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Historia de un inmigrante

Oliviero, Jezabel Antonella

(Primer premio)

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Segundo Cuatrimestre 2016 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Segun

Año XIII, Vol. 77, Mayo 2017, Buenos Aires, Argentina | 208 páginas

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Introducción 

Antonio nació en Italia en el año 1932, precisamente el 4 de julio. Sus padres, Antonio y Carmela, tuvieron diez hijos; entre los cuales se encontraban, además de Antonio, Crisencio, Rafael, Vicente, Juan, Concepción, Filipella, Saberia, María y Laura. Ellos vivían en el pueblo Melito Irpino, provincia de Avellino, ubicado en el sur del país, cerca de Nápoles. Dicho municipio estaba situado sobre una pequeña colina, la aldea se dividía en dos mediante un gran río. Este arroyo fue el lugar perfecto para los niños a la hora de jugar y para bañarse en una calurosa tarde de verano. En lo alto de la colina se encontraban las viviendas, mientras que en lo bajo estaba el pueblo donde se hallaba la municipalidad, un cementerio, la escuela, un asilo de monjas, la iglesia vieja y la iglesia nueva. En ésta última había un mármol tallado con los nombres de los fundadores donde se encontraba el del abuelo de Antonio. 

Para Antonio, aquel lugar, su espacio de crianza, donde pasó horas jugando, era hermoso. Allí era donde estaba su familia, sus amigos, sus vecinos; donde aprendió y donde le inculcaron sus valores. A pesar de la miseria que había en esos años, para aquellos niños su pueblo era magnífico ya que ellos pertenecían ahí, donde reinaba la humildad, la sencillez y la solidaridad entre los vecinos; quienes encontraban la felicidad en los pequeños detalles y se conformaban con lo justo. Aquellos niños, inevitablemente, se habían criado en un mundo en conflicto, lleno de inhumanidad.  Por lo tanto, su lugar, su pueblo y su gente eran su refugio, deseando prosperidad y un mejor futuro.

Desarrollo 

En la década de 1930 Melito Irpino era un pueblo agricultor de aproximadamente 2000 habitantes, donde escaseaban las fábricas, lleno de personas inocentes y gente trabajadora. Los individuos que sabían leer y escribir eran los encargados de regir el pueblo. La cosecha era la fuente de trabajo de la mayoría de los habitantes, en tanto los demás, laboraban en los diferentes puestos de la municipalidad.  Los árboles y las piedras decoraban el pueblo empinado. Los santos eran motivo de festejo y en los domingos de celebración, en la parte baja de la colina, se vendían hortalizas, tocaban bandas de música clásica y hasta en algunas ocasiones, se traía una gran pantalla donde todos disfrutaban del cine. Los vecinos se encontraban allí y gozaban de una divertida jornada mientras los niños corrían y se entretenían alborotados. El río era el lugar perfecto como punto de encuentro de los habitantes. Las mujeres lavaban allí las verduras y la ropa, los niños jugaban y en los días de verano era el sitio ideal para refrescarse.  Antonio nació en una Italia gobernada por Camisas Negras. Creció con la normalidad de las masas sometidas a un gobierno atroz. Aquella era su única realidad, regida por el absolutismo que limitaba la libre expresión y obligaba a obedecer. La sociedad estaba ordenada por elementos fijos como la religión, la familia y el trabajo, donde carecían los derechos humanos y la democracia. Es decir, una Italia fascista, dictada por Benito Mussolini. 

Antonio era un niño de ocho años con pelo castaño y bucles por los hombros, vestía una camisa con un pantalón corto que le quedaba algo holgado ya que era herencia de sus hermanos mayores. Sus abotinados de cuero eran sus aliados para las tardes de diversión con los chiquillos del pueblo. Él era un nene charlatán, inteligente, un poco travieso, algo metido y el hermano menor, por lo tanto, el más mimado.  Antonio padre era alto y flaco, con ojos claros y pelo castaño corto. Tenía una fuerte atracción por el alcohol. Cada mañana tomaba una copa de anís, vicio que había adquirido en Estados Unidos donde había trabajado varios años atrás. Era un buen hombre, fiel a su familia, que ganaba el pan trabajando como encargado del cementerio. Mientras que su esposa, Carmela, se ocupaba de criar a sus hijos. Ella era una mujer sumamente hermosa, de estatura moderada y corpulenta, con una cabellera a media espalda castaña y ojos grises. Se destacaba por tener la maternidad a flor de piel, dando todo por sus hijos. Era bondadosa, compasiva y siempre se preocupaba por mantener su casa: un grande y cálido hogar. La vivienda tenía una amplia cocina donde, además de comer, era el lugar en el cual se avivaba el fuego para pasar los helados días del invierno. También poseía una gran habitación rectangular en la cual dormían todos los integrantes de la familia. Antonio, como todo niño, tenía varios compinches, pero solo dos eran sus mayores cómplices: su primo hermano Crisencio y Carlos. Éste último era su compañero, su confidente, su gran amigo; quien era un ser buenísimo, con una personalidad tímida y de poco hablar. Él era fiel a sus pensamientos, y le otorgaba un gran valor a las palabras con un carácter estricto. Antonio y su amigo pasaban horas divirtiéndose, haciendo travesuras y metiéndose en líos. Así transcurrían sus días, llenos de ingenuidad y sencillez. Una tarde, encontraron un área deshabitada cerca del arroyo y la convirtieron en su canchita, donde pasaban horas jugando con su pequeña pelota hasta que el sol caía. 

Eran épocas austeras que obligaron a los niños a ver al mundo con otros ojos. Un mundo enfrentado, lleno de crueldad. Se criaron en una situación de extrema violencia, donde hijos, hermanos o padres eran forzados a combatir, donde no había lugar a elegir ni opinar. Pocos eran los valientes que se atrevían a rebelarse al régimen.  La ingenuidad de los niños era lo que los impulsaba a pasar aquellos días y la esperanza de que algún día todo cambiara. Se avecinaban desagradables tiempos. No había más que ayudarse entre los habitantes. Antonio tenía como vecinos a Daniel y Antonieta, quienes se solidarizaban en tiempos de miseria. En 1939 se desencadenó la gran catástrofe. Juan, Rafael y Vicente, tres de los hijos de la familia, fueron obligados a combatir en la Segunda Guerra Mundial mientras que Antonio padre no tuvo que enlistarse ya que por su edad estaba eximido. Carmela se despidió de ellos acongojada, sin saber si iba a volver a verlos. Madres destrozadas por la incertidumbre, chicos desarrollándose como si aquello fuese normal y hombres jóvenes obligados a matar y a realizar barbaries. El mundo se tiñó de tristeza, terror y duda.  Cada Sábado Fascista los niños eran obligados a asistir a una tarde de entrenamiento militar para luego premiarlos con un plato de comida, lo mejor del día, el momento más esperado por ellos. Militares inculcando a hombrecitos en crecimiento la preparación para la guerra y enseñando a combatir, cuando a aquellos niños solo les correspondía crecer dignamente, jugar, disfrutar de las despreocupaciones y tener una infancia feliz. Melito Irpino comenzó a ser invadido por aviones de combate que se adueñaban del cielo. Un sonido extraño comenzó a interrumpir las divertidas tardes de Antonio. 

Sirenas de advertencia avisaban que se aproximaba un bombardeo. Cada vez que aquel espantoso sonido retumbaba, un fuerte escalofrío sacudía su cuerpo y el eco de las turbinas de los aviones provocaba terror en las personas. Antonio y sus amigos corrían a los canales creados para protegerse. Los militares bombardeaban el río creyendo que aquello era una ruta. Las circunstancias extremas unían a los vecinos y fortalecían relaciones, predominando el apoyo y el compañerismo. El patrimonio del país estaba destinado al armamento. La escasez reinaba en todo ámbito. Aunque se tenía dinero, no había alimentos. El gobierno racionalizaba pocos ingredientes para cada familia, por lo tanto los habitantes estaban obligados a cultivar sus propias hortalizas para sobrevivir, ya que lo otorgado por las autoridades no abastecía. Eran tiempos de mucha carencia, donde además de vivir tragedias, se pasaba mucho hambre, lo que obligaba a demasiadas personas necesitadas a buscar alimentos hasta donde no había, inclusive a robar cultivos de vecinos para poder comer. A pesar de que en su pueblo no se combatía, el hambre se había vuelto el principal conflicto. 

En abril de 1945 la guerra estaba terminando, Mussolini fue fusilado y colgado en la plaza de Milán donde fue despreciado por todos los habitantes que escupían el odio que le habían tenido a aquel monstruo, quien torturó y mató a miles y miles de personas. Los Demócratas Cristianos fueron los elegidos por los italianos para gobernar. La guerra acabó y sólo quedó la angustia y el desamparo. El esperar el regreso de los sobrevivientes, de volver a ver a aquel ser querido que había estado incomunicado tantos años. A pesar de que aquel terrible hecho había terminado, el país estaba destruido, las fábricas estaban desmoronadas y la gente desesperanzada, sólo quedaba la nada misma.  Pero entre tanto dolor y tanta incertidumbre por el futuro, apareció lo más preciado y lo tan valioso. Los rezos, la esperanza y el deseo se habían vuelto realidad. Juan, Vicente y Rafael sobrevivieron. Carmela se fundió en un fuerte abrazo, en el reencuentro, con cada uno de sus hijos, sus lágrimas de emoción mojaron la ropa de aquellos jóvenes obligados a combatir, el amor entre ellos se volvió aún más grande. 

La familia volvió a estar unida. 

En ese contexto Antonio, ya con 15 años, encontró un refugio. Un lugar donde las preocupaciones desaparecían, donde las necesidades pasaban a segundo plano. Todo se concentraba en los armoniosos sonidos que salían de su trompeta, perdiéndose en las diferentes notas musicales y dejándose llevar por la melodía. Descubrió un espacio donde se podía dedicar a él, a aprender y perfeccionarse; un lugar donde focalizaba toda su energía y que le provocaba una gran felicidad. Su maestro Carmelo fue la inspiración de su pequeño mundo melodioso, quien le daba clases por las noches mientras que Antonio trabaja de zapatero para él en el día, como medio de pago. El amor por ese instrumento se había vuelto algo tan placentero que lo llevó a pulir cada vez más aquellos sonidos. Una clase, mientras la noche se empapaba de música, su mentor le dijo que el alumno había superado al maestro, que no había nada más que podía explicarle. Antonio había evolucionado de tal manera que su progreso se había vuelto un orgullo para Carmelo. 

Por lo tanto, le consiguió un nuevo instructor, más avanzado, quien dirigía una gran orquesta. Antonio comenzó a asistir a las clases y empezó a recorrer los diferentes pueblos con los músicos, llevándole alegría a los lugares y endulzando los oí- dos de los habitantes. Aquello que tan feliz lo hacía, su vocación, se había vuelto su ocupación.  Qué mejor que trabajar de lo que a uno le gusta.  A pesar de que el país estaba desbastado, la música era una especie de escape para Antonio, un espacio donde no había límites ni maldad, donde todo era bello. La orquesta sabía adaptarse a las diferentes exigencias, transmitiendo su felicidad y su talento al público, quien fascinado por las bellas óperas, le devolvía con efusivos aplausos su agradecimiento. En 1951 Antonio tocó la trompeta durante tres días junto a la orquesta en un pueblo cercano a Melito Irpino. Un telegrama interrumpió aquella gira. Antonio padre le pidió a su hijo que volviera de inmediato, a su casa, ya que tenía que viajar a Argentina dado que su otro hijo, Rafael, había sido rechazado en la revisación médica para poder ingresar a dicho país. En el viaje de vuelta a su pueblo natal, Antonio vivió sentimientos encontrados: sintió una gran alegría por ir a una tierra más esperanzada pero a la vez lo invadió la tristeza por abandonar sus raíces. 

Al llegar a su casa, sus padres le dijeron que tenía 15 días aproximadamente para hacer los trámites para emigrar a Argentina, donde ya se encontraba su hermano mayor Juan. Antonio viajó en micro hasta Nápoles y luego en tren hacia Génova donde le realizaron la revisación médica. Mientras Crisencio se encargaba de buscar un barco que fuera para Buenos Aires, arribó a la casa de Antonio el telegrama donde avisaba que él era apto para emigrar ya que estaba en condiciones saludables.  Llegó el momento de despedirse de su familia, su padre y sus hermanos en fila saludaban a Antonio. Cada abrazo con sus parientes representaba las anécdotas vividas, los momentos juntos y el amor que los unía. A pesar de que Antonio quería a todos sus hermanos, con Laura había tenido una conexión especial. Ella era valiente, arriesgada y muy graciosa; quien en la despedida lo bromeó con el miedo al barco. Por último, se despidió de su madre, de su gran ejemplo; se unieron en un fuerte apretujón lleno de amor y ternura. Carmela, con lá- grimas en los ojos no podía soltar a su hijo menor; a pesar de que sabía que lo esperaba un futuro mejor, la tristeza de dejar de verlo todos los días, la invadía.  Su padre y Crisencio lo acompañaron hasta la ruta donde tomaría el micro que lo llevaría hasta Nápoles. El camino era a pie durante dos kilómetros pero a mitad del recorrido, Antonio padre decidió parar. La imagen que él tenía de un hombre duro era todo lo contrario a lo que representaban sus sentimientos en aquel momento, no podía soportar ver a su hijo alejarse en un barco. Antonio sintió un pequeño empujoncito y escuchó un “andate” de su papá, se dio vuelta y lo abrazó. Un beso y un gran apretón de su padre fue el recuerdo que se llevó para seguir caminando con Crisencio. 

Al llegar al puerto de Nápoles se despidió de su hermano, quien le deseó un buen viaje. Antonio subió al barco y cuando éste hizo sonar la sirena, el modelo Sise de Italmar comenzó a alejarse del embarcadero. Cientos de manos se alzaron para saludar a los familiares que estaban dejando su país natal, entre ellas las de Antonio, mirando fijo y saludando enérgicamente a Crisencio. Mientras el barco emprendía su ruta, la melancolía irrumpió a Antonio. Comenzó a tomar dimensión de estar marchándose de su lugar, de su hermoso pueblo, de sus recuerdos. A pesar de la miseria que había, allí estaban sus amigos, su familia y principalmente su hermosa madre, aquella mujer que tanto amaba. 

A medida que los minutos iban pasando, con tan solo 19 años, decidió hacer borrón y cuenta nueva, mirar hacia delante y esperanzarse con un futuro digno. El barco no era lujoso pero sí muy grande. El recorrido abarcó cuatro territorios: África, Brasil, Uruguay y por último, Argentina. Cuatro, incluyendo a Antonio, eran los jóvenes que se divirtieron en el barco durante los 23 días de viaje. Aquella jornada en el buque estaba llena de graciosas historietas, como la gran fiesta que se celebró cuando el sol cambió de posición, es decir al cruzar el Ecuador.  Al arribar a Montevideo todos los integrantes del barco se vistieron con las mejores prendas ya que era una costumbre llegar a destino impecables. La nave italiana arribó en Argentina un 4 de septiembre de 1951 a las 7:30 de la mañana. La temperatura era helada y entre la muchedumbre y con valija de madera en mano, Antonio reconoció a su hermano mayor, Juan, quien lo estaba esperando. Él era el único familiar que tenía en Argentina y el que comenzó a enseñarle el español. Antonio tenía planeado quedarse un año aproximadamente y volver a su tierra de origen, por lo tanto estaba despojado de cosas materiales, sin tomar dimensión de lo que eran las diferentes costumbres, hábitos y comportamiento de los habitantes de un país desconocido. 

En aquellos años, Argentina estaba gobernada por el presidente Juan Domingo Perón. El país había logrado un gran paso: la reforma de la Constitución en 1949, que entre otras cosas, consistía en los derechos de los trabajadores y en la igualdad de las mujeres y los hombres. En septiembre de 1951 la gente eligió continuar con el mismo dirigente y fueron las primeras elecciones donde las mujeres pudieron ejercer su derecho al voto. 

Antonio vivió en la casa de su hermano y su cuñada, llamada Pierina, donde dormía en una pequeña habitación. La misma estaba ubicada en el partido de José León Suarez, un sitio desolado en pleno desarrollo. En aquel lugar, vivían muchos italianos, entre ellos vecinos de su pueblo natal, por lo tanto, eso lo hizo sentir conectado a sus raíces.  Su primer trabajo fue en la localidad de Chilavert, en una tintorería llamada Danubrio. Era una gran tienda de dueños alemanes, donde se ocupaba de planchar todas las prendas. A medida que pasaba el tiempo, su cuñada Pierina, a escondidas de su marido Juan, le exigía dinero para cobrarle el hospedaje pero Antonio no podía darle lo que ella reclamaba ya que no disponía de éste. A pesar de aquella situación que le provocaba incomodidad, Antonio decidió callar y no contarle lo sucedido a su hermano. 

Aunque Antonio quería mudarse, no tenía nada más que pocos amigos de su pueblo. Él solo era un joven que quería establecerse en un país, aprender las costumbres y principalmente el idioma. Con una personalidad optimista, nunca se quedó atrás, siempre intentó superarse, por lo tanto se acostumbró a tener siempre dos trabajos. Él se desahogaba con las cartas que le enviaba a su madre, contándole sus experiencias y sus sentimientos. Más allá de que en Argentina prosperaba económicamente, su corazón seguía en Italia, en su pequeño y encantador pueblo.  Durante muchos meses, extrañó profundamente su lugar y a sus seres queridos. A pesar de extrañar, el tiempo lo obligó a acostumbrarse al país, comenzó a tomarle cariño a éste y también a la gente solidaria que había conocido. Luego de varios meses, empezó a trabajar en otra tintorería y se mudó a la casa de su amigo Felice. 

En el año 1955 se reencontró con Daniel, su vecino de su amado pueblo. Él estaba casado con Antonieta y tenían tres hijos: Vicente, Nicoleta y María Concepción. Muy amablemente, Daniel le hizo una propuesta y Antonio aceptó la oferta de vivir en un cuarto de su hogar.  Después de mucho sacrificio, Antonio comenzó a prosperar en todos los ámbitos, cambió de trabajo a una fábrica llamada La Cofia, donde se encargaba de estampar telas y se reencontró con su querido amigo de la infancia, Carlos. Además, algo comenzó a despertarse en su interior.  María, la hija de Daniel, era una adolescente alta y muy flaca, tenía 14 años cuando comenzó a sentirse atraída por Antonio. Él la recordaba de niña con sus largas trenzas ya que en la puerta de la casa de María había un árbol de moras donde todos los habitantes del pueblo recolectaban frutos. Luego de muchas conversaciones, risas y miradas cómplices en el jardín de su casa, comenzaron a sentir flechazos. Antonio y María, con ocho años de diferencia, eran dos jóvenes con sentimientos a flor de piel. 

Aquel espíritu fresco típico de la edad, los llevó a vivir una historia de amor en secreto.  María se enamoró de su pelo y su mirada pero principalmente de cómo la escuchaba y la aconsejaba. A pesar de que Antonio le llevaba varios años, empezó a ver en ella una chica con una gran madurez, ya que la vida la había obligado a crecer rápidamente. Comenzó a enamorarse de su manera tranquila de ser, de su belleza y esencialmente, de su alma emprendedora y optimista.  Luego de besos a escondidas en el patio y visitas secretas, fueron descubiertos por el hermano de María. A pesar de que en un principio Daniel no estaba de acuerdo con la relación, por la diferencia de edad, el tiempo lo ayudó a comprender que eso no era un impedimento en ellos ya que el amor que se tenían era sumamente sano y puro. 

Aquellos jóvenes apasionados, juntos, podían contra cualquier obstáculo. Sus recuerdos de la infancia pertenecían al mismo pueblo; compartían conversaciones de su amada Italia, donde estaban sus seres queridos, y principalmente se contenían. Esos niños que habían sido criados en una guerra ya habían crecido, tenían planes por delante y un hermoso casamiento que organizar. 

El 9 de julio de 1958, Antonio y María se prometieron amor eterno por civil y el sábado 11, por iglesia. Ella estaba hermosa, su vestido blanco de mangas largas y falda voluminosa transmitía pulcritud y finura mientras que él vestía un elegante traje. Su casamiento fue sencillo, en el patio de María, rodeado de afectos y de amor. En ellos reinaba la felicidad, aquellos jóvenes enamorados estaban emprendiendo una vida juntos, llena de sueños y planes a futuro.  Antonio, desde el año 1956, trabajaba en el ferrocarril. De a poco, junto con su esposa, fueron construyendo su casa ubicada en la calle Fray Cayetano Rodríguez, en el partido Vicente López. Paulatinamente comenzó a desarrollarse laboralmente aún más, a incorporarse y sentirse parte de esta tierra. Un año después de su casamiento, precisamente un 11 de noviembre, nació su primer hijo llamado Dante. Antonio desbordaba de felicidad, un bebé, un fruto de su amor con María, había llegado a sus vidas.

En el año 1962 una llamada interrumpió el día de Antonio. Crisencio se comunicó con él para contarle que algo horrible había sucedido, un terremoto había destrozado su pueblo Melito Iripino pero no había muertos. Antonio y María se sintieron anonadados, no lograban comprender que su querido pueblo había sido destruido por una catástrofe natural.

Su vida continuó, en 1965 nació su segundo hijo Claudio y en el año 1982 su primera hija mujer llamada Cecilia. Siempre tuvo un espíritu optimista y superado, por lo tanto siempre tenía dos trabajos. Antonio ya era inspector de ferrocarril cuando sintió que quería progresar, y en el año 1974 logró entrar a trabajar en la empresa SEGBA.  Luego de muchos años de trabajo, en 1990 volvió a Italia, junto con María y Cecilia. Al llegar, fueron a Melito Iripino. El gobierno italiano había trasladado el pueblo a dos kilómetros aproximadamente de su emplazamiento original, ayudando económicamente a todos los habitantes para volver a construir sus hogares. Los familiares de Antonio los llevaron a ver su sector nativo. Muchísimos años después y ya adultos, Antonio y María volvieron a su amado lugar, destruido por el terremoto e invadido por la naturaleza. Caminaron, recorrieron aquel sitio que ahora era más pequeño ya que varios sectores habían sido tragados por la tierra. Ellos estaban impactados, la iglesia estaba abandonada y por partes, demolida; llena de plantas que se habían metido por las paredes rotas. Luego de transitar aquellas callecitas, algo les llamó la atención: el árbol de moras ubicado en la puerta de la casa de María, que daba frutos en plena miseria durante su infancia, seguía intacto, pero ahora era enorme y estaba repleto de frutos. El terremoto se había llevado muchos hogares pero no a aquel arbusto. María al ver su casa, se imaginó de niña, con sus abuelos y la invadió la nostalgia. A unas casas de distancia, se encontraba la de Antonio; cuando él se encontró con su vivienda, aquel lugar donde pasaba con su familia, imaginó a su padre y a su hermosa madre ya fallecidos. Estaba abrumado, no podía creer que su casa estaba en ruinas, pero algo lo emocionó profundamente, entre algunos escombros encontró el zapato de su padre. Aquel objeto, ya amohosado e intervenido por las condiciones climáticas, provocó conmoción y ternura; muchos recuerdos llegaron a su cabeza y a su corazón. Su amado pueblo ya no era como ellos lo recordaban, lo habían abandonado de niños y reencontrado de adultos. Sin embargo, aquel lugar mantenía ese espíritu inocente, y allí evocaron su infancia, rodeados de sus familiares más amados.

Epílogo 

Ahora, en el año 2016, luego de varios años, con sus hijos ya crecidos, lograron todo lo que querían. Aquel niño que vivió en el contexto de una guerra, que encontró refugio en la música y fue obligado a viajar a Argentina donde se convirtió en un gran hombre, actualmente tiene 84 años. Cada marca en su piel refleja una experiencia. Al mirar hacia atrás y ver lo recorrido, Antonio puede observar que a pesar de los obstáculos que le puso la vida, siempre pudo superarse. Sus recuerdos y su historia los recapitula intacta, cada detalle y cada circunstancia vivida le trae sonrisas y lágrimas. La vida lo obligó a vivir sucesos inesperados y a su lado sigue ella, María. Su forma de ser le recuerda a su hermosa madre. Juntos construyeron una familia y transmitieron su vida aventurera y los valores adquiridos a sus hijos.

Actualmente, Antonio y María son dos ancianos que disfrutan de recordar de su juventud, ríen de sus anécdotas juntos y gozan de invitar a sus seis nietos a comer pastas caseras hechas por María. Siguen siendo una pareja enamorada y transmiten su amor a la familia. La vida le enseñó a Antonio a disfrutar de las pequeñas cosas. Hoy, después de tantos años de trabajo y de autorrealización, le toca descansar. Cuida su quinta y pasea a su perra. Las tardes las pasan en su jardín de invierno, una habitación iluminada por los rayos del sol que penetran por la ventana, aquella radiación anaranjada típica del atardecer alumbra un hermoso y grande portarretrato, una bella y única foto donde se los ve a esos jóvenes enamorados en el día de su casamiento.


Historia de un inmigrante fue publicado de la página 183 a página186 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº77

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