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Marx, Karl Heinrich

Contigli, Claudia; Contigli, Fabián [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

ISSN: 1668-1673

XVIII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2010.

Año XI, Vol. 13, Febrero 2010, Buenos Aires, Argentina. | 202 páginas

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Comenzaremos explicando en forma global su filosofía, para luego, poder comprender mejor su concepto de libertad. 

Marx, al igual que gran parte de los hegelianos de su tiempo, estaba firmemente convencido de que la filosofía de Hegel, era la expresión más acabada de su época, o sea que era la filosofía perfecta. Sin duda, Marx difiere de Hegel en varios aspectos. Ahora bien, en un primer momento, sintió una gran afinidad por el pensamiento hegeliano (recordemos que Marx pertenecía a los denominados “pensadores hegelianos de izquierda”), más luego, a ello le siguió una hostilidad al pensamiento puramente especulativo y abstracto. Esto se debe a que Marx tenía una especial inclinación al estudio de lo “concreto” (de los datos históricos, de las condiciones políticas y económicas, etc.). Por ello se ha dicho que su hegelianismo era “positivista”. Esto lo vemos en los primeros escritos del llamado “joven Marx”, donde reflexionará acerca de lo que luego se llamarán “temas existenciales”, tales como la enajenación (de lo que Hegel ya había hablado), visto desde un punto de vista hegeliano, pero marcando una diferencia, ya que Marx colocará a estos temas en una posición más central, y les dará una significación más concreta. Aquí se advierte una tendencia más marcada y sistemáticamente desarrollada, a rechazar el contenido idealista del pensamiento hegeliano, y hacer uso de este método. 

Este método, se aplicará a la realidad, según las tres leyes dialécticas de Hegel: 

- La ley de la transformación de la cantidad en cualidad. 

- La ley de la unidad y conflicto de los opuestos.

- La ley de la negación de la negación.

Siguiendo el esquema de Hegel (tesis-afirmación-, antítesis-negación-, síntesis-negación-, antítesis-negación de la negación). 

¿Cómo concibe Marx al hombre? 

El hombre no es el “ego” del “ego cogito” (Descartes), sino que el hombre es su mundo humano. 

(“… La esencia humana no es algo abstracto e inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales que son producidas por el hombre mismo, a través de la historia…”), o sea, no las concibe como algo dado y estático. Dicho de otro modo, Marx concibe al hombre como el ente que se produce a sí mismo. Y ese acto autogenerador del hombre es el “trabajo”; o sea el acto de la autoproducción del hombre, una “praxis” histórico-social, una acción de transformación consciente. 

Marx se coloca así en radical oposición con la mayor parte de la tradición filosófica y ante todo con Aristó- teles que había visto la esencia del hombre en la razón teórica, y que había señalado como su meta la pura contemplación. 

(“… El hombre mismo se diferencia de los animales a partir del momento en que comienza a producir sus medios de vida…”, dice Marx). 

Del Latín (Pro-ducre: ducere: conducir, guiar. “Duce”: conducir). 

El trabajo humano, está siempre precedido por una idea o representación -esto es, en el fondo, por la conciencia que conoce a dónde se dirige su acción, o sea que conoce y apunta a una meta. 

(Si bien es cierto que el animal también trabaja, éste no tiene conciencia de su actuar, no lo conduce. No produce. Como dirá Max Scheler, los animales no son libres porque carecen de conciencia y voluntad. Viven extáticos, es decir, no salen al encuentro del mundo, no se inmutan, no viven como propios los impulsos que tienen, en cambio el hombre, -afirma Marx- es capaz -único ser capaz- de “mediatizar” dichos impulsos y necesidades orgánicas. Solo “produce” verdaderamente cuando antepone su idea –meta, su representación consciente, a su necesidad física. Lo contrario, sería “rebajar” al hombre al modo de vida animal, caracterizada por el hecho de que sólo le son anunciados sus estados vitales (Scheler). 

Por ende, el trabajo consistirá en la objetivación o exteriorización en la naturaleza de la representación que el hombre tenga; será una objetivación en sí mismo. 

El hombre se desdobla “activa y realmente”, y se contempla a sí en un mundo creado por él. 

En el trabajo el hombre es hombre, porque en el trabajo se afirma como lo que es, según su esencia; en le trabajo muestra su ser. (Marx, K. 1864). 

El trabajo “verdadero” es el que se realiza al liberarse de la necesidad orgánica; es el trabajo libre. Por tal motivo, el trabajo no puede reducirse a la mera actividad “económica”. Pero si el trabajo se rebaja a mero medio para la vida, su esencia se invierte, y el hombre se “aliena”. Como adelantábamos, estaría viviendo así sólo para la satisfacción de impulsos típicamente animales (cf. el instinto de conservación de la especie, la lucha por la adaptación frente a la excluyente posibilidad de supervivencia de los “más aptos” ya señalada por Darwin, y que Max Scheler en el siglo XX señalará, -si bien con un interés primordialmente gnoseolgógico- como contrario al “espíritu”, para él, la esencia del hombre caracterizado por la independencia o libertad). Para decirlo con términos Heideggerianos (aunque Heidegger no haya sido coetáneo de Marx), la enajenación humana es sinónimo de “olvido del ser”, que, -como dijimos anteriormente- para Marx es trabajo en cuanto acción histórica-social transformadora, (que incluye el pensamiento como momento suyo). Siguiendo con esta línea argumental, podríamos decir que si el hombre, deja de lado su propia autonomía y pasa a ser un mero útil como lo son las cosas (un algo para, contradiciendo así el imperativo categórico de Kant: “obra de tal modo…”), entonces dejaría de tener “existencia” como hombre; se encontraría cercenado en sus posibilidades o proyectos de llegar a ser. Esto parece ser lo que ha vislumbrado Marx en la sociedad alemana de su época, (recordemos que en Alemania los niños llegaban a “trabajar” inhumanamente hasta dieciséis horas por día. Inclusive en minas). Son los tiempos del Capitalismo floreciente, que la revolución Industrial (1776) hubo expandido, a la luz de aquella famosísima frase de Adam Smith que rezaba que “todo individuo procura emplear el capital de forma que le produzca el mayor valor posible. Al hacerlo así, generalmente, ni trata de favorecer el interés público, ni sabe en cuánto lo favorece; lo único que busca es su propia seguridad, su propio beneficio. Y en ello está conducido por una “mano invisible” que lo lleva a servir a un fin que no estaba en sus intenciones. Al buscar su propio interés particular, muchas veces favorece el de la sociedad, mucho más eficazmente que si lo hiciera a propósito (“An Inquiry into the Nature and Causes of Wealth of Nations, 1776). 

En efecto, Marx advirtió así que había en el mundo humano un elemento irracional, inadecuado respecto de la Idea, inarmónica con la realidad cotidiana, que hace que la plena racionalidad aún no se haya instaurado. Ese elemento irracional era el proletariado, que vivía en condiciones in-humanas, “animalmente” porque en la carrera del tener, ellos, al estar desde un punto de partida en inferioridad de condiciones, quedaban rezagados. 

Digamos, pues, que para Marx, ésta es una “clase social” (“cuasi-grupo”, según la sociología moderna) en el que se encuentra representada la negación de la razón. Ya Hegel había manifestado en su Filosofía del derecho, que la propiedad es la manifestación exterior de la persona libre, pero, a la vista de Marx, (en plena época en que su país iba saliendo de su atraso económico feudal con consecuencias muy “duras” en lo político y en lo social), era aquella la clase totalmente desposeída, carente de toda propiedad, a la sazón de la que un antecesor “progresista” como Rousseau, llamaba “vanidad insolente, ambición insaciable” (CF: “Contrato social”), atribuibles aquí a los “capitalistas”, la otra clase social, dueña de los medios de producción, en permanente “tensión estructural”, -digamos en términos sociológicos-, con la clase proletaria, o sea, la de los obreros, cuya única felicidad residía en su “prole” (sus hijos). La lucha entre capital y fuerza de trabajo es consecuencia de la organización productiva de la sociedad , (desde que para Marx todo concepto, hasta el más abstracto, supone o presupone siempre una realidad concreta de carácter económico pre-existente, dentro de una concepción de “materialismo dialéctico” que entiende al “modo de producción de la vida material” como agente decisivo en “el proceso de la vida social, política, e intelectual en general”, cosa que ya esbozara Madison, uno de los autores del “Federalismo”, -sesenta años antes de que apareciera “El Capital”-, específicamente al referirse al “peso” de la condición económica de cada individuo en aquel proceso). 

El proletariado, en tanto conjunto de hombres alienados (alienus=ajeno) vive desconociendo su propia esencia. Los capitalistas han partido desde una “filosofía de la Subjetividad” (Heidegger) que ha llevado a querer tenerlo, conquistarlo y dominarlo todo, incluso “a los otros hombres”. 

Son los tiempos en que como dice Ortega y Gasset, el hombre tiene “la indocilidad del niño mimado”, y está inmerso en un sentimiento de omnipotencia y egoísmo que lo convierten en un “señorito satisfecho” frente a la contrastante indigencia del proletariado. El trabajador no se afirma con su quehacer, sino que se niega; no se siente feliz sino desgraciado. En ello consiste su “esclavitud”, pues su trabajo no es voluntario sino forzado, para satisfacer sus impulsos orgánicos. Como decíamos antes, no está guiado por una meta final a alcanzar (la idea del proyecto de Heidegger) sino por un medio, un motivo signado por la necesidad de la inmediatez. 

Entonces, aquella idea de Marx –también retomada luego en parte por Heidegger , -según la cual la esencia del hombre es la universalidad, transformando con su praxis las condiciones de vida humana, se ve acá desvirtuada, porque la realización de aquellas formas, no son precisamente, una manera de “trascender”, de entrar en referencia con la sociedad toda, sin excluir a ningún hombre. Como señala Marcuse al comentar a Marx, las facultades del hombre, tanto físicas como intelectuales, “pueden ser realizadas plenamente sólo si todos los hombres existen… como “seres universales”, o sea, como él mismo pre-aclara, “solo si todos los hombres son libres”. Y añade: “… cuando se alcance esta condición, la vida será modelada por las potencialidades del género, el hombre, que abarca todas las potencialidades de todos los individuos que comprende…” El énfasis puesto en esta universalidad, coloca igualmente a la naturaleza dentro del autodesarrollo de la Humanidad. El hombre es libre “si la naturaleza es su obra y realidad”, de modo que él se reconoce a sí mismo en su mundo que él mismo ha hecho” (Reason & Revolution).

Referencias bibliográficas 

- Marx, Karl H. (1867) El Capital, tomo I, vol I, libro I, cap. I. Hamburgo.

Vocabulario relacionado al artículo:

libertad . marxismo . pensamiento .

Marx, Karl Heinrich fue publicado de la página 36 a página38 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

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