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El divino oficio de crear flores

Los Santos, Gabriel Claudio [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VIII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VIII

ISSN: 1668-1673

XV Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2007: "Experiencias y Propuestas en la Construcción del Estilo Pedagógico en Diseño y Comunicación"

Año VIII, Vol. 8, Febrero 2007, Buenos Aires, Argentina. | 353 páginas

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Cierta vez leí: “...Una tarde, vi una flor. Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, [...] eso que llaman la belleza...” y esa belleza me cautivó. Julio Cortazar, uno de los creadores literarios más importante del siglo XX en las letras argentinas, no inventa la belleza, el encanto, la fascinación, sino que la descubre. Descubrimiento como sinónimo de Creación. Hay un descubrimiento primario, el del mundo exterior que se aprende y aprehende viviendo; hay un descubrimiento integrador, el que nos imbrica con el universo y nos da conciencia de ser y de estar, pero hay otro descubrimiento visceral y solitario que es, el de lo divino, el de la belleza que anida en nosotros mismos. Darnos cuenta de que somos capaces de crear es el primer hallazgo. Todos somos artistas en potencia, así como la semilla es árbol en potencia. 

En esta etapa formativa es en la que se moldean los hacedores de flores, artesanos que han emprendido el sinuoso camino del autoconocimiento y la toma de decisiones. Este andar los hará únicos e irrepetibles. Que se instruyan y sean fieles a su esencia es el compromiso de sus maestros. 

Un maestro enseña a sus discípulos los secretos de la técnica, el rigor insoslayable de la teoría y hasta el mágico mecanismo de la creación, pero no puede explicarle la creación, así como se comprende el ciclo de la vida y no la vida. 

Un buen maestro le dirá a su estudiante que el proceso creativo se divide en etapas: la incubación, la iluminación y la concreción. Le dirá también que el pasaje de la fase de incubación a la fase de la iluminación es el tránsito del Khaos al Kosmos, es el ordenamiento conciente de todos los recursos expresivos inconscientes. Es también un devenir y una paradoja. En el corazón del Khaos subyace la necesidad del orden y en el interior del Kosmos se guarda el germen de la destrucción. Evolución y ciclo. 

Un gran maestro será un hombre justo, al decir de Aristóteles, acompañará a su discípulo, lo pondrá a prueba, le exigirá, lo escuchará y al cabo de un tiempo lo despedirá. 

Un maestro es también una institución y esta crece y se fortalece en la cotidiana dialéctica de la enseñanzaaprendizaje, conviven en nosotros la eterna dualidad de profesor-estudiante y estudiante-profesor. 

Maestro y discípulo espejos de cristal liquido en el que nos miramos día a día. Me observo y soy observado. Soy, a un tiempo, el ojo y su revés. 

... Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros [...] 

Ejerciendo su nuevo oficio, el discípulo-maestro atará cabos, sentirá que inexplicablemente los marcos teóricos se corporizan, que las técnicas son mucho más flexibles de lo que parecen y que los análisis sangran cuando un creador se hace cargo de su divina responsabilidad. La obra lo trasciende, aunque ella sólo dure un instante, porque perdurará en la conciencia de los que la percibieron. El producto logrado será invariablemente material y aunque este sea realizado por encargo, pautado y sujeto a exigencias, siempre hablará de quién lo forjó. Habrá derrotas y victorias, certezas y dudas, decepciones y alegría, habrá crecimiento. 

El joven maestro es la nueva flor amarilla que el viejo maestro vio a la vera del sendero,... fue un poco como si la flor también [lo] mirara... En la conciencia creativa del viejo respira el fuego vigoroso del joven, la certeza de no anquilosarse en la inmovilidad. 

Perfume. 

La flor pulsa, fluye, es pliegue y repliegue. Devenir. Cuando pienso en la formación de un nuevo profesional creativo, proyecto estas características en él. Un individuo en constante movimiento, siempre transcurriendo, nunca igual a sí mismo y siempre él mismo. Un autor vivo, fluctuante. No quiero pensar en la ecuación ideal artista P% obra, tal concepción se transforma en un valor estático, negativo. 

Creo, que lo ideal es sólo lo posible y lo posible es la vida. Sé que el arte no es la vida, pero se le parece.


El divino oficio de crear flores fue publicado de la página 205 a página205 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VIII

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