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Docente: María Fernanda Guerra

Facultad de Diseño y Comunicación

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº83

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº83

ISSN: 16685229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Primer Cuatrimestre 2018 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Primer

Año XV, Vol. 83, Octubre 2018, Buenos Aires, Argentina | 190 páginas

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Naufragio de su memoria (Primer premio) Kerguelén Román, Alejandra En 1931, en un pequeño municipio de Colombia llamado Pandi, nació Enrique Román Bazurto, el hijo de Frankelina Bazurto y de Celso Román. Era el menor entre ocho hermanos, quienes crecieron en un hogar muy humilde y lleno de amor. El hogar de los Román Bazurto se caracterizó por la disciplina y la educación; el padre de mi abuelo Enrique, era militar y fue comandante en la Guerra de Los Mil Días. Esta fue una guerra civil en Colombia, entre liberales y conservadores, que quedó marcada en la historia colombiana por los millones de vidas que fueron arrebatadas por la violencia que se vivió entre 1899 y 1902. Por otro lado, Frankelina, la madre de mi abuelo, era institutriz; un trabajo bastante desafiante en la época solo por el hecho de ser mujer y de un nivel socioeconómico bajo.

A pesar de los retos que esto conllevaba, Frankelina educaba a sus hijos en su hogar, inculcándoles gran pasión por el estudio y la lectura.

En Colombia, cuando los jóvenes terminan el secundario tienen que prestar el servicio militar por un año, o pagar por una libreta para no tener que prestar el servicio. Mi abuelo Enrique, al graduarse del secundario la única opción que tenía era prestar el servicio militar por dos razones; la primera, sus padres no tenían los recursos económicos para pagar por una libreta militar y que por lo tanto no tuviera que prestar el servicio; y la segunda, siendo hijo de militar, sabía que tenía un deber con su patria que era luchar por esta, y llegado el caso morir por defenderla. Así que, desde una temprana edad, mi abuelo entró a la Armada colombiana; al principio fue un cambio muy duro para él, ya que era la primera vez que vivía alejado de su familia y que salía del pequeño municipio en el cual había vivido toda su vida.

Debió irse a Cartagena, una ciudad en la costa atlántica colombiana, muy lejos de su ciudad natal, para convertirse en marinero de la armada; el rango más bajo. Con el paso del tiempo y con el debido entrenamiento fue ascendiendo de cargo, para después convertirse en cadete; claro está que el entrenamiento fue muy duro, ya que requería de mucha disciplina y fuerza mental. Sin embargo, mi abuelo siendo hijo de militar, ya estaba preparado para esto, pero sin duda alguna fue mucho más duro de lo que esperaba.

Algunos años después de ya pertenecer a la armada, y de amar lo que hacía, mi abuelo se convirtió en teniente; también era un cargo relativamente bajo, pero primero, mi abuelo seguía siendo muy joven y segundo, tenía planes de continuar en la armada y subir de rango.

En esta época en la que era cadete, tenía aproximadamente 24 años y vivió una experiencia aterradora en su carrera, que no solo lo marcó a él, sino a todos los colombianos. Fue el 28 de febrero de 1955, cuando un buque de la armada colombiana, el ARC Caldas, regresaba de Alabama, Estados Unidos después de recoger un cargamento, a Cartagena, Colombia.

En la madrugada, cuando el buque estaba ingresando al mar Caribe por el Canal de Yucatán, se desató una tormenta eléctrica que fue decisiva para la tragedia que ocurrió. La tormenta causó que el mar se picara y que las olas embistieran fuertemente al buque; por el fuerte impacto de las olas 8 marineros cayeron al mar, de los cuales solo sobrevivió uno. Luis Alejandro Velasco se llamaba el sobreviviente, que naufragó por diez días hasta que finalmente llegó a la playa de Urabá, ubicada en el mar caribe colombiano. El resto de los marineros que cayeron al mar, fallecieron; mientras que los marineros que estaban dentro del buque sufrieron lesiones y heridas por el impacto de las olas.

Mi abuelo, en una de las muchas veces que nos relató esta historia a mi y a todos mis primos, nos contó que él se encontraba dentro del buque, en los camarotes, ya que un poco antes de la tormenta había terminado su turno. Mientras dormía sintió la tormenta, pero no pensó mucho más al respecto, ya que era normal navegar en fuertes tormentas, y tan solo les faltaban dos horas para llegar a Cartagena, es decir que estaba tranquilo, no pensó que nada les fuera a pasar. Sin embargo, al sentir el fuerte impacto de las olas sobre el buque, se dio cuenta que era un poco más grave de lo que pensaba, al pararse del camarote para ver que podía hacer, el buque recibió un golpe muy fuerte por las olas, y mi abuelo sufrió una grave caída con golpes muy fuertes, que lo dejo inconsciente.

Se despertó unos días después en el Hospital Militar de Cartagena, sintiéndose muy desubicado. Resulta, que, con su caída, había sufrido un fuerte golpe en la cabeza lo cual le causó una amnesia temporal. La única persona que lo pudo acompañar en el hospital fue una tía lejana, ya que su familia vivía a muchas horas y a una gran distancia, y no tenían los recursos para poder viajar y acompañarlo. Mi abuelo no sabía que había sucedido, ni recordaba el accidente, sin embargo, con el paso de los días y con la ayuda de los médicos y de las enfermeras, pudo recuperar su memoria de los últimos días. Fue una recuperación aterradora y solitaria, sin embargo, logró recuperarse rápido y regresar al mar, a enfrentarlo muchas veces más con increíble valentía. Los días siguientes al accidente fueron muy duros, ya que muchos de sus compañeros también estaban heridos y con graves lesiones. No solo con esto, pero habían perdido a ocho de sus compañeros, con la esperanza de que estuvieran vivos.

En ese momento de dolor, para todos los marineros y sus familias, también llego un momento de especulación. Días después del accidente y de que el buque llegara a Cartagena, apareció Luis Alejandro Velazco en la playa de Urabá.

Fue todo un acontecimiento, ya que todo el mundo daba por muerto a los 8 marineros que habían caído al mar. Después de la recuperación de Luis Alejandro Velazco, que tardó un tiempo; ya todo volvió a su normalidad. Los marineros trataron de superar las pérdidas de sus compañeros, los traumas del accidente, y su miedo de regresar al mar. Sin embargo, el naufrago, como lo conocían los colombianos, se acercó al periódico “El Espectador”, pidiendo hablar con el escritor Gabriel García Márquez y con el director del Espectador.

El marinero Velazco, quería que relataran su historia en el periódico, y quería revelar la verdad de lo que había sucedido en la madrugada del 28 de febrero de 1955.

Según Velazco, la razón por la que él y otros compañeros cayeron al mar, y por la que sus compañeros dentro del buque sufrieron heridas y lesiones, no fue únicamente por la tormenta y por las fuertes olas. Velazco aseguraba, que, en el puerto de Alabama, la nave ARC Caldas había sido sobrecargada por propósitos económicos. No solo eso, también relató que la Armada Nacional le debía varios meses de sueldo a sus marineros, y que al pagar este sueldo mientras se encontraban en Alabama, muchos de ellos, compraron una cantidad de electrodomésticos y los llevaron en el buque. Esto estaba prohibido porque en una nave de guerra, es inconcebible llevar un peso de más que no sea necesario, y que aparte de esto fuera por motivos personales de cada marinero.

Es decir, que la versión de Velazco, es que no hubo una grave tormenta como lo decía La Armada Nacional, sino que fue la combinación de una noche y madrugada de fuertes vientos y el exceso de peso que causaron que el buque se volteara y que ocurriera tremenda tragedia. La versión de Velazco se hizo famosa gracias al nobel colombiano de literatura, Gabriel García Márquez. En ese entonces, García Márquez trabajaba en el periódico “El Espectador” de Colombia; cuando apareció el naufrago después de haber estado a la deriva por diez días, y después de que todo el mundo lo diera por muerto, era obvio que toda la prensa quería por lo menos unos minutos para hablar con Velazco.

Todos querían conocer su versión, lo que había vivido, como había sobrevivido, etc. Sin embargo, Velazco y su familia, se rehusaban a hablar con alguien de la prensa, querían superar este trauma y que su privacidad fuera respetada. Por eso fue una sorpresa cuando unos días después Velazco llegó a la sede del Espectador, para hablar directamente con el director del periódico.

Velazco le había comentado al director que ya estaba listo para contar su historia, y que quería que el mejor escritor del periódico la relatara, fue por esto que el director le encomendó este trabajo únicamente a García Márquez. Gabo, como lo llaman en Colombia, escribió aproximadamente 14 crónicas para el periódico, que eran relatadas desde la perspectiva del naufrago. Fueron tan exitosas, que, en 1970, Gabo editó estas crónicas y las convirtió en un libro llamado “El Relato de un Naufrago”.

Años después, cuando yo tenía aproximadamente 13 años, tuve que leer este libro en el colegio. Cuando mi mamá vio que leía este libro, recuerdo que me preguntó, “¿Sabías que tu abuelo estuvo en ese mismo buque?” Y yo, honestamente no podía creerlo. Entonces recuerdo que lo llamé, y le hice mil preguntas, y todas las respondió con la misma paciencia y amor con la que siempre lo ha hecho. A través de los años me surgían más y más preguntas que siempre le hacía y que siempre me contestaba. Unas de ellas fueron “¿Es cierto que no hubo ninguna tormenta?” “¿La Armada Nacional mintió acerca de lo que sucedió?”. Para mí era inconcebible que mi abuelo hiciera parte de alguna organización que modificara la verdad para su propio beneficio.

Mi abuelo, respondió aquella vez, con lo que es y será la verdad indudable para él. Sí hubo una tormenta muy fuerte, que fue lo que causó el accidente. Y no hubo un sobrepeso por propósitos económicos, ni por parte de la tripulación. Con el paso del tiempo, mi abuelo mantiene que la versión de la Armada, es la versión verídica. Incluso, me comentó que cuando el buque llegó al puerto de Cartagena, fue verificado para asegurarse que todos los requerimientos de seguridad fueran cumplidos, entre ellos el peso; y que al revisarlo no hubo nada fuera de lo normal. “Entonces Velazco mintió abuelo?” Le pregunté, a lo que él me respondió aquella vez, “No creo que mentir sea la palabra mijita, creo que confundió realidad con fantasía. El libro de Gabo, es ficción basada en realidad.

Es un gran libro, muy entretenido, pero sin duda alguna no es un relato exacto de la realidad. Y todos sabemos eso, desde Gabo, hasta cualquier otra persona que haya vivido la tragedia de esa época.” La recuperación de mi abuelo después del accidente fue relativamente rápida, y volvió antes de lo que pensaba a su trabajo.

Fue ascendiendo de posición con el paso de los años, y después de seis años del accidente conoció al amor de su vida, mi abuela, Margarita Ochoa. Se casaron, y tuvieron cuatro hijos, mis tíos Carlos Enrique y Juan Felipe; mi tía, María Carolina, y mi mamá María Antonina. Por el trabajo de mi abuelo en la armada, vivieron en diferentes ciudades de Colombia, pasaron por muchos colegios y tuvieron que vivir muchos cambios. Sin embargo, mi mamá siempre me dice que fueron criados en un hogar lleno de amor y disciplina, donde nunca les faltó nada. Mi abuela, era ama de casa mientras mi abuelo pertenecía a La Armada.

Con el sueldo de mi abuelo vivían un poco apretados económicamente, sin embargo, la educación para mis abuelos era lo más importante. Por lo cual, todos sus hijos asistieron a la escuela y después a la universidad. Mis dos tíos Juan Felipe y Carlos, primero prestaron el servicio militar y después asistieron a la universidad. Mientras que mi tía y mi madre, asistieron a la universidad recién salieron del secundario. Muchos años después de esto, cuando ya todos estaban graduados de la universidad, mi abuelo tomó la difícil decisión de retirarse de La Armada. Tenía alrededor de 50 años de edad, y decidió retirarse porque consideró que en La Armada venían tomándose decisiones injustas con las cuales él no estaba de acuerdo, y consideraba que no lo representaban.

Desde mi punto de vista, me parece una decisión bastante valiente. Decidir dejar una institución en la cual mi abuelo había estado prácticamente toda su vida, porque sus creencias y valores siempre han ido primero. Siempre le he preguntado a mi abuelo, si le dio miedo tomar esa decisión, y siempre me ha confesado que tuvo mucho miedo, pero que al final valió la pena. Después de retirarse, decidió cumplir uno de sus sueños, entrar a la universidad. Otra decisión, que a mi parecer demuestra la valentía y el coraje de mi abuelo. Ingresó a la Universidad del Norte en Barranquilla, para convertirse en historiador. Era un hombre en sus cincuenta años, con cuatro hijos, y estudiando con compañeros que lo más probable es que fueran hasta más jóvenes que los hijos de mi abuelo en ese entonces.

Pero como todos los retos que se ha puesto mi abuelo, lo logró. Después de estudiar aproximadamente cuatro años, se graduó de la universidad. Combino todas sus pasiones; la historia, el mar y la escritura y se convirtió en uno de los historiadores marítimos más importantes de Colombia. Escribió muchos libros y notas periodísticas que recopilaron información muy valiosa respecto la historia de ríos y mares de Colombia.

Siempre he admirado a mi abuelo de una manera incalculable, ha sido mi héroe desde chiquita. Nos ha enseñado a todos los nietos, que lo que hagamos con amor, valentía, honestidad y disciplina lo lograremos, porque ningún sueño es inalcanzable.

A través de los años, la memoria de mi abuelo ha ido naufragando, sin embargo, el impacto que ha tenido en la vida de sus nietos, jamás lo hará. Mi abuelo siempre nos ha dicho, primero a sus hijos, y después a sus nietos que la única herencia que él nos puede dejar, es la educación. Ya sea la educación formal, o la educación de como tratar a otra persona y creo que eso demuestra el carácter invaluable de mi abuelo.

Tal vez no todas las personas tengan el placer de conocerlo, pero las que lo tienen saben que están hablando con un ángel en la tierra. Ha sido un placer coincidir en esta vida contigo abuelo, te llevo en mi corazón siempre.

Trueno de terciopelo (Primer premio) Morán Jorquera, Esteban Maximiliano Era vísperas de navidad del año 2017, época donde a todo el mundo le hace falta días de más de 24 horas para poder realizar todo lo que dejaron para el final, ya sea que se les olvidó un regalo o el pavo que tanto se esmeraron cocinando simplemente se quemó por un descuido en la cocina y necesitan otro lo más rápido posible. En fin, el mundo colapsa a fines de año, y por mala suerte mía, mi viaje de regreso a Ecuador caía un sábado 23 de diciembre.

El motivo de mi viaje era pasar estas fechas con mi familia ecuatoriana, a quienes no veía desde agosto del año pasado por el hecho de que vine a estudiar a Buenos Aires con Mateo, un viejo amigo de toda la vida. Todo estaba planeado, Mateo y yo compramos los pasajes con antelación y se veía como un vuelo muy tranquilo, el cuál supuestamente solo tendría una pequeña escala en Lima de no más de una hora antes de nuestro destino final, Quito.

Nuestro vuelo nos exigía estar tres horas antes en el aeropuerto, y como buenos pasajeros estuvimos puntuales a las 9am entregando las valijas y haciendo el check-in. Es desde este punto donde todo se empieza a tornar muy bizarro.

Después de haber hecho fila aproximadamente una hora, la encargada de la aerolínea me atiende y yo entrego mi boleto y mi pasaporte, esperando ya poder pasar a la sala de espera del aeropuerto para tomarme un café que tanto lo necesitaba.

La señorita de la aerolínea me dice que algo está mal, que el vuelo no figura en la lista. Yo empiezo a reclamar que cómo es eso posible, solo para que me diga que mi vuelo saldrá desde el Aeroparque, no desde Ezeiza.

Es así como aprendí que Buenos Aires cuenta con dos aeropuertos internacionales. Admito que me sentí como el extranjero más novato, ya que estaba por mi séptimo mes viviendo en Buenos Aires y recién en ese punto me enteré de la existencia de otro aeropuerto. Un poco me calmó el hecho de que la señorita me dijo que no había el primero en cometer ese error. Con miedo de perder el vuelo, siendo las 10am agarramos un taxi del aeropuerto de Ezeiza a Aeroparque lo más rápido posible. Como era obvio, nos cruzamos con un tráfico digno de vísperas de navidad, nos demoramos una hora y media en llegar al Aeroparque y con un valor que marcaba el taxímetro para morirse.

Mi reloj de mano marcaba las once y media cuando nos bajamos del taxi. Fuimos corriendo a la sala de embarque y había muchísima gente haciendo fila, me adelanté a todos explicando nuestra situación y por suerte nos atendieron en ese instante.

El encargado de la aerolínea nos guió rápidamente por los controles y cuando ya pasamos todo nos encontramos con la noticia de que nuestro vuelo acababa de despegar.

Siendo el peor de los casos perdernos de pasar noche buena con nuestra familia, nos dieron una buena noticia. La aerolínea nos logró conectar con otro vuelo que salía ese mismo día y por suerte sí llegaríamos a Quito antes de nochebuena.

Como nada es perfecto, nuestro nuevo itinerario era desastroso.

Tendríamos que hacer tres escalas, la primera en Santiago de 8 horas, seguida por una en Lima de 5 horas, y finalmente una en Guayaquil de 3 horas. Era ya la 1 de la tarde y nuestro vuelo ya estaba abordando, todo aparentaba estar tranquilo, los asientos del avión se llenaban poco a poco a medida que llegaban los pasajeros. En la fila de adelante parece que hay una confusión y empieza una pequeña discusión entre dos pasajeros, aparentemente porque tenían el mismo asiento. La tripulación del avión intenta solucionar el problema mientras la situación cada vez empeoraba más, ahora ya no era una disputa entre dos pasajeros, sino ambos pasajeros peleaban con la aerolínea diciendo que cómo era posible que algo así llegara a pasar. Unos cuarenta y cinco minutos después uno de estos señores parece ceder y abandona el avión en medio de una avalancha de gritos e insultos dirigidos a la aerolínea. Por los parlantes el piloto pide mil disculpas y dice que ahora el vuelo se realizará con normalidad.

El vuelo entre Buenos Aires y Santiago se demora aproximadamente una hora y media, pero estas fueron las más intensas, debido a que estábamos cruzando una tormenta inesperada y el avión no hacía más que moverse de lado a lado, con una fuerza impresionante que parecía que las paredes iban a ceder. El piloto anunciaba por los parlantes la situación y repetía constantemente que todos mantuviésemos la calma. Una señora de aproximadamente unos 60 años empezó a tener un ataque de pánico y con los ojos cerrados y su rosario en la mano gritaba a todo volumen el “Padre Nuestro” más eufórico que había escuchado. Por cosas de la vida, un señor que por su apariencia parecía muy religioso, empezó a calmar a la señora diciendo que todo iba a estar bien, con una voz muy pacífica y curiosamente parecida a la de Morgan Freeman.

Recuerdo muy claro cuando dijo: “Señora, esto no es más que una de las maravillas de la naturaleza, no lo piense como rayos que destruirán el avión, piénselo como si fueran truenos de terciopelo que harán que todos contemos una historia muy divertida al llegar con nuestros seres queridos”.

Después de ese aterrador viaje, aterrizamos en Santiago, donde en un rutinario control de equipajes me llamaron por los parlantes para que me acerque a una oficina porque supuestamente algo andaba mal con mis valijas. Ya ahí, los oficiales me empiezan a interrogar y a leerme mis derechos como si estuvieran a punto de meterme preso, y ni si quiera entendía por qué. En un cuarto separado, me llevaron con mis valijas y me hicieron vaciarlas, noté que mi frasco de café era lo que más les llamaba la atención así que dije que no era nada ilegal, nada más que café soluble para mis desayunos.

Resulta que, en el scanner, parecía alguna otra sustancia y eso los confundió.

Los oficiales de Chile me pidieron mil disculpas, yo totalmente asustado de perder mi vuelo a Lima solo corría desesperadamente al avión. Logrando abordar casi último, despegamos a Lima. Ya en el aeropuerto de Lima, quise cargar mi celular porque tenía una larga espera para mi vuelo a Guayaquil. En el área de cargadores en la sala de espera, se me acerca un señor muy curioso y me empieza a hacer todo tipo de preguntas, lo más extraño es que es demasiado sociable y no podía enojarme con él. De repente, saca de su bolsillo una baraja de naipes y me empieza a hacer toda clase de trucos. De verdad era muy bueno, entonces se me ocurrió decirle que me muestre su mejor truco como mago profesional. Dijo que más que mago, él es un ilusionista, y me dijo que mire con atención lo siguiente. El señor procede a mirarme como si estuviera analizándome y con su mano escribía algo en una hoja de papel.

Parece haber acabado de escribir y me entrega la nota, pero doblada para que no se lea y me dice que en cinco minutos la lea cuando él ya se vaya. Totalmente intrigado, esperé esos eternos minutos y abrí el papel, solo para leer las palabras: “Gracias”. Me pareció de lo más raro que me había pasado, hasta que me di cuenta que mi reloj y celular habían desparecido.

No era un mago, era quizá el mejor ladrón del mundo.

Después del mal sabor de boca del robo, subí finalmente al último vuelo que tendría que tomar. El viaje estuvo muy tranquilo, lo dormí todo. Lo único que pasaba por mi cabeza era ya llegar y ver a mi familia para contarles el viaje más loco que he tenido en la vida.

Disfrutando lo improvisado (Segundo premio) Maggi, Juan Ignacio Hola, lo que vas a leer a continuación es simplemente la historia de dos personas haciendo diferentes cosas en una ciudad…nada raro, simplemente conocer, perderse, comprar, perderse, caminar…y si, perderse otra vez. Puede ser una historia como cualquier otra, pero tiene algo que la hace diferente.

Ese algo es que es mi propia historia.

Si te interesa leer una historia sabiendo que no soy Cortázar, Borges o Allende…simplemente yo, entonces mis páginas están abiertas a vos.

Todo empezó un primero de marzo de dos mil diecisiete.

Llegábamos al Aeropuerto Internacional John F. Kennedy de Nueva York con nuestras ropas adaptadas para el calor de playa de Port Saint Lucie, un pequeño pueblo cerca de Miami, y resulta que esa no fue la mejor vestimenta que podíamos tener en la otra punta de Estados Unidos, porque la diferencia de clima era demasiada. Ambos sabíamos que, en ese lugar totalmente desconocido, iba a hacer frío....pero no pensábamos que tanto.

Apenas bajamos del avión empezamos a seguir el mar de gente con ojeras, pelos revueltos, y ropas para viajar cómodos.

Por suerte, exceptuando a las personas que trabajan en el enorme monstruo volador de metal, todos estábamos en las mismas condiciones así que lo último que me preocupaba era como la gente me veía.

Llegamos a una sala gigante donde nos dividían para poder ingresar a la ciudad y seguir nuestro camino recorriendo la enorme jungla de concreto donde los sueños se cumplen…o al menos eso dice Alicia Keys en su canción Empire State of Mind.

Resulta que ese aeropuerto tiene unas distancias tan largas que al bajar del avión tenés que subir a un Air Train que recorre el lugar hasta dejarte en la zona de subterráneos, trenes, colectivos y demás. Por suerte eso lo hicimos bien…a ver, que tampoco teníamos otra opción que no sea subirnos a este tren aéreo. Íbamos muy felices hasta que llegó el momento de subirnos al tren que nos llevaría hasta el gran Manhattan que nos iba a hospedar por unos días. Probablemente pensás “Perfecto, no debe ser tan difícil ¿no?” bueno, dejame decirte que SÍ LO ES. Nuestras opciones para ir a donde teníamos que ir era una sola, pero teníamos que elegirla entre las únicas opciones que tenían otras personas para sus diferentes destinos.

Entre la duda y el apuro que abundaba en el desconocimiento turista de mi mamá y yo, decidimos subirnos a un tren que parecía el correcto. Solo parecía, porque cuando me paré a preguntar a un señor estadounidense en que parada nos teníamos que bajar, simplemente pude escuchar “Oh, es para el otro lado” pero en su idioma y después de una risa de lástima.

Alrededor de veinticinco minutos era el tiempo que faltaba para llegar a la primera parada del recorrido de este tren erróneo, así que sí. Ya íbamos a estar una hora atrasados entre la ida y la vuelta.

Apenas salir del vagón, nos dimos cuenta que parecía un lugar muy solitario, fresco y peligroso para dos turistas con valijas de su tamaño y dos mochilas, una de ellas llena con cámaras junto con sus diferentes lentes y objetivos de mi fotógrafa personal a la que le digo “mamá”. Estuvimos creo que 20 minutos entre dar vueltas y esperar un nuevo tren.

Tiempo en el que aprovechamos para hablar con gente que nos resolvían dudas específicas. Yo en inglés y mi mamá en español con gente de los diferentes países de Latinoamérica.

Estábamos tranquilos hasta que llega un chica que luego nos contó que era venezolana, pero antes de saber ese dato nos advirtió que tengamos cuidado porque acaban de robarle a una pareja a una cuadra y media. Por suerte nuestra preocupación por el importante equipaje de mi mamá, se fue cuando veíamos nuestro transporte llegar.

Rato después, finalmente llegamos a nuestra parada, con el cual hicimos cambio a un subterráneo y al llegar, nuestro destino solo estaba a tres cuadras. No habíamos caído en cuenta donde estaba ubicado nuestro punto de bajada, que era nada más ni nada menos que el gigante Central Park.

Anonadados por la belleza de ese escenario de tantas películas, empezamos a caminar hacia nuestro hotel, The Park West ubicado en la calle Central Park West entre la 106 y 107, con el cual teníamos solo que cruzar esos pocos metros de concreto para poder estar en la zona oeste del parque.

Apenas llegamos, cada uno nos dimos un baño para poder despertarnos y sacarnos un poco el frío polar del que veníamos, para poder salir otra vez a ese clima que tanto me gusta.

Abro la puerta al mismo tiempo que saludo a la recepcionista de descendencia puertorriqueña. Apenas el viento congelado choca mi cara, vuelvo a darme cuenta del hermoso lugar en el que estamos. Que estoy pisando una de las ciudades que más me interesaba pisar desde hace ocho años.

Cruzamos al hermoso parque y empezamos a caminar por sus caminos de diferentes relieves y materiales. Asfalto, tierra, pasto y otros más, todos con tonos secos o apagados por el invierno, pero que no le quitaba su belleza, sino que le agregaba un toque distinto a los colores que abundaban en primavera o verano. Recorrimos parte del lugar acompañados en todo momento con el click y otros sonidos mecánicos de la cámara. Esos sonidos que tanto le gustan a mi mamá.

Pasado el rato disfrutando y haciendo que erramos actores en las típicas películas de Hollywood, notamos que la noche se acercaba y que las luces naturales se empezaban a apagar, pero las artificiales aparecían ante nuestros ojos. No había segundo donde no tuviera algo que mirar, algo con lo que sorprenderme, o algo que simplemente me haga acordar a las cosas que tantas veces vi en pantalla pero que esta vez, las estaba viendo en vivo.

Salimos del parque a unas cuadras de donde habíamos entrado, empezamos a caminar mientras observábamos el vapor que salía de nuestras bocas al respirar o hablar.

Después de cenar unos sándwiches comprados diez minutos antes, me puse mi pijama que va desde los pies a la cabeza, con caricaturas de mapaches como estampado. Finalmente luego de mi rutina de noche, me acuesto para esperar un nuevo día.

Al despertarme con el ruido de mi mamá ya bañada y lista para salir, empiezo a notar que el frío es más intenso que ayer. Miro en mi celular y me marca que cada día iba a disminuir la temperatura, pero la nieve no iba a llegar hasta dos días después de irme.

El baño caliente de la mañana me despierta y me acomoda un poco las ideas. Escucho la puerta de la habitación cerrarse, indicando que mi mamá había salido probablemente para bajar a la recepción y preguntar que podíamos hacer. Una vez listo salgo y confirmo lo que pensaba, mi mamá estaba sentada rodeada de folletos viendo qué es lo que podíamos hacer.

Luego de hablar unos minutos, volvimos a salir del hotel.

Delante de nuestras caras que se estaban adaptando al paso del calor del hotel al frío de la gran ciudad, estaba el imponente Central Park, pero esta vez no cruzamos para pisarlo, decidimos dirigirnos a nuestra izquierda para ir a tomar un café a una cuadra y media.

Luego de pagar lo nuestro y tomar un poco en el lugar, empezamos a caminar hacia el subterráneo. Mi café con toques de canela, nueces y avellanas estaba muy rico y me gustaría decir que lo disfruté al completo, pero los últimos sorbos de café quedaron en el piso del transporte debido a mi inutilidad del momento. Mi vergüenza aumentó cuando esa poca de cantidad de café empezó a hacer un camino más grande cada vez que el vagón avanzaba y frenaba en dirección al Times Square, pero primero teníamos que ir a un local que es la perdición de todo fotógrafo: B&H. Lo cual equivale a un templo para las personas que trabajan en ese rubro. Probablemente habremos estado más de una hora ahí, pero ver a mi mamá probando diferentes lentes y cuerpos de cámara resulto más lindo de lo que pensaba.

Salimos de ese enorme Disney para amantes de todo lo audiovisual.

Ella con sus nuevos lentes para su cuerpo de cámara y yo con una pequeña máquina de instantáneas. Para probarla hice una a la calle con sus edificios. Si bien no fue la mejor que saqué, tiene importancia y peso sentimental por ser la primera.

Al llegar finalmente a la imponente esquina no podíamos parar de mirar las pantallas gigantes que nos rodeaban y llamaban la atención inclusive de día, no es nada comparado a lo que nos esperaba ver de noche, pero claro, nosotros no sabíamos eso y ya estábamos maravillados desde un principio.

Rodeados de personas desconocidas y gente disfrazada de dibujos infantiles, superhéroes o de la mismísima estatua de la libertad, empezamos a escuchar unos gritos coordinados que nos llamaban la atención. Voces que al unísono estaban dando un speech para entretener a la gente que formaba una ronda a sus costados, y además para dar por iniciado su acto callejero.

Empezaron a tomar gente del público y los juntaban en el medio.

Les daban ciertas indicaciones y a los segundos pasaba: una persona corría y saltaba al grupo, dando una vuelta en el aire. Los aplausos no se hacen esperar y así empiezan a sumar más individuos al centro para aumentar la dificultad de las piruetas y cumplir ciertos retos. Luego de un rato de saltos y gritos ahogados de sorpresa, el espectáculo llega a su final.

Dejando a todos los espectadores anonadados y con una sonrisa en su rostro, obvio nosotros estábamos de la misma forma.

Luego de que colaboramos poniendo unos dólares a los protagonistas del show, seguimos nuestro camino para simplemente recorrer la ciudad, sin destino específico para ese día.

Vueltas y vueltas por la ciudad, calles recorridas, el típico vapor que sale por agujeros en el medio del asfalto como si fuera una película. Finalmente nos cae la noche y nuevamente las luces artificiales cobran vida. Esta vez con mucha más intensidad y color, en mayores proporciones, hipnotizándonos por lo impresionante que era todo. Nuestros cuellos estaban doblados para poder apreciar todo con detalle. Publicidades, musicales, videos, modelos y demás era lo que se mostraba.

Finalmente decidimos volver a nuestro hotel. Caminamos hasta el subterráneo pero para nuestra mala suerte, habían cerrado por algo ajeno al horario pero no sabíamos bien la razón.

Así que si estás pensando en que nos volvimos a perder, estás en lo correcto.

Luego de un rato buscando diferentes paradas, tratar de conseguir Internet para ver que podíamos hacer, pero todo sin resultado positivo, decidimos hablar con unas personas que teníamos cerca. Dio la coincidencia de que también hablaban español y estaban en la misma situación que nosotros, solo que ellos si sabían moverse por la ciudad porque ya llevaban viviendo ahí unos años.

Nos subimos a otra línea con los tres sujetos, uno que parecía de mi edad y los otros dos más grandes, probablemente cuarenta o un poco más. Su parada estaba antes que la nuestra así que antes de bajarnos nos indicaron un poco más y nos saludaron. Gracias a su ayuda pudimos llegar bien a nuestra cálida habitación. Nuevamente las luces se apagan y finaliza otro día más, con mi pijama y tapado hasta la cabeza, mi cuerpo empieza a tomar energías para el día siguiente.

Una vez más me despierto sintiendo un frío más intenso que ayer. Mi yo de ese momento no era consciente de lo que iba a vivir ese día.

Siendo uno de los últimos días en esta gran ciudad, tuve que salir de la cama como un cohete, prepararme lo suficientemente rápido como para disfrutar al máximo este día, pero no sin antes desayunar a la vuelta, justo en el mismo lugar donde me compré el café (Si…ese mismo que se me cayó en el subterráneo).

Luego de toda esta nueva rutina matutina, decidimos ponernos en camino hacia nuestras aventuras…las cuales no sabemos cuáles van a ser porque…bueno, disfrutamos de lo improvisado ¿no? Debido al frío y algo más que caracteriza esta ciudad, tuvimos que hacer una pequeña parada, la primera del día. No podía ser nada más ni nada menos que ponernos un poco a la moda de la ciudad y comprarnos ropa. No recuerdo el nombre del lugar, solo que al entrar me sentí impresionado por la cantidad de cristales colgantes que había por todas partes. Ya sea con las luces o simplemente decoración.

Según lo que se podía observar, el lugar tenía tres niveles de altura. La planta baja que era donde estábamos nosotros, el subsuelo y una segunda planta.

Mientras mi mamá se queda dónde estábamos, yo voy a la segunda. Según los carteles había “ropa para hombres”, algo a lo que muchas veces no me apego, no me gusta mucho esa diferenciación. Gran parte de mis abrigos son de “ropa para mujeres” o al menos así lo indican los negocios.

El tamaño de este lugar era tan grande que tuve que subir en una escalera eléctrica de unos -muchos- metros. Al llegar al segundo piso, me siento hipnotizado por la gran cantidad de ropa que hay y la cantidad de opciones para cada prenda. El rato pasa mientras me pruebo y me saco la ropa que creía correcta para llevarme. Entre toda la montaña de ropa que llevo entre mis manos y que casi me tapa los ojos, logro observar algo…estaba equivocado. El lugar no tienen solo tres pisos, sino que tiene OTRO MÁS, y posiblemente otro más escondido por algún lado no descubierto por mi mamá y yo. Dejo la ropa marcada indicando que me interesaba pero que quiero seguir viendo.

Decido bajar para buscar a mi mamá y al no encontrarla, me puse a ver más ropa en la planta baja. Sí. En la misma que supuestamente era de ropa femenina.

Mientras pasada y pasaba los abrigos colgados, se me acerca un sujeto, alguien que supongo que no pasa los 25. Supuse que iba a hablarle a otra persona pero, nuevamente, estaba equivocado.

El muchacho de piel morena me toca el hombro con suavidad para no asustarme, y comienza a hablarme. El ciudadano americano estaba interesado en saber en que lugar había comprado la campera que tenía puesta. Me dijo que le gustaba mucho el color…y no voy a negarlo, me la compré justamente por eso. Lamentablemente, la traje de Port Saint Lucie. Al explicarle esto, le llamó la atención que estaba haciendo en Nueva York.

Empezamos a hablar sobre que yo era de Argentina y empezamos a intercambiar datos sobre diferentes temas. Finalmente se despide y comienza a encaminarse hacia las escaleras mecánicas, no sin antes decirme que siga disfrutando el viaje.

Luego del agradable contacto, sigo mi paso buscando ropa e imaginando diferentes historias de personas que podrían usar cada prenda. Pasados unos cuantos minutos decido buscar a mi mamá nuevamente, pero no está en esta planta. Me dirijo a la planta más baja, la subterránea, resulta que en esta son solo prendas para los pies. Me acerco a una pared de diferentes zapatillas blancas y escucho “Hey, ¡hola otra vez!” acompañado de unas risas. Miro para un costado y ahí estaba el muchacho con el que estuve hablando hace un rato. Luego de hacer unas bromas por la circunstancia, sigo buscando y… ¡bingo!, una mujer con pelos rojos y enrulados, con una mochila gigante de apariencia pesada en su espalda y mucha ropa colgando de su brazo. Al fin encuentro a mi mamá.

Pasa el tiempo y vamos a pagar las diferentes prendas. Al salir del local nos dirigimos a uno que nos llamó la atención en el camino. El de M&M. Esas pequeñas bolitas aplastadas de chocolate. Al igual que todo en esta ciudad, nos dejó boquiabiertos.

Una estatua gigante de uno de sus personajes era lo primero que veíamos en el lugar, esta giraba en el lugar y, obviamente, ahí estaba mi mamá sacando fotos.

Dimos vueltas por este gigante mundo de bolitas de colores, decidimos que era un buen lugar para comprar regalos y eso es lo que hicimos. Cajitas con uno de los personajes vestidos como la estatua de la libertad, tazones de diferentes colores con dibujos de la empresa, llaveros y demás, todos adornados con una temática del lugar y la ciudad. Finalmente salimos, teníamos una cantidad exagerada de bolsas. Cualquier persona que nos vea podía pensar que éramos parte de la película “Loca por las compras”, pero lamentablemente no fuimos parte del elenco.

Luego de caminar y caminar y seguir caminando, llegamos a mi zona favorita en la ciudad, la misma zona donde están todos los teatros que conforman al gran Broadway. Ver una obra acá es uno de mis sueños desde que tengo 7 u 8 años.

Una mirada cómplice se cruza entre mi mamá y yo. Ambos estábamos pensando lo mismo. Ver una obra.

Terminamos eligiendo una que se llamaba “Cirque Du Soleil: Paramour” y en mi vida iba a pensar lo mucho que me iba a marcar eso. Entramos al enorme recinto haciendo ruido con nuestras bolsas de distintos tamaños, colores y materiales.

Llegamos a nuestros asientos acompañados por una amable muchacha que nos indicaba el camino.

El telón se abre y empieza la magia. Gente saltando y volando por los aires, con una destreza inimaginable…de película.

Algo que solo el Cirque Du Soleil puede lograr, pero esta vez era dentro de un teatro. Los perfectos coros se compenetraban armoniosamente con las voces principales.

Escenografías gigantes que se movía y desaparecían para dejar lugar a otras, iluminación que aclimataba todo, vestimenta que nos indicaba perfectamente que era lo que estábamos viendo. Era un sueño.

Casi al final de la obra, unos trapecistas que parecían ser gemelos, empiezan a volar por el recinto, separándose y juntándose al compás de la canción y de la situación que se estaba planteado. Era como ver estrellas fugaces moverse por un lugar bajo techo. Era algo increíble. Finalmente los dos hermanos se juntan en el aire con un abrazo y empiezan a girar a una velocidad impresionante, bajando poco a poco hacía el escenario. Cuando sus pies tocan la madera, una ola de aplausos empieza a sonar, y una lágrima empieza a caer por mi mejilla, no sé en qué momento se generaron estas lágrimas, pero lo que si sabía, era que finalmente estaba cumpliendo un sueño, algo que deseaba hace mucho, y es algo que nunca voy a olvidar.

Al terminar la obra, el elenco es pagado con una enorme ola de aplausos y toda la gente de pie. Mi sonrisa de oreja a oreja es la misma que me acompaña todo el camino al hotel, bajo las luces de la gran ciudad…la ciudad de concreto donde los sueños se cumplen.

Anonadado por las experiencias que estoy viviendo, finalmente me acuesto en la cama para descansar una noche más. Y así, empiezo a juntar energías para el siguiente día, el último en este lugar, disfrutar de lo improvisado.


Docente: María Fernanda Guerra fue publicado de la página 161 a página166 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº83

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