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Algunas consideraciones sobre el aburrimiento

Panaccio, Matías [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

ISSN: 1668-1673

XVIII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2010.

Año XI, Vol. 13, Febrero 2010, Buenos Aires, Argentina. | 202 páginas

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Ya fuera para enterarse o para escucharlo por enésima vez, usted cuenta con infinidad de opciones. Se puede asistir a congresos, seminarios o conferencias. Vale igual seguir la carrera docente, quizás apenas especializarse con cierta formalidad o, con un café de por medio, charlarlo entre colegas en un receso (Por una cuestión “de principios”, el autor se niega enfáticamente a utilizar la palabra “recreo” puesto que, aunque varias veces al cuatrimestre confiesa tener la íntima sensación de estar al frente de una clase escolar, no pierde de vista el nivel universitario. En este sentido y con su pésimo castellano, por “receso” el autor quiere decir break).

Tal vez baste con leer artículos como este que usted seleccionó para quedarse luego de hojear todo el libro que hoy tiene entre manos (o probablemente haya sido el azar – fórmula políticamente correcta para categorizar a la mala suerte – quien lo haya depositado en estas líneas). Le digo más: existen enormes chances de que usted sea de esas personas que cada tanto se le ocurre ponerse a escribir sobre este tema, como me ha ocurrido a mi mismo en esta oportunidad. Puede anoticiarlo el filósofo que usted más admira, su decano, su coordinador pedagógico, su experto de cabecera, su educador popular favorito, su director de carrera. Peor aún, se lo pueden decir sus estudiantes. No hay escapatoria: más temprano que tarde, usted se enterará de que sus estudiantes se aburren.

Esa es exactamente la palabra. Así de cruel, así de definitivo, así de práctico, como suele ser el mero lenguaje. Tal vez sea usted una persona muy afortunada y cada tanto tenga enfrente seres humanos con el coraje y el talento suficientes para decírselo en la cara; probablemente escuche en los pasillos que alguno de ellos diga “¡Aburrido!”, con la voz impostada a lo Homero Simpson; no sería raro que lo viera escrito en una tinta color violetaa-brillitos en una encuesta de calidad académica. Quién dice, tal vez yo, en la piel del malo de la película, sea el que se lo dice. Así, entre nosotros, en confianza, ya que todo queda entre las líneas que lee y usted. Interrumpa su lectura si no me cree. Mire a su alrededor: está solo, ¿verdad? Bien, ahora présteme atención: si nunca antes se lo habían dicho, aquí va: sus estudiantes se aburren. Es vox populi. Le juro que no miento.

Ahora, como comprendo que acaba de haber sido agredido con un sadismo inusitado y, para peor aún, gratuito, voy a dejarle un par de líneas en blanco para que insulte al viento, para que grite “¿por qué, si les traigo películas, revistas, libros, los saco a la calle, intento utilizar su jerga sin que suene sobreactuado, hago roleplay?”. Tranquilo, enumere nomás todas sus estrategias didácticas. Encuentre todos los sinónimos posibles para la palabra “ingratos”. Pregúntese si tiene que hacer malabares, ponerse nariz roja, travestirse, salir con ellos los viernes a la noche. Yo espero.

Qué tal. Bienvenido nuevamente.

En todo caso, yo también voy a ser un poco sádico, pero un sádico con buenos modales: abandone este artículo si piensa usted que más abajo empezará la solución. No es mi intención hacer autoayuda con este texto, ni es el preludio a un próximo libro mío titulado “Docentes tóxicos”. En todo caso, tanto yo como todos los que decidieron contribuir a esta publicación lo hicieron desde la premisa reflexiva, no con la intención de empujar las fronteras del conocimiento. Y, en ese tren, mi tema de reflexión es meditar acerca de la índole del aburrimiento. Pareciera ser que una primera dimensión del aburrimiento sería la dicotómica. Así, visto el aburrimiento como la mitad de un par conceptual mutuamente excluyente, su antítesis natural sería la diversión. En lo estrictamente personal, creo que este análisis tiene varios motores, y entre ellos, uno de los principales debe de ser el amor propio de cada docente que se plantea éste tema. En todo caso, considero que es bueno sincerarse y ver la cuestión del aburrimiento por unos instantes desde la propia óptica de quién cumple el rol de profesor. Encarado, entonces, este proceso de honestidad intelectual, cabe preguntarse cuántas veces criticó uno el componente actitudinal de sus estudiantes. Para resumirlo, voy a sintetizarlo en el comentario más sagaz que me confió uno de los colegas que más respeto. Notoriamente molesto luego de dar el teórico que tenía planificado para el primer bloque de su clase, me dice: “A veces creo que más que estar al frente de una clase, conduzco una sesión de espiritismo”. Brillante, ¿verdad? Admitá- moslo: criticar a los estudiantes es nuestro pasatiempo favorito, es la catarsis que genera los anticuerpos vitales para volver a la segunda hora después del café. ¿Quiere hacer una lista de eufemismos utilizados y/o escuchados para graficar la actitud de los estudiantes? Abúlicos (¿Le parece exagerado? Así nos calificaba un profesor de Economía Política en el secundario, una de esas personas que aseguran, cobijados por la pedagogía brutal del siglo XIX como marco teórico, que sus clases las dictan, y es cierto), apáticos, desinteresados, plantas, amebas, parásitos, calientasillas, consumidores de oxígeno áulico (esta es muy sofisticada, me la aportó un colega que proviene de la biología), conformistas, vagos, perdidos, zombies, muertos, colgados, drogones, nenes de mamá, laddris, inmaduros y miles de etcéteras más, pero aquí me detengo por dos razones. Una, porque creo que ya hemos sido lo suficientemente explícitos. Dos, porque no quiero enumerar los calificativos que pongan en duda el nivel de inteligencia.

De los discursos que humildemente considero interesantes, escucho dos caminos posibles para encarar el problema. El primero sería intentar recordar qué les reprochaba a los docentes que lo aburrían a uno en sus épocas de estudiante. Si hubiéramos tenido, como mencionábamos más arriba, el temple y la pericia requeridos para interpelarlos, qué puntos les habríamos marcado, qué sugerencias les habríamos acercado. La propia trayectoria educativa, argumentan quiénes sostienen esta práctica, ubica la cuestión en otra perspectiva, como un primer paso hacia una no tan utópica empatía.

La otra opción parece requerir un trabajo intelectual más arduo. Parte de estimar como falaz a la dicotomía aburrimiento-diversión, para intentar plantearlo desde otra óptica. Aquí deberían operar ciertos criterios ideológicos, que en una ráfaga de síntesis se podrían encontrar su anclaje en otros pares conceptuales, no necesariamente excluyentes, sino facilitadores. Así, podrían considerarse criterios que justifiquen contenidos y estrategias, como aburrimiento-requerimiento de la oferta laboral (asumido el problema desde una óptica mercantilista, algo chata, por cierto), o aburrimientocompromiso social, o aburrimiento-uso práctico del saber, o aburrimiento-formación humana integral, o el par conceptual que cada quien pretenda, quiera o esté en condiciones de plantearse, y efectivamente lo haga de manera consciente o intuitiva.

¿Será todo esto así? Aunque nos planteemos la cuestión, la deconstruyamos, la reconstruyamos, la reflexionemos sobre la práctica o hagamos operar cualquiera de los verbos que se suelen leer en la literatura del campo educativo, los estudiantes, ¿dejarán de aburrirse? Dicho de otra manera: ¿Podrán tener razón los que plantean un tercer camino, o cuanto menos, un desvío? En tal sentido, ¿se podrá reivindicar el derecho a aburrirse de los estudiantes, como un salvavidas misericordioso, que éticamente estamos obligados a arrojar, en nuestro rol docente, para siquiera intentar alejarlos del discurso dominante que impone de manera arbitraria a la diversión permanente como única constante de vida, no sin cierta lógica afín a la insaciable sociedad de consumo que no sería pertinente analizar aquí, pero que alcanza con reparar en el mínimo detalle que revela que los trata como consumidores desde la tierna tanda comercial de Cartoon Network? Quienes sostienen esto argumentan con bastante solidez que, también desde el aburrimiento, algo valioso aprenderán los estudiantes.

Repito: ¿será así? Como cierta vez cerró Arlt una de sus Aguafuertes: Misterio, misterio.

Vocabulario relacionado al artículo:

conferencia . entretenimiento .

Algunas consideraciones sobre el aburrimiento fue publicado de la página 101 a página103 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

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