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Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura. Comunicación Oral y Escrita. Primer Cuatrimestre 2019

De Felice, Andrea

Creación y Producción en Diseño y Comunicación

Creación y Producción en Diseño y Comunicación

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Primer Cuatrimestre 2019

Año XIV, Vol.87, Julio 2019, Buenos Aires, Argentina | 190 páginas

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Vargas

(Primer premio)

Franco, José

 

Introducción

En el presente informe se relata una situación crítica que vivió Venezuela a final de la década de los 90, un desastre natural que dejó incontable número de muertes y miles de familias desaparecidas, el deslave de Vargas, en el cual José Antonio lleva protagonismo al haber pertenecido al voluntariado de La Cruz Roja de Caracas, la capital de Venezuela.

Se implementó una investigación exploratoria donde se buscaron libros, blogs y periódicos de la época que habían documentado las razones del desastre y la cantidad de muertos que dejó, como también libros que documentaron en fotografías la catástrofe. También se utilizaron recursos como entrevistas para poder conocer cómo fueron los hechos desde la perspectiva de un sobreviviente.

Para ubicar al lector en un ambiente que pueda imaginarse al leer, se transformaron las palabras a una jerga universal para la fácil comprensión internacional.

 

Capítulo I. Vargas, La Guaira

En el norte de Latinoamérica limitando con el océano atlántico se encuentra Venezuela y justo en el centro de la costa queda el Estado Vargas, comúnmente conocido como La Guaira. Fue fundada en 1589 por un comandante de la escuadra española, Diego de Osorio. La ciudad formó parte de la provincia de Caracas durante la época colonial y en 1864 se separaron en: Distrito Capital, Maiquetía y La Guaira (Vargas).  En 1998 se convirtió en el Territorio Federal Vargas separándose entonces del Distrito Capital.

La Guaira, una ciudad donde sus playas bordean la carretera y la acompaña el inmenso cerro El Ávila, ícono del Estado como también de Caracas, la capital. Al pertenecer a la cordillera de la costa sus relieves superan los 2000 metros de altura sobre el nivel del mar. La ciudad cuenta con 1500 kilómetros cuadrados y es la segunda ciudad menos extensa del país. Vargas es considerada como la puerta de entrada y salida, ya que se ubica uno de los aeropuertos más grandes.

Venezuela, al encontrarse en un punto clave que encara el Mar Caribe, es reconocida por su estable clima cálido; sin embargo, Vargas posee un clima seco y caliente en sus zonas, debido a la posición de las montañas cerca del mar y la erosión de los suelos que marcan una vegetación típica de los bosques tropicales. La temperatura en Vargas se mantiene constantemente en unos 28Cº.

En una de las cimas más altas de la montaña queda un mirador llamado el pico occidental, tanto para Los Caraqueños como Los Guairenses es común subir para apreciar el paisaje. Desde las alturas del cerro se puede contemplar la costa bordeada por palmeras caribeñas. Al estar allí, los ojos de los venezolanos destellan de amor como cuando un perro recibe a su dueño después de trabajar.

A pesar de su variada actividad marítima y comercial La Guaira, ha conservado el ambiente de la época colonial. Los antiguos fuertes o murallas representan la época en que la ciudad los tenía como defensa propia contra los ataques de piratas. Se podría decir que la historia siempre llegó a La Guaira, para bien o para mal a través del mar. La riqueza que transitaba a través de su puerto también atrajo a los ladrones que lo devastaron, saqueando la ciudad en muchas ocasiones.

“Bajar a la Guaira” es una expresión propia del caraqueño que remite el escape del ajetreo citadino. Allí donde el Caribe es una fiesta a mar abierto con hoteles, restaurantes y complejos vacacionales, un dinámico puerto y una comunidad con su cultura bien marcada. Durante muchos años, en la época de oro en Venezuela, el Estado Vargas se consideró como uno de los sitios con mejor oferta turística para los extranjeros que llegaban y añoraban la playa.

Vivir frente a la costa confunde, aunque sea como una superstición inofensiva, la conciencia de estar expuesto a los designios del mar, aturde.

Para finales de los 90, el recién electo presidente Hugo Chávez, había convocado a un referéndum aprobando la nueva Constitución de 1999, que consistía en una consulta popular convocada para el 15 de diciembre de ese mismo año, con el fin aprobar o no el texto del proyecto de constitución redactado.

El 6 de diciembre del mismo año, en la costanera del Estado Vargas las olas daban aviso de una vocación destructiva, a los ciudadanos ya les parecía extraño el viento que chocaba con las montañas y la ciudad. Para esa fecha habían comenzado las precipitaciones constantes durante dos semanas sin parar, debilitando así la tierra en el tope de las montañas. Despertando a un monstruo que ninguno esperaba recibir.

 

Capítulo II. El deslave

Pasada la segunda semana de una imparable lluvia, la montaña explotó y empezó a caer hacia la costanera de Vargas, sin piedad un río de lodo baja a toda velocidad hacia los pueblos más cercanos, entre ellos Carmen de Uria. Hoy se respeta como tierra santa de la ciudad, por el anónimo número de almas que perdieron su vida.

Eran las 10:30 de aquella noche del 15 de diciembre de 1999 y el presidente Hugo Chávez acababa de hablar en cadena sobre la victoria del referéndum a favor de la nueva Constitución, exclamando: “Aunque la naturaleza se oponga lucharemos contra ella”, dando comienzo a uno de los desastres naturales más grandes que vivió Venezuela, conocido como “El deslave de Vargas”.

Esa fecha es recordada como “el día que la montaña avanzó hasta el mar”, las fuertes precipitaciones dieron origen a extensos deslaves y derrumbes cercanos a la serranía de El Ávila ocasionando crecidas inmensas del caudal de los ríos. Por la gran pendiente de sus cuencas, se formaron volúmenes inmensos de agua y rocas de hasta 9 metros de diámetro (el tamaño de un autobús) que alcanzaron velocidades de hasta 60 kilómetros por hora o más, causando grandes desbordamientos y destrucción en las poblaciones que se ubicaban en el epicentro del desastre. La destrucción se incrementó al irse acumulando todos los materiales acarreados por los ríos que bajaban sin piedad alguna.

Árboles, autos, buses, rocas fueron arrastrados directo hacia los edificios de la zona, mientras que las casas fueron tapadas por la corriente, quedando completamente cubiertas por el lodo.

Las calles desaparecieron y la línea costera se espumó. Un mantel de lodo marrón cubrió toda la zona y debajo de él se encontraba un número incontable de almas que no pudieron salir de sus casas.

Las lluvias continuaron por varios días y los deslaves dejaron pueblos destruidos a su paso. Once estados del país fueron afectados por el fenómeno meteorológico, las zonas más destrozadas correspondían al estado de Vargas. Las precipitaciones acumuladas alcanzaron los 1.200 mm en dos semanas y la cantidad de 1.700.000 metros cúbicos de lodo y sedimentos fueron arrastrados por el río que venía desde la punta de la montaña hasta la costa.

Luego de que el tiempo lo permitió, se inició la ayuda por aire desde Caracas ya que todas las vías de acceso estaban trancadas por derrumbes. Los niños y las personas mayores fueron los primeros en ser rescatados. Los servicios meteorológicos de Venezuela, Brasil y Estados Unidos confirmaban que las lluvias continuarían en la zona por los siguientes días, pero disminuirían en intensidad.

El Gobierno Nacional declaró de 1.500 a 3.000 muertos (la mayoría desaparecidos), cerca de 94.000 damnificados y más de 130.000 evacuados como consecuencia de los deslaves. Se declaró estado de emergencia en 8 de las 23 provincias del país. La cifra de muertos ascendió a 16.000 según estimaciones del gobierno. Contingentes de las fuerzas armadas y voluntarios comenzaron un rescate por todos los medios posibles. Barcos de la armada fueron hasta las costas del epicentro con el fin de evacuar a los sobrevivientes.

En la actualidad se desconoce la cifra real de muertos, pero organizaciones internacionales afirman que la cantidad es el triple de la publicada. Muchas personas aún continúan desaparecidas, seguramente sus cuerpos se perdieron en el mar o yacen bajo los suelos de las zonas residenciales como Los Corales, Macuto y Carmen de Uria, que fueron el epicentro del desastre.

Muchos periodistas entrevistaron a los sobrevivientes quienes cuentan que necesitaron recibir ayuda psicológica después de ver imágenes tan crudas que jamás se imaginaron en observar. La inmensa desesperación y las ganas de ayudar a salvar a los habitantes atrapados, se confundía al presenciar cómo desaparecían de un segundo a otro.

Teniendo en cuenta que el río de lodo y escombros ya había alcanzado cierta altura, autos chocaban a toda velocidad con los terceros pisos de los edificios. Universidades, colegios y jardines de infantes también quedaron tapados por el lodo; las fuertes corrientes de agua ocasionaron derrumbes, los edificios se desplomaban como si hubiesen estado construidos de papel. Muchos sobrevivientes se resguardaban en las azoteas de los edificios para no ahogarse con agua y los escombros.

Gran cantidad de los afectados no pudieron revelar su experiencia en los medios por los traumas psicológicos que quizás 19 años después siguen sufriendo y escuchando en sus memorias el estruendo de las montañas y los gritos de las personas que, progresivamente, iban desapareciendo.

La tía Helena es la hermana de la madre de José Antonio. Es una testigo de la tragedia, ella vivía en Los Corales, uno de los pueblos afectados. Actualmente vive en Boca Ratón – Florida, en un ancianato; tiene 93 años, sigue lúcida como cuando vivía en la época de oro en Venezuela. A sus 74 años vivió desde el patio de su casa el momento más terrible de su vida: La Tragedia de Vargas.

Helena se caracteriza por ser una mujer atenta en todos los sentidos; perseverante y constante, jamás se imaginó estar en un momento de supervivencia de fatal magnitud que todas sus pertenencias fueron destrozadas. Dice que lo que la salvó de no ser arrollada por un río de escombros fue ir a tomarse un café con sus vecinos, quienes a partir de ese momento vivieron juntos la llegada del monstruo.

“La mitad de mi casa se la llevó el deslave y mis pertenencias sabrá Dios dónde fueron a parar. Me quedé con mis vecinos, una pareja de mediana edad y sus dos hijos de nueve y quince años. Una de las escenas que jamás podré olvidar fue la de la mitad de un hombre que trataba de salvar a su pequeño hijo que quedó atrapado en el lodo y no pudo sacarlo porque una piedra se llevó la mitad de su cuerpo de la cintura para abajo. Allí quedo esa horrible escena, intacta como si la hubieran pintado”. Así, lo recuerda Helena el día de hoy.

Después de la tormenta y horas caminando por las calles llenas de lodo y escombros, Helena se quedó con los dos hijos de sus vecinos, ahora huérfanos. Sus padres lamentablemente desaparecieron. El monstruo de lodo ya se había llevado casi toda una ciudad entera con sus habitantes. Helena y los dos chicos caminaron hasta la costa donde estaban los barcos rescatistas, quienes estaban llevando a los sobrevivientes al aeropuerto internacional de Maiquetía, que se convirtió en uno de los refugios para los damnificados. Allí los ayudaron con insumos para su recuperación física y psicológica.

El gran apoyo de los medios de transporte pertenecientes a las Fuerzas Armadas ayudó a miles de sobrevivientes. Los damnificados fueron alojados y atendidos en instalaciones militares localizadas en Maracay, Barquisimeto, Charallave, Lecherías y Maracaibo. Fue en este momento cuando se produjo la separación social de los damnificados: las familias con más recursos encontraron alojamiento provisional en casas de familiares y amigos en Caracas y el interior del país; mientras que los más humildes ocuparon durante meses los improvisados refugios de los cuarteles militares.

Paralelo a la tragedia, los reporteros y canales de la televisión nacional estaban trasmitiendo en vivo la situación crítica en el Estado Vargas, los Caraqueños no podían resistir la desesperación al ver las imágenes y muchos decidieron juntarse al voluntariado rescatista de La Cruz Roja de Caracas, entre ellos José Antonio.

 

Capítulo III. Almas solidarias

El deslave de Vargas fue uno de los desastres naturales que estremeció al pueblo venezolano. Muchas personas se unieron para ayudar en los grupos de voluntarios de La Cruz Roja Venezolana para rescatar a los sobrevivientes.

No cabe duda que una de las cualidades que movieron a tantas personas a formar parte de esos grupos es la sensibilidad humana y esa precisamente es una de las características destacadas de José Antonio.

Un hombre divertido, a quien durante su adolescencia le llamaban Coco. Extrovertido y amante de su cámara, tardó muchos años en reconocer que podía llegar a ser tan organizado como su padre. José no es de mucha estatura, pero sí tiene un gran y honesto corazón, sus ojos son tan claros como las hojas de un árbol en primavera y su pelo negro como la oscura noche en un llano. Lo caracteriza el ser detallista y sorprender a la gente con sus regalos.

Su sensibilidad, noble corazón, destreza y dominio para captar momentos con su cámara, fueron los dones protagónicos que le permitieron pertenecer al grupo de rescatistas, quienes iniciaron sus labores al amanecer del 16 de diciembre de 1999, al día siguiente que el monstruo se había ido.

Además de ser motivado por ayudar a tantos que se encontraban atrapados en el mantel de lodo y escombros que cubría la ciudad en el corazón del monstruo, José llevaba el  firme propósito de saber si su tía Helena había sobrevivido. Un presentimiento muy profundo le decía que seguía con vida.

Muy temprano, José junto a su grupo de voluntarios comenzaron su viaje en un todoterreno 4x4. Equipados de agua mineral y alimentos no perecederos, como enlatados, cubrieron las necesidades primarias de las personas que se encontraban a su paso.

El acceso al corazón del monstruo, donde vivía la tía Helena, era prácticamente imposible debido a las crecidas de ríos y al lodo que llegó a cubrir casas enteras y edificios pequeños. Gracias a los vehículos de la fuerza armada que constantemente iban a rescatar sobrevivientes, se formó una vía genérica de escape que permitía entrar y salir del epicentro. Fue allí cuando el todoterreno donde se encontraba José Antonio y su grupo de rescatistas logró entrar. Durante el recorrido resultaba incontable la cantidad de personas atrapadas y a las que debían socorrer al instante, llevándolas así a los refugios donde podían ser tratadas.

Fueron muchos los acontecimientos captados por su ojo fotográfico; uno de los más destacados y el que aún guarda su memoria, fue el trágico choque de un helicóptero tripulado por una familia entera que recién había sido rescatada y que, al despegar, se enredó con unos cables colocados provisionalmente por la falta de luz. Perdió así el control, estrellándose inmediatamente contra el piso. Se llevó a su paso decenas de personas y escombros, con ello la pérdida de la familia entera que tripulaba el helicóptero, quienes murieron quemados al instante.

Había muchas razones por las que mi padre se enfiló como rescatista voluntario: miles de personas que necesitaban auxilio y traslado inmediato a centros de refugios acondicionados en las provincias en sus alrededores, ya que los transportes oficiales aéreos, marítimos y terrestres no eran suficientes dado el alto número de damnificados. Pero además la razón fundamental que más movía a mi padre era encontrar a su tía Helena.

A su paso, mi padre no descansaba de indagar con cada sobreviviente si tenían conocimiento de la gente que había salido en busca de ayuda y dada la zona donde se encontraba la tía Helena, era de suponerse que había llegado a los barcos de rescate atracados en el mar.

Como resultado de su incansable ayuda y búsqueda, logró llegar donde se encontraba su tía, quien sobrevivió a los embates de aquel desastre junto a los dos niños ahora huérfanos, quienes finalmente llegaron a reunirse con sus familiares más cercanos, llevando a cuestas el dolor de haber perdido a sus padres y el consuelo de haber sobrevivido al desastre de Vargas.

La tragedia de Vargas permanecerá en la memoria de los venezolanos por el resto de nuestras vidas. El disfrutar cada momento y apreciar a la familia a tu alrededor es el mejor consejo que cualquier Guairense que lo haya vivido podrá darte.

Nunca se sabe cuándo llega el monstruo. Sé consciente de dónde vives y cuida al planeta tierra porque no se sabe cuándo despertará.

 

 

Lánzame a los lobos y me verás liderando la manada

(Segundo premio)

López Pereyra, Maitena

 

Dedicatoria

Estas palabras serán sentidamente dedicadas a quien fue el personaje principal de estos textos. Se espera que sirvan de homenaje a su persona y guarden su memoria.

“Si yo pudiera darte una cosa en la vida, me gustaría darte la capacidad de verte a ti mismo a través de mis ojos. Sólo entonces te darías cuenta de lo especial que eres para mí”. (Frida Khalo)

 

Introducción

La historia a continuación cuenta la vida de Sabrina Alexandra López Pereyra, una mujer nacida en la clínica Lavalle del microcentro porteño, en una familia colmada de carencias de todo tipo, pero con una fuerza y metas que la harían distinta. Sorteó numerosas dificultades a lo largo de su vida y ante todas mostró “de qué estaba hecha”.

Tuvo dos parejas como padres de sus descendientes. Fue mamá cuatro veces y tras su último embarazo se enteró que estaba padeciendo una cruenta enfermedad que se la llevaría del mundo con tan solo 36 años. La historia muestra una existencia real al punto de doler de una madre que luchó hasta consigo misma por ser quien anhelaba y por dejarles un futuro a su familia.

 

In extrema res

-  Mamá, ¡mamá! Mami. (Maia, de tan solo dos años, abre la puerta de donde hasta hacía algunas horas yacía su madre agonizando)

-  ¡No está mamá!, responde Maitena (la mayor de sus tías), quien se había quedado dormida en la habitación donde vio partir a su hermana sin largar una lágrima. Las palabras de su sobrina cavaron hondo en su ser, como si una prensa hidráulica se hubiera adueñado de su corazón con saña.

-  Vení Maia, vení con papá. Su papá la abraza entre sollozos tratando de calmar la ansiedad de una nena que estaba lejos de poder comprender que ya no podría hacer payasadas para hacer reír a su mamá, ni mostrarle cómo lucía con sus tantos vestidos de princesa.

A su alrededor todos observaban pasmados por lo cruenta de la situación: ¿Qué niños se merecían crecer sin la persona que más los conoce en el mundo?

Así comenzaría un día en que encontraría a todos ya sin su presencia. A partir de ese entonces todo tendría un sinsabor inexplicable. Habría días de sumo dolor y llantos desconsolados de algunos de ellos, sumado al consuelo entre quienes eran más afines.

Javier, quien quedaba solo a cargo de cuatro hijas, empezaba a debatirse entre el desconsuelo de no saber cómo sanar el dolor de las niñas, el tiempo que apremiaba y exigía celeridad en diversos trámites y la ansiedad de reformar la distribución de los dormitorios de la casa: el dormitorio de planta baja había funcionado, esa última semana, como una especie de cuarto de internación. Y él no quería que las niñas recuerden de manera negativa su lugar. Por esta razón, tomó la decisión de dormir junto con la menor de sus cuatro pilares, como así lo tomaría al momento en que necesitara encontrar fuerza de entre las baldosas.

Porque “el gordo”, como lo llaman sus afectos, no había conocido dolor mayor ¡Y eso que sabía de dolores! Había crecido en una familia disfuncional, con una madre sumisa y un padre golpeador y ludópata que pedía plata a cambio de no llevarse lejos a sus hijos. Así supo “hacerse hombre” desde una infancia caminada con frío entre las vías de San Antonio de Padua. Tres años pasaron con su hermano hasta volver a ver a su madre. Ese niño creció con muchas necesidades, luego, en Villa María y se volvió un hombre adulto en Lanús y padre en Sarandí. Para Javier, el dicho popular “la mejor escuela es la calle” se corporiza a la perfección. Él volvería cada hecho de suerte o triste en un impulso mayor para salir adelante y disfrutar de la vida. Creció como un adulto atorrante. Hasta que “ella” apareció en su vida para mostrarle que podía haber otras formas, que ya no estaba solo, que su vida sería intensa, pero la caminarían de la mano. Y así fueron sus días y ellos lucharon contra viento y marea, en las buenas y en las malas (y sabían muy bien de eso porque las pasarían todas).

Javier defendió a su familia por sobre todas las cosas. Su amor, Sabrina, los cuidaba a todos como leona, pero él además de ser rey de su selva, de castigar con palabra un mal comportamiento de “sus nenas”, las protegía hasta de su sombra. Y sus hijas aman a sus padres como quien observa a la Victoria Alada de Samotracia. Veían en ellos el esfuerzo que realizaban a diario. Los veían romperse en pedazos para después reconstruirse desde el amor, unidos y por la causa común que era su familia.

Se podría suponer que después de la partida de la madre de la casa todo sería tristeza. Pero ella expresamente enseñó lo hermoso de la vida, sus deseos de inculcar unión entre  hermanas, en familia, que llorar “a moco tendido” se puede – pero solo un rato – y que toda su lucha, dolor y sacrificios debían dejar una enseñanza.

Así comienza esta historia. Desde un final triste y desolador en parte, pero desde donde todos y cada uno podrían elegir cómo sobrellevarlo. Sin dramatizar, como ella habría encomendado vehementemente en sus cartas tiempo atrás.

 

Detente aquí, aprecia la vida por un minuto y sonríe

Era una tarde como otras anteriores en Ilha Grande, la mayor de las 365 islas de la Bahía de Ilha Grande, en el litoral del Estado de Río de Janeiro, a 160 Km. de la capital, perteneciente al Municipio de Angra dos Reis. Estas eran las segundas vacaciones a solas (la primera fue a la provincia de Córdoba, Buenos Aires) que se tomaba luego de haber trabajado arduamente todo el año al haber ascendido  en  la  agencia  de  publicidad  en  la  que  trabajaba. Maitena había sabido enamorarse de todos aquellos momentos a solas que la vida le había dado el lujo de vivir. Había regresado de una excursión a las playas de Lopes Mendes - ¡paraíso si los hay!-. Arena blanca que se escurre como harina entre los dedos (quedó realmente tan maravillada que juntó un poco para llevársela de recuerdo), personas de diversas características (argentinos y brasileros), estaturas y colores, tablas de surf, aguas vivas y abundante flora autóctona. De camino a finalizar el día, pasó por una sesión de masajes y siguió a encerrarse en la Posada Riacho Dos Cambucás. En el lugar se aprecian la preservación de los árboles nativos: principalmente aquellos que dan el nombre a la posada, pero además plantas de todos colores, arbustos y otros árboles verdes. Un lugar en armonía entre el hombre y la naturaleza: dulces sonidos de pájaros, mariposas, ardillas, etc. Esa tarde la joven había elegido un título de la videoteca del lugar y estaba dispuesta a adentrarse en su habitación, prepararse un baño en el jacuzzi, ponerse la bata y acostarse a ver la película seleccionada mientras cenaba apenas unos snacks y una latita de gaseosa. Ni bien comenzó a preparar el ritual recibió un mensaje de WhatsApp en el que su hermana mayor pedía llamarla para conversar sobre algo. Y ese “algo” fue eso que Sabrina jamás hubiera deseado tener que contar, ni su hermana escuchar: se confirmaría que la obstrucción que le habían encontrado en el colón era cáncer. Sabrina minimizaba la situación, intentando que, del otro lado, la escuchen como si la noticia fuera algo agradable. Su consanguínea hacía preguntas cuasi técnicas sobre el proceso a seguir y lo que podría esperarse, casi como si no sintiera en ese momento que el mundo se le derrumbara y las paredes se cerraban, quitándole la respiración. Cortaron prometiéndole a la otra que estaría todo bien y que esa sería otra de tantas vicisitudes que habrían pasado juntas y de la cual se reirían en un futuro cercano. Luego de eso se sentó en una silla que estaba al lado del jacuzzi y escribió a dos amigas quienes sintió que podrían apoyarla, entenderla y, sobre todo, callarle los demonios que la estaban llenando de temores por dentro.

Al día siguiente continuó su viaje a Copacabana, Rio de Janeiro. Esta vez se hospedaría en un hotel a 3 cuadras de la playa de Copacabana, a 5 cuadras de Ipanema y a 2 de una de tantas favelas que vuelven pintoresco al país para algunos turistas (pero no para ella que llevaba la conciencia de clase como estandarte genético). Allí volvería a juntarse con amigos que había conocido a su llegada en un hostel de Ipanema (primer lugar del país al que arribó).

Esa tarde los encontró volviendo de una feria de artículos playeros a menor costo, tratando de no perderse y sorteando niños lugareños que fingían robarles. Algunos pasos después Maitena descubrió dos baldosas de cemento diferentes a todas las que había visto. Estas tenían grabada en inglés y en portugués la siguiente frase: “Detente aquí, aprecia la vida por un minuto y sonríe”. Y así fue que Maitena se paró mirando al mar que, de tan oscuro, se unía con el horizonte. En ese momento respiró hondo, se sintió con suerte y sonrió. Y se regaló ese momento (pensando por supuesto en su hermana) que recordaría para siempre.

Aproximadamente dos meses después Sabrina fue sometida a una intervención quirúrgica en el Sanatorio Cemic de Villa Urquiza. Allí arribó con Javier, a quien consideraba su socio de vida. Junto a ellos acudieron: una tía de él, los padres de ella y Maitena. Fueron horas angustiantes porque la operación tardó más de lo esperado. Su pareja la esperó en la habitación y el resto de la familia en planta baja. Cuando la espera terminó todos lo ven salir a Javier caminando con dirección a su auto. Detrás va su tía. Momentos más tarde regresa donde estaba la familia y se quiebra desconsolado, a lo cual el resto, estupefacto, le pide que tome asiento:

“Hablé con el cirujano”, afirmó Javier mientras sopla como si eso disminuyera la angustia mientras todos lo miraban callados y expectantes. “Me dijo que está todo mal. Esta toda tomada: intestino grueso, delgado, vejiga, útero y van a evaluar los pulmones”, concluyó.

El padre se alejó del grupo y no emitió sonido, con la mirada perdida. La madre se alejó y en su cara se comienza a ver angustia. La tía lloró con su sobrino desconsoladamente. Maitena observó toda la situación sin llorar y comenzó a consolar a uno por uno, sobre todo a su madre que, ante su abrazo, rompió en llanto desesperado mientras hablaba de “su nena”.

Los días transcurren y finalmente confirman que en los pulmones también había cáncer. La oncóloga indicó que, con quimioterapia, tendría un máximo de 2 años de vida con dudosa calidad (dependiendo de su tolerancia) y 6 meses si su decisión era no realizar tratamiento. Ella eligió realizarlo pensando en sus hijas. Poco a poco, las tomografías comenzaron a mostrar un arbolito de navidad fosforescente en el interior del cuerpo de la mayor de las López Pereyra. Ella negaba que la enfermedad estuviera haciendo esos estragos dentro de ella y repetía (luego de cada quimio): “Unos días de malestar y todo bien. Más adelante me van a operar para sacarme lo de los pulmones y listo”.

Hasta que un día su oncóloga y su marido decidieron enfrentarla con la realidad. Pero aun así ella siguió en su posición.

Un día, mientras descansaba de sus sesiones, decidió realizarse un tatuaje con colores y una frase: “Hasta que las paralelas se crucen”. El mismo resultó tan significativo que su propia médica lloró y la abrazó en una consulta.

De esta manera transcurrieron sus días mientras que el cuerpo aumentaba sus fallas. Un día comenzó a fallar uno de sus riñones y eso devino en una nueva operación a la que asistió con Maitena. Al tiempo falló su otro riñón, el cual también fue intervenido. Sabrina se convirtió en una persona colmada de caños y bolsas que la ayudaban a realizar lo que su cuerpo por sí solo ya no podía. Sus afecciones requerían internaciones cada vez más seguidas, las cuales se tornaron cada vez más angustiantes porque nunca se daban buenas noticias. Al principio (si bien se resistía a internarse) todo era chistes: “Estoy de vuelta en mi spa”, en referencia a que estaba siempre en habitaciones sola y que se sentía mayormente bien cuidada. Pero con el correr de los días la angustia por no ver y estar con sus descendientes crecía y ella amenazaba con darse el alta temprana. De hecho lo hizo en alguna oportunidad.

La madrugada del 28 de marzo Maitena recibió un llamado que le haría correr una gota de agua helada por la espalda. Sabrina había levantado mucha fiebre y no estaba bien. En menos de una hora atravesó la ciudad hasta llegar a casa de su hermana para abrazarla y calmarla, con éxito. Junto con el médico y el camillero la convencieron y la llevaron a lo que sería su última internación.

Dos semanas más tarde la obra social le comunicó a Javier que estimaban que de ese fin de semana no pasaría. Esos días transcurrieron en un desfiladero de personas que la conocían y otras que no tanto. La habitación emanaba la energía de una sala de velatorios. Ella se encontraba en un coma inducido y, aun así, despertó y comenzó a balbucear pidiendo ver a su marido y tratando de conectar visualmente con sus afectos. Sus hijas fueron a verla intentando despedirse, lo cual resultó desolador y desgarrador.

El lunes siguiente a la esperada muerte fue trasladada inescrupulosamente a una clínica que daba miedo a la propia parca. Aun así su hermana la cuidó como todas las noches. Esa noche la mayor de las hermanas imploraría que fuera a verla su amor y que la llevaran a la casa con lágrimas en los ojos. Y así ocurrió.

El domingo siguiente Maitena asistió nuevamente a cuidarla, ya en un dormitorio de su domicilio desde el martes; con Javier descubrieron que, como habrían pronosticado días antes los médicos, Sabrina comenzó a manifestar dificultades para respirar. El médico y enfermero que la vieron quedaron atónitos al ver el mal estado en que se encontraba siendo alguien tan joven y se apiadaron de ella como no lo había hecho la institución que debía ampararla. La asistieron y se retiraron esperando continuar con sus tareas, sin saber que horas más tarde regresarían a dar el parte de defunción.

Momentos después Maitena ingresó al dormitorio en el que estaban su madre y su hermana Lola y besó las manos de su agónica hermana con el amor que siempre le había profesado. Su consanguínea la miró a los ojos señalando que el final estaba próximo entre lágrimas. Esta, en vez de llorar, siguió acariciando su mano: “Andá con la abuelita, nosotros vamos a estar bien”. Dicho esto le entregó la mano a su otra hermana y fue a buscar a Javier, quien intentaría descansar sin éxito. Bajaron acelerados las escaleras y él lanzó un sonido de dolor y decepción, pensando que había llegado tarde. Pero su cuñada lo miró, le tomó la mano y la unió con la de su gran amor: “No gordo, llegaste justo”, expresó mientras se corría, dejando espacio para que las tres personas presentes en la habitación rompieran en llanto. Sabrina se había ido.

 

Bendito tú eres

Charlas y ruidos de fondo, el alma y el rostro triste y agotado de llorar su pérdida pero que se llena de energía a la hora de mimar a una de sus cuatro hijas. Una casa acogedora, con mates y un bizcochuelo cocido por una descendiente que sigue sus pasos en la cocina. Habla de ella y sonríe, pero de vez en cuando hace pausas para tragar la angustia.

Javier conoció a Sabrina, ya madre de Ailén Seeliger López. Se enamoraron y, si bien no todo fue color de rosa, comenzaron una convivencia en Avellaneda centro, partido de Avellaneda, provincia de Buenos Aires.

Ambos tuvieron un carácter fuerte que los ayudó a llevar adelante lo que se propusieron y sobrellevar los problemas. Fueron sus mayores confidentes y compañeros.

Javier siempre tuvo su apoyo en todo, para bien o para mal. Todo lo que él busco siempre en una mujer. Nunca son fáciles las convivencias, siempre hay desacuerdos, discusiones  y peleas, ya sea por actitudes, diferencias de pensamientos, etc.

Pero cuando alguien tenía un problema, ella siempre estuvo presente dejando todo de lado.

Vivir en “El Jakal” lo experimentaron como una etapa buena. Recordaban seguido la frase “El casado, casa quiere”; dado que anteriormente convivieron con los padres de Sabrina y tuvieron muchas diferencias. Así que un día ella, ya agotada, salió a buscar un lugar en alquiler y llegó anunciando: “Conseguí una casita. Utilizá tu imaginación porque se parece al “jakal de Marimar” (en alusión a una telenovela)”.

Javier recuerda que, cuando se lo mostró, se enojó: “Vos estás loca?”, pensó.

Con el tiempo sintió que fue su mejor momento. Ella se puso en el papel de albañil y revocó paredes mientras él colocaba el cielo raso. Decoraron todo a su manera y como pudieron y le dieron vida a un hogar. Estaban solos, dormían los cinco (porque Maia aún no existía) en la única pieza y la familia se unió muchísimo. No dependían de nadie y era su lugar en el mundo, más allá de las dificultades.

El hecho de la asignación de la casa fue una de sus metas porque lucharon siete años en el Municipio de Avellaneda yendo a actos políticos y escribiendo cartas al intendente sobre su situación económica. Así la consiguieron. Eso resultó un alivio para ella porque sabía que sus hijas tendrían su techo y no dependerían de nadie. El día de entrega ella se encontraba internada porque había vuelto a ser mamá, lo cual los colmó de dicha. Fue imparable hasta sus últimos días.

La noticia de la enfermedad primero les llegó a raíz del nacimiento de Maia. Procuraron pensar en positivo y tratar al cáncer como una piedra más en el camino. Luego de su primera intervención, Javier sintió que se le derrumbaba el mundo.

Aun conociendo cuál sería el desenlace, vivieron tratando que ella aprovechase lo poco o mucho que le quedara, lo cual ocurrió el pasado 22 de abril.

Las nenas lógicamente lo asimilaron mal, pero al mismo tiempo, no se dieron cuenta de la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Aun así, acompañaron a la madre de una manera increíble y fueron fuertes de maneras inimaginables.

Soñaron ver a sus hijas crecer, que no les faltara nada, festejar sus cumpleaños, malcriar a sus nietos y envejecer disfrutando de su familia que fue su orgullo, siempre. No hay palabras que expliquen cómo la peleó hasta que dio su último aliento. Soportó dolores, invasiones a su cuerpo, dejando el mejor de los legados a lo que más quiso en el mundo, sus cuatro hijas mujeres, de las cuales se sintió orgullosa hasta las lágrimas y demostró a todos que si uno quiere saca fuerza de donde sea para seguir adelante. Gracias a sus consejos sus hijas se volvieron unidas y compañeras entre sí, reforzando el vínculo con su padre.

 

Soñar no alcanza

En 1976, Argentina estuvo sumida en una dictadura cívico-militar. Hubo quienes combatieron (con o sin éxito) el régimen. Pero también, escondidos de “lo que se decía en ese entonces” existieron aquellos que se asumieron como “la generación de los del miedo”. En esa época los tumultos de personas estaban prohibidos, al igual que estar en un auto con una pareja hasta muy tarde y otras tantas situaciones. Se trató de otro paradigma en cuanto a la libertad y se vivió con sumo terror, independientemente del bando al que se pertenecía.

Fue en ese contexto que se conocieron Carmen y Daniel, presentados por amigos, un sábado anterior a la celebración del Domingo de Ramos de 1976. Todo empezó como una amistad: Él era separado de la primera de sus nupcias hacía ya un año. Ella recién cumplía sus 18 años. Sus encuentros fueron sumamente divertidos. Ellos conectaron desde la inteligencia y conocimientos de ambos.

Hasta que un día Daniel manifestó otro tipo de interés y ocurrió la primera cita en una exposición. Volvieron a salir a un bar a la semana y él se sintió valiente y lanzó como daga un romántico: “¿Querés compartir el resto de tu vida conmigo?”; hecho que culminó con un primer beso.

En esa época se concebían muy seriamente el respeto a la casa, la familia y los padres. Y Daniel era divorciado, razón por la cual entró a la casa de sus suegros recién en el cumpleaños número 23 de su novia.

El fuego y la pasión (ante todos los aspectos de su relación) eran los protagonistas diarios de su relación. Fue así que a finales de 1981 Carmen se embarazó de su primogénita. A raíz de ese suceso tan trascendente comenzaron a convivir en la casa materna situada en Avenida Debenedetti 1464, localidad de Dock Sud, partido de Avellaneda, provincia de Buenos Aires.

El país recibió a Sabrina sumido en la Guerra de Malvinas, un 9 de Julio de 1982, una bebé muy vivaz y de buena salud. Por una decisión en común, la flamante madre dejó de trabajar para ocuparse de los cuidados de su descendiente.

Fruto del amor y el tiempo dedicado a la pareja, nació Maitena, su segunda hija. Esta vez buscada y esperada con ansias, una beba tranquila y amada, tal como lo indicaba el significado de su nombre (“la bien amada”, en quechua).

La familia se mudó a un departamento alquilado en la localidad de Avellaneda, partido homónimo. La relación se tornó sumamente asimétrica. Daniel superó en carácter a Carmen, a quien sometía psicológica, verbal y físicamente. De hecho en ese contexto fue que la mujer retomó sus estudios universitarios, de los cuales claudicó al no sentirse apoyada.

Con un nuevo embarazo se mudaron a un departamento prestado en Caballito, razón por la cual Karina, la tercer hija, nació en la misma clínica de (en ese entonces) la Capital Federal, al igual que su hija anterior.

En una nueva mudanza volvieron a vivir a la casa materna y a los años nació la última de cuatro retoños. La convivencia fue insostenible, como lo serían hoy los cables de tela. Imposibles. Violentos como incendio forestal. Tanto que eso lo vivieron los 6. Y al tiempo las nenas también fueron víctimas. ¿Qué pudo salir bien en ese contexto? Aun así tomaron la decisión de casarse e irse a vivir a la casa “propia” (a la cual accedieron porque sus padres asumieron gran parte del costo de la misma, puesto que ellos eran irresponsables financieramente). Pasaron grandes penurias. Sus hijas vieron llorar a su madre por contar monedas para pagar la comida. También maduraron de golpe cada vez que defendieron a su madre por temor a que su padre terminara con su vida. Y temblaban ante su llegada y oír las palabras de la violencia que jamás va a callarse.

Al tiempo, Daniel le pidió el divorcio a su esposa, aludiendo haberse reencontrado con su ex mujer y hallarse perdidamente enamorado de ella. Luego de hablar con sus padres, vuelve solicitando clemencia a Carmen, quien sumida en un profundo dolor lo perdonó, para luego quitarle el beneficio y conservar ambos el mismo domicilio indefinidamente.

Las hijas devienen en adolescentes y con ellas incrementan las falencias. La primera en ser madre fue Sabrina, (quien también tuvo cuatro nenas, pero de dos padres diferentes), la segunda fue Lola (de un varón) y Dana (quien tuvo dos nenas y dos nenes).

En ese contexto de violencia y desamor, crecer fue complicado. Las cuatro dejaron de vivir a finales de su adolescencia con sus padres.

Solo las que fueron madres volvieron al tiempo a vivir tanto en la casa de su abuela materna, como en la de sus padres. La segunda de ellas (a quien sus padres echaron a sus 17 años) jamás regresó. Terminó sus estudios viviendo en la casa de los padres de quien fuese su novio por 14 años, trabajó toda su vida e   intentó continuar sus estudios universitarios. Pero “saber lo que se quiere” no era fácil en tal contexto.

Mientras ocurría todo eso Daniel se encontró en la mayor parte de su vida desempleado, ya sea porque realmente no conseguía trabajo o porque renunciaba a los empleos que le conseguía su hermana. En cambio, Carmen trabajó por años en una humilde remisería. Con los problemas económicos que sucedieron, creció también la depresión de ambos. Carmen trabajaba de noche y dormía de día. Daniel cayó en un pozo depresivo y paralelamente tuvo un accidente cerebro vascular, lo cual terminó de serenar la mayoría de sus impulsos violentos (los cuales, en cambio, fueron creciendo en Carmen). Ambos consiguieron, finalmente, el rechazo de sus hijas, ya sea por el desamor, la ausencia o su dejadez.

 

 

Magdalena y sus dos mamás

(Mención)

Vega, María Celeste

 

Introducción

María Magdalena Saladino es mi abuela. Cuando era chica compartía con mis hermanas y conmigo numerosas historias que nos encantaba escuchar por la manera tan clara y cariñosa de relatarlas, que nos generaba una emoción particular. Una de ellas comenzaba así: “Cuando Dios manda a los bebés al mundo, estos nacen con las manitos cerradas, pero Él antes de enviarlos con todo su amor abría una y en ella escribía un nombre. Así llegaban al vientre de la que iba a ser su mamá. Lo hacía con todos los bebés, hasta que llegó uno y mirándolo con dulzura y un dejo de tristeza le abrió sus dos manitos y escribió un nombre en cada una. Los ángeles que lo observaban, preguntaron cuál era el motivo, Dios les contestó que cuando llegue lo observen y comprenderán.

Cuando nació, su mamá estaba muy enferma y al poco tiempo falleció, pero la pequeña bebé en su otra mano conservaba el nombre de otra mujer quien iba a criarla y que sin dudarlo le abrió su corazón”.

Ésta era su propia historia, el comienzo de su vida.

 

Capítulo 1. Dos mujeres, dos vidas diferentes, un mismo amor

Elisa Papaleo, de nacionalidad argentina es una mujer alta, delgada, de frágil aspecto como si fuese a romperse con sólo tocarla. Su voz suave como el terciopelo, sus modos amables de dirigirse hacia los demás y su gran sonrisa la convertían en una persona muy querida en el conventillo en el que habitaba. En una única y diminuta habitación, Elisa, vivía junto a su marido y sus cinco hijos.

Fortunato Saladino, esposo de Elisa, es un inmigrante italiano, de aspecto tosco, baja estatura y una voz ronca, que se le fue agravando debido a su adicción al tabaco desde muy pequeño. Desafortunadamente el cigarrillo no es su única afición, también es un ávido bebedor.

Elisa no la pasaba nada bien en su matrimonio. Continuamente recibía golpizas y malos tratos por parte de su marido. Su vida era un calvario. Hacía malabares para darle de comer a sus hijos, el dinero que traía Fortunato nunca alcanzaba, lo poco que ganaba lo malgastaba en alcohol o lo perdía apostando a los naipes. Ella tomaba cualquier changa que le ofrecían como lavar ropa, coser o cocinar, para lograr que sus pequeños tuviesen algo que poder llevarse a la boca y, además, para evitar pedirle a su marido y esquivar, aunque sea por ese día, los golpes.

A los 27 años de edad, quedó embarazada de su sexto hijo. Elisa, con mucha alegría, recibió la noticia y sabía que al menos, durante los próximos nueve meses, como había sucedido anteriormente con sus otros niños, Fortunato la dejaría en paz. Pero la vida, le volvió a dar un derechazo, como si estuviese ensañada con ella, y con apenas cinco meses de gestación contrajo tuberculosis. Ella sabía que dicha enfermedad era intratable y conducía a la muerte a quienes la padecían e igualmente se ofreció a cuidar de su vecina enferma ya que, su alma caritativa, no le permitió rechazarla.

El 11 de junio de 1933, Elisa dio a luz a María Magdalena. La gran felicidad y dicha que le trae el nacimiento de su hija, se ve empañada por la dolorosa decisión que debe tomar: entregar a su niña recién nacida y a sus otros hijos, por miedo al contagio. Siendo su esposo incapaz de hacerse cargo de seis niños, decidió enviarlos pupilos al Instituto Filantrópico Argentino, Williams C. Morris.  Sin embargo, el destino del bebé sería otro. Debido a su corta edad, Magdalena, no fue acogida en el Instituto por lo que hubo que buscar otra solución. La misma, le cambiaría su vida.

Enriqueta López, mujer regordeta, con ojos color miel y una extensa y abundante caballera negro azabache; tiene carácter fuerte, es caprichosa pero encantadora. Proviene de una familia con una excelente posición económica. Nació, como se dice “en cuna de oro”. Su familia le daba todos los gustos: vestía con los mejores atuendos de la época, disfrutaba de exquisitos manjares, continuamente recibía regalos y una muy buena educación. A los 19 años conoció a José y se enamoró perdidamente. En contra de los deseos de su padre, debido a que su futuro marido carecía de bienes y era de procedencia humilde, contrajo matrimonio.

José Senra es un hombre humilde y trabajador con excelente sentido del humor. Muy buen mozo, de aspecto prolijo con el cabello siempre engominado y los zapatos lustrados. La gente lo describe como un hombre hecho y derecho que, a base de esfuerzo, fue subiendo peldaños en Bagley, la fábrica de galletitas para la cual trabajaba, hasta llegar a gerente de planta, puesto muy bien remunerado y codiciado por varios.

A cinco años de su boda, Enriqueta y José, contaban con casa propia y una situación económica estable. Pese al profundo amor que se profesaban, la vida los estaba privando del deseo de ampliar la familia. Tras numerosos intentos por quedar embarazada y casi cuatro años de búsqueda, acudió al médico para recibir un diagnóstico que nublaría su felicidad: Enriqueta jamás podría concebir.

A los pocos meses de conocer tal fatídica noticia, José recibió el pedido de ayuda de su hermano mayor, quien le cuenta que su hija Elisa se encontraba gravemente enferma y con una niña recién nacida. Le ruega que cobije al bebé en su casa con la promesa de entregarla nuevamente cuando la madre se recupere. Petición a la cual accede con agrado.

El día en el que Enriqueta vio a su marido atravesar el umbral de su casa, con esa pequeña en sus brazos, su corazón se estremeció de alegría y podía sentir cómo latía a tal velocidad que pensó que se le iba a escapar del cuerpo. Así comenzaba la historia de María Magdalena y sus dos mamás.

Capítulo 2. Falsa identidad

Magdalena transcurre toda su infancia y adolescencia en el barrio de Barracas, en su amada casa de la calle Piedras al 1730. Allí se encontraba una edificación muy antigua, del 1900, pero en excelente estado. En el frente, asomaban dos balcones de hierro forjado; persianas de madera que por la noche se cerraban y al abrirlas al  día siguiente, entraba un sol radiante que inundaba el recibidor con su cálida luz.  La entrada contaba con dos grandes puertas de madera, de las cuales sobresalían los picaportes de bronce lustrados, una de ellas tenía una abertura rectangular con tapa, usada para que el cartero introdujera las cartas que le llegaban a sus habitantes. En un costado, un brillante llamador (en esa época no existían los timbres, por lo menos para las casas comunes) para anunciar la llegada de las visitas. El umbral, compuesto por dos escalones de mármol blanco (siempre impecables) permitía el ingreso a la vivienda. Sobre los mismos, Magdalena se sentaba todos los días a esperar a José, su papá, que volviera del trabajo. Al verlo llegar corría hacia él, quien la recibía con un fuerte abrazo, la alzaba y esperaba que ella formulara su pregunta diaria: ¿Qué me trajiste?.

Sus muebles: una mesa cubierta con una carpeta de felpa, sillas tapizadas en pana verde, un gran aparador donde se guardaba la loza de porcelana y una especie de bar de vidrio, en el que se lucían las copas de cristal y la botella de anís 8 hermanos para agasajar a los invitados. Sobre una mesita de madera se encontraba una radio en torno a la cual solía reunirse la familia para escuchar la novela y al lado de la misma, en un portarretrato de plata se hallaba la foto de Elisa, por quien Enriqueta y Magdalena, pedían todas las noches en sus oraciones. En las paredes, cuadros colgados que mostraban fotos familiares. En uno de ellos aparecía sentada Enriqueta, muy joven y bonita, con un vestido blanco largo, sombrero y un ramo de flores en sus manos; a su lado se encontraba José, de pie, con el sombrero en la mano, de traje y botines, era su foto de casamiento.

Era la típica casa llamada chorizo por la ubicación de las habitaciones, una al lado de la otra. Para ingresar a ellas desde la entrada, había que atravesar un largo pasillo y luego la llamada puerta de cancel, construida en madera y vidrio, cubiertos por cortinas tejidas que permitían ver a la persona que llegaba. A partir de allí, comenzaba el patio, en el que convergían las puertas de los dormitorios. El mismo estaba repleto de flores de toda clase y no faltaba la ruda macho contra la mala suerte. En la primavera brotaban las glicinas con sus flores, entre rosadas y violetas, formando una hermosa enredadera que perfumaba y lo alegraba con su color.

Al atravesar el patio, se encontraban dos grandes puertas: una daba a un inmenso baño, sin bañera ni bidet, donde para bañarse había que encender un calefón que contenía alcohol de quemar; la otra pertenecía a la cocina. La misma tenía una mesada de cemento con fogones de hierro, en el que se encendía carbón para cocinar esos abundantes pucheros de gallina, sopas de verdura y los infaltables dulces caseros.

En el fondo de la casa crecían tres higueras apuntando al cielo, con sus ramas cargadas de higos comunes e higos negros. Eran árboles muy especiales, además de dar deliciosos frutos, se podía escuchar el canto de los pajaritos que anidaban en ellos y daban una gran sombra, bajo la cual se reunía toda la familia los domingos. Llegada la noche, un cielo cubierto de estrellas y una luna llena iluminaban el lugar.

La pequeña contaba con todo aquello que cualquier niño de su edad podría pedir: una familia cariñosa, un buen hogar y una habitación repleta de juguetes. “La nena”, como siempre la llamaron a Magdalena sus padres, sentía una profunda adoración por José. Su papá era todo para ella. Siendo apenas una beba de dos meses, reconocía la mano de su padre y solo se dormía si era él quien la mecía.  Todas las tardes, antes de ir al trabajo, iban a la lechería a comprar el dulce de leche La Martona y José se lo daba con la condición que no haga renegar a su madre y se coma toda la comida. Debido a que Luisa había muerto de tuberculosis, siempre tuvieron temor y desde bebé, Magdalena recibía calcio, inyecciones de bacalao y concurría periódicamente al médico. Estos excesivos cuidados desarrollaron en la nena malos hábitos a la hora de comer y cada vez que debía sentarse a la mesa se desarrollaba una batalla campal. A pesar de todo, crecía sana y fuerte.

Era muy sociable, tenía amigos por todo el barrio además de su grupo del colegio María Auxiliadora donde cursó sus estudios. Al ser hija única no le gustaba jugar sola y buscaba compañía donde se encontrara. Sus mejores amigas eran Carmen, Julia y Rosalía, sus primas. Ellas se encontraban pupilas en un colegio y Enriqueta las pasaba a buscar todos los sábados para llevarlas a su casa y regresarlas los domingos. Esos gloriosos fines de semana eran de fiesta: comían los dulces que deseaban, iban al teatro o al cine, jugaban hasta la noche y conversaban hasta por los codos. Mantenían una relación muy especial, Magdalena las quería como si fuesen sus hermanas y se entristecía cada vez que debían marcharse. Pero las despedidas duraban poco, esos cinco días de la semana pasaban rápidamente y para no perderse de nada se escribían por carta. La correspondencia de Carmen, que era la mayor y, por consiguiente, la primera en aprender a escribir, llegaba todos los lunes y la nena esperaba con ansias que su mamá leyera las cartas. Así recibía las buenas nuevas:

 

“Querida tía:

Espero que cuando llegue esta sencilla carta a tus manos te sientas muy feliz. Te mando esta carta para decirte que el domingo llegamos muy contentas al colegio, dale saludos de parte mía y de Julia a la Magdalena y al tío y, también, un apretón de manos para los de la casa.

Si podes, por favor, mándame bizcochos Canale, te lo agradeceré mucho, los otros estuvieron muy ricos.

Se despiden de vos tus queridas sobrinas. Te envió un verso.

De una copa de oro

metí la mano y saqué

el corazón de mi querida tía, que nunca olvidaré.

Carmen, Rosalía y Julia”

 

Las tres hermanas estaban muy agradecidas con sus tíos, Enriqueta y José, por ocuparse de ellas y tratarlas tan bien y por permitirles pasar tiempo con su prima, a quien adoraban. Su relación se fue consolidando con el pasar de los años y las cuatro llegaron a ser inseparables. Al cumplir los 12 años, Magdalena recibió la noticia que había llegado el momento de ir a sacar su cédula de identidad y lo primero que hizo fue ir corriendo al colegio de sus primas para darles la primicia. Era un hito importante, se sentía adulta por ir a obtener su cédula. La primera en recibirla fue Julia y juntas se pusieron a saltar de alegría. Cuando llegó Carmen y se enteró de lo acontecido le pidió a su prima que vaya corriendo a su casa y hablara con su madre. Magdalena obedece sin entender por qué Carmen no se puso contenta, si la noticia era buena. Al llegar a la calle Piedras, Enriqueta la recibe en los escalones de entrada y al escuchar la voz de su hija diciendo: Mamá, ya soy mayor, necesito sacar mí cédula, rompe en llanto. Luego de unos momentos intenta componerse y juntas ingresan a la casa. Enriqueta la abraza fuertemente y le dice: “Nena, ¡es tiempo de que sepas la verdad!”; Magdalena no entendía lo que estaba sucediendo. Su mamá cada vez que comenzaba a hablar volvía a llorar y no conseguía comprender las palabras que su boca pronunciaba. A pesar del mar de lágrimas que emanaban de las mejillas de Enriqueta, logró articular palabras y develar, con voz quebrada, ese secreto que había sabido guardar durante 12 largos años: “¡Tu madre no soy yo!”.

Magdalena, en ese instante, siente que su mundo tal y como lo conocía era una mentira. Un sinfín de preguntas comenzaron a cruzarse por su mente: ¿quién soy?, ¿dónde está mi mamá?, ¿por qué me dejó?, ¿qué está pasando? Sin embargo atinó a abrazar muy fuerte a Enriqueta y exclamó: “Mi mamá sos vos, por favor ya no llores”. Transcurridas unas horas, José, regresó del trabajo y juntos le explicaron a su nena que su verdadero apellido era Saladino y no Senra como la conocían en su colegio, le hablaron de la muerte de Luisa y cómo llegó a vivir con ellos, de sus hermanas y hermanos a quienes conocía como sus primos y de Fortunato, su padre biológico, a quien Magdalena le tenía terror desde pequeña. Escuchó con atención todo lo que le decían, aunque esas palabras se las llevó el viento como un fuerte huracán que arrasa con todo. Al día siguiente no se volvió a hablar más del tema y Magdalena continuó su vida tal y como la conocía sin formular ninguna pregunta al respecto.

Capítulo 3. El perdón

 

“Sus gritos se pierden en el eco del olvido, tan lejos que nadie oye sus quejidos…

Grita pero su voz es silenciada por el miedo, tan fuerte que transforma sus sentimientos en hielo”

Nerea Nieto

 

Magdalena, a pesar de conocer su verdadera identidad, hizo caso omiso de ella, dio vuelta la página, hizo borrón y cuenta nueva. Su relación con sus primas, ahora hermanas, se fue disolviendo con los años. Al ir cumpliendo los 15 años debían abandonar el colegio en el que se encontraban pupilas y sus destinos fueron diversos al igual que el de sus dos hermanos, Francisco y Cristóbal. Carmen, junto a sus dos hermanos fueron a vivir con Fortunato; Rosalía fue recibida en la casa de su tía paterna y Julia acogida por la hermana de su madre. Los fines de semana de fiesta dejaron de existir y Magdalena continuó viviendo en casa de sus padres hasta casarse con Juan, el gran amor de su vida.

Junto a su marido formó una hermosa familia y tuvieron dos hijas, Graciela y Cristina, a quienes nunca, hasta edad adulta, les contó la verdad. A pedido de Enriqueta, siguió reuniéndose con sus hermanas y se visitaban de vez en cuando, sus hijos jugaban juntos pero la relación era de familiares lejanos. Sus hermanas tomaron la decisión de irse a probar suerte a Estados Unidos y mantenían  contacto mediante cartas y postales.

Carmen, en varias cartas y conversaciones que mantuvo con Magdalena, le confesó el calvario que sufrió conviviendo con Fortunato: maltratos físicos, verbales y repetidas violaciones. Esto aumentó aún más la brecha que las separaba. Magdalena sentía una enorme culpa por haber tenido el privilegio de ser recibida por una familia amorosa y no podía ni siquiera mirar a su hermana a los ojos sin sentir dolor. Lo único que recordaba de su padre biológico fue un cachetazo que le propinó en su fiesta de 15 años cuando, Fortunato, la presentó como su hija y ella lo negó. Sintió alivio por no correr con la misma suerte que sus hermanos pero el remordimiento y la vergüenza por desear alejarse de la cruda realidad la carcomía por dentro.

Al cumplir sus 30 años, Magdalena perdió a su madre. Enriqueta en los días próximos a su fallecimiento le pidió encarecidamente a su nena que se reconcilie con su pasado y no se aleje de sus hermanos. Ella le había prometido a Elisa, con quien estaba profundamente agradecida por haberle permitido ser madre, que sus hijos nunca se separarían. Además sentía haberle ocultado la verdad durante tantos años, impidiendo así cumplir con su promesa, a sabiendas que en lo profundo de su corazón su hija no lograba encontrar el perdón.

Dos años después Magdalena decidió que era tiempo de hacer las paces con su pasado y se sinceró con Juan, develando su verdadera identidad. Este primer paso fue el inicio de la reconciliación. Junto a su familia viajó a Estados Unidos para reencontrarse con sus hermanas y, por primera vez, las presentó como tales. La correspondencia epistolar aumentó durante los años siguientes y las visitas entre ambos países fue cada vez más frecuentes.

Hoy, año 2019, lleva 85 años a cuestas, que parecen no pesarle demasiado por su carácter que derrama sonrisas, lindas palabras y que trata de ver que la noche tiene estrellas y hay flores que se abren y perfuman. En este momento, derramando la copa de sus recuerdos y echándolos a volar como pájaros, aparecen sus raíces; su niñez, pudiendo rememorar lo que fue ser feliz y tan mimada y querida por José y Enriqueta que la tomaron en sus brazos cuando su mamá biológica fue llamada por el Señor.

También aparecen nostalgias de esa joven repleta de sueños y deseos de encontrar el verdadero amor y comenzar un segundo acto de su vida. Con Juan, unieron sus vidas, lucharon con la fe puesta en Dios y sintieron que ya no eran uno, sino un dos indivisible. A pesar de que él ya no está, compartieron 50 años de amor que dieron buenos frutos: dos hijas; cuatro nietos, Daniela, Celeste, Belén y Pablo que como mariposas le ponían alas a sus sueños con sus travesuras y juegos. Daniela la hizo bisabuela con la llegada de Felipe y Camilo. Disfrutó cada uno de los momentos participando de su crecimiento y descubriendo algo nuevo  en cada uno de ellos.

Hoy ya entrando en la etapa que llama ancianidad, no pierde la costumbre de contar cuentos. “Dice que en Oriente se venera mucho a los ancianos. Esto se observa en el trato diario y hasta en los arreglos florales que preparan. Allí  armonizan las distintas etapas de la vida: por ejemplo un pimpollo que apenas deja ver el color de sus pétalos, otro empezando a abrir; la flor en su primer momento aun notoriamente plena, luego en su plenitud y por último dos más, una marchitándose y la otra ya seca”. La ancianidad para ella significa la aceptación de la propia vida, de la historia, cosa que Magdalena seguramente está haciendo.

Conclusiones

La identidad de una persona es esencial para el ser humano. Conocer nuestros orígenes, la familia a la que pertenecemos. Los rasgos compartidos van moldeando nuestras vidas y definiéndonos como individuos.

Magdalena, durante toda su infancia y adolescencia, vivió bajo una falsa identidad. La verdad la colmó de interrogantes, dudas, temores, remordimiento y culpa. Se protegió con un armazón de negación y se alejó a toda velocidad. Construyó su propia familia y por décadas legitimó únicamente a sus familiares adoptivos.

Finalmente, tras el fallecimiento de su madre, logró redimir el dolor y pudo comenzar a perdonarse. Siempre pensó que si reconocía a sus hermanos lastimaría a Enriqueta pero en verdad esto sólo era una excusa. Al permitirse mirar dentro de su corazón, encontró que tenía mucho amor para dar y se lo debía entregar a sus hermanos.

El perdón es un obsequio muy preciado que no solo alivia al que lo recibe sino también al que lo otorga.


Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura. Comunicación Oral y Escrita. Primer Cuatrimestre 2019 fue publicado de la página 128 a página134 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación

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