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El primer tren

Ferradas, Hernán Gabriel

(Segundo premio)

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Segundo Cuatrimestre 2016 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Segun

Año XIII, Vol. 77, Mayo 2017, Buenos Aires, Argentina | 208 páginas

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La década del 90 no había sido la más próspera para gran parte de la población, aunque el campeonato de Peñarol del 96 hizo que Wilfredo se alejara un poco de la preocupación por los números del negocio. Se había vuelto a ver otra vez con Amadeo, quien no estaba mucho mejor que la economía uruguaya y que, al igual que Wilfredo, también había enviudado hacía poco. Con él compartían mates y bizcochos, casi siempre los viernes. 

Wilfredo Ferradás, el único tío abuelo que llegué a conocer, era un señor mayor de mediana estatura, cuerpo fornido, y manos ásperas y descuidadas al igual que su rostro. La piel gruesa de su cara, bronceada y atravesada por cejas tupidas y canosas, componían el rostro de un abuelo simpático y alegre. La calidez de su voz y lo contagioso de su sonrisa alternaban de a ratos con una mirada perdida, como si prestara atención a una jugada de Bengoechea en el minuto 90, proyectada en la pata de una silla. 

El primer día del año, Wilfredo se había despertado en nuestra casa de Buenos Aires con la boca reseca. Una puntada en la cabeza le había hecho recordar que se había desacostumbrado al alcohol, y que hacía un año no brindaba con la familia. Antes de volverse para Montevideo, habíamos intentado averiguar si lo atormentaba el recuerdo de Clementina, su esposa, o si lo que le hacía perder la atención a las conversaciones era algún problema en el negocio.  Ya de vuelta a la rutina en Uruguay, el mismo Wilfredo, intrigado por nuestra preocupación, empezó a advertir que desde hacía unos días había algo que lo inquietaba, y estaba cayendo en la cuenta de que su conducta en soledad había empezado a cambiar. Lo habló con Amadeo, le contó que últimamente había días en que pensaba en voz alta, días que creía que esos pensamientos no le pertenecían, que otros días incluso hasta podía pensar por otro, e intercambiar palabras consigo mismo. También le contó que los momentos que compartía con él y con los clientes, eran una buena oportunidad para distraer un poco esos diálogos internos sobre temas diversos que lo acompañaban a lo largo del día. Sin embargo, las charlas consigo mismo no le molestaban. Supo que ensayar esas maneras de comunicar las frases era una suerte de práctica previa a la interacción con los demás, que tanto le costaba. 

La preocupación de Wilfredo se profundizó cuando se dio cuenta de que no podía cumplir con las entregas del día, a pesar del escaso trabajo. Para solucionar esto, se propuso no perder más el tiempo en conversaciones donde él era emisor y receptor a la vez. Intentó ignorarse, se enfocó en los clientes a los que les debía entregar los arreglos y hasta confeccionó un nuevo calendario de metas, para volver a ponerse al día como a él le gustaba. Nada de esto funcionaba.  Las semanas siguientes a su plan de trabajo sólo sintió que se agudizaba el acoso. Nunca había experimentado rechazo a abrir el negocio, mucho menos se le había ocurrido dejar de ir, cambiar de aire o cambiar de zona. Si había algo más fuerte que sus ganas de trabajar, lo estaba descubriendo por esos días.  Con la llegada del invierno del 97, la terapia intensiva de Amadeo y la falta de dinero para hacerse una escapada a Buenos Aires, Wilfredo sólo empeoró. Las voces a solas en el taller fueron cada vez más frecuentes, punzantes, agudas, irritantes y agobiantes. Ya no tenía con quién compartir los viernes. Había perdido la motivación para levantarse a trabajar y su vida se había convertido en un infierno. Odiaba tanto a las voces como a los médicos y a los vecinos que sólo se preocupaban por tener algún chisme que contar. 

Incapaz de preocupar a su familia de Buenos Aires, guardó silencio. Sólo se dedicó a escuchar a las voces que lo atormentaban. La voz que menos le molestaba era la de aquella señora que parecía que lo entendía y que intentaba aliviarlo, y buscarle una solución a sus problemas. No hacía falta que Wilfredo interactuara con ella, parecía que era la única que, a diferencia de los demás, conocía su historia de vida. Aquella señora conoció a Amadeo, a los vecinos y a la familia en Argentina, o mejor dicho, a lo que ya para esos días Wilfredo creía que era su familia, o lo que vagamente recordaba. Aquella señora callaba a los demás cuando Wilfredo se molestaba. Él incluso extrañaba su voz cuando no la escuchaba, y lo único que le importaba en el día era escucharla y hablarle. Para ese tiempo, aquella señora era el único motivo por el que él vivía. En la carta que nos dejó a nosotros contaba el desenlace de manera muy precisa. La señora lo había invitado a irse con ella, a volver con ella. Así que el mismo día en que desconectaron a Amadeo, Wilfredo siguió la instrucción de aquella señora que lo invitaba a acompañarlos, y sólo esperó que el primer tren se lo llevara para siempre.


El primer tren fue publicado de la página 153 a página154 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

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