de trabajo. Cuentan que, a diferencia de otros países, en el nuestro Perón no discriminaba y se aceptaba a inmigrantes que significaban una fuerte mano de obra. Tal circunstancia fue la que llevó a los padres de mi abuelo a migrar a Argentina. 

Italia. 1948 

El barco que zarpaba de Italia fue en dirección a las Islas Canarias para cargar provisiones y alimentar a los viajeros. Les dieron a todos de comer bananas. Pero los Osterc no conocían lo que esa extraña comida era, y en un acto de total ignorancia e inocencia se las comieron con cáscara. Lo más ocurrente de esta pequeña anécdota es que mi abuela hoy y todos los días le da a mi abuelo de comer una banana. Muchos de los hábitos actuales de Janez se fundamentan en hechos, sucesos o situaciones que vivió a lo largo de su vida. Comerse las uñas y silbar, costumbres que algunos de nosotros heredamos, son algunos de los grandes rasgos que lo describen, por lo menos a mi juicio. ¿De dónde las adquirió él? Me arrojaría a decir que por nerviosismo y aburrimiento respectivamente. Tampoco puede comer cordero, dice mi abuela porque le recuerda a la comida que le daban de comer mientras permanecía refugiado. 

Lo que nunca dejó de comer fue pan. En su mesa, desde que yo recuerdo, nunca faltó el pan. Desde pequeña siempre me asombré por el hecho de que mi abuelo sacaba la miga de la baguette y la dejaba a un costado para comerse la corteza. De más está decir que tampoco faltaba la nieta que por detrás tomaba y comía la miga para luego perder el apetito y dejar la comida.  Hay una parte de la historia que no puedo dejar de contar. Se trata del momento en que el barco en el que viajaba Janez y su familia llega al puerto de Buenos Aires. Luego de tomarse una foto con el resto de los recién llegados, los Osterc fueron derivados a un gran hotel de inmigrantes junto al padre Kosmerl, el sacerdote que les dio la posibilidad de migrar. 

Cuenta mi abuela que cuando llegaron al hotel, los recibieron con mesas largas todas cubiertas de pan. Muchos de los inmigrantes atónitos y conmovidos por la cantidad de comida que se les ofrecía comenzaron a llorar. Había quienes se escondían pedazos de pan dentro de los abrigos por miedo a que se acabara. Lo que no sabían era que se les serviría nuevamente la próxima comida.  Tres días después de su llegada, les consiguieron una casa en Florida y Vicente López. No habían pasado tres días de la mudanza que mi abuelo, con quince años recién cumplidos, comenzó a trabajar de albañil. Sin siquiera saber el idioma, toda la familia salió a trabajar. Un tiempo más tarde, Janez consiguió trabajo en una gran tintorería en Munro llamada Cofia. Mi papá en cierta ocasión mencionó que era tal la magnitud de la fábrica, que su trabajo consistía en llevar el correo de un lugar al otro, dentro de la misma. Mi abuela cuenta que con el correr de los años, en Cofia notaron que Janez tenía gran capacidad y potencial, por lo que lo enviaron a estudiar para ser técnico químico tintorero. A la edad de veintidós ya era jefe de fábrica, y según mi padrino Luciano, uno de sus hijos, el mejor tintorero de Argentina de la época. 

En aquel entonces, unas vacaciones de verano, mi abuelo y mi abuela se conocieron y comenzaron a salir. Ella cuenta que en un principio no creía que podrían llegar a ponerse de novios. Por “cosas de la época” nunca salían solos, solo iban al cine los domingos. Pero luego de tres meses de salir, se pusieron de novios. Cinco años más tarde se casaron y se mudaron a un pequeño departamento. Posterior al nacimiento de su primer hijo Martín en 1961, la tintorería Cofia cerró dejando a muchos sin trabajo, entre ellos mi abuelo. En ese entonces Elsa, mi abuela, comenzó a vender a conocidos suyos piezas de tela que habían podido recuperar.  Ya al borde de una nueva migración hacia Chile, Janez consiguió un nuevo trabajo en una tintorería. Nacieron entonces su segundo hijo Tomás, (a quien quisieron llamar Ludvik pero no se les permitió) mi papá y años más tarde los mellizos Luciano y Adriana. 

En cierto momento mi abuelo renunció a su trabajo para alquilar una ex tintorería en el corazón de Buenos Aires junto con cinco socios. A pesar de que no les fue bien, en el año 1966 compraron una pequeña fábrica en Ramos Mejía y con tiempo y trabajo comenzaron a expandirse y a comprar los terrenos aledaños. Cuatro años habrían transcurrido cuando nació su quinta y última hija, Paula. 

Muchos años de trabajo en la industria textil y tintorera resultaron en la independización de Janez, que con el correr de los años compró las partes de la empresa correspondientes a sus socios. Sus hijos e hijas, ya mayores comenzaron a trabajar junto a él. De a poco se fueron casando y a su vez teniendo hijos, lo cual convirtió a Janez en abuelo de diecisiete nietos y nietas.  A pesar de que se adaptó fácilmente y formó su profesión, su familia y su empresa en Argentina, el corazón de mi abuelo siempre va a pertenecer a su país natal, Eslovenia: el que lo formó como persona. 

Luego de su huida, volvió a visitarlo seis veces más. No solo nunca perdió los valores que adquirió de pequeño, sino que los infundió a su familia. El amor por la música y el catolicismo son algunas de las tradiciones que se transmitió a sus seres queridos. Por desgracia, el idioma esloveno fue una de aquellas cosas que no todos pudimos aprender, pero que él nunca olvidó. Recuerdo que una vez, hacia el año 2009, nos encontrábamos mi mamá, mi abuelo y yo en la galería de su casa. Comenzamos a rezar el rosario y él solo miraba hacia abajo. Su enfermedad no le permitía recordar qué era rezar ni cómo se hacía. Sin embargo, tanto mi mama como yo quedamos atónitas cuando en cierto momento él comenzó a rezar el rosario a la par nuestra, pero en esloveno.

Es el día de hoy que Janez no recuerda casi nada. Todo recuerdo se desvaneció junto con su memoria. Es por ello que hoy reescribo su historia apelando a mis recuerdos y los de mi familia, para que nuestra historia no se olvide ni se pierda como la memoria de mi abuelo, sino que se conserve y se pase de generación en generación como tradición que nos hace a cada uno de nosotros.

Conclusión 

Este trabajo fue más allá de una narración y descripción de hechos: se trató de indagar más profundamente sobre la historia mi abuelo que al fin y al cabo también forma parte de mi historia. Escribir este relato significó vincularme con mi familia, la cual me dedicó un montón de su tiempo y me brindó muchísima información. Además pude entender más profundamente de donde vengo y la razón de todas aquellas características que hacen a mi familia. 

En el ámbito académico, aprendí como redactar sin seguir un orden cronológico, es decir, anacrónicamente, y desarrollar en mayor profundidad el uso de descripciones.


Recuerdos de una memoria colectiva fue publicado de la página 135 a página138 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

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