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El viejo Stankevicius

Fasoli, Angelina

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº34

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº34

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2010 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita

Año VII, Vol. 34, Noviembre 2010, Buenos Aires, Argentina | 100 páginas

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El surgimiento de la historia de mi familia nace en gran parte en un pueblo llamado Ukmergés, situado en el país de Lituania, Europa. Allí vivía el abuelo de mi papá junto a su familia.

En esta historia cuento su viaje a la Argentina, sus razones y sus metas. Sólo mi abuela conoce toda la información que vuelco en este libro, ella fue quien recordó; quien me contó; quien me mostró todas las reliquias de mi familia, las fotos, las cartas, los documentos, los gustos y deseos de mi bisabuelo.

Esta anécdota la transcribo como el relato que mi abuela me narró con sus propias palabras.

La razón de este libro, de esta historia que dejo grabada en hojas, es principalmente por el respeto que mi familia le dio a este hombre, a José Stankevicius, especialmente mi padre, a él le regalo esta memoria, la de su abuelo, que por suerte hoy llegué a conocer muy bien.

Pertenecía a Ucrania, vivía en un pueblo llamado Ukmergés junto a su familia, formada por un hermano mayor, una hermana que murió de soltera y con su padre y madre. Sobre su padre nunca se supo nada, había fallecido y con respecto a su madre se supo que había muerto cuando estaba sólo con ella.

Se fue de su pueblo cuando su hermano se vino a Argentina; quien antes de venir había descubierto la infidelidad de su novia con uno de sus amigos. Un día abordaron en un barco, él y el amante de su novia rumbo al mar, estando allí lo tiró por la borda, esa fue la razón por la decidió venir a nuestro país.

Estando en Argentina, le dijo a papá que vendiera todo y se viniera a trabajar junto con él, sabiendo de antemano que saldría otro contingente. El hermano se vino en 1917 y papá en 1927.

Una vez llegado, su hermano lo esperó en el puerto y le preguntó qué había hecho, si había vendido todo lo que tenían en Ukmergés. Y él le contestó “todo lo que hay, queda para el que se quiera ir de nuevo, si querés irte te quedas vos con todo. El que se vaya se queda con todo, no preciso firmar nada”. Papá siempre dijo eso, que nunca necesitaba firmar nada porque su palabra para él era un documento que nunca iba a romper. Al hermano no le había gustado el país, razón por la cual si José no quería volver a su pueblo de origen, se volvía él. Y así fue. Papá se quedó a vivir en Argentina, y su hermano viajó nuevamente a Ukmergés. Cuando llegó, se juntó nuevamente con la novia que dejó antes de viajar, se casaron y formaron una familia; tuvieron dos hijos varones mellizos.

Allá, tenían “fieritas”, es lo que nosotros acá llamamos fincas.

Todos tenían lotes iguales, nadie tenía ni un metro más o menos de tierra. Se cosechaba, se trabajaban todas las “fieritas” todo el verano para poder subsistir en el invierno. En esta época, el suelo siempre estaba cubierto por dos o tres metros de hielo; lo cual les impedía trabajar.

Cuando llegó el contingente que lo trajo a papá a Argentina, todos los inmigrantes fueron llevados a la escuela latinoamericana para que aprendieran a hablar en “argentino”, cuenta la abuela, además porque sus apellidos eran raros. Allá lo que es femenino, acá es masculino; vendría a ser, la varón y el mujer, es al revés. En la escuela latinoamericana estudió y se recibió; no sé dónde quedó el certificado que le dieron, piensa la abuela.

Su primer trabajo fue en la caldera. Era blanco blanco, de ojos celeste y de pelo finito, por esta razón con la cal se lastimaba todo, siempre en los brazos, en casi todo el cuerpo, especialmente en los lugares donde transpiraba. Razón por la cual, a él y a otros paisanos que padecían lo mismo los llevaron a trabajar al ferrocarril, en 1931. O sea que desde que llegó, en 1927 y hasta que lo derivaron a Rosario para trabajar en el ferrocarril, estuvo sufriendo en la caldera por la cal.

Cuando viajé a Córdoba pasamos por Alta Gracia, y cuando llegamos allí el guía nos comentó que estábamos por entrar a una aldea y nos preguntó quién adivinaba qué aldea era.

Cada calle de la aldea tiene un nombre de un pueblo de la nación de donde viene; cuando entramos hacia mi derecha de donde estaba sentada, la primer calle, digamos el primer pueblo era Ukmergés, entonces dije y confirmé que esa era la aldea alemana que se formó en el año 1929 y fue donde mi papá vivió cuando llegó en el año 1927. Allí se encontraba la caldera que tanto sufrimiento le provocó a papá. Las casitas ahí son todas iguales, hechas de por la, no son muy grandes, están iguales a cuando las hicieron. Es en esa aldea en donde a papá le agarró esa infección, y de ahí lo llevaron a Rosario.

Una vez ya dentro del ferrocarril, cuando comenzó su mejoría, fue asignado como capataz de parrilla. Ahí comenzó su vida de ferroviario, anduvo por tantos pueblos; cuando alguien salía de vacaciones o estaba enfermo a papá lo mandaban a relevar.

En 1932 se casó, el 12 de marzo de 1932.

Mi hermano nació en enero de 1933, y yo nací en agosto de 1934, después tuvimos un hermano, quien nació muerto, conmigo tendría una diferencia de tres años. Fue enterrado en la ciudad de Pergamino, provincia de Buenos Aires, pero no sé en qué sepultura lo pusieron. Nunca se supo nada más de él, igual nunca se volvió a hablar de él ni nada; y después en 1941 nació mi hermana. Las dos mujeres estamos vivas, y los dos varones ya están muertos.

Papá, después de haber trabajado en tantas partes, lo mandaron a trabajar de capataz cuadrillero a Arroyo Dulce, perteneciente a la ciudad de Salto, provincia de Buenos Aires, y ahí fue cuando la conoció a mamá y se casaron. Era muy joven, él tenía tan sólo 23 años, había nacido el 10 de julio de 1909 y se casó en 1932, “sacá las cuentas” me dice la abuela.

De su familia no se sabe mucho, las cartas no llegaban, principalmente cuando estaba el Muro de Berlín; pero cuando el muro fue tirado, mi hijo Cochi, su nieto, le dijo que escriba que le iban a contestar. Papá muy porfiado le contestó que no, pero tu papá, me dijo, siguió insistiendo hasta que lo convenció, y así fue, mandaron la carta. A los 20 días por la mañana llegó el cartero, cuando Cochi vio la carta pensó en el abuelo, en que la carta era mandada de vuelta, hasta que el cartero le confirmó que no era mandada de vuelta, que era una carta mandada desde Ukmergés, era la respuesta a la carta que ellos habían escrito. Cuando llegó la carta, papá se estaba afeitando y cuando la abrió, había una sola cosa dentro: una foto, la foto de un hombre siendo velado sobre una mesa. Más tarde nos enteramos que era su hermano, pero papá nunca dijo nada y nunca supimos la razón de su muerte.

Una de las tradiciones de Ukmergés es que cuando alguien fallecía se mandaba una carta con la foto del muerto y de esa persona no se hablaba nunca más, con eso de sabía que determinada persona había muerto. Sobre la madre nunca contó nada, siempre le pregunté de qué había fallecido pero su única respuesta era que sabía que había muerto de un día para el otro. Su padre era griego, su madre alemana y él lituano.

Ya es hora de seguir contando mi historia por mi misma.

Mi abuela; quien contó las historia hasta ahora; se casó con un señor llamado Oscar Rodolfo Fasoli; el día 13 de marzo de 1954. Con él tuvo dos hijos, el mayor Ángel Fasoli, apodado Lito por toda su familia, razón por la cual desconozco, el me nor Oscar O. Fasoli, mejor llamado Cochi, quien nació el 26 de abril de 1957.

Mi abuelo, a quien no conocí, trabajó de ferroviario y luego en el campo, con relación al agua. Un día, mientras trabajaba en una estancia, precisamente la Estancia El Juncal, situada en Chacabuco, a pocos kilómetros de su casa, de Salto, falleció de un infarto el 13 de diciembre de 1986. Lo sepultaron en el Cementerio Municipal de la ciudad de Salto. De mi abuelo mucho más no puedo contar, no lo conocí.

A quien sí conocí fue al abuelo de papá, a mi bisabuelo, José.

Aún hay una imagen en mi memoria de él; sentado en una silla fuera de su casa leyendo, leyendo siempre un diario, yo decía que leía el mismo todos los días, pero por lo visto así no era, yo estaba confundida.

Sobre la niñez de mi papá hay muchas anécdotas, recuerdo algunas; como cuando se escapaba del médico; cuando se trepó a un árbol con un enterito recién comprado, nuevo, y lo rompió con una de las ramas. A medida que crecía sumaba anécdotas. A temprana edad empezó a trabajar. Su trabajo sí que fue una gran anécdota, en casa la escuchamos muy seguido y hasta hay veces que hablamos arriba para ya no escucharlo más. Muy bien no sé qué se vendía, supongo que ropa, nunca pregunté, el negocio era de Grunde, el viejo y famoso Grunde. Después se dedicó a lo que su papá hacía y hasta el día de hoy lo sigue haciendo.

En su adolescencia conoció a quién hoy es mi mamá, Cintia Judith Allega, quién estudió y se recibió como licenciada en psicología. No hay nada más que odie que la psicología, será porque tengo una mamá psicóloga, no sé, lo único que sé es que no me gusta para nada.

Se casaron un 8 de enero de 1988 en la Parroquia Pompeya en la ciudad de Salto. Tiempo después nació su primer hijo, mi hermano, el 7 de septiembre de 1989, lo llamaron Sebastián.

Y al cabo de 20 meses, el 16 de mayo de 1991 nací yo.

Con mi llegada nos mudamos de casa a la casa en la que hoy sigo viviendo.

Mi nombre es poco común, sé que lo escucharon en un restaurante y les gustó. No es feo. Pero muchas veces la gente me llama y lo pronuncia mal, eso es feo, no me gusta y me molesta.

Más de esta historia no puedo contar, aún sigue escribiéndose; pero de algo estoy muy segura, de todas estas vidas, de estas personas, de todos estos recuerdos y de toda esta historia: nací yo.


El viejo Stankevicius fue publicado de la página 17 a página19 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº34

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