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Babel o el desafío de la comunicabilidad

Suárez, Viviana [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

ISSN: 1668-1673

XVIII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2010.

Año XI, Vol. 13, Febrero 2010, Buenos Aires, Argentina. | 202 páginas

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El lenguaje es todo menos un instrumento inocuo. Antes bien es un tejido trans- individual que nos contiene en tanto seres sociales. Si habitamos en el sentido es debido a que somos seres de lenguaje. A través suyo existimos como individualidades razonables, sensibles y deseantes. Toda práctica áulica está atravesada por un ser-en-el-lenguaje ya que implica, inevitable y necesariamente, una fuerte presencia del lenguaje como mediador inter-subjetivo que se despliega en todo espacio y momento. Porque el lenguaje necesariamente nos atraviesa y construimos nuestros discursos dentro de posibilidades y límites ya dados. Lo que básicamente se pone en juego en la actividad de enseñanza-aprendizaje es una colisión entre dos universos con reglas dispares: el del lenguaje cotidiano, portador de certezas y sentido común, y una jerga –el idiolecto disciplinar- que debe adquirirse para demostrar cierta pertenencia y dominio de un juego con reglas predeterminadas por el campo de las prácticas profesionales. Una jerga que, de alguna manera, arroja una sombra de relativización a lo yasabido sobre el orden del universo.

En tanto que transmisores de una especificidad que se manifiesta fuertemente a través de la palabra, debemos asumir la inexistencia de un lenguaje blanco, de la transparencia del lazo que une palabra y cosa, de la fe en la posibilidad de que cada término puede ser definido unívocamente, de significantes que pueden ser fijados en una estructura inamovible pretendidamente universal. Pequeña utopía del orden contraria al caos del devenir, de ese estar haciéndose que es la lengua.

La angustia frente a lo provisional que esencialmente todo lenguaje es, cuestiona nuestro nodo central en las prácticas de enseñanza. Como docentes somos al mismo tiempo, legitimadores de discursos –verdaderos seres de veridicción, esto es del decir verdad- a la vez que revelamos la precariedad de todo sentido al reemplazar constelaciones enteras de significados aceptados, -el uso cotidiano del lenguaje- por una nueva dimensión de fuerte carga semiótica. En un segundo momento, al hacer hablar al otro mediante la elaboración de ensayos que implican una fuerte carga escritural, alentamos la aparición de un decir-propio que necesariamente se vive, desde el estudiante, como un momento crítico de aparición de una subjetividad enunciante que pueda ser escuchada. De ahí la pregunta sobre el lugar del nosotros como sujetos dentro de la completitud de la masa hablante, el dolor de armar nuestros propios discursos y encontrar la pequeña voz que pueda sonar reconociéndose.

Estos dos momentos inevitables en los procesos dialógicos, propios del ámbito en el que ejercemos nuestro oficio, los defino como una caída en conciencia de la provisionalidad e historicidad de la masa significante; justamente por la puesta en evidencia de las reglas de juego con las que se construye toda secuencia discursiva; y la aparición de un sujeto de enunciación que se reconozca como portador de un discurso que pueda hacer valer un hacer decir.

La confusión: la caída de la universalidad del sentido

La experiencia babélica consiste en descubrir la extrañeidad en la propia lengua. Sumergirse en las corrientes simultáneas que todo lenguaje lleva dentro de sí, sincrónicamente, y que se erige como su más completa opacidad.

Ningún lenguaje - mal que nos pese - es enteramente operativo. Aún el menos sospechoso encierra una toma de posición frente al mundo, que lo particulariza. Cualquier discurso es, de alguna forma, un discurso político, porque lleva implícito el despliegue de determinadas maneras de hacer en el mundo al decir sobre el mundo. En su libro “Investigaciones Filosóficas”, el filósofo Ludwig Wittgenstein desarrolla la teoría de la incomensurabilidad mundo-lenguaje. Dejando de lado su búsqueda de una lógica de la lengua que reflejara la del mundo; búsqueda que guía su Tractatus Lógico-Philosófico y con la cual se proponía limpiar la filosofía de sus ambigüedades, Wittgenstein va a asumir la naturaleza pragmática - y por ende histórica - de todo lenguaje. Enuncia entonces su teoría de los juegos de lenguaje como aquellos principios normativos con los cuales cada esfera lingüística organiza su decir sobre el mundo. El juego sería aquel acto designativo por el cual una palabra es atribuida a un objeto cualquiera, dentro de ciertas reglas que rigen para determinada esfera pero que no necesariamente se extiende a todo lo decible. Ya no es - señala - como si el significado fuera una atmósfera que la palabra llevara consigo en todo tipo de empleo. Es decir: declara la inexistencia de una relación necesaria y binaria entre palabra y cosa. Y la filosofía sería entonces aquella disciplina que lucha contra esa fascinación del lenguaje, que nos hace creer que el significado es algo acoplado a las palabras. En su ensayo “Wittgenstein y el lenguaje”, Sergio Albano define los actos de lenguaje como pertenecientes a un juego lingüístico en el interior del cual toda palabra adquiere significación (2006, p. 134). Por lo tanto, todo juego es trans-individual y quien profiere un discurso no hace sino mostrar su manejo de las reglas de organización, disposición, conexión y distribución que posibilitan la creación de nuevos enunciados. Todo juego ejerce entonces una acción restrictiva y coercitiva que evita la distorsión por la confusión con otras pertenecientes a otros juegos. De ahí la necesidad de instruir en la capacidad de remitir a un juego específico que desambigüe la relación significante-significado para cada disciplina.

Toda didáctica universitaria tendría entonces que proponerse no enseñar significados sino el manejo de sus reglas de construcción. El carácter universitario de la enseñanza no estaría tanto en la transmisión de un saber hacer, sino en la posibilidad de interrogar y operar según estados epistémicos manifestados a través de prácticas culturizadas por los discursos que ellas mismas producen y legitiman. La cuestión principal radicaría en el enseñar a interrogar sobre el hacer sin producir un abismo de incertidumbre paralizante; un aprendizaje que ayude a asumir ciertos estados de creencia. Todo profesional es esencialmente propositivo. Es quien interroga los límites y el alcance de su propio lenguaje, quien puede salir de lo meramente reproductivo. Y aquél que es capaz de cuestionar la tradición dentro de su propio despliegue enunciativo.

La ininteligibilidad: la lucha por encontrar la voz propia

La segunda prueba del ser en el lenguaje consiste en encontrar una forma de enunciar dentro del juego de intersubjetividades que conforma la totalidad de los discursos con los que se accede a cada disciplina. Al producir un ensayo sobre su propio hacer, se opera el descubrimiento de dos fases discursivas: la primera es operativa y el texto se presenta como despliegue de operaciones significantes. La segunda es el descubrimiento de la prosa: en el espesor de la escritura, la pura significancia desbarata las intenciones positivas del autor quien se encuentra traspasado por un lenguaje que lo habla; lenguaje que va tornando al sujeto de enunciación en mero objeto enunciativo. Desde la textura misma de su despliegue el discurso se enraiza en un decir social, que obliga al autor a ocupar una posición entre la masa de lo ya dicho. Lo que devela el carácter básicamente dialógico de los discursos, y al texto como un pastiche plagado de otras voces, otros decires. Por detrás de su función supuestamente operativa, en su hacer-haciéndose, todo ensayo textual va deviniendo discurso sobre, y por lo tanto toma de posición frente, al estado de las prácticas disciplinares. Al mismo tiempo, al recurrir a trozos de discursos ya efectuados, como es la cita; modismos e idiolectos que se debaten entre la lengua supuestamente culta y el habla cotidiana; fragmentos de sintagmas preelaborados adquiridos como bloques de sentido, el autor descubre la naturaleza poética de su mismo texto, en tanto que el texto se obliga a pensarse a sí mismo, se manifiesta como básicamente autorreflexivo.

Se presenta así el momento retórico en el que va perfilándose lo argumentativo dentro de lo que se pretendía simplemente demostrativo. Asunción de una fuerza de dicción que apela a lo persuasivo como pathos razonable, fuertemente sostenido por ese sujeto de pasión que es todo ser de lenguaje. En cada selección de argumentos, de premisas demostrativas, se manifiesta la naturaleza agonística de todo discurso: la ocupación de un territorio de enunciación desde donde se habla.

El filósofo Hermann Parret se refiere a esta naturaleza pasional de todo enunciado: “la instancia de enunciación, este Yo-Aquí-Ahora que sólo existe como efecto del enunciado pero que, sin embargo, funciona como esa red de fuerzas, de motivaciones y de pasiones que genera el discurso significante.” (1995, p.7) La oscilación hasta encontrar las palabras justas: en el juego de la extensión del sintagma se patentiza la crisis del estilo; el problema de saber comunicar. Y este momento es doloroso porque ilumina la presencia del cuerpo en el discurso. El ser-de-lenguaje es, esencialmente, un ser estésico. Al decir de Parret: “si lo gramático está primero es porque el tacto de la mano que escribe, confrontada dramáticamente a la resistencia de los cuerpos y de los materiales, es también una voz que se articula y golpea, hiere el oído.” (1995, p.21).

Y esta corporeización del autor por el acto de escritura reclama la presencia del otro a quien le está dirigido; aquél que lea y valorice en esa acción lo dicho. Es en la exposición de argumentos donde se patentiza la tensión del estar dirigido a otro de todo hecho enunciativo. El autor asume así su carácter de inter-locutor al comenzar a elaborar estrategias de veridicción, convicción y persuasión. El momento retórico es el del decir verdadero, conformar una comunidad de escucha y hablar-junto en la proximidad voz-oído mediada por la escritura. La pertenencia a una comunidad discursiva es el objetivo –y deseo- transparente, larvado y profundo de todo ensayo. Desde la ininteligibilidad babélica, la restauración utópica de la comunicabilidad universal es el topos secreto de todo deseo de hacerse comprender, del decir preciso.

Guiar la asunción de esta fase lírico-poética del texto, el despliegue de retóricas argumentativas, el descubrimiento de una voz propia, y proyectar juegos de sentidos es el rol básico que subyace a toda práctica docente.

Vocabulario relacionado al artículo:

discurso . lenguaje .

Babel o el desafío de la comunicabilidad fue publicado de la página 131 a página132 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

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