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Capital intelectual y mercado de trabajo

Bettendorff, María Elsa ; Oberti, Liliana [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº III

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº III

X Jornadas de Reflexión Académica Febrero 2002: "Estudiar, Crear y Trabajar en Diseño y Comunicación"

Año III, Vol. 3, Febrero 2002, Buenos Aires, Argentina | 118 páginas

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El concepto de «capital intelectual», en un principio acotado a la crítica sociológica, ha cobrado en los últimos años una gran relevancia en el terreno de la gestión organizacional, saliendo de su hábitat «natural», el espacio cultural en sentido estricto, para pasar a la esfera de la actividad empresarial. Este desplazamiento, que no deja de resultar sospechoso para muchos trabajadores de la cultura y la educación, obedece sin dudas a una nueva visión de las demandas del mercado de trabajo, aparentemente ávido de un tipo de «bien» que escapa a las ponderaciones tradicionales pero, por intercesión de las neociencias administrativas, se vuelve susceptible de medición.

A partir de esta noción, y recuperando su acepción originaria, nos proponemos avanzar en la reflexión sobre el ámbito académico y su relación con otros espacios de inserción social, desde el familiar hasta el laboral.

Para empezar, debemos recordar que el concepto de «capital intelectual» se desprende de otro más extenso, el de «capital simbólico», que comprende un amplio repertorio de bienes individuales y grupales no tangibles. Pierre Bourdieu describe a este último como «una propiedad cualquiera (...) percibida por unos agentes sociales dotados de las categorías de percepción y de valoración que permiten percibirla, conocerla y reconocerla» y que «se vuelve simbólicamente eficiente, como una verdadera fuerza mágica: una propiedad que, porque responde a unas ‘expectativas colectivas’ socialmente constituidas, a unas creencias, ejerce una especie de acción a distancia, sin contacto físico» (Bourdieu, 1997). Es decir que el capital simbólico sólo existe en la medida en que es reconocido por los otros: no tiene una existencia real ni un alcance universal, sino un valor efectivo que se basa en la aceptación del poder de ese valor por parte de los integrantes de un determinado campo: el intelectual, el académico, el artístico, el económico, etc.

A la luz de la disolución de las fronteras entre bienes culturales y económicos desde la conformación misma de las sociedades de masas, parece claro que la apropiación del concepto de «capital simbólico intelectual» por parte del discurso administrativo y empresarial está fuertemente autorizada. La reciente literatura del área ofrece la siguiente caracterización: «el capital intelectual surge en un proceso de creación de valor fundamentado en la interacción del capital humano y estructural, donde la renovación continua - innovaciones- transforma y refina el conocimiento individual en valor duradero para la organización. Es importante que el capital humano sea convertido en capital intelectual. Por tanto, es importante que los líderes de la organización proporcionen métodos de trabajo para facilitar la conversión de las competencias individuales en capital organizativo, y por tanto, desarrollar los efectos multiplicadores dentro de la empresa (informe de Capital Intelectual de Skandia, 1998). 

El efecto de esta apropiación se hace sentir especialmente en las instituciones de formación superior: los saberes válidos y «enseñables» son los que pueden ser medidos en términos de utilidades. De esta manera, el «saber cómo» reorienta las finalidades de todo «saber qué», cuando no lo sustituye por completo. Las objeciones que este ideologema despierta en algunos sectores de la comunidad académica son a menudo interpretadas, por el resto de esa misma comunidad, como un indicio de nostálgico anacronismo.

Pero lo que nos interesa aquí no apunta a rescatar las formaciones ideológicas y discursivas confrontadas dentro del aparato educativo; lo que importa es intentar redefinir las condiciones de producción y circulación del conocimiento en función de las necesidades que el actor principal del escenario universitario, el estudiante, manifiesta, sugiere o intuye respecto de su futuro como profesional. Desde ese ángulo, y volviendo a las actuales demandas del mercado de trabajo, la noción de «capital intelectual» se impone con un peso decisivo.

La pregunta clave es cómo se constituye realmente ese «capital humano» tan subrayado actualmente por las empresas. La respuesta, al menos parcial, a ese interrogante puede buscarse nuevamente en Bourdieu. Según este autor, el capital intelectual individual no es un producto derivado directamente de la educación formal. Como todos sabemos, los estudiantes ingresan al sistema provistos de saberes y aptitudes desiguales, que han obtenido en gran medida en su medio familiar y social. Los más favorecidos aportan hábitos, modos de comportamiento y actitudes de su ambiente de origen que les son enormemente útiles en sus tareas estudiantiles. Heredan conocimientos, inclinaciones culturales y, en términos del propio Bourdieu, sobre todo un «savoir faire», un sentido de la distinción cuya rentabilidad académica es sumamente eficaz. El privilegio cultural se hace evidente cuando tratamos de averiguar su grado de familiaridad con obras artísticas o literarias, que sólo puede adquirirse en un contacto directo con las expresiones de la «alta cultura».