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No es obligación de un periodista saberlo todo, sino averiguar todo lo que no sabe y escribir sólo lo que pudo chequear.

Panaccio, Matías [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

ISSN: 1668-1673

XIII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Febrero 2005. Buenos Aires. Argentina:"Formación de Profesionales Reflexivos en Diseño y Comunicación"

Año VI, Vol. 6, Febrero 2005, Buenos Aires, Argentina | 288 páginas

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Incluso acostumbrado a las habituales restricciones de espacio, incluso siendo él, una marca registrada de su profesión, a Gabriel García Márquez le demoró una semana de entregas diarias explicar por qué el periodismo es el mejor oficio del mundo. La Nación publicó esta serie en 1998 y resulta bastante difícil olvidar algunos de sus consejos. García Márquez, hombre de la vieja escuela del Nuevo Periodismo –irónicamente, la de periodistas sin escuela– con sólo titular de esa manera, facilitó muchísimo la tarea docente para estos tiempos en los que las técnicas de escritura informativa se enseñan y se aprenden en el aula. 

El periodismo, o mejor dicho, la práctica profesional periodística –para bajar al llano las palabras de García Márquez– es un trabajo en esencia divertido, adrenalínico, enriquecedor y creativo. Y también arduo, complejo, desolador y catárquico. Un día de éxitos deportivos, de indicadores econó- micos para el aliento o de, tan sólo, un cielo sin nubes pronosticado para el fin de semana lleva al periodista a que esa noche se acueste esperanzado en el mundo. Por el con-trario, una jornada repleta de hambre infantil, de masacre en una escuela, de violencia en las calles o de una vereda céntrica entera tomada por cientos de personas sin mucho más que ofrecer que su currículum vitae, obligará al cronista preguntarse, una vez más, por qué eligió esa profesión, para más tarde responderse por enésima oportunidad que, por extraño que parezca, sólo al final de semejante vaivén emotivo encuentra algo de claridad en sus ideas. Y seguro le dará la razón al autor de «Cien años de soledad»: eligió ejercer el mejor oficio del mundo. 

Desde el punto de vista de un taller de redacción periodística –que como objetivo tiene lograr que el alumno exprese de manera correcta sus propias ideas y que las codifique, primero, en un lenguaje universalmente comprensible y, segundo, en una sintaxis unidireccional que no de lugar a múltiples interpretaciones– el sólo comprender las miles de aristas de una realidad angustiante aparece como una tarea demoledoramente más compleja que el redactarlas. Sólo resta, entonces, que la aula «juegue» al mejor oficio del mundo. 

Hay suficiente tiempo entre clase y clase como para llegar informado y estar a la altura de poder discutir la noticia sobresaliente de la semana. El docente amplía información y aporta datos curiosos, citas extraídas de medios locales o esboza alguna analogía válida en el cine o la literatura. El aula –afortunadamente, cada vez más cosmopolita– aporta diferentes puntos de vista. Al ejercitar la prensa comparada se destacan las posiciones encontradas y el debate se acalora: el aula ya es una redacción. Los alumnos, inconscientemente, ya son periodistas. 

De manera casi inmediata nace la imperiosa necesidad de ampliar la información o los argumentos con los que el alumno dice estar de acuerdo, o la de averiguar quién es aquella persona que opina tan pero tan distinto a él. En términos periodísticos, el alumno aprende a desconfiar de un dato, es decir, a chequear su investigación. 

Una vez por cuatrimestre, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos aporta la oportunidad periodística para sobrevolar el tema desempleo, fantasma que algunos sufren en carne propia, que otros avizoran en su círculo familiar o de amistades. La discusión que se genera dentro del taller, de manera involuntaria, revitaliza la cultura del trabajo, tan en boga en estos días, pero además tiene su corolario profesional: el alumno comprende la fuerza del dato de primera fuente. Y, ante tan complejo problema nacional, entiende que sólo una voz autorizada puede aportar claridad en este asunto. La lección es cuádruple: el alumno aprende, primero, a producir una entrevista; segundo, a apreciar el tiempo que un profesional destacado le otorga sin ningún tipo de obligación; tercero, a entender el valor de una agenda de con-tactos y, cuarto, a comprender que la opinión, como género periodístico, debe ser reservado los especialistas de cada materia y circunscripto únicamente a su competencia. En periodismo se trabaja de manera individual y en equipo. Así, una clase pasa de funcionar como una verdadera encuestadora de mercado que coteja en decenas de puntos de la ciudad y el Gran Buenos Aires los precios que oficialmente conforman la canasta básica alimentaria o relevan a cientos de personas para conocer el ancho de banda dentro del que pivotea la opinión pública en temas de actualidad. Así, el alumno aprende a «leer» números, a valorar la producción propia de datos rígidos, a «olfatear» noticias y, por supuesto, en lo más pragmático de estos trabajos, a dominar la famosa pirámide invertida. 

Deportes: cada tarde de domingo las emociones toman otra cadencia. El género invita a la crónica. 

Suele atribuírsele a Jorge Luis Borges aquella frase que sugiere que la calidad de un escritor no se mide por lo que escribe sino por lo que lee. También dijo en una entrevista que no hay que dejarse engañar porque un libro «es muy viejo, por ende, muy bueno». El difícil género de la crítica se aprende, entonces, con contemporáneos. 

Todo alumno tiene sus amores y sus odios. Qué mejor excusa que esta dicotomía ideológica para aprender a escribir un perfil. 

Con buen tino, la Facultad decidió concursar el trabajo final de la materia, el género periodístico por excelencia: la entrevista. En esta oportunidad, por la absoluta libertad de criterio que tiene su consigna, aparecen todos los temores, sueños, gustos y obsesiones del alumnado. Su producción conjunta y final, de compilarse y publicarse de manera masiva, sería un seguro objeto de envidia por parte de más de un medio. 

En lo referente a calificaciones, es política de esta cátedra no tomar exámenes parciales sino ahondar en el seguimiento continuo. No resulta complicado argumentar que en un taller de redacción lo importante es escribir. Y en un taller de redacción al estilo del mejor oficio del mundo es importante evaluar la capacidad del alumno de volcar al papel toda esa información que logró conseguir y chequear. 

Para evaluar, entonces, conviene seguir el «juego» periodístico. Hacerlos escribir contrarreloj al estilo agencia, como así también la elaboración de notas producidas con más tiempo y redactadas con más cuidado. 

Este enfoque, el del juego al mejor oficio del mundo, no asegura grandes escritores, eso es cierto. Es apenas un débil intento que cimienta a la curiosidad como medio productivo y que aporta herramientas –fichas, si se quiere seguir con la analogía lúdica– para momentos decisivos y siembra la semilla que todo profesional del ámbito de la comunicación debe poseer, que es estilo personal. No parece ser poco.


No es obligación de un periodista saberlo todo, sino averiguar todo lo que no sabe y escribir sólo lo que pudo chequear. fue publicado de la página 178 a página179 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

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