1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXVI >
  4. Bajo la máscara

Bajo la máscara

Ferrari, Laura [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXVI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXVI

ISSN: 1668-1673

XIX Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2011

Año XII, Vol. 16, Agosto 2011, Buenos Aires, Argentina | 200 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Resumen:

“Una máscara nos dice más que una cara”, dijo alguna vez Oscar Wilde. “Los hombres no cambian, se desenmascaran”, replicó Madame de Stäel. Como sea que fuere, atravesar las máscaras de los otros permite no sólo escribir libros sino franquear nuestras propias máscaras. Y el resultado es siempre el mismo: por debajo están los rostros de la gente y los nuestros, tan parecidos, tan mortales, tan frágiles, tan posibles de ser dañados que necesitan ser cubiertos por esa otra piel, la de la fantasía que nos salva y nos protege ¿de los demás o de nosotros mismos?

Palabras claves: máscara – rostro – guión – libro cinematográfico – audiovisual.

Bajo la máscara o las máscaras con las que habitualmente salimos a la vida, está nuestro verdadero rostro. Máscara y rostro. Máscara vs. rostro. Máscara + rostro. Nadie escapa de las redes y secretos que se tejen debajo de estos dos conceptos. Ni la gente, ni los personajes. Podríamos definir la máscara como “lo que se muestra” y el rostro como “lo que se es”. Aunque muchas veces las máscaras se vuelven rostro y los rostros máscaras y la esencia de cada uno se esconde por debajo de las dos. 

Como es habitual escucharme decir, escribir un guión es hacer literatura… y de la buena. Es por eso que en lugar del término “guión” para definir esto que los guionistas hacemos, prefiero hablar –como antes se hacía– de libro cinematográfico. Eso ante todo: libro. Y ya sabemos que, representando cualquier buena historia, padeciendo penosos conflictos, luchando por conseguir objetivos y metas, accionando guiados por su particular necesidad dramática, están los personajes –es decir las personas que viven, sueñan, aman, odian, padecen en las ficciones–.

En mis clases de escritura de libros cinematográficos ponemos especial énfasis en la mejor construcción posible de personajes –ya que son el motor de las historias–. Y, entre otras herramientas, trabajamos especialmente los conceptos de máscara y rostro a la hora de construirlos porque aunque sea en la ficción, estamos generando vidas. Y esto para los estudiantes implica un ejercicio enorme, de contemplación y autocontemplación, sobre uno mismo y sobre los demás. El desafío es bien complejo: atravesar las diferentes capas e indagar las profundidades de cada persona/personaje.

Máscara y rostro, como una moneda de dos caras, como un Jano bifronte tatuado en el alma de los personajes. Ninguna es del todo verdadera y ninguna es del todo mentirosa. Y en verdad, la amalgama de ambas es lo que configura la esencia de una persona y de un personaje.

Yo “soy” de tal manera pero me “muestro” de tal o tales otras. Entonces ¿soy el que “soy” o soy el que “muestro”? ¿O soy ambos? ¿O depende de las circunstancias quién soy o cómo soy?

Esta dicotomía ha desvelado a los dramaturgos y guionistas en todas las épocas. Molière ponía esta preocupación en Tartufo al hacerlo decir: “Los hombres no distinguen el rostro de la máscara”. Pirandello creó personajes del grotesco inolvidables trabajando con estos dos conceptos, ya que crean una paradoja, una contradicción interna que hará que cuando el conflicto estalle, las máscaras se caigan y salga a la luz el rostro de los personajes y con ellos sus secretos. Y al producirse este choque muchas veces aparece el grotesco, lo patético que produce risa nerviosa en quien lo observa quizás al pensar que lo que ve es un espejo deformado de sí mismo. 

Pensemos en cualquier personaje de los caracterizados por Antonio Gasalla, sin ir más lejos Mamá Cora o Soledad Solari. Las escuchamos, las vemos y nos reímos de ellas. Pero ¿cuál es el rostro solitario y agónico que subyace bajo la máscara? 

Pensemos en una película, por ejemplo Belleza Americana, un libro cinematográfico escrito por un dramaturgo (Alan Ball) quien construye todos los personajes centrales alrededor de estos conceptos: soy vs. me muestro: soy virgen pero me muestro como la más liberal y promiscua de todas las jóvenes; me muestro férreo, inflexible, militar, homofóbico, pero soy un homosexual no asumido. Esta contradicción, este juego entre máscara y rostro, es una bomba de tiempo destinada a estallar. 

Pero salgamos del cine y pensemos en la vida, en el “padre” Grassi por ejemplo: el que se muestra como un sacerdote protector, respetado, con más “patria potestad” a su nombre que ningún otro hombre pero es un abusador de menores. 

¿Cuál es la verdad y cuál es la mentira en estas personas/personajes? ¿La máscara o el rostro? ¿O no será hora de comenzar a pensar que los dos conceptos configuran un todo, y que la gente, los personajes, nosotros, somos las dos cosas a la vez?

No hay que confundir máscaras y caretas. Las caretas son siempre tramposas y mentirosas; en cambio las máscaras se las creen hasta los mismos que las portan. Y muchas veces son necesarias para nuestras vidas, ya que tapan un rostro que nos duele: Stefano, de Armando Discépolo, se ve a sí mismo como el mejor y más completo músico de todos los tiempos; se compara a Beethoven. Y si no triunfa haciendo una ópera inolvidable es porque debe trabajar en la orquesta para salvar del hambre a su numerosa familia. Sin embargo, todos –hasta él, en el fondo– saben que hace tiempo que hace “la cabra”, es decir que cuando sopla, el sonido “berrea”. Pero reconocerlo le costaría la vida porque lo que cree que es, la imagen que se vende a sí mismo, es su sueño. Y si la máscara se cae, la vida se acaba; sobreviene la muerte real o simbólica. 

Construir personajes teniendo en cuenta los conceptos de máscara y rostro hace que se tornen profundamente humanos, es decir heribles, mortales, sufrientes. Delicadas criaturas que tienen su inesperada zona de clivaje que posibilita el estallido cuando la realidad choca con sus ilusiones. 

Al construir personas de ficción teniendo en cuenta estos dos planos escapamos inevitablemente de las trampas de las biografías fácticas, que sólo cuentan lo superficial y dejan de lado lo profundo. Porque la existencia de tal o cual máscara tiene que ver con la vida vivida y no vivida, con los miedos y las frustraciones, con las heridas de la primera infancia, con las cicatrices que no podemos hacer desaparecer. Cuando algo nos duele, lo tapamos. Cuando lo que soy me lastima, lo enmascaro y lo escondo bien profundo; tanto como para mostrar exactamente lo contrario. Pero cuanto más adentro de la tierra lo escondo, más raíces echa y más se arraiga. Por eso, al estallar el conflicto, explotan en mil pedazos las máscaras y sólo queda el desvalido y sufriente rostro que quisimos tapar.

En mis clases de guión indagamos máscaras y rostros; por lo tanto nos indagamos; por lo tanto los indagamos, a todos los que nos rodean. Buscamos estas máscaras y rostros en gente de nuestra familia y encontramos, por ejemplo, el abuelo que vivió toda su vida como un héroe de guerra cuando en verdad fue un desertor. Pero tanto le dolió el haberse escapado de la trinchera que él mismo se construyó esa máscara porque no podía mirarse como era. Y la máscara se convirtió en el rostro y se hizo carne y cuando la familia descubrió –por los azares de la vida– la verdad, amorosamente la calló para que el señor no sufriera su autoengaño. Y al morir, le pusieron sobre el ataúd la medalla de héroe de guerra porque si bien no fue su vida, fue su sueño. O descubrimos (es decir: dejamos de cubrir) a ese tío mujeriego que de tantas no tiene a ninguna y que en verdad es un señor gay; o a esa madrina llena de dinero a la que le va muy bien en la empresa, y que en verdad es una prestamista desalmada. 

Los personajes y nosotros mismos soñamos e inventamos lo que necesitamos para sobrevivir, aunque sepamos que la frontera entre sueño y realidad es lábil y delgada.

Uno de los trabajos prácticos más movilizantes que hacemos durante la cursada de Guión Audiovisual I y que apunta a profundizar en los conceptos de máscara y rostro se llama “Robo en la vía pública”. (Sí, “robo”, porque los escritores somos ladrones que andamos por el mundo robando gestos, miradas, palabras, situaciones, conflictos, lugares, imágenes). Salimos de la clase, de la facultad, y nos vamos a la calle, a la plaza. Toda la mañana los alumnos recorren el lugar buscando gente, leyendo sus máscaras, hablando con los que eligen, con el objetivo de conocer sus sueños, sus locuras –hay tantos locos en las plazas–, sus obsesiones, sus ilusiones, sus vidas. Partimos de la frase de Gustave Flaubert: “…no hay vida lo suficientemente sencilla como para no hacer una novela…”. Esta gente se convertirá en personajes de sus guiones. Luego de que descubren sus máscaras, los estudiantes deben construirles lo que no se ve: su rostro. Es un trabajo de ida y vuelta: indagan en las máscaras las huellas que dejaron sus rostros, para poder guionarlos. Es precioso ver a todo un curso charlando con gente con la que jamás hubieran hablado y contemplar cómo les siguen la corriente, ya que mostrarles el espejo de su realidad podría llevarlos a la catástrofe. La imaginación y la empatía humana se disparan al infinito y ya no hay nada que frene la creatividad. 

“Una máscara nos dice más que una cara”, dijo alguna vez Oscar Wilde. “Los hombres no cambian, se desenmascaran”, replicó Madame de Stäel.

Como sea que fuere, atravesar las máscaras de los otros permite no sólo escribir libros sino franquear nuestras propias máscaras. Y el resultado es siempre el mismo: por debajo están los rostros de la gente y los nuestros, tan parecidos, tan mortales, tan frágiles, tan posibles de ser dañados que necesitan ser cubiertos por esa otra piel, la de la fantasía que nos salva y nos protege ¿de los demás o de nosotros mismos? La respuesta a este interrogante está en cada uno de nosotros… bajo la máscara.

Abstract: “A mask says to us more than a face”, once said Oscar Wild. “Men don’t change, they unmask”, Madame de Stäel answered.

Anyway, to go through the others mask let’s not only to write books but also to liberate ours. And the result is always the same one: faces of people and ours are below, very similar, mortal, and fragile so possible of being damaged that they need to be covered by another skin, the one of the fantasy that save and protect us, from ourselves or the others?

Key words: mask – face – film script – film book – audiovisual. 

Resumo: “Uma máscara diz-nos mais que um rosto”, disse alguma vez Oscar Wilde. “Os homens não mudam, se desenmascaran”, replicou Madame de Stäel.

Como seja que for, atravessar as máscaras dos outros permite não só escrever livros senão franquear nossas próprias máscaras. E o resultado é sempre o mesmo: por embaixo estão os rostos da gente e os nossos, tão parecidos, tão mortais, tão frágeis, tão possíveis de ser danificado que precisam ser cobertos por essa outra pele, a da fantasía que nos salva e nos protege ¿dos demais ou de nós mesmos?

Palavras chave: mascara – rosto – script – livro cinematográfico – audiovisual.

(*) Laura Ferrari. Profesora de Castellano, Literatura y Latín (Escuela Normal de Profesores Nº 1, 1981). Dramaturga (Escuela Nacional de Arte Dramático, 1994). Profesora de la Universidad de Palermo en el Departamento Audiovisual de la Facultad de Diseño y Comunicación.

Vocabulario relacionado al artículo:

escritura . guionista . personaje .

Bajo la máscara fue publicado de la página 121 a página123 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXVI

ver detalle e índice del libro