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Docente: Federico Ferme

Facultad de Diseño y Comunicación

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº83

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº83

ISSN: 16685229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Primer Cuatrimestre 2018 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Primer

Año XV, Vol. 83, Octubre 2018, Buenos Aires, Argentina | 190 páginas

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Lo bueno dura poco o el matrimonio de mis padres (Primer premio) Prieto Silva, Roberto Introducción La materia propone, como trabajo final, una narración sobre algún hecho, personaje o situación que hagan parte de nuestra historia familiar. El tema que escogí es el matrimonio de mis padres, pues desconozco cómo y cuándo se conocieron.

Aunque eso nunca despertó interés alguno en mí, la idea del ensayo se disparó cuando, con la finalidad de recibir sugerencias sobre una anécdota familiar que mereciera ser contada, tuve que recurrir a ellos. Ante las respuestas tan disímiles y contradictorias, recordé lo opuestos e incompatibles que son; había nacido mi historia por investigar y narrar: ¿Qué pudo pasarles por la cabeza para tomar la decisión de casarse? Para este ensayo, como sugiere la consigna, contaré con un informante clave, mi padre, al cual entrevistaré vía mensajes de Facebook, medio que él propuso. Además, haré uso de documentación pertinente para una correcta comprensión del contexto histórico y sociocultural en que se desarrollaron los hechos. Este texto pretende, además de relatar una historia familiar de manera clara y estructurada, indagar en una parte fundamental de mi historia personal que desconozco La tarde de Roberto o la cerveza siempre fría Ese lunes Roberto no fue la oficina. La noche anterior Sendero Luminoso había dinamitado las torres de alta tensión que abastecían de electricidad a casi la totalidad la capital. Sucedía con tanta frecuencia que la dinámica era siempre la misma: había que tomarse las cervezas antes de que se calentaran.

Sin embargo, para él y sus amigos, la cerveza estaba siempre fría, y el hielo para el Whisky no dejaba de ser hielo. El punto de encuentro era invariablemente el bar de la mansión en que vivía con su familia, ubicada en un barrio residencial llamado “Las Casuarinas”, por lo que recibía el cariñoso apodo de “Casuarinas”.

En Casuarinas nunca faltó ni faltaría nada. El grupo electrógeno estaba en la cava, que había servido antaño para almacenar los tarros de leche, bombonas con agua, gasolina, o aceite, y los sacos de arroz, azúcar, sal y menestras que Roberto compartió con sus amigos durante los recortes del gobierno militar. La jarana empezaba al destaparse la primera botella y terminaba con la noticia de alguna amenaza de bomba o el sonido lejano de alguna, aunque solía durar como mínimo toda la noche, costumbre adoptada por el toque de queda nacional instaurado en 1986, que duraría un año y medio.

Aunque el timbre funcionaba con energía eléctrica, y el grupo electrógeno estaba reservado para abastecer únicamente a las habitaciones, cocina y bar, esto no era un problema, pues la puerta principal no tenía seguro, y la familia y empleados conocían a la mayoría de los amigos desde que éstos eran niños.

La tarde de Sara o el camino de la pasión Ese lunes Sara debía hacer su función alumbrada con velas. La noche anterior Sendero Luminoso había dinamitado las torres de alta tensión que abastecían de electricidad a casi la totalidad la capital. Sucedía con tanta frecuencia que la era dinámica siempre la misma: había que esforzarse más que nunca, doblar el nivel de concentración, y escuchar más que nunca al compañero de escena. Sin embargo, recitar el monólogo de Antígona a la luz de tres cirios funerarios –los únicos que pudieron conseguir– era, para Sara, un regalo divino que recibía con el entusiasta esnobismo de una actriz recientemente graduada.

Porque si algo tenía Sara, además de unos nódulos que le regalaron los años de fumadora, era pasión por el teatro. Si la actuación es una carrera complicada per se, ejercerla en un país poseído por el terrorismo y atravesando su más terrible crisis económica, es aún más difícil. El Perú estaba destruido a nivel político, pero Sara sabía que si obedecía los dictámenes de su corazón, podía contribuir a la creación de un mundo mejor: lo sabía desde su nacimiento. Ella estudió teatro una vez que hubo culminado una licenciatura en educación inicial, por recomendación de sus padres. Él, fisicoquímico y politólogo formado en Alemania, encontraba paz y refugio en las óperas de Wagner y carreras de caballo. Su madre, bibliotecóloga políglota, había dedicado su vida a alfabetizar la zonas menos instruidas y favorecidas del Perú. Además, ambos habían invertido sus millonarias herencias para instruirse como mejor les pareciera y así cumplir sus sueños. Sara sabía, entonces, qué camino tomar: el de la pasión y vocación.

La noche de Roberto o la insensatez de la juventud En el tocadiscos sonaba Aquella Noche de Los Troveros Criollos, y Roberto estaba por terminar su tercera botella de cerveza cuando el primer asistente cruzó la puerta del bar: Paul, su mejor amigo y el galán de televisión más popular y codiciado del momento. Luego de unos minutos llegó Julio, acompañado de Gian Marco y Baldomero, todos íntimos amigos.

Una vez juntos el tocadiscos se volvió innecesario pues, acompañados de guitarra y cajón peruano, empezaron a cantar los consabidos valses, zamacuecas, landoes y festejos.

No habían pasado dos horas y había ya más de veinte personas: amigos de Roberto, amigos de sus amigos y amigos de éstos. Para las siete de la tarde todos los asistentes estaban en un estado, por decir lo menos, indecoroso. Ebrios hasta la médula, algunos cantaban, otros bailaban, y unos cuántos tenían profundas discusiones sobre economía, política, anécdotas en común y la vida misma, auspiciadas por los cigarrillos de marihuana que Roberto ofrecía a discreción. Había también lugar para los entusiastas de la cocaína: sorbetes, pañuelos para limpiarse la nariz, y botellas de vidrio con agua, heladas para la sed. Tampoco escaseaban las incalculables bandejas y boles groseramente colmados de bocaditos, tan necesarios para aguantar el alcohol. Era una reunión perfecta, como todas las que se celebraban en Casuarinas, donde todo el mundo era bienvenido. Todo el mundo, siempre y cuando quienes asistieran tuvieran por objetivo principal embriagarse juntos hasta perder la conciencia, claro. Para Roberto, la gente sana, la gente “aburrida”, como él la llamaba, no tenía nada bueno que ofrecer. ¿Cuál era el punto de tener veinte años si no se amparaba uno en aquello para actuar con la irresponsabilidad e insensatez de una mente joven? Dieron las siete de la tarde y era momento de salir a escena.

El día anterior la representación se había dado para tres personas, pero ese día no asistió ninguna. Sin embargo, nadie estaba desanimado, pues entendían perfectamente que la falta de público no estaba relacionada con la calidad del montaje, sino con la situación política. Estaban incluso más acostumbrados a cancelar una función que a realizarla. Los actores y equipo técnico esperaron a que dieran las siete y cuarto, y luego las siete y media. Alrededor de las ocho, al no aparecer nadie, guardaron la escenografía, utilería y vestuario, soplaron la velas y salieron de ahí. Sara se subió al reluciente Volkswagen Escarabajo que exhibía con el orgullo con que se exhibe un trofeo, pues, centavo a centavo, ahorró para no tener que pisar nunca más un bus. La actriz sabía a dónde dirigirse: Casuarinas. Había escuchado innumerables anécdotas sobre este lugar casi mitológico, pero no lo conocía personalmente.

Paul, su novio, era mejor amigo de Roberto, el dueño de casa, a quien tampoco había tenido oportunidad de conocer.

Emprendió entonces su viaje al volante desde el teatro hasta la otra punta de la capital. Aunque Sara era una persona de armas tomar, el Perú era un país de armas tomadas y había que andar con cuidado, manejar más rápido que el peligro y con las ventanas arriba. La escasez de tránsito vehicular permitía atravesar la ciudad en menos de veinte minutos, por lo que en diecisiete, se encontraba ya recorriendo las oscuras calles de Las Casuarinas. Aunque el lujoso barrio estaba construido sobre un cerro y las calles parecían, más que eso, eran enredados senderos, no le fue difícil ubicar la casa: la única con las luces encendidas y un escándalo musical que se oía hasta la puerta de entrada. Sara estacionó en frente y buscó a tientas el timbre, que tocó más de una vez, porque la inercia es más rápida que la lógica. Golpeó entonces la puerta, con tal fuerza que consiguió abrirla. Lo único que no intentó, fue girar la perilla.

Recorrió los oscuros jardines, siguiendo a ciegas el sonido de la música y el olor a alcohol, que tanto le desagradaba. Mientras se acercaba al bar, que estaba ubicado en una especie de sótano al lado de la piscina olímpica, rogaba por que la reunión fuera más tranquila de lo que se podía intuir, pues no le hacían ninguna gracia las fiestas cuyo objetivo principal fuera embriagarse hasta perder la conciencia. Para Sara, la gente fiestera, la gente “perdida”, como ella la llamaba, no tenía nada bueno que ofrecer ¿Cuál era el punto de tener veinte años si no se amparaba uno en aquello para actuar con la responsabilidad y sensatez de una mente joven? La noche de ambos o el encuentro fatal La música del tocadiscos sonaba con tal potencia que vibraban las ventanas de todo Casuarinas, a pesar de la cinta adhesiva con que estaban recubiertas para que se astillaran en lugar de reventar en caso estallara una bomba. Por encima del volumen del tocadiscos, tres grupos de personas cantaban, uno más fuerte que el otro, a todo pulmón. Por encima incluso de todo ese escándalo, se oían fragmentos de conversaciones, pero la contaminación sonora y el estado de los participantes las volvían incoherentes e ininteligibles. Roberto intentaba, a gritos y por enésima vez, revivir la noche en que por insistencia de sus amigos manejó con cuarenta de fiebre hasta un balneario limeño para llevarlos a una fiesta a la que él no estaba invitado. Gian Marco le recordó, con la risa nerviosa con que se evoca una anécdota que, en su momento, supone un peligro, que un camión sin luces impactó contra ellos, haciendo que el auto diera vueltas de campana. Tal vez fue la fiebre, típico sacrificio que Roberto había hecho toda su vida por los suyos.

–Por borracho–, dijo una voz tosca y con una proyección entrenada, de actriz.

Allí estaba Sara, con su voluminoso afro rubio buscando con sus intensos ojos azules a su novio en medio del jolgorio. La afirmación una desconocida, que además de no haber estado presente durante el accidente, ni siquiera sabía de él, embriagó a Roberto de un odio profundo. Nunca le gustó que asumieran cosas sobre él, y menos si no eran ciertas.

–¿Quién eres?–, preguntó contenido.

–¿Y Paul?–, respondió ella, colmando aún más la paciencia de Roberto.

Había contestado a una pregunta con otra, algo que él tampoco soportaba. Pero antes de que emitiera cualquier comentario soez, apareció Paul y, luciendo su típica sonrisa de telenovela de horario estelar, rodeó con cada brazo a su novia y mejor amigo.

–¡Por fin se conocen! El famoso Roberto, Sara, mi novia.

Paul nunca dejó de sonreír, Roberto apretó la mandíbula y Sara, inadvertida, se prendió un cigarro.

La última función o el primer abrazo El primer encuentro entre Roberto y Sara fue desacertado e incómodo para ambos, y evidentemente hicieron jurar a Paul que evitaría un segundo encuentro. Él accedió, siempre sonriente y conciliador, pero tenía, en realidad, otros planes para ellos. Para hacer teatro de calidad, bastaba con un equipo humano tan preparado como enamorado del arte. Sin embargo, para poder vivir de este, era necesaria una cabeza fría y matemática que liderara y aterrizara los proyectos. Qué mejor idea, pensaba Paul, que ofrecerle a Roberto el cargo de productor.

Lo que no calculó, fue la cantidad de infructuosos intentos por convencerlo, a él y a su novia, quien también se negaba rotundamente. Calígula, como Sara llamaba a Roberto llamaba en secreto, le parecía despreciable. A él, Lalo, apodo derivado de “la loca”, no le generaba ninguna confianza. Luego de dos meses de idas y venidas, Roberto, amante de los retos, aceptó finalmente la propuesta por la dificultad que suponía hacer funcionar una compañía teatral. Ella, consiente de la oscuridad del panorama económico del país, accedió con la única condición de no tener que interactuar con su nuevo enemigo.

A las pocas semanas ya estaba registrado “Tótem Teatro” como empresa artística formal, una temporada pactada en el mejor teatro de Lima, una obra escrita en proceso de ensayos, y una oficina funcionando. La obra en cuestión era una comedia de nombre Lo bueno dura poco, estrenada con tanto éxito que las diferencias entre Roberto y Sara empezaron a perderse en la alegría general. Aun así, seguían refiriéndose el uno al otro como Calígula y Lalo, pero ahora directamente, como una broma cariñosa. Lo que se anunciaba como una historia de fracasos y enemistades, se tornó en una dinámica de simbiótico compañerismo y trabajo en equipo. Sin embargo, el título de la obra, era un lugar común tan desgastado como certero. En este caso, “lo bueno” duró especialmente poco, tres meses y dos semanas. Paul escogió el peor momento, entre el segundo y tercer acto de la última función, para anunciarle a Sara que tenía algo importante que decirle.

Ella podía imaginárselo, pues ya le parecía rara la cariñosa y repentina amistad que había hecho su novio con el director de luces, a quien llamaba cariñosamente “flaquito”. Luego de la ovación final y palabras de agradecimiento por parte del director y elenco, el carismático galán intentó abordar a su novia para concretar la anunciada conversación. Entró en su camerino, con esa sonrisa que alguna vez había enamorado a Sara, pero ahora le parecía forzada y plástica.

–Yo sé lo que me vas a decir–, sentenció la joven, mientras él endulzaba mentalmente las palabras quería usar.

Y antes de que el joven tuviera oportunidad de siquiera empezar la conversación, Sara, furiosa por su impertinencia y desatino, dio media vuelta y se alejó. No iba a llorar, no podía llorar, no ahí. Para su desgracia, notó, desde el pasillo, que en la puerta de entrada al teatro la esperaba Roberto. Apuró el paso y siguió caminando, decidida y más empoderada que nunca, logrando aún disfrazar de ira su dolor. Al pasar por su lado, sólo rogó por que no emitiera algún comentario desubicado o insensible, a los que ya estaba acostumbrada.

–¿Te llevo a tu casa?–, preguntó Roberto.

Sara tenía el “vete a la mierda” preparado para escupírselo en la cara, pero la pregunta la desconcertó. Desde el día del estreno había ido y vuelto del teatro en el carro de Paul, por lo que dedujo, por su oferta, que Roberto sabía lo que pasaba. ¿Hace cuánto tiempo había tomado Paul la decisión de terminar su relación? ¿Desde cuándo conocía Roberto las intenciones de su amigo? –Es un hijo de puta.–, fueron las únicas palabras que Sara pudo verbalizar.

Consiente del inmenso cariño que existía entre su ahora exnovio y el mejor amigo de este, supuso que el contraataque de Roberto sería, por lo menos, incisiva y violenta, y no estaba dispuesta a escucharla. Empezó a caminar hacia el otro lado de la calle, para tomar un taxi, hasta que la respuesta la detuvo en seco.

–Lo es. Un tremendo hijo de puta–, afirmó, genuinamente apenado.

Permaneció inmóvil unos segundos; Calígula tenía sentimientos...

Se volteó, y, al no encontrar palabras para agradecerle la sorpresiva empatía, corrió a abrazarlo. Al comienzo fue incómodo para ambos, y Sara se dio cuenta, en ese momento, de que era la primera vez que estaban tan cerca. Aparentemente se les volvió costumbre, pues a los tres meses ya se llamaban “mi amor”.

Antenor o el comienzo del fin Alrededor de las ocho de la mañana, Roberto recibió la única llamada telefónica que jamás hubiera podido imaginar. Era su padre invitándolo a un restaurante. La propuesta llegó de manera tan sorpresiva que no había terminado de asimilarlo cuan accedió con un cortante “ok”. Antenor, pues lo llamaba por su nombre, no era solo un padre desamorado y ausente, que abandonó a su familia para mudarse con una prostituta a la que embarazó por casualidad, sino malintencionado y perverso.

Ante la posibilidad de que su padre tuviera algo muy grave o desagradable que contarle, Roberto le pidió a Sara que lo acompañara a la reunión. A ella no le generaba ninguna confianza la situación, y no quería entrometerse en un momento potencialmente íntimo o delicado, así que accedió únicamente a esperarlo a su novio en el carro. Atormentados por la intriga, se subieron al Escarabajo de Sara, y se dirigieron al lugar pactado. En el trayecto construyen distintas situaciones imaginarias que le dieran sentido a lo que estaba pasando, pero cada una era más inverosímil que la otra. Mientras buscaban un lugar libre para estacionar el carro, Roberto vio, a través de la ventana, a Antenor sentado ya en una mesa, esperándolo, y Antenor no espera a nadie. De todos los escenarios que Roberto había imaginado, apostó por tres: otro medio hermano, Antenor sufría alguna enfermedad terminal, o estaba en bancarrota.

Entró temeroso al local y se sentó frente a su padre.

–Yo ya almorcé. No tendrás hambre, ¿no?–, preguntó Antenor, algo amenazante, como si una respuesta afirmativa pudiera ofenderlo.

En ese momento Roberto sintió un alivio tremendo, ese era su padre, la única persona en el mundo capaz de invitarlo a un restaurante al mediodía y llegar habiendo almorzado. Antes de que pudiera responder, Antenor sacó de su maletín una carpeta roja y se la alcanzó.

–¿Te interesa? Es una fábrica de máquinas para embolsado, en Brioud, Auvernia. Se llama Val D’Allier Packaging, Valpack, es una empresa nueva pero le va muy bien. Tenemos el 100% de las acciones.

Mientras su padre no paraba de hablar, Roberto intentaba descifrar de qué se trataba el documento, que contenía información sobre una empresa con sede en un pueblito francés del que jamás había oído hablar.

–¿Qué es esto?–, interrumpió Roberto, absolutamente perdido en la conversación.

–Te la compré la semana pasada.–, respondió Antenor, con fastidio.

–¿Una fábrica de bolsas? –¿Tú no hablas francés?–, vociferó.

Antenor empezó a balbucear furioso, y Roberto sólo pudo identificar palabras como “malagradecido”, “indeciso” u “holgazán”, como si comprar una empresa al otro lado del mundo fuese algo que él le hubiera pedido. Aunque sabía que era una oportunidad interesante y posiblemente provechosa para su carrera, las formas de su padre lo sacaban de quicio.

¿Por qué no podía nunca hacer las cosas bien y tener un acercamiento normal? –¿Cuándo es esto?–, preguntó Roberto, apretando la mandíbula.

–En tres semanas.

Roberto volvió a hojear la carpeta roja, buscando información que lo ayudara a tomar una decisión.

–¿Y?–, agregó impaciente su padre.

–No es tan fácil, papá. ¿Qué hago con Sara? –¿Quién es esa? –Sara, mi novia–, respondió Roberto con la poca paciencia que le quedaba, no podía pisar el palito.

Antenor levantó los hombros y se puso de pie.

–Avísame si compro uno o dos pasajes–, agregó antes de salir.

Roberto se levantó también, casi tan furioso como desconcertado, ¿cómo era posible que su padre tuviera esa facilidad para anularlo y desarmarlo? Salió del local y se subió al auto, confundido.

–¿Qué fue?–, peguntó Sara, preocupada.

Roberto no respondió inmediatamente. Se prendió un cigarro y dio de un par de aspiradas en silencio, antes de contestar.

–¿Quieres casarte conmigo? Una muy buena noticia o un trágico final Roberto se pasó la noche en vela, sofocado por el calor del verano francés ¿Cómo se le había ocurrido confiar en Antenor? Era evidente que alguna trampa tenía que haber, pero jamás pensó que su padre, por más raro que fuera, pondría en riesgo su propia economía. La primera canallada de Antenor fue mentirle a Roberto sobre el cargo que quería ofrecerle, y no fue hasta que este llegó a la puerta de Valpack que se enteró de que el gerente general era un tal Fernando, primo lejano de su padre y un delincuente de primera. La segunda, la empresa estaba quebrada, quebrada de verdad. Roberto no había visto un caso tan escandaloso desde sus clases de economía en la facultad: egresos que quintuplicaban los ingresos, números en rojo que pasaban los seis dígitos, cuentas con borrones y ralladuras, firmas falsificadas, entre otras infamias.

Era imposible que Antenor no se hubiera dado cuenta.

–¿Estás dormido?–, preguntó Sara, con la voz entrecortada y la nariz inundada de lágrimas.

Sara lloraba todos los días, todo el día, sin excepción. Hacía tres meses que vivían en Brioude, y desde la primera noche había hecho jurar a Roberto que no se quedarían allí un segundo más del tiempo necesario. Extrañaba la contaminación sonora y lumínica, el smog y el olor a combustión, pero, sobre todo, a su familia, a la que sentía que había abandonado en la boca del lobo.

–Estoy nervioso por mañana.

–Tranquilo, todo va a salir bien, los inversores te adoran.

–Pero mi papá no, y jamás va a sacar a Fernando.

–Pero dile que roba.

–¿Crees que no sabe? –¿Entonces? –Entonces nada, Sara, por favor. ¿No lo conoces? Es capaz de decirle a estos franchutes que el que delincuente soy yo para que me metan preso.

–Pero eres su hijo...

–Justamente.

Eran casi las cinco de la mañana y, seguros de que sería imposible para ambos conciliar el sueño, se pusieron de pie para empezar sus días. El de Sara, mirar las noticias con el televisor en volumen muy bajo para evitar que sus vecinos octogenarios intentaran interactuar con ella. El de Roberto, enfrentarse a Fernando, el alcalde del pueblo y dos inversores, en una reunión para decidir sobre el futuro de Valpack.

Para su desgracia, Antenor, que aterrizaba ese mismo día en suelo francés, estaría ahí.

Quince minutos pasados de la hora acordada, tanto el alcalde como los dos inversores, le hicieron entender a Roberto que no podían seguir esperando más a Fernando y Antenor. Lo único que quería era sufrir un accidente cardiovascular o una combustión humana espontánea, pues que la tierra lo tragara no sería suficiente para disipar la vergüenza que sentía. ¿Por qué no habían llegado ya? A los cinco minutos el alcalde se puso de pie, y se dirigió a la puerta de entrada. Cuando estaba por cruzarla, unas carcajadas groseras retumbaron en toda la oficina, cada vez más fuertes y cercanas. Roberto peinó la mesa con la mirada en búsqueda de algún objeto punzocortante con que quitarse la vida, pero para cuando Antenor y Fernando entraron al lugar, ni siquiera un suicidio público hubiera podido distraer la atención. El primero, rojo como un morrón, con los ojos vidriosos y minúsculos, no podía siquiera caminar en línea recta, y emanaba un hedor a Whisky que embriagaba de solo respirar. El segundo, en el mismo estado, vestía un saco amarillo chillón, y un pantalón que le hacía juego, una camisa celeste y una corbata negra, con la etiqueta Dior aún colgando; sumado al también nuevo Patek de oro macizo, unos doscientos mil francos menos para la caja chica de Valpack.

–¡Jelou!–, gritó Antenor, antes de soltar una estrepitosa carcajada, celebrada por su primo.

Roberto imaginaba que con un inicio tan nefasto, la reunión sólo podría empeorar, pero fue grande su sorpresa cuando los inversionistas, que lo conocían muy bien, propusieron perdonarle la deuda a Valpack e invertir un gran capital con la condición de que se le asignara la gerencia general y Fernando fuera despedido. Antenor, antes de responder, dibujó en su rostro una sonrisa maliciosa y torcida por el alcohol.

–De ninguna manera. Si despido a Fernando ¿quién va a evitar que Roberto siga destruyendo la empresa? Qué vergüenza, hijo... Tanto que me pediste que comprara la fábrica y ahora... Qué decepción.

Roberto, apretando tanto la mandíbula que sentía que en cualquier momento se le romperían los dientes, se puso de pie, intercambió miradas cómplices con los inversionistas y, antes de salir, le partió mentalmente la mandíbula de un puñete a su padre. Mientras manejaba de regreso a casa, decidido a cambiarse ese mismo día el apellido, intentada encontrarle alguna explicación lógica a la pesadilla que acababa de sufrir, pero no la tenía. Nada lo que había ocurrido tenía ningún sentido, Antenor no tenía ningún sentido. Era momento de salir de ahí, de largarse por fin del pueblo más aburrido y monótono que hubiera conocido y de una vida matrimonial apresurada y castrante, tanto para él como para Sara. Llegó a casa, dispuesto a comunicarle a su esposa que por fin serían libres, armar sus maletas y volver a Lima. Al fin y al cabo, el matrimonio era tan reciente que aún podía anularse, y con el acuerdo consensual de ambos, el proceso sería mucho más fácil, lo habían conversado muchas veces. Tenía tan sólo veinticuatro años y toda la vida por delante. Entro a su casa y Sara lo recibió de pie, esperándolo en el comedor, con el televisor encendido, siempre en volumen bajo.

–¿Y?–, preguntó, curiosa por la sonrisa de su esposo. –¿Cómo te fue? – Hasta las huevas.

Hubo un largo silencio luego del cual ambos empezaron a reír a carcajadas. Por encima de su pasado, sus diferencias, e incluso de su matrimonio, eran mejores amigos. Roberto se sentía sumamente agradecido de atravesar una situación tan desagradable en compañía de una persona que lo apoyaba y entendía a la perfección. Qué fácil y que pacífico terminar una relación forzada, aunque honesta, por mutuo acuerdo. Lo único que la pareja quería, era tomar el primer vuelo a Lima, y reconstruir sus vidas. El fracaso de Valpack, de la estadía en Francia y del mismo matrimonio, dentro de todo, era una muy buena noticia.

–Vámonos hoy mismo–, dijo Roberto, –hacemos las maletas y nos vamos de aquí.

Sara lo miró un rato, intentando sonreír con dificultad.

–¿Qué pasa? Por fin podemos irnos. El hijo de puta de mi viejo no quería que la empresa funcionara, sólo quería torturarme, joder. Ya podemos largarnos de este pueblo de mierda lleno de viejos, y vacas. Podemos salir de este infierno y rehacer nuestras vidas...

–Estoy embarazada–, lo interrumpió.

Hubo otro largo silencio, pero esta vez no hubo ninguna carcajada.

El capitán de la marina (Segundo premio) Lobos Arellano, Danilo Raúl Humberto Humberto Arellano nació en Valparaíso, Chile en el año 1933 y murió con apenas 57 años de edad.

Ese hombre fue mi abuelo materno y según sé vivió una vida intensa aunque no fuera tan larga en el tiempo.

Su padre, mi bisabuelo, se dedicaba a la compra venta de terrenos, en algunos de los cuales restauraba viviendas o se dedicaba a la construcción en esos predios.

Se podría decir que en la estructura social de la época, la casa de mi abuelo era una casa de clase media sin demasiadas holguras, su padre era un hombre más bien conservador, no demasiado afecto a la política ni a los cambios bruscos en la estructura y el funcionamiento familiar.

Según historias que trascendieron en ámbito familiar, tenía algunos rasgos cercanos a lo violento, profundamente machista y convencido absolutamente que los hijos debían continuar con los oficios de sus padres.

Humberto tenía otros sueños, le interesaba saber que cosas pasaban en su país, quería entender esos devenires políticos entre golpes conservadores, gobiernos radicales y funcionarios comunistas designados y luego expulsados por el mismo presidente radical que los había designado, ¿qué cosa era eso del comunismo el que con solo ser nombrarlo ponía a su padre de mal humor? ¿Qué pasaba en el mundo más allá de las puertas de su casa de clase media conformista? Quería leer, quería saber, conocer, entender más cosas; tener la posibilidad de debates apasionados y discusiones largas que no se terminaran con el clásico “basta de estupideces” o el ”para qué averiguar tanto” con que su padre solía dar por terminadas todos los conatos de rebeldía inquisidora en las escasas sobremesas tras largos días de fierros, cemento y ladrillos.

Humberto sentía que el ladrillo y el cemento lo estaban rodeando cual si un foso imaginario de estrechez y definitivamente muy poco aire, lo encerrara y lo fuera moldeando en aquello que no quería ser.

Pero ¿qué quería ser? No lo sabía, pero estaba seguro que no dejaría de tratar de averiguarlo. Le intrigaba la política, quería estudiar y definir cuestiones, en términos políticos sabía que no era conservador, sus neuronas y sus hormonas en revolución constante daban certeza de ello.

Además la chatura de su padre y su estilo de autoridad porque sí, también lo alejaban de lo que podía entender como conservador.

No entendía muy bien si tenía afinidad con el partido radical gobernante durante su adolescencia y juventud y decididamente el comunismo presentaba un halo romántico sumamente atractivo pero cuyas bases desconocía en absoluto.

Entendió rápidamente que su padre no iba apoyarlo en su deseo de estudiar más allá del secundario. Seguramente el pretendería profundizar su entrenamiento en temas de construcción y nada de pensar en lo que significaría una carrera universitaria.

Si bien era muy joven, rápidamente entendió que no podría concretar sus sueños de conocimiento y sus ganas de devorarse el mundo desde la quietud de su casa en Valparaíso.

Debería huir para llegar a concretar cualquiera de sus anhelos, pero huir de manera tal que esa huida garantizara el sustento económico y pudiera de alguna manera permitirle estudiar las cosas que quería saber.

Si bien no era partidario de carreras militares, pensaba más bien en un derrotero de literaturas y economías políticas, su escaso margen de maniobra lo fue llevando a pensar en la posibilidad de enrolarse en una fuerza militar y por concordancia con sus sueños, los barcos de la marina se transformarían en el deseado pasaporte al mundo.

Por supuesto y quizá desde una esperanza inocente, no fue la huida literal su primera idea, por el contrario lo planteó en una de aquellas escasas sobremesas familiares, lo presentó como una posibilidad de estudiar de manera diferente, desarrollar una carrera, hacerse de una posibilidad respetable para su futuro sin generar ningún desembolso económico a la familia.

Podríamos decir que la reacción fue como mínimo sombría, para utilizar un término delicado.

Su madre lloró cual si ya lo hubiera perdido en alguna batalla cruenta de una guerra sin dudas, según ella, por venir.

Su padre gritó por el llanto de la madre, por su propia frustración ante los carteles de la empresa constructora familiar que se caían en su mente y por supuesto dijo no, sin ninguna posibilidad de reabrir el tema y sin dejar ni siquiera la ilusión de la posibilidad de un cambio de idea.

Recurrió en su negativa a todos sus recursos de autoridad impuesta, sin regatear gritos ni golpes a las mesas que claramente podían decodificarse con otro destino más cercano a la humanidad de Humberto si este persistía con sus descaradas y ridículas propuestas.

Humberto calló, con una sabiduría algo precoz para su edad.

Pero entendió que su vida había cambiado durante esa cena familiar, aquello que antes había pensado como una posibilidad, ahora se transformaba en la única posibilidad, por tanto debía lograrlo y sabía, con absoluta certeza, que los tiempos de pensar en acuerdos y negociaciones amistosas con su padre, habían terminado.

Faltaba muy poco para su cumpleaños número 18, esperó con la paciencia que da la determinación y cierta cuestión que roza el instinto de supervivencia cuando esas determinaciones representan un punto de quiebre en la vida.

No se planteó cuestionamientos morales ante lo que había decidido hacer, ni siquiera lo pensó, solo resolvió la forma de obtener lo que se padre se negaba a darle: la autorización firmada para enrolarse en la marina.

Una firma, solo eso se interponía entre su presente y el resto de su vida.

Llegó su cumpleaños, fue festejado familiarmente y decorado con varias risotadas de su padre en orgullosos anuncios sobre la sociedad con su hijo y un futuro casi de magnates en la industria de la construcción.

A Humberto casi le dio ternura ese aparatoso comportamiento de su padre el que claramente se decodificaba al interior de la familia estrecha como sus trompetas de victoria ante las veleidades intelectuales y aventureras de su hijo.

Pero esa ternura no alteró el rumbo de sus decisiones. Esa noche después que la familia grande se hubiera marchado, buscó la forma de quedarse a solas en la cocina con su padre, invitándolo a tomar una última botella de ese vino rojo y espeso que tanto le gustaba.

Su padre era muy afecto a ese vino y por qué no decirlo, a varias otras bebidas espirituosas muy lejanas a limonadas o refrescos para las calurosas horas de la siesta.

A Humberto no le gustaba casi nada el alcohol, estaba totalmente despejado esa noche y con la agudeza que da la determinación y el saber que no tendría otra oportunidad para conseguir lo que quería.

Obviamente lo logró, terminó de emborrachar a su padre casi hasta el desmayo.

Pero antes que cayera en el sopor final de esa borrachera que ambos recordarían toda la vida, le inventó una historia que jamás contó y con sutiles engaños quizá de pedidos para construir una mansión o un palacio imperial, vaya a saberse qué, logró que su padre firmara ese supuesto pedido de materiales fantásticos que en realidad no abrochaban la sociedad con su hijo sino que abrían la posibilidad de volar en barcos militares y destruir el foso asfixiante que se estaba encaramando a su alrededor.

Su vida cambio esa noche, siempre recordaría el olor de la llovizna mezclado con el turbio aroma del vino que bebía su padre, los colores de la cocina, el rojo a cuadros del mantel de lino, todo sería una cuadro en su memoria que pasados los años recordaría cual si no hubiese pasado más de una noche.

A la mañana siguiente se dirigió a la comandancia sin mirar atrás, solo con un bolso y su entusiasmo desmedido por la aventura y la libertad.

Así empezó su vida de militar, la que se extendería hasta casi sus cuarenta años. Meses de entrenamiento en nudos, códigos, instalaciones, maquinarias y mareas.

Ya no era un joven, era un hombre que respiraba voluntad y con una devoradora curiosidad. Aprendió rápido y bien, se esmeraba en sus pruebas y no ponía reparo a todas las exigencias que el entrenamiento requería.

Su carrera fue destacada para su juventud, logró ingresar a la escuela de guerra donde su inteligencia y sus precisas observaciones lo fueron llevando a incursionar en las huestes e la inteligencia militar.

Antes de eso, pudo recorrer su amada tierra mirándola desde el mar, viajó por la costas de Chile más de una vez, su barco, el Libertad navegaba por el Pacífico dos veces al año realizando tareas de patrullaje del mar continental chileno.

Fue hermosa esa vida, amaba estar en cubierta y sentir el salitre en la cara a medida que el barco se deslizaba y los vientos lo cruzaban algunas veces de manera casi feroz.

Humberto nunca fue un experto en asuntos de mujeres, es cierto que el porte del marino, el lustroso uniforme y la piel curtida por el sol, resultaban un pasaporte para la conquista en cada puerto que recalaban, pero él no devaneaba demasiado, gustaba del coqueteo y la seducción pero la sobreabundancia no era lo suyo.

Se hizo de nuevos amigos, entre ellos Jano, quien seguía la carrera de oficial junto con él. Jano era grande de cuerpo y de voz, su vozarrón concordaba perfectamente con su estatura y su presencia ancha. Buen tipo, de una familia bastante acomodada de Punta Arenas, hijo de un marino de carrera y predestinado por herencia a pretensiones de almirantazgo.

Jano tenía destrezas en el trato con las mujeres ser hijo varón de una familia con cuatro hermanas mujeres, le daba bastantes elementos para conocimiento de la condición femenina y las técnicas de abordaje a las candidatas potenciales.

Trabajaban duro pero se divertían mucho también, fue una época casi romántica, que por supuesto quedó opacada por las nubes que vinieron años después.

El decía; cuando contaba algo de aquella época, lo cual no era habitual por ser un hombre muy reservado; que el barco era una especie de fuerte, sabían por supuesto lo que pasaba en el país, lo sabían por noticias y por oficio, pero al estar a bordo, era como mirar la realidad desde un costado, el agua generaba una sensación de aislamiento que siempre permitía la ilusión del estar a salvo, no en orillas sino fuera de la suciedad y los conflictos de la tierra firme.

Durante una escala en Punta Arenas, donde el barco debió quedarse una semana por reparaciones, Jano lo invitó a visitar su casa y conocer su familia.

La casa era en realidad un caserón antiguo recostado sobre una de las bellas terrazas de Punta Arenas, el mar casi parecía una jardín más de la propiedad, desde la planta superior de la casa casi podía sentirse el rocío invisible de las olas al romper en las costas ahí nomás, debajo de los balcones.

La madre de Jano se llamaba Clara y era una señora bastante agradable, tímida y absolutamente a la sombra del Comandante Augusto, su marido. Ella era amable, elegante y trasmitía cierto amaneramiento de clase superior el que no le impedía ser cariñosa a su manera y afable en la conversación, recibió a Humberto con todo el afecto que su condición de señora le permitía y de alguna manera lo hizo sentir cómodo en ese caserón.

Su marido, el comandante, era una presencia muy fuerte, imposible de evitar, cuando no lo tenías de frente, se escuchaba su voz potente y determinante en los acontecimientos familiares y además, estaban los cuadros y las fotos, que lo mostraban en familia, alternando socialmente con otros personales tan envarados como él o portando uniforme de marino con mucho dorado de charreteras y condecoraciones.

Y por supuesto, estaban las hermanas, dos mayores a Jano una de ellas ya casada y fuera del hogar paterno, la otra comprometida con un abogado de Santiago, dos menores a él, Isabel de dieciocho y Gladys, la más pequeña casi una niña de apenas quince años.

Eran todas muy bellas y no tardó Humberto en mirar más de una vez a Isabel, que con su cháchara risueña y su canturreo permanente, se deslizaba por la casa repartiendo alegría y flores del jardín familiar.

Una noche, durante una cena en el gran comedor familiar, estando toda la familia reunida, salvo la hija casada, claro está, conversaban animadamente, en el marco de las reglas y la supervisión constante de Augusto, todo se enmarcaba en un ambiente cuidado y sumamente respetuoso de las diferencias de género, ningún exceso ni demasiadas carcajadas, a pesar de la juventud mayoritaria, nadie contravenía las normas de etiqueta del adusto Comandante.

Humberto dirigía sus atenciones, con el conveniente disimulo, a Isabel hasta que comenzó a sentir una especie de picor en su costado izquierdo y casi una sensación de calor en esa oreja.

Primero no entendió a que se debía, pensó en alguna erupción o picadura pero a medida que pasaba el rato la sensación aumentó hasta que giró la cabeza para ese lado, descuidando la atención de Isabel para encontrarse con la mirada de Gladys, la pequeña, quien desde el costado más alejado de la mesa lo miraba de una manera intensa, como sabiendo que la cosa ya estaba decidida.

Nunca pudo entender, al conocerla mejor después, de donde salía esa mirada, tan adulta y de mujer, no de niña, ella era inocente e inexperta, sin embargo esa noche lo eligió y se lo hizo saber con esa mirada potente que sorteó la supervisión de la cabecera de la mesa y todas la convenciones sociales de época, es probable que ni ella pudiera explicar lo que había hecho, pero lo cierto es que no volvió a mirar a Isabel, ni durante esa cena ni en los años por venir hasta su muerte.

Pasó esa semana y volvieron al buque que zarpó aguas al sur, pero Humberto notó que la mirada de Gladys se le aparecía en todo momento y en todo rincón, supo que estaba enamorado aunque desconocía lo que era el amor antes de esa mirada y esa cena familiar en lo del comandante.

Nuevamente su vida pegaba un vuelco, parecía que cuando las aguas se aquietaban, algo debía pasar para navegar nuevamente entre olas picadas y tempestades de diverso origen.

Sabía que no iba a ser fácil el cortejo en la conservadora casona, pero no se acobardó, los desafíos no eran un escollo para él y su determinación se imponía a la hora de las grandes decisiones.

Primero fueron cartas a la niña, que intuías por el tenor de las respuestas, eran supervisadas por su madre tanto las de ida como las de vuelta, no le preocupó. Lo importante es que por cada una enviada había unas respuesta, respuestas suaves, candorosas pero con certera animación galante.

Cuando sus licencias se lo permitieron, volvió a Punta Arenas a hablar formalmente con Augusto, a pedirle su permiso para visitas de noviazgo con las más serias intenciones de casorio para más adelante.

Durante esa conversación sospechó que el severo comandante había sido influenciado ya por las mujeres de la casa, dado que no fue tan difícil obtener ese permiso como lo pensó de antemano.

Eso sí, nada de pensar en algún tipo de intimidad, las visitas se pautaron con adultos presente y literalmente en medio de ellos, por ejemplo un té en el salón con los novios sentados en el gran sillón pero con Augusto o doña Clara en el medio.

Además, la pretensión de ese padre fue que su hija no se casara hasta los dieciocho como mínimo, pero el tipo de oficio de Humberto, la determinación casi empecinada de Gladys y la suspicacia de Clara que supo ver un posible desmadre de la situación con el consiguiente escándalo, hicieron que un año después estuvieran casados.

Las historias familiares tienen luces y sombras y también muchos secretos, no es diferente para Humberto y Gladys, mis abuelos. Cosas que no trascienden desde los protagonistas y cosas que no se cuentan desde algunos testigos directos. Sé que él la amó mucho y que siempre fue un hombre tranquilo conciliador; en cambio ella, si bien lo amó, tuvo un carácter mucho más tempestuoso y apasionado.

Se casaron siendo ella muy joven, demasiado quizá, y la llegada tan temprana de hijos, mi madre la primera, y otros más muy rápido, hicieron que su paciencia fuera muy corta y su mano un tanto larga para con esa cría que estaba bajo su tutela absoluta, dado que su marido estaba más fuera que dentro debido a su profesión.

Humberto, por amor, por ocupaciones, por personalidad y quizá hasta por una cierta comodidad, siempre relativizaba los excesos de su esposa, aun aquellos, que según cuentan, la llevaban a ciertas aventuras amorosas en su ausencia. Él descreía y perdonaba tanto lo que le llegaba de dentro de la casa como de los corrillos puertas afuera.

Y así fue transcurriendo la vida. Su carrera en la Marina se afianzó y su presencia en la Escuela de Guerra fue cada vez más sólida. Empezó a trabajar en asuntos de inteligencia, lo cual era un tanto más burocrático pero también más cercano a la política y ese país al que ya no podía mirar desde la orilla.

Eran tiempos efervescentes en Chile, el conservadurismo entraba en crisis a nivel continental y aires socialistas agitaban las aguas y las tierras.

La juventud, animada por aquel mayo francés del 69 al canto de “venceremos, venceremos, venceremos, con Allende en septiembre a vencer. Venceremos, venceremos, la Unidad Popular al poder” llevó al gobierno de Salvador Allende a la casa de la Moneda y comenzó un proceso que junto con otros países de América del Sur terminaría en la década más sombría y sangrienta de la historia.

Humberto, si bien no era abiertamente socialista, tampoco era un conservador como muchos de sus colegas de la fuerza.

Al paso del avance del gobierno de Allende, con sus reformas orientadas a un país más equitativo, con reformas y nacionalizaciones que llevaban al decaimiento de las clases dominantes y a un resurgimiento de las clases populares, el clima fue volviéndose más denso y amenazador.

Los señores de la tierra no estaban dispuestos a perder su lugar en la política y menos aun en el dominio económico y cultural de la vida chilena. Por otra parte, la gran potencia del norte, no veía con buenos ojos esos avances socialistas, especialmente en Chile, devenidos por un proceso absolutamente democrático y con profunda raigambre popular.

Los tiempos se aceleraron, y ante el resultado electoral obtenido por la Unidad Popular, partido del socialismo ya en alianza con otras fuerzas de izquierda, en las parlamentarias de marzo de 1973 se fue consolidando una opción golpista, que si bien fracasó en banquetazo del 73, al fin y con el apoyo de los Estados Unidos, se concretó en septiembre con el suicidio de Allende luego de un enfrentamiento armado con quien sería el sangriento dictador de Chile, Augusto Pinochet.

El final de la poesía socialista, también fue el final de la carrera militar de Humberto, era inteligente y vio venir la tormenta antes que los truenos estallaran.

Quizá su posición en el área de Inteligencia haya colaborado a esa claridad. La cuestión es que supo, con precisión de análisis que no se vendrían buenos tiempos, que la venganza de los poderosos sería cruenta y que las Fuerzas Armadas tendrían un papel predominante en todo ello, serían la herramienta mortal de los poderosos en la recuperación de un supuesto orden que nunca les gustó cambiar.

Durante su carrera, supo ganar muchos amigos de diferentes profesiones, entre ellos médicos, también es cierto que su organismo había desarrollado una úlcera estomacal importante pero no tan grave como apareció en los distintos informes que fue presentando para gestionar y viabilizar su retiro, tenía cuarenta años y nuevamente su vida tomaba un giro decisivo, pero no quería ser parte de lo que venía, era un hombre decente y si bien no llegaba a ser un socialista pleno, tampoco estaba de acuerdo con el rancio conservadurismo que se impondría en breve y menos aun con los métodos sangrientos y salvajes que se utilizarían para acallar cualquier voz que se opusiera a ese orden.

Logró el retiro, cosa que lo alegraría al paso de los años y a la luz de la sangrienta historia que se escribió en su país a partir de ese momento, no hubiera soportado nada de eso y tal vez, hubiera sido una víctima más al no callar o apañar las cosas que pasaron.

No pensó ni por unas horas quedarse quieto o vivir de su retiro o conseguir algún trabajo rutinario de escritorio que conllevara una rutina sedentaria y doméstica que no era para él.

Entró a la Marina Mercante, ser oficial retirado le daba una buena plataforma para esa nueva carrera a emprender y de alguna manera esta nueva etapa completaba sus aspiraciones juveniles de conocer el mundo y responderse todas esas preguntas y curiosidades que lo habían llevado al mar desde su juventud.

Nuevamente el mar le dio la posibilidad de poner distancia entre la oscuridad de su tierra y la luminosidad del mar, ya no desde la orilla, sino de mucho más lejos. Navegó los mares y conoció el mundo, cada continente y casi todos los puertos.

Traía historias y perfumes a la vuelta de cada viaje, no demasiadas otras cosas, nunca hizo negocios con su posibilidad de ingresar mercaderías importadas a un Chile racionado en distracciones, libertades e informaciones, si, al ser un escaso bebedor y un nulo fumador, las bebidas que le correspondían en alta mar y los cigarrillos iban a parar a casa de a sus amigos y algunos familiares agradecidos por esos placeres inesperados.

Se enamoró de Europa, lo fascinó China, sufrió por América ensangrentada tanto como Chile, le gustó Estados Unidos pero no tanto como pensó antes de conocer.

No tengo demasiadas historias de él durante esa época, porque me llegan más relatos de quienes se quedaron en Chile mientras él viajaba, mi madre, y mi abuela que con las largas ausencias de su marido y las hormonas en progreso de sus hijas endurecía su carácter y no les hacía fácil la vida.

Humberto supo mantenerse bastante al margen del anecdotario doméstico y esquivó con sus viajes la intervención directa en los reclamos de uno y otro lado entre su mujer y sus hijos. Los tiempos que recalaba en tierra entre viaje y viaje, eran espacios idílicos, algo ficticios quizá, de paseos por Valparaíso, visitas a Santiago y encuentros cariñosos con un padre clásicamente ausente.

Hay sin embargo una historia que trascendió el ostracismo familiar y que pinta en un todo a Humberto, tan correcto y al mismo tiempo práctico ante circunstancias complicadas.

Entre los países que conoció y amó, particularmente resaltaba Cuba, fascinante en geografía e historia. El Caribe es de por sí exultante, pero Cuba reunía una mística especial por la supervivencia de su mítica revolución, las extrañas mixturas religiosas a pesar de un régimen marxista, su música maravillosa y una pobreza no de espíritu pero sí de comida.

Quiso el destino que el barco en el cual Humberto cumplía sus funciones de marino, rompiera máquina en el puerto de Habana. Ya conocía Cuba, habían ido dos veces con el barco, pero esa vez tuvieron que quedarse seis meses para el arreglo de la avería.

Durante sus visitas anteriores, era normal que la gente merodeara por el puerto, mujeres sobre todo, algunas buscando cambiar su destino de la manera a que diera lugar, otras tratando de conseguir algún tipo de ayuda en dinero o en mercadería para fortalecer la mesa diaria.

Rosa, cubana fuerte de carácter y caderas, había recurrido a Humberto varias veces en busca de sustento, situación que se hizo más frecuente cuando el barco tuvo un destino más largo de permanencia.

Tenías dos hijos pequeños, morenos y de ojos muy abiertos, una niña que a los tres años cantaba rumba y danzones a media lengua con una gracia infinita y un varón que según Humberto, parecía presentar cierto retraso en su forma de comunicarse.

Ocurrió que los controles al acceso de las mujeres a los barcos, de costumbre bastante laxos, al no zarpar por tato tiempo el mismo buque, se hicieron más estrechos y comenzaron a dificultar el flujo de ayuda entre los viajantes y las mujeres del puerto.

Entre las perjudicadas, por supuesto estaba Rosa, fácilmente identificable por su generosa figura y por sus pequeños hijos siempre colgados de sus polleras.

Nunca sabré cuanto de verdad hay en esta historia, pero lo que llega a mí es que el resolvió los inconvenientes de Rosa de una manera, según acota sospechosamente mi abuela, pragmática, a saber; no eran tiempos de Internet ni de comunicaciones fluidas, menos entre Cuba y el resto de los países la mayoría contrarios al régimen gobernante; se casó con ella.

La historia dice que entre ellos no hubo nada más que la solidaridad de mi abuelo y su cariño sí por esos dos pequeños niños que estrujaban su corazón.

Supuestamente no hubo amores ni infidelidades ni románticos paseos por el Malecón o la avenida 23 ni cervezas en el viejo Bar de La Revolución en el que todos los cubanos y algunos de los extranjeros asiduos se juntaban para escuchar rumores de todo tipo, pasarse ediciones del Granma del día y compartir unos habanos de los que circulan al interior de Habana lejos por supuesto de los Cohíba que se consumían al otro lado del mar.

Humberto conoció Habana en profundidad, amó profundamente esa ciudad con o sin la compañía de Rosa, no quedó bar sin frecuentar o callejuela por recorrer, le encantaba meterse en esos locales casi de garaje y discutir largos horas tomando café y algunas veces hasta ron, sobre la historia de América y la política del mundo.

El casamiento con Rosa facilitó la llegada de alimentos y dinero para la mujer pero también le permitió a mi abuelo, por lo que fuera, tener mayor acceso a los lugares propios de los cubanos, aquellos que los turistas o viajantes no llegan por las propias.

A Humberto le daba cierta melancolía política conocer profundamente esa realidad que le parecía tan cercana a la cercenada en su país, no sabía si estaba bien o mal, pero aun pobres, los cubanos tenían un cierto orgullo y una cadencia de vida que no parecía del todo despreciable ni mucho menos. Dicen que solía contar con cierta admiración, la reivindicación histórica de esa Revolución casi utópica, sus monumentos y la mítica figura del Che que todos los cubanos veneraban sin apropiárselo.

Al fin el barco estuvo reparado y la historia de Rosa, su matrimonio y lo que hubiera sido eso, quedaron también en el anecdotario familiar, aun hoy despierta mi curiosidad saber que fue realmente aquello y creo que también mi abuela sospecha que no solo el altruismo determinó esa alianza.

Siguió navegando mares cercanos y horizontes lejanos, amó otras ciudades Estambul, El Cairo, Marruecos, indudablemente le atraían más aquellos lugares con cierto misterio religiosos, edilicio e histórico más que las sólidas capitales europeas, a excepción de Londres y Barcelona de las que dicen, contaba maravillas y admiraba profundamente.

Navegó diecisiete años como Marino Mercante, fue feliz y es posible que sus ansias de conocimiento su amor a los libros, su curiosidad juvenil, hayan quedado satisfechas por sus recorridas por el mundo, quizá debería haber prestado más atención a los que ocurría en su casa, en Valparaíso mientras él era solidario con una mujer cubana que nadie conoció, pero Humberto no empañó su vuelo por las miserias domésticas de su familia natural.

Lo amaron, su mujer, sus hijos y sus amigos, fue un hombre muy respetado y con pocos comentarios en su contra.

No lo llegué a conocer, murió el año en que yo nací, allá por los 90, irónicamente esa úlcera que años antes le había permitir eludir el horror de la dictadura chilena, le jugó una mala pasaba tapando, encubriendo un cáncer de páncreas que se lo devoró en pocos meses.

Me hubiera gustado escuchar de su boca los relatos de sus viajes y de sus aventuras, poder preguntarle apelando a la complicidad entre nieto y abuelo por la misteriosa Rosa.

No pudo ser, quedarán el recuerdo, las cartas rescatadas y los relatos sinceros o tendenciosos según sea el caso de mi madre, mis tíos o mi abuela, de aquellos que pudieron disfrutar a ese hombre simple pero a la vez complejo, recatado o lleno de secretos.

Sin haberlo conocido, lo extraño.


Docente: Federico Ferme fue publicado de la página 152 a página160 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº83

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