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El peón

Fernández, Adriana Soledad

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº27

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº27

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita

Año VI, Vol. 27, Diciembre 2009, Buenos Aires, Argentina | 112 páginas

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Relato completo

“Muchas veces me pregunto cómo logramos ser las personas que somos. Antropología, psicología, psiquiatría, no pueden responder a mi interrogante”.

Supongo que cada uno de nosotros somos un tablero de ajedrez, indefinido e infinito.

Se pueden haber jugado millones de partidas, y se pueden haber escrito miles de obras, pero hasta ahora no existe fórmula universal ni método que garantice el triunfo. Al ir conociendo sus múltiples aspectos, uno empieza a sentir una gran atracción por este juego. Es complicado ganar, pero en teoría, siempre se puede.

Yo, ni más ni menos, me considero uno de los más grandes ganadores. Porque a la hora de “jugar” nadie logra vencerme; a primera vista soy obvio, pero en el arte del análisis, en el arte que me permite aspirar a la perfección, nadie puede ganarme, porque yo soy perfecto.

Busco la ubicación, el color, la forma de cada pieza para otorgarle sentido, logrando que todas se tornen diferentes e iguales, y no logren encajar unas fichas con otras. Soy imposible, y disfruto observar de la frustración ajena ante esto, me encanta y lo admito; soy un ser franco que conoce cada uno de sus objetivos.

Pero en verdad me reitero... ¿Por qué somos como somos? El dinero, la fama, el éxito, los vicios; eso es lo que nos hace humanos, las debilidades, los excesos, la inmortalidad tan mortal que tenemos, los caprichos, las mentiras y los juegos.

Y así nos formamos, somos creadores de nuestra vida, nuestra propia obra de arte. Somos así porque podemos, razonamos, y si tropezamos podemos una vez más.

Mi vida es una gran obra, no me canso de decirlo, es aquello que todos desean, y nadie puede comprar, pagar, o imitar...

Sé que cada uno es diferente y especial y “blablabla”, pero mi vida es más que derrochar horas en la improductiva vida adolescente, adulta, o anciana.

Talento innato, esfuerzo razonable... Parece una buena fórmula, pero eso no basta para alcanzarlo todo, dado que yo soy el éxito. Él más grande fotógrafo del siglo, hijo de un hombre ausente, divorciado y casado con otra mujer, y de una mujer igual, divorciada y casada con otro hombre. “Si ellos tan solo supieran...”, pensó para sus afueras.

Prendió de la nada un cigarro, el olor a la mezcla de nicotina y tabaco quemado me hizo despertar los sentidos, lo miré fijamente y olvidé todo ante la imagen. Era para ese entonces un hombre de unos veintiún años de edad. Alto y estilizado, perfecto para los ojos; de cabello rubio oscuro, ojos avellanas, rasgos afilados y perfectos. La fotografía mental era única, por un momento no sabía que había pasado, no sabía si estaba muerta, y por ende estaba frente a un ángel. Tomó otra pitada, y exhaló el humo. Dediqué segundos, quizá minutos para apreciar su cara de placer ante el acto de fumar, él con los ojos cerrados, y una leve sonrisa.

Miré la avenida, los autos pasaban, al igual que las mil y un preguntas en mi cabeza. Volví la mirada a mi primo, o a aquello que estuviese a mi lado. Súbitamente abrió los ojos, y los enfocó en mí.

“Me pregunto una y otra vez, el cómo logramos ser las personas que somos...” reiteró. “Armé una teoría en cuanto al conocimiento individual de cada uno de nosotros, de los seres que somos. Una casi perfecta partida de ajedrez somos, que va cambiando constantemente las jugadas. Dependiendo de las experiencias vividas... Se le agregan o sustraen un par de piezas más, uniforme a lo que pasó en ese año, en ese tiempo”.

Es difícil ganar… Pero es solo una cuestión de transgresión.

El vencedor de la partida es quien comete el penúltimo error.

Y fue por ello, por querer ganar, dediqué años de mi vida a entenderme, a perdonarme, redimirme.

Dicen que la vida sería imposible si todo se recordase, imagina la cantidad de tiempo que tendría el juego. El secreto está en saber elegir lo que se debe olvidar... Pero, sin embargo no puedo llevarlo a la práctica, miro hacia delante y me encuentro con una partida en donde yo soy un peón, que alguna vez jugó de Reina. Un peón encerrado entre lo único que no desea ver.

Nací un 23 de Agosto, hace 21 años. A los pocos días, me llevaron a lo que se suponía ser mi hogar.

Londres es una ciudad edificada en ladrillo rojo, tiene palacios, casas y castillos, que difieren bastante de los que encontramos en América. Una ciudad revolucionaria, desarrollada para su época, siempre un paso adelante de la historia.

He vivido en Elephant and Castle, dónde posees el lujo de observar el Big Ben desde la ventana, pero sinceramente, no era de lo mejor para mi familia. Luego nos mudamos a Bayswater, sin duda la mejor zona en las que he estado en mi infancia, la más tranquila, junto a Notting Hill Gate.

Cuando cumplí once años, mis padres se divorciaron, falta de amor dijeron. Mi hermana mayor volvió con Miss Mom (Señora Madre), y yo me quedé con Mr. Dad (Señor Padre).

Cuando esto sucedió, mi padre y yo nos mudamos a una residencia, con lujo y detalles en exceso, como si con eso pudiese camuflar lo que pasó; como mi padre engañaba a su mujer con su asistente, y como mi madre pasaba enteros fines de semana con el dueño de la competencia de la empresa familiar.

No los puedo culpar, eran ambos insoportables.

La mansión estaba localizada en Kensington, un distrito del Oeste de Londres, el Royal Borough of Kensington and Chelsea, ubicado exactamente a menos de cinco kilómetros al Oeste de Charing Cross; vivíamos sobre la Calle de la Vieja Iglesia, que corría desde el Terraplén Chelsea al Camino Fulham, cruzando el Camino de Reyes. Es la zona por excelencia de adinerados e importantes figuras, logrando ser conocida por sus elegantes distritos residenciales. Es también el lugar económicamente más activo de Inglaterra fuera del centro, que contiene cantidades significativas de espacio de oficinas, junto con el aeropuerto de Heathrow, y muchas de sus empresas asociadas, entre ellas la de Mr. D. (Señor P).

Pero lo meramente importante no es cómo era ese endemoniado lugar. Mr. D decidió que ir al Instituto común era una pérdida de tiempo, por ello me asignó un tutor diario, que me enseñase más que cualquier colegio.

A los once años él era mi único amigo, la persona en la que yo quería y podía confiar. Johnny su nombre era, Johnny Mayer.

Recuerdo como si fuese ayer, aquellos días de sol, dónde juntos íbamos al parque, y él me daba clases entre la naturaleza.

Un día al llegar a la plaza nos encontramos con un pequeño grupo de payasos contratados por el alcalde del pueblo en conmemoración al día festivo, también habían diferentes puestos cerca del lugar. La gente pasaba por ellos como abejas de flor en flor, y los niños correteaban y chillaban extasiados entre los diferentes juegos que algunos de los padres habían construido para ellos. Era hermoso ver un día de verano tan perfecto; estuvimos un buen rato caminando, hasta que decidimos acercarnos a uno de los puestos que había.

La dueña había colocado varias sombrillas y algunas sillas bajo ellas para que las personas que se acercaran pudieran disfrutar a gusto. Yo pedí un helado de vainilla y canela; me senté a disfrutar del sabroso refrigerio mientras lo miraba.

“Un helado de chocolate... con brownie de chocolate y jarabe de chocolate por encima; ¿tendrá chispas de chocolate también?...”, pidió. Finalmente mi profesor tomó la extraña combinación y se dirigió hacia mí. Pude ver como una y otra vez hundía la cuchara, y tomaba otro poco de su postre.

Era difícil imaginar cómo podía con aquello, seguro yo con solo probarlo moriría. Había terminado ya mi helado, y a él aún le quedaba la mitad, el calor había hecho que el helado de chocolate se derritiera un poco haciéndolo ver como una mezcolanza de dudosa forma y de un color marrón casi negro.

Hipnotizado volví a ver la cuchara que descendía mientras tomaba otro poco de dulce y lo llevaba hasta la boca donde desaparecía lentamente dentro de aquellos labios...

Le pregunté inocentemente cómo podía comer tanto chocolate sin sentirse mal; sencillamente respondió que amaba ese sabor. “¿No quieres probarlo?”, me preguntó. Tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para negarme a causa de su mirada esperanzada y expectante.

Cuando terminó el postre, supe que también terminaba allí nuestra clase poco habitual del día. Sonrió con su sonrisa de siempre, y sus ojos se achinaron al instante para decepción mía. Todo el suceso me parecía tan extraño.

“¿Sucede algo, Señorito Wells?”, me cuestionó al ver mi cara perpleja. Su sedosa voz me sacó de pensamientos. Me disculpé, y le hice saber que todavía no podía comprender el postre que se acababa de comer. “Es sencillo, permítame mostrarle...”.

Y diciendo esto se acercó calmadamente, inclinándose sobre mí, y aprovechando mi sorpresa para colocar sus labios contra los míos.

En el momento en que eso sucedió, un dulce sabor me invadió.

Era chocolate, él sabía a chocolate.... y del más dulce que jamás hubiese probado.

Con él festejé mi primer cumpleaños, sin tener que usar esmoquin.

El número trece fue... Dicen que ese número es de mala suerte...

Supe lo que era la felicidad. Sin embargo ver las cosas en la cámara oscura del recuerdo, hace que tomen un relieve singular.

Yo era un chico que parecía inglés; mis ojos, mi pelo, hasta mi forma de hablar, nada me delataba. Y él era un príncipe, un caballero. Me encantaba escucharlo, adoraba también que me pregunte el por qué de todo, hasta de mis sueños y pensamientos, como si en verdad yo lo supiera. Lo amaba, platónicamente, seguro a causa del amor que él me brindaba.

Eran vacaciones de invierno, la nieve caía cubriendo las calles, y el frío aterrador amenazaba a los más indefensos, pero eso no lo detuvo a llevarme de nuestra excursión final; yo volvería a Argentina con Miss M. (Señora M., madre) quien parecía querer cuidarme ahora.

A mí, sólo a mí, ni siquiera mi hermana pudo venir, nuestra invitada que había venido a pasar las fiestas con nosotros. Iba a ser una salida especial, una hermosa despedida recorriendo los mejores lugares de la ciudad.

Me llevó al parque de siempre, hicimos muñecos de nieve, y aprendí en empiria cómo un líquido se transforma en sólido ese día. Comimos, leímos.

Fui feliz hasta que se desató la tormenta, literalmente. No puedo olvidar cómo me tomó de la mano, apretándola fuerte para que no pudiese caerme en el resbaloso suelo. Mis piernas no eran lo suficientes para poder seguirle el paso por la Calle de la Vieja Iglesia.

–Tomemos un atajo Señorito Maximiliano... Así llegaremos a tu hogar, antes que caiga la tormenta... –Me dijo con su reluciente sonrisa.

Yo lo obedecí, y así lo hicimos. A medida que mis pasos se alejaban de la calle por el bulevar interno, fui poco a poco despidiendo la luz de los faros. A esa altura, sólo podía sentir la nieve quemándome la nariz.

A pesar de todo, la tormenta parecía haber comenzado, en consecuencia, me exigió que no lo desobedeciese por ninguna causa, y le hiciera caso en todo momento. Estaba aterrado, pensé que moriríamos de hipotermia.

Entramos en una casa desalojada, abandonada por un tiempo parecía. Me tomé de la pared más cercana firmemente, esforzándome por ver en la oscuridad. La brisa flotó ligeramente, oliendo a agua, a frío, a la hermosa noche de invierno.

–¿Dónde está profesor? –Pregunté asustado.

Al escuchar su respuesta, me lancé a sus brazos con un simple salto, gritando su nombre una y otra vez en el trayecto.

No sé cómo, pero prendió una lámpara, y fue entonces cuando lo vi, iluminado como una estatua, por la tenue luz del candelabro, parado frente a mí, abrazándome. Casi podía escuchar sus suspiros, mirando desde la altura mis ojos. Nunca me había percatado, pero era bello, una hermosa juventud mezclada con la belleza intelectual.

Ese momento fue real, pero parecía un sueño. Yo le quería, de verdad, y mucho.

–No tengas miedo, Max. Estoy aquí contigo.

Sentí como sus manos bajaban hasta el final de mi espalda, como de repente me sentía con menos ropa, más desnudo.

Comenzó a desabotonarme la camisa, haciéndome sentir el frío helado de la noche.

–¿Qué est...?. –Quise saber con pánico en la voz.

–Pequeño, no tengas miedo… –Okey, pero qué estás hac...

–No estoy haciendo nada malo... No estamos haciendo nada malo.

El chirrido de la puerta se escuchó; me asusté, y mucho. Cerré los ojos fuertemente, como si con eso me protegiese. Lo abracé por impulso, pero sentí como una fuerza desconocida nos alejaba. Apreté los dientes, estirándome, y alcanzando su mano nuevamente, tirando de ella hacia mí forzosamente.

Sentí su forcejeo hasta caer a sus pies, tocando la suciedad del suelo.

Abrí los ojos y me encontré con dos desconocidos. Un par de hombres enormes, corpulentos, de mirada turbia, con un aire maldito.

–¿Tenés lo que te pedí? –Preguntó Johnny.

–Cinco mil libras, como acordamos. –Afirmó el primero armado, entregándole un sobre.

Uno de los tipos me levantó del piso, acorralándome en un rincón, acariciando mi torso desnudo. Era alto, algo obeso, sucio desde donde se lo mirase. Era la persona más violenta que vi en mi vida.

–¿De dónde lo has sacado, Johnny? –Quiso saber.

–De por ahí. –Buscó mis ojos. –Pequeño, no tengas miedo.

Ellos te van a tratar bien, sólo déjalos...

–Profesor... –Rogué desesperado sin entender la situación.

Corrí hasta su temblorosa figura, llenando sus brazos, y sosteniéndome de ellos firmemente. Le rogué, lloré para que no me dejase con ellos, acudí en suplicas a lo que era para ese entonces mi todo, el Rey del lúgubre reino en el que yo vivía.

Sé que pudo escuchar mis lloriqueos pero él no se resistió, sólo me miró con una profunda tristeza en sus ojos.

–Ustedes primero. –Dijo.

El mismo hombre que me había acorralado me tomó por los hombros. Sentí como si poco a poco me fuera succionando mi energía; débilmente colapsé contra él, sollozando, y pidiéndole disculpas a mi tutor.

Podía sentir la inmundicia hecha realidad; sus grandes manos recorriendo mi cuerpo semidesnudo.

Tomé entre mis manos el metal del hombre, ahogándome en un abrupto respiro cuando en un parpadeo pude ver algo que brilló en sus ojos.

–Recuerda que soy yo, Max... Soy yo... Soy yo... –Susurró el profesor.

Él continuó repitiendo esas palabras una y otra vez, como una mentira reprimida en su conciencia por largo tiempo, como el deseo final de un alma luchando con todas sus fuerzas.

Vi como su ligera sonrisa curvaba sus labios, y sentí tras ello, una fuerte punzada de dolor en mi interior. Otro momento robado, una última sonrisa.

Le sonreí amorosamente, amargamente. Nos encontrábamos allí, yo poderoso con trece años, y ellos indefensos.

Si tanto me odiaba, debería habérmelo dicho sinceramente.

Quizá ese era mi crimen, haber caído en la triste verdad.

–A su salud, profesor.

Esa fue su última sensación, su último respiro, su último susurro, o por lo menos lo último de él que yo sentí.

El eco del estruendo hizo huir a los bárbaros. Triste soledad, refrescantes sombras, y adorado silencio era todo lo que me rodeaba.

“Allí, en la oscuridad, pude ahogarme en sus ojos barnizados de pequeños rubíes...”, me confesó.

Una vez más mis sentidos se despertaron, y el humo del nuevo cigarrillo salía de su boca, al igual que sus palabras…, y se ahogó en el silencio.

Su tristeza me abrumó. La desolación, la desesperación de un alma que no puede ser, de una persona con un pasado plagado de enseres; pero a pesar de todo pude ver luz en sus apagados ojos, resistencia a dejarse llevar. Él me contó, se confesó y yo le escuché. Me costó procesar sus palabras, pero logré entenderlas; su pasado era una herida sin cerrar, y como todas, si uno no las cura rápido se infectan, y crecen.

Es increíble como un simple hecho, una situación cambia las cosas. Como a partir de una palabra, una frase, comencé un ajetreado viaje en búsqueda del significado lejos de cualquier dogma. La vida, como por arte de magia puede desaparecer y nunca más encontrarse, está aquí y ahora, en este mismo momento, en el respirar, en la circulación de la sangre, en el latir del corazón.

Pensar en esto simplemente atesta mi mente vacía, haciéndome inconsciente de lo que es en verdad. Y cuanto más está la mente alborotada de conocimiento muerto, más torpe y estúpida me vuelvo.

El conocimiento hace a la gente estúpida, adormeciendo su sensibilidad; se rellenan de él, cargan con él, refuerzan su ego con él, pero no les aporta luz y no les indica el camino. La vida ya está burbujeando en tu interior, sin poder salir a la luz, casi sin sentir que está allí.

Y así como le pasó, durante casi una década guardo silencio, literalmente silenciando también sus sentimientos, silenciando también todo aquello que lo mantendría vivo. Ahora podía comprenderle mejor, podía en definitiva entender aquellos ojos avellanas, fríos como un témpano, tan diferentes a los míos. Max, más que nadie, con su cauta inteligencia e inmedible belleza, recordaba lo que fue la vida, y supo reconocer lo que casi fue la muerte.

Por lo general creemos que la muerte llega al final, por lo general creemos que la muerte se opone a la vida, por lo general creemos que la muerte es el enemigo; siempre por lo general. Pero él se encontraba muerto en vida, viviendo cada día eliminando uno a uno del almanaque.

Su delicia, su eterna juventud por más que lo pareciesen, no serían eternas. Si considero a la muerte como el enemigo esto simplemente demuestra que no he sido capaz de saber lo que es la vida...

La realidad es que la vida existe debido a la muerte, la muerte le da un trasfondo. En el instante en que inhalas y en el instante en que exhalas, ambas se dan. El exhalar es la muerte, el inspirar es la vida, lo paradójico es que todos vivimos tanto por inspiración como exhalación; y por más triste que sea, el exhalar es parte del inhalar (y por más que lo intente, no puedo inhalar si dejo de exhalar).

Comprendí en aquella noche fría de Mayo que, no se puede vivir si se deja de morir.

Y comprendí allí, ese jueves, algo más aterrador. Algo que no me permitía pensar en otra cosa, que me obstaculizaba soñar y reír… Comprendí que una de las personas que más amaba dentro de mi familia, se protegía a diario contra la muerte con la que convivía, haciendo que su coraza inviolable luchase contra aquello que lo carcomía volviéndolo incapaz de lo esencial: vivir.

Es la persona que me roba sonrisas en los peores momentos, y que al mismo tiempo, teme exhalar siendo entonces incapaz de inhalar, quedando embarrancado. Entonces simplemente mal vive, su vida deja de ser un fluir, convirtiéndose en un río seco.

Pude descubrir que no le temía a estar dispuesto a vivir, sino que en él había algo más que estaba asustado. Su ego era el que temía.

La vida y la muerte sencillamente no son opuestos, mientras que el ego sí. Éste está en contra de los dos, de la vida y de la muerte.

Indefectiblemente, Max temía vivir porque a cada paso, al esforzarse en pos de la vida, hace que la muerte se acerque.

El ego teme morir, y de ahí que también teme vivir. El ego simplemente mal vive, haciendo que pertenezca a ese grupo, en dónde el factor en común es ni está vivo, ni está muerto.

Eso era lo peor, y por lo que entendía que debía alejarlo de ese estado.

Lo miré nuevamente, y me aterroricé al comprenderlo todo; al movernos en el tiempo, el polvo de las experiencias, del pasado, se acumula convirtiéndose en una máscara que ha de ser rota y tirada, como la pintura de las fichas; y Max, por decirlo de algún modo, olvidó bañarse continuamente, de forma que esa cáscara seca se convirtió en su prisión.

Recuerdo que tomé su mano para regalarle algo de mi calor, pero sus frías palabras me flecharon una vez más, rompiendo su silencio. “Una jugada se termina cuando marcas al Rey con una pieza. Si no se mueve, lo matas con esa jugada, porque “The King” ya no tiene escapatoria…”, dijo sin mirarme a los ojos.

“Es mejor que la Reina se sacrifique por el reino a veces.

La sociedad está harta de ver a peones sin importancia cuan héroes de batalla; por lo menos, déjame aparentar solo por momentos que fui la Ostentación. Déjame creer que de verdad vi rubíes…”, finalizó riendo a carcajadas, desquiciantes y lúgubres, haciendo que mis pensamientos girasen trescientos sesenta grados una vez más.


El peón fue publicado de la página 26 a página29 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº27

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