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Proyectos de estudiantes. Segundo Cuatrimestre 2019

Zurro, Marina

Creación y Producción en Diseño y Comunicación

Creación y Producción en Diseño y Comunicación

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Segundo Cuatrimestre 2019. Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Segundo

Año XIV, Vol.88, Septiembre 2020, Buenos Aires, Argentina | 136 páginas

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Elena María Guido Lavalle

(Segundo premio)

Oubiña, María del Pilar

 

Introducción

Escuché varias veces decir que, los hombres cuentan sus historias tantas veces que se convierten en ellas. Éstas le sobreviven y, de esa manera, se convierten en inmortales. Esta frase es la primera que se aparece en mi mente cuando pienso en mi abuela. Por algún motivo, todas y cada una de las anécdotas que salen repetidamente por su boca, tienen la magia de transformarse, dentro de mi cabeza, en una novela romántica, de época o hasta en una canción.

No tengo muy en claro, si se debe a que vivió cosas que son impensables para mi realidad, o si simplemente tiene la habilidad de colorearlas con sus palabras extravagantes y sus gestos que atrapan. Tal vez, tiene el don de narrar sus cuentos, transmitiéndolos a través de los cinco sentidos.

La realidad, es que todavía no pude descifrar qué es lo que hace que sus historias sean tan entretenidas. Aunque, tengo que admitir que de algo estoy segura, es que, si la frase dice lo correcto, mi abuela es inmortal.

Elena María Guido Lavalle, es todo un personaje. Tiene un espíritu joven como nunca vi presente en una persona grande, un carisma y una picardía inigualables.

 

Desarrollo

Allá por 1903 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires nacía un niño llamado José Alberto Guido Lavalle, quien vivió toda su infancia y mediana edad en las zonas más paquetas de la ciudad. Luego de cinco años y unos pocos meses, en la localidad del Tigre llegaba al mundo Alcira Campos quien durante toda su infancia vivió allí, con su familia, en una imponente casa frente al río.

Corría el año 1931 cuando Alcira y José Alberto, ambos transitando su mediana edad, terminaron coincidiendo en reuniones, fiestas o hasta eventos como cumpleaños. De esta manera inevitablemente se conocieron, quienes hasta entonces estaban unidos simplemente por el nivel social de sus apellidos. Se pusieron de novios a fines de 1933. En un abrir y cerrar de ojos luego de solamente cuatro años de novios, en 1935 fueron al altar y consagraron su matrimonio.

Él era un arquitecto profesional muy talentoso, contaba con el defecto de consumir en exceso alcohol. Ella, mientras vivía de ama de casa jugaba a ser martillero público ya que tenía una inmobiliaria familiar. Su convivencia era espléndida, eran diferentes en muchos aspectos pero como ellos decían, se complementaban. Así fue como, un par de años después, en 1937 nació Tomás, su hijo mayor, y con año y medio de por medio tuvieron a María Marta y luego a Elena María. Ella llegó al mundo el 8 de diciembre del 1939 en la localidad de Tigre, por decisión de Alcira.

Elenita en sus primeros años de vida vivió con su familia en un departamento amplio en el centro, donde nacieron sus hermanos Manuel y César con menos de dos años de diferencia entre ellos. A pesar de que en el hogar en el cual estaban había lugar suficiente para toda la familia, antes de que Elena forme algún recuerdo de su vida allí, a su padre, Pepe después de llevar a cabo muchas obras de edificios y ser parte de la realización de espacios públicos, en 1944 el poder ejecutivo bajo la presidencia de Roberto Marcelino Ortiz, quien era parte del partido de la Unión Cívica Radical Antipersonalista, lo nombró director de arquitectura de la Provincia de Buenos Aires. 

Ahí fue cuando tanto Elena, con cuatro años recién cumplidos, como sus hermanos, ninguno con una edad superior a los diez, comenzaron su vida en esta atractiva ciudad. Y con la mudanza, también llegó el arranque de la vida estudiantil de Elena, su primer colegio fue el Colegio de la Universidad Nacional de La Plata, en donde cursó dos años de jardín de infantes y la primaria completa.

Tan pronto como la niña cumplió sus ocho años, en el año 1947, su padre sufrió un accidente de auto grave, en el cual se vio afectada su movilidad de manera inmediata debido a que se quebró huesos de sus piernas, costillas y columna; en consecuencia los médicos dijeron que iba a tener que estar un lapso de dos años sin levantarse de su cama. Simultáneamente a este terrible suceso, nació el sexto hermano Alejandro. Lo que generaba un gran trabajo para Alcira, ya que debía ocuparse tanto de su accidentado marido, como de sus hijos y el recién nacido. Por consiguiente, necesitaba de manera urgente una persona que pudiera ayudarla a cuidar de sus hijos para así poder cumplir con el cuidado de Pepe.

Para esa época, debido a las secuelas que hubo a partir de la Segunda Guerra Mundial sucedieron importantes migraciones a nivel internacional. Y a pesar de que para ese año el conflicto ya había terminado, la etapa de desplazamiento de españoles se prolongó debido a que a mediados del siglo XIX en España hubo un fuerte índice de pobreza, así como el arduo servicio militar. Ante esto muchos viajaron a Argentina buscando un futuro mejor, en el caso de los gallegos, en su gran mayoría se emplearon en el servicio doméstico.

Así fue como, a fines del 1947 conocieron a Josefina Garabato Villaverde. Una gallega que comenzó a trabajar con la familia y prontamente se hizo realmente importante dentro de la casa Guido Lavalle. No obstante Fina, como la apodaron, ocupaba el rol de niñera. Ella se dedicó casi por completo del cuidado de Alejandro, más bien participaba de la crianza de todos. Y aunque Pepe había vuelto a llevar su vida con normalidad, la gallega siguió acompañando a la familia.

En sus años en el nivel primario, Elena disfrutaba muchísimo de la compañía de Fina y de vivir en una ciudad tan pintoresca como La Plata. La relación con sus hermanos era algo distante, y con su madre el trato solía ser algo frío. Con su padre era distinto, Elena era muy pegada a Pepe y vivía con el objetivo de obtener la aprobación de él en todo momento, y así fue como terminaron compartiendo muchos gustos.

Con relación a sus hábitos, los Guido Lavalle como familia del ministro de la provincia, vivían con todos los lujos. Gozaban del servicio de personas que les cocinaban y limpiaban su casa, eran de las pocos hogares que contaban con los últimos electrodomésticos de la época, es decir que nunca les faltó nada. Sus cenas eran gourmet, les cocinaban platos increíbles y ni Alcira ni nadie de la familia tenía que siquiera penas en ocuparse de eso.

Cinco años después, en 1952 debido a temas laborales de Pepe, esta familia numerosa en la que estaba incluida Fina, volvió a mudarse a Buenos Aires, al barrio de Recoleta. Elena con trece años comenzó a asistir a un colegio de monjas, El Sagrado Corazón inició el primer año de secundaria y a pesar de todos los cambios se pudo adaptar de manera inmediata. Logró formar su grupo de amigas, pero uno al que le gustaba hacer picardías. A pesar de que Elena era la nueva nunca se quedaba atrás cuando había que dar una idea para hacer alguna macana, y así era como ella y sus amigas terminaban de manera regular en la dirección. Pese a su actitud la directora formó un vínculo de amistad con Alcira, su madre, lo que hizo que continúe en la institución a pesar de todos los problemas que generaba, hasta que en octubre de 1955 la echaron del colegio junto a sus tres amigas más cercanas tras haber bajado todas las llaves de luz y dejar el edificio en oscuras. De todos modos, ésto no había sido un problema para ellas 7 ya que se encargaron rápidamente de encontrar uno nuevo de un nivel similar el cual estuviese dispuesto a aceptarlas sin que sus padres se enteren.

Elena a pesar de ser una persona muy pícara, era también proactiva, sonriente y energética, por ese motivo de manera instantánea consiguió una escuela en la cual había vacantes, el Mallinckrodt. Recién ahí decidió contarle, a sus padres que había sido expulsada del Sagrado Corazón, pero que ya tenía el lugar para ingresar a este el año entrante. En marzo del 1956 comenzó, junto a sus amigas más cómplices, a asistir a la nueva institución. Pero nada fue igual ya que la Madre Alberta, la directora, era la persona más estricta que había conocido. Por lo tanto Elena y sus amigas se vieron obligadas a dejar hacer macanas todos los días, pero aun así continuaron con ellas de vez en cuando.

Una vez terminada la secundaria, en 1957 Elena ya se había transformado en una mujer llamativa, con el pelo castaño claro, solía tenerlo agarrado con hebillas sobre su oreja izquierda, sus ojos eran grandes y de un color miel que se disfrazaban de verdes cuando hacían contacto con el sol, su boca finita como una cinta la usaba de un color rosado tirando a beige. Sus piernas y sus brazos eran flacos y largos, y normalmente contaba con un bronceado anaranjado que le hacía resaltar su dentadura.

No estudió ninguna carrera universitaria, simplemente estaba esperando formar una familia para así poder ocuparse de las tareas del hogar. Disfrutaba mucho de pintar sobre lienzos, cerámicas o hasta sobre ropa. Ese era su hobbie, podía pasar horas frente a su pintura perfeccionándola. Asimismo estaba muy conmovida también por los eventos solidarios, asistía a reuniones siempre que había caridad de por medio. Pero sobre todo le encantaba todo lo que tuviera que ver con la música y las fiestas, solía ir a festejos en los que debía vestirse muy elegante, le encantaba estar a la moda por eso usaba polleras rectas, tableadas con bolsillos aplicados lo que era muy chic para ese entonces. 

Una noche de primavera del 1958, viviendo sus diecinueve años, asistió a una a una fiesta en un bar muy paquete en el barrio de Palermo donde tuvo el placer de ser presentada, a través de amistades en común, con un hombre que le pareció realmente interesante, Alberto Oubiña. Elena quedó completamente fascinada por este muchacho sin embargo había un problema él estaba acompañado de una mujer muy bonita quien terminó siendo ni más ni menos que su prometida.

Aun así el destino los volvió a juntar repetidas veces en reuniones, lo que generó que varios meses después de esa noche comenzaron a hacerse más cercanos. Alberto inevitablemente comenzó a sentirse maravillado por esa joven extrovertida pero cargaba con el contratiempo que para poder estar con ella debía retraerse del compromiso que había formado con su prometida. A pesar de ser una situación difícil, el amor que sentían mutuamente fue más fuerte que cualquier dificultad y así fue como después de un par de semanas Alberto estaba libre y buscó a Elena para declararle su amor y proponerle iniciar un noviazgo.

Él era un muchacho muy sonriente lo que hacía que sus ojos sean achinados, tenía un pelo castaño peinado usualmente con gomina, tenía una contextura física de tamaño mediano y solía vestir elegante. Él era seis años mayor, aun así eso no era un problema ya que el amor que se tenían era mucho mayor que cualquier cosa.

Una tarde de verano del 1959, se encontraban ellos con simplemente unos ocho meses de noviazgo, tomando el té en una confitería en el puerto de Buenos Aires, cuando Alberto le preguntó si se quería casar con él, obviamente Elena maravillada aceptó. Desde esa tarde ese amor que surgió de manera veloz e impensada, creció imprevisiblemente.

El casamiento se llevó a cabo el veintiocho de noviembre de 1960 ante el altar mayor de la iglesia de San Martín de Tours, el lugar estaba adornado para el acto con rosas blancas. Elena lucía un traje ancho en piqué de pequeña traine con tablones forrados, cinturón de la misma tela, escote redondo, mangas cortas y guantes de nylon, llevaba un velo de tul sujeto al peinado en la parte delantera con moño y en la mano tenía un ramo de margaritas. Cuatro días después del evento, el dos diciembre los recién casados embarcaron, en el Louis Lumiere, para conocer cada rincón de Brasil. Su luna de miel fue prolongada, con una duración de tres meses. No hay anécdota de este increíble viaje que haya salido por sus bocas sin ser acompañado de una sonrisa. Eran completamente compatibles, en algunos aspectos diferentes entre sí pero de tal manera que sus formas de ser se complementaban a la perfección, su relación se basaba en cada uno disfrutar y divertirse con la presencia del otro.

Cuando regresaron, en marzo de 1961, se instalaron en su primer departamento, un dos ambientes que alquilaron en la zona de Microcentro (San Martin 786). Para lo que estaban acostumbrados era una locación bastante vulgar pero al ser su primer hogar tenía una esencia para ambos que era irremplazable. Los dos querían una familia numerosa, así fue como sin la necesidad de buscar mucho, en septiembre de ese mismo año Elena se enteró que estaba embarazada de cuatro meses, y finalmente en febrero del 1962 nació su primer hijo, Juan Manuel.

En esa época en Argentina la situación económica era complicada, el país había transitado épocas difíciles con el presidente Juan José Perón al mando, sus políticas económicas de los últimos años hicieron que en 1962 el costo de vida y la inflación aumentan. Aun así, dentro de la situación financiera de la familia había un ambiente estable, la casa estaba mantenida por Alberto quien trabajaba en el estudio de despachantes de aduana que había fundado su abuelo Don Manuel Oubiña en 1898; y en su tiempo libre le gustaba jugaba al golf. Ella era ama de casa lo que la hizo darse cuenta de su obsesión y buen gusto con la decoración y de cuánto disfrutaba cocinar. Además, continuaba con su pasión por las pinturas y ocupaba gran parte de su tiempo ayudando en barrios carenciados.

En 1963 se mudaron a la calle Peña en el barrio de Recoleta. Ahí fue donde sin llegar a instalarse llegaron a la vida Sebastián, Martín y Dolores y en menos de seis años ya habían convertido en una familia numerosa. Elena se ocupó de buscar un niñera para sus cuatro hijos, entonces decidió poner un aviso en el diario La Nación, “Busco chica que le gusten chicos” , así con esa simple frase en modo de telegrama fue cómo la contactó Lola Miranda. Ella tenía trece años y a pesar de que era menor de edad necesitaba el trabajo y estaba completamente dispuesta a aprender todo lo que se necesite, así fue como en agosto de 1969 Lola comenzó a vivir con ellos ejerciendo el rol de niñera. Era una jovencita perseverante, charleta y muy carismática, quien se ganó el cariño de Elena antes de que se puedan dar cuenta.

Sin embargo, con la bienvenida de Lola al departamento notaron que éste ya les quedaba extremadamente chico. Y tras esta situación Elena y Alberto llegaron al acuerdo que lo mejor para una familia con tantos chicos era irse a vivir fuera de la ciudad a un lugar donde pudieran estar tranquilos y seguros. Así fue como, al poco tiempo ya habían conseguido una tierras en Ranelagh, una localidad en la zona sur, la cual es apodada “La ciudad Jardín” por su gran arbolada y sus parques. De esa manera con ayuda de ambas familias sumado lo que había recaudado Alberto con su trabajo en la empresa todos esos años, lograron comprarse el terreno.

Este era ideal, estaba ubicado en una cuadra cortada, tenía un jardín con el largo casi completo de la cuadra y al lado de él había un Colegio Parroquial, el Nuestra Señora. Al instante que le contaron de ésto a Pepe, el padre de Elena se entusiasmó y les hizo un proyecto de obra soñado, la casa tenía un estilo clásico de ladrillo a la vista con techo de tejas, era de trescientos metros cuadrados con dos pisos de alto, en su frente había un roble inmenso que le daba el alma y el nombre a la propiedad.

Finalmente en junio del año 1971 Elena, su marido, sus cuatro hijos y Lola se mudaron a Ranelagh. Los niños empezaron el colegio, iban todas las mañanas caminando esos pocos metros hasta la puerta de la institución. Los primeros meses fueron tranquilos 11 pero en cuanto comenzaron a formar amistades, por las tardes luego de la jornada escolar la casa de los Oubiña se llenaba de amigos. Cada uno invitaba a un par de amigos y eso hacía que terminen siendo por lo menos ocho chicos esta situación Elena la encontraba completamente divertía y por eso se encargaba junto con Lola de esperarlos con medialunas y masitas para la mesa para tomar el té.

A fines del 1971, ya instalados en su decidieron ir a pasar toda la temporada de verano a una localidad del Partido de la Costa llamado Miramar, también conocida como la Ciudad de los Niños. Alberto desde pequeño pasaba con sus padres todos y cada uno de los veranos en este lugar tan especial, eran vacaciones eternas ya que duraban desde el primer día de diciembre hasta el último día de febrero. Por suerte la tradición no quedó estancada sino que él decidió traspasar esta costumbre a su familia, así fue como en diciembre de ese año decidieron alquilar la casa para así poder irse con sus cuatro hijos la temporada completa a esta localidad. Pero, no había situación en la que Elena no le agregue su toque extravagante, es por eso que a fines de noviembre de ese año a pocos días de irse por tres meses a una casa alquilada cargó en su camioneta cuadros, lámparas y hasta adornos. De manera que ella pudiera decorar toda la propiedad con su estilo y sus cosas.

Elena se enamoró completamente del lugar, lo definía como la combinación perfecta de tranquilidad y fiesta. Así fue como todos los años a partir de ese verano, ella y su familia no se perdía por nada en el mundo ir a Miramar. Aun así, durante los meses en los que no se encontraban en la costa con su familia, Elena le encantaba realizar muchas actividades simultáneas a cuidar de sus hijos. Ella solía ayudar a barrios carenciado de una manera diferente a la que acostumbramos.

En los años setenta se ocupó de encontrar un lugar en el cual pueda enseñar a las personas a tener un oficio. Así fue como consiguió un galpón en Ranelagh que le permitió realizar esta especie de taller, en el cual dictaba para las mujeres clases de cocina, clases de costura y enseñaba todo lo que se tenía que saber para trabajar en el 12 rubro doméstico. Para esto contaba con la ayuda de una costurera del barrio y con Lola, quienes la asistieron a la hora de dar las clases.

A través de estas clases que Elena dictaba en pos de ayudar a las personas a conseguir un trabajo, empezó a conocer la vida de todos ellos. Se puso tan en tema que se dió cuenta que la gran mayoría de la gente que asistía a estos talleres eran residentes de El Barrio Bustillo, este era parte de un pueblo del mismo localidad que Ranelagh, llamado Plátanos. La mujer se conmovió por la cantidad de personas de bajos recursos que vivían en el barrio y consecuente a eso decidió empezar a visitarlo con frecuencia.

Así fue como en muy pocos meses Elena era una especie de ángel para las personas de ahí, ella se ocupó de hacer todo lo que estaba a su alcance en pos de ayudarlos. Cuando el barrio se inundaba, ella usaba su camioneta para llevarse a las personas que estaban atrapadas por el agua. En los días festivos se encargaba de juntar comida y regalos para que puedan festejar como correspondía.

A pesar de que todo lo que Elena aportaba tanto material como emocional era un montón, ella creía que era fundamental que haya una capilla en la zona, lo veía como un objetivo que quería cumplir. Para esto se acercó a hablar con la directora de una institución que había cerca, el Colegio María Ward. La Madre Rafaela, la monja quien era la superior quedó maravillada con Elena y su idea de construir una capilla y decidió ayudarla, pero había un elemento crucial que faltaba, el dinero. Para eso ella sabía de una organización que colaboraba con barrios de bajos recursos para construir una capilla e inmediatamente se contactó con esta para pedir la plata que se necesitaba. No fue difícil que la asociación le dé el “sí” ya que al ver el barrio de manera instantánea sensibilizaba.

De ese modo en el año 1974 después de un periodo de largo trabajo por parte de muchas personas del barrio y con la ayuda y dirección de Elena en todo momento, se inauguró la Capilla San Andrés en el Barrio Bustillo.

Finalmente en el año 1975 nace su última hija Magdalena Oubiña, y así fue como Elena completa su familia numerosa.

Hoy en día Elena con ochenta años se encuentra viviendo en un departamento en Recoleta, ya que luego de perder al amor de su vida en el año 2014, tuvo que mudarse con el fin de tener más seguridad y comodidad. La muerte de Alberto generó el reencuentro de ella con Lola, ya que a pesar de que nunca habían perdido el contacto de la otra por completo, en la actualidad Lola vive entre semana cuidando de Elena. Por otro lado, todos sus hijos viven felizmente casados y con hijos y cada fin de semana ella se hospeda en la casa de cada uno de ellos. 


Proyectos de estudiantes. Segundo Cuatrimestre 2019 fue publicado de la página 119 a página123 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación

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