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Apetito por la apatía o “disculpe profesor pero no hice el trabajo porque en Internet no encontré nada”

Panaccio, Matías [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

ISSN: 1668-1673

XIV Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2006:"Experimentación, Innovación, Creación. Aportes en la enseñanza del Diseño y la Comunicación"

Año VII, Vol. 7, Febrero 2006, Buenos Aires, Argentina | 272 páginas

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Tembloroso, casi acobardado, como si se sintiera un pasajero del Titanic o un reo que escucha su sentencia a la pena capital, un estudiante a quien confiné, con la cruel frialdad que me caracteriza, a leer “Crónica de una muerte anunciada” de una semana para la otra, esperó tímidamente que se retirara toda la clase para abordarme en el íntimo refugio del aula vacía y confesarme que él no disfruta de la lectura y que lo más probable era que hiciese el intento pero que no creía que fuera a leer el libro. Su sinceridad era admirable, casi tanto como el argumento con el que pretendió graficar su situación: “Cuando me bajo un juego de Internet –juró– leo dos o tres reglas y me aburro”. A mi estudiante lo aburren las reglas del juego y, ahora que leo esta última frase, se me ocurre que yo no podría esbozar una analogía mejor.

Como docente de un Taller de Redacción me interesa mucho saber qué leen mis estudiantes, y por “qué leen”, me refiero a que clase de líneas pasan por sus ojos todos los días. Formulada esta pregunta el primer día de cada cuatrimestre, palabras más, mentiras menos, la respuesta es siempre la misma, Internet. Correos, avisos clasificados, chat, mensajes de texto vía telefonía celular o foros de intereses diversos constituyen el material de lectura básico de nuestros estudiantes. No otro. No novelas, no cuentos, no bibliografías obligatorias, no ensayos, no diarios, no revistas, no reportajes a referentes de su futura profesión. A su vez, Internet es donde ellos más escriben. El enfoque del problema que nos ocupa, entonces, se diversifica en progresión geométrica. Por enumerar de alguna manera:

Googleo, luego existo

El archifamoso “No sé lo que quiero pero lo quiero ya” de Luca Prodan editorializó el pragmatismo que se respiraba en los ’80 y anunció el vendaval de ansiedad ciclotímica que nuestros estudiantes aparentarían sufrir dos décadas después. Pareciera que toda la capacidad de sorpresa que debería caracterizar a la juventud hubiese sido desplazada por una tendencia a la frustración ante el objetivo no instantáneo. Así muchos estudiantes, sobre todo los recién salidos del secundario, se asfixian si Internet no les acerca cuanto menos un sendero de investigación. Si no está en Internet, ¿dónde?

¡Así estaba en Internet!

Aquel viejo concepto de las noticias como construcción de la realidad ha pasado, con la naturalidad que era de esperar, a los ciberartículos. Por ende, aquella ingenuidad de “lo vi en la tele” pasó a ser “lo saqué de Internet”. Dicho de otra manera, nuestros estudiantes entran a la Universidad con el espíritu crítico en coma tres con pronóstico reservado.

El caso Monografías.com

De lectura obligatoria para nosotros, los docentes, el sitio es el salvoconducto express del estudiante en problemas de tiempo o de voluntad o de las dos cosas. La problemática del plagio en la educación superior, sin embargo, no es más que un engranaje de la lógica generacional de lo que, en última instancia, parece significar “conocimiento”. “Saber” tiene que “valer no por si mismo sino por un eventual fin” y si, entonces, “sirve para algo”, “alguien ya lo debe haber escrito al respecto” porque “ya está todo inventado”. Esta línea de pensamiento letal para cualquier estudiante se propaga con vertiginosa rapidez, con insuficientes cuestionamientos morales, por lo que cabe preguntarse si será una conducta que se corrija en la edad adulta. No obstante, aquel circulo vicioso del conocimiento pragmático se torna más peligroso cuando se copian datos erróneos porque ¡así estaba en Internet! Dicho de otra manera, se plagia y, para peor de males, sin espíritu crítico.

“La pérdida de mi mujer” o “la perdida de mi mujer”

El último síntoma a lidiar desde un Taller de Redacción en los tiempos de la banda ancha es la ortografía. Tildes que faltan, haches que no existen, “q” por “que”, “xq” en lugar de “porque” o “por qué”, “tb” indistintamente por “todo bien” o “también” sin regla fija porque su sentido varía de redactor en redactor, preguntas que se cierran con signos de interrogación pero que no se abren (maldito castellano), abreviaturas que no corresponden, siglas no explicadas y los más preocupantes errores de ortografía. Así se escribe en y para Internet. Por carácter transitivo, así se lee por Internet que, recordemos, es el material básico de lectura cotidiana de nuestros estudiantes. Y sí, así escriben. Y sí, son universitarios. Y no, no podemos desligarnos del tema ni echarle la culpa a la formación secundaria. Hagámonos cargo de este problema con la conciencia tranquila ya que no se circunscribe a la Facultad y mucho menos a la Universidad y propongámonos hacer de la correcta escritura un atributo de nuestros egresados. Pensemos que, en un futuro para nada lejano, nuestros estudiantes eventualmente van a escribirle a un posible empleador por un puesto de trabajo y los últimos docentes que van a haber podido aconsejarlo al respecto vamos a haber sido nosotros mismos, no un docente secundario que estereotipamos en nuestra mente para culparlo de todos los males que les legaron a sus (nuestros) estudiantes.

Aportes del aula taller

Una solución que me ha funcionado es proponer un manual de estilo de la cátedra basado en tres tipos de normas. El primero exige un nivel de redacción acorde a la formación intelectual y cultural que se le exige en el mercado laboral a una persona que decidió cursar y finalizar sus estudios universitarios. En un segundo nivel se fija un conjunto de reglas que apunta a la creatividad de expresión y promueve la búsqueda del estilo personal al otorgarle estatus de futuro sello de diferenciación profesional. El tercero fija las pautas de investigación y apunta a explorar profundo en un radio acotado. Un militante de lo inédito como lo fue Augusto Monterroso aconsejaba a sus colegas escritores no olvidar que, por más original que fuera, un recurso por sí mismo jamás superaría a la profundidad de una historia o a la complejidad de sus protagonistas.

Expresado de manera más taxativa, el manual de estilo de la cátedra procura que los estudiantes utilicen una sintaxis poderosa y creativa y una gramática inapelable para expresar contenidos sólidos e interesantes.

Subyace entonces una cuarta norma tácita: La lectura como condición previa y necesaria para una correcta redacción. Debemos nosotros seguir diferentes opciones didácticas entre los extremos de, por un lado, manejar al dedillo los códigos de nuestros estudiantes y hacerles leer sólo el material que sabemos que los atrapará y, por el otro, decirles: “¡Es la bibliografía, estúpido!”

Un gran desafío tenemos. Debemos lograr que nuestros estudiantes lean haciéndoles comprender que todos los atajos no son siempre recomendables y que la intelectualidad siempre queda más adelante.


Apetito por la apatía o “disculpe profesor pero no hice el trabajo porque en Internet no encontré nada” fue publicado de la página 179 a página180 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

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