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Una reflexión acerca de la comunicación y la sociedad a partir de “Los siete locos” de Roberto Arlt

Del Pino, Marta [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

ISSN: 1668-1673

XIV Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2006:"Experimentación, Innovación, Creación. Aportes en la enseñanza del Diseño y la Comunicación"

Año VII, Vol. 7, Febrero 2006, Buenos Aires, Argentina | 272 páginas

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Hundirse en Los Siete Locos y tratar de nadar entre (y con) ellos y sus múltiples significaciones es una tarea inagotable e inabarcable: desde ese lugar, la novela es en sí misma un mundo de remisiones infinito que recuerda a Barthes cuando dice que “el número de significados excede siempre al número de significantes” (El grano de la voz 2005); un alfabeto inquieto e independiente; un gran holograma que encierra a otros más pequeños; unas eternas conversaciones y narraciones que entraman con puntadas críticas al presente y al futuro (el pasado mítico, en Arlt, no se nombra, es decir, no existe), hasta deconstruirlos y convertirlos en dos caras de una misma moneda. 

De hecho, Arlt mismo trasciende las mutantes etiquetas y la sistematicidad: autodidacta, anárquicamente creativo, en su trato lúdico e irreverente con el español académico gotea su propio mundo de la vida, según el concepto de Habermas. También los dogmas pseudo-intelectuales lo erizan, cuestionándolos de manera polémica: “Lo que hacen los libros es desgraciarlo al hombre, créalo. No conozco un sólo hombre feliz que lea” (La inutilidad de los libros, citado en Revista ARLT, Universidad de Filosofía y Letras, UBA). 

La novela es ella misma un dédalo y un aleph, una constelación que es en realidad el eco de otras, una cartografía anárquica de ciudades inhumanas, equívocas y paradojales, una “sociedadencrucijada” según el término de Juan Martín Barbero (1987), lo que la impregna de una gran actualidad. A través de estas turbias aguas se vive un clima agobiante de encierro, de dicción y contradicción, de laberinto, de aporía: la novela se erige como la “zona de la angustia”, esa nube gigante generada por ácidos desazones humanos que flota por encima de las ciudades como una contundente metáfora de la herida al mundo de la vida de la sociedad entera. 

Al seguir la línea de Habermas, no pensaremos a la novela desde la conciencia individual de Erdosain sino a partir de sus interacciones simbólicamente mediadas con los distintos actores, es decir, en situaciones en relación. Sin embargo, es necesario traer algunos rasgos del mundo de la vida del protagonista, que están signados por el imaginario técnico y científico de los treinta (ese nuevo mito que vino a desplazar a otros) y que arroja incumplidas promesas de reconocimiento social, de escape de la humillación. A Erdosain sólo le interesa el dinero como medio para acceder al flamante mito, como herramienta para instalar el “laboratorio de electrotécnica”. Él mismo se ve como una máquina. Desde la perspectiva de Lakoff y Jonson (1995) por la cual la metáfora no es un recurso retórico sino que impregna la vida cotidiana desde el pensamiento, la acción y el lenguaje, Erdosain actúa, piensa y habla como una máquina en tensión, cuyos elementos sensoriales (sexualidad en prostíbulos) y emocionales (la angustia que lo arrecia y, a la vez, lo significa) son partes discordantes e imponderables (y quizás, eyectoras del cambio) de esa compleja mecanización en la que se encuentra encerrado. Erdosain se abre paso como puede en el industrialismo (“el misticismo industrial”, propondrá luego el Astrólogo, haciendo uso de la astucia y adivinando un futuro cercano) para poder convertirse en El experto, el científico, el manipulador a través de la ciencia. Es extraordinariamente premonitoria la frase de Astrólogo que dice que “los futuros dictadores serán reyes de petróleo, del acero, del trigo.” 

La desesperanza, paradójicamente, estimula y moviliza al protagonista. La esperanza de Erdosain es un oxímoron : un esperar deseperanzado, esa amarga languidez que aparece cuando su padre le avisa la noche anterior que lo va a azotar al día siguiente; o cuando sueña en vano con el regreso de Elsa. En ambos casos, en su mundo subjetivo él se descubre insignificante e impotente ante un destino inexorable, en contraposición al mundo social cristiano y humanista que predica la omnipotencia del hombre dominador sobre todos los vaivenes de la naturaleza. Lo contradictorio, tal como Morin lo indica, es fundante en su mundo de la vida, en sus interacciones, en su texto y contexto. Estamos frente a un anti-héroe moderno. La pérdida de las ilusiones es un tópico (nos remite a Balzac y a su novela Las ilusiones perdidas) que aquí se revuelve para dejar asentado el supremo desdén que caracteriza a su razonamiento: “reconocía que le era indiferente trabajar de lavaplatos en una fonda o de criado en un prostíbulo”. 

Pero hay un lábil luz: Erdosain le apuesta a la ciencia. Esta única esperanza que logre arrancarlo de su vida mediocre, se la trasmite a los venidos a menos Espila, como si les acercara un tótem. La rosa de cobre pasa entonces a ser un ícono sagrado, que, como el crucifijo, los va a rescatar de la miseria. Los Espila escuchaban los consejos científicos de Erdosain rodeándolo (como a un cura o un chamán) de un “religioso silencio”: el lugar sagrado de la ciencia, la razón instrumental que viene a inundar con su altanería (es decir, con la altanería y el atropello de los grupos hegemónicos que la imponen, y la complicidad, mansa o no, de los que la adoptan a rajatabla como única verdad) todos los demás aspectos de la vida. Esa razón instrumental que prevalece sobre las otras genera el desacople, la anomia, quizás con la complaciente ignorancia de las víctimas (personas con sentido común que aun no han llegado al buen sentido, según Gramsci: 

“- Claro, con ese sueldo es lógico 

- Qué es lógico? 

- Que no sienta su servidumbre” (Arlt, 1997: 48) 

Dentro de las fundamentaciones arbitrarias de lo científico, la sustitución por generalización, ese peligroso método que ahoga y anula las especificidades, está a la orden del día en el texto: “decíase que como ente filosófico lo único que podía interesarle era la especie y no el individuo” (Arlt, 1997: 208) dice el Astrólogo, paradigma de la astucia y de la racionalización, esto es, de englobar sus fanatismos déspotas en retórica justificativa. 

El iluminismo divide las emociones de la razón. Esa dolorosa escisión la encontramos a lo largo de toda la novela : “Vivía simultáneamente en el alejamiento y en la espantosa proximidad de su cuerpo” (Arlt, 1997: 58). El mundo de la vida del personaje, y su relación con el mundo subjetivo (la búsqueda de la pureza, leída ésta como la “no corporalidad”, el cuerpo como letrina y como impedimento, la culpa religiosa), con el mundo social (los prostíbulos como castigo al cuerpo y como cielo protector) y con el mundo objetivo (el no besar jamás a su esposa), delatan el extrañamiento de lo sensible, la sensación del sujeto como “el ‘ruido’, es decir, la perturbación, la deformación, el error que hace falta eliminar” . Queda claro en su frase “un cuerpo que pesaba setenta kilos y que sólo veía cuando lo encaminaba frente a un espejo” (Arlt, 1997: 96). Tal como Morin señala en sus posturas, naturaleza y cultura se encuentran irremediablemente divorciadas. Esta prohibición implícita del mundo sensorial será aprovechada luego por el Astrólogo para armar su discurso manipulador de masas. 

El suyo es un “cuerpo sufriente”, un cuerpo que se evade del pensamiento y que ya no encuentra su lugar en la ciudad de no ser como parte de la “zona de angustia”. 

Erdosain está ahogado por un sistema que no para de herirlo y del cual quiere escaparse, como sea, hasta asesinando. Una elocuente metáfora de ese agobiante sistema se presenta cuando dice: “Comprendí que las almas se movían en la tierra como los peces prisioneros de un acuario. Al otro lado de los verdinosos muros de vidrio estaba la hermosa vida” , para más adelante aconsejarle al narrador omnisciente “no cometa usted jamás un crimen, porque más que horrible es triste. Usted siente que se van cortando una tras otra las amarras que lo ataban a la civilización, que va a entrar en el oscuro mundo de la barbarie”. La barbarie es aquí el lugar de lo pulsional incontrolado, del anárquico instinto animal o de la locura. Sin embargo, él cree que la única forma de significar su yo, de ponerse en el centro de su propio mundo, de afirmar su existencia (desde el origen etimológico de la palabra ek-sistencia, estar fuera de sí) es asesinándolo a Barsut. Como tantos, Erdosain busca reconstituirse persiguiendo un sórdido objetivo que en realidad, le hace sacrificar una parte de sí. “Al eliminar al otro bajo todas sus formas (enfermedad, muerte, violencia, extrañeza, racismo), al eliminar todas las singularidades para hacer brillar nuestra positividad total, estamos a punto de eliminarnos a nosotros mismos” (Baudrillard, El crimen perfecto 1996). 

Por otra parte, Erdosain detesta a Barsut pero lo necesita. Pareciera que en esa oscura simbiosis se presenta la relación sujeto-objeto que describe Morin: “si bien estos términos disyuntivos/repulsivos se anulan mutuamente, son, al mismo tiempo, inseparables”. Erdosain se coloca aquí en el lugar del sujeto-espejo, sujeto-totalitario y Barsut es remitido a la condición de objeto manipulable por la ciencia. Tal como sigue Morin, “en la ciencia de Occidente, el sujeto (Erdosain) es todo-nada ; nada existe sin él, pero todo lo excluye” . 

No obstante, Erdosain puede pensarse a sí mismo, puede reflexionar, puede pensar su propio pensamiento : posee racionalidad. En cambio, el Astrólogo y Ergueta hacen constantes usos de la racionalización, es decir, de la aplicación de recursos retóricos para la justificación teórica de sus ideas. El Astrólogo posee un discurso totalitario, un delirio que toma la forma de lógico y coherente a través de la racionalización. Es realmente escalofriante la capacidad pronosticadora de Arlt cuando, en palabras del Astrólogo, define la sociedad futura como una mayoría sumida en la ignorancia y en los “mitos apócrifos” y una minoría dueña de la ciencia y del poder. También Erdosain cae, en el capítulo ‘El suicida’, en un discurso regresivo al encantamiento analfabeto, cercenador y totalitario (“hombre restituido al primitivo estado de sociedad”), con llamativos ribetes nacional-socialistas (“se dedicaría como en los tiempos de los faraones a las tareas agrícolas”), eliminando las diferencias al proponer una «unidad de creencia” y cambiando el mito de la ciencia por el mito religioso. 

Si bien la novela comienza y termina con un pacto traicionado, entre sus personajes se establecen acuerdos coyunturales. La comunicación como puesta en común se encuentra definida por el desconcierto y la desesperanza. La sintaxis de los personajes es, una vez más, paradojal: son antitéticos pero homogéneos, son variaciones de un mismo desasosiego, comparten las mismas narraciones de soledad, dolor, angustia y desconfianza. Son seres que corren desenfrenados sin dirección, buscando la certeza de un eco en tachos de basura de una ciudad “inhumana y de corazón martirizado” (Le Corbusier, discurso en La Sociedad Central de Arquitectos 1929). 

En el universo de estos alter-egos de Erdosain-Arlt, las acciones comunicacionales poseen a menudo características teleológicas. Este tópico se evidencia en las palabras del Astrólogo “para mí la única importancia que tiene el sentido de orientación de las palomas es servir como intermediarias en un chantage” (Arlt, 1997: 81)Esta frase metaforiza la comunicación definiéndola como una mera herramienta de astucia para obtener una ventaja. No obstante, estos personajes se necesitan para constituirse, tal el concepto de comunidad de Agnes Heller (“somos descubridores que no saben sino en conjunto hacia dónde van”, Arlt, 1997: 238) 

Desde la óptica de Nisbet, hay una cohesión social problematizada y un compromiso moral desde la angustia. La experiencia de esta comunicación es exclusiva y no inclusiva. ¿Cómo podríamos traducir en interacción a estos choques entre ciegos, que sólo buscan aliados para materializar sus obsesiones? ¿Cómo llegar a un entendimiento si a los actores se les ha desangrado el mundo de la vida? ¿Cómo hacen para no sentir paranoia y desconfianza de la astucia del otro? Quizás sea Bromberg, el Hombre que Vio a la Partera (elocuente apodo), el único que alberga cierto amor y aceptación de las diversidades como matriz esencial de cualquier acción comunicativa. Sin embargo, es innegable que estos actores son producidos por interacciones previas a su conocimiento, las que retroactúan sobre ellos mismos, los modifican, y éstos a las interacciones que generarán, como en el principio del remolino que cita Morin. Cada personaje tiene su causa y su efecto reunidas en sí mismo, que las emana mientras interactúa para absorber luego los efectos de esa interacción, los que, a su vez, influirán sobre sus causas, en este infinito juego de recursivas influencias, en esta oscura novela que posee el inquietante, enigmático y cargado silencio de las profundidades del mar.

Bibliografía 

Adorno, T. y Horkheimer, M. (2001). Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Ed. Trotta.Arlt, R. (1997). Los siete locos. Buenos Aires: Ed. Losada. 

Barbero, M. (1987). Crisis de lo nacional y emergencia de lo popular: la comunicación desde la cultura. 

Habermas, J. (1995). Teoría de la acción comunicativa. Buenos Aires: Ed. Taurus. 

Morin, E. (1995). Introducción al pensamiento complejo. Barcelona: Ed. Gedisa.


Una reflexión acerca de la comunicación y la sociedad a partir de “Los siete locos” de Roberto Arlt fue publicado de la página 61 a página63 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

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