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El alumno editado

Firszt, Alejandro [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº V

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº V

ISSN: 1668-1673

XII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Febrero 2004: "Procesos y Productos. Experiencias Pedagógicas en Diseño y Comunicación"

Año V, Vol. 5, Febrero 2004, Buenos Aires, Argentina | 214 páginas

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Pidiendo permiso y disculpas a los colegas del área audiovisual, uno podría definir a la vida del ser humano como una extensa secuencia de cuadros, en donde la etapa educativa es apenas una parte de la totalidad de la película.

Se la puede juzgar por la trama argumental, por la edición, por la fotografía, por la música. Se la puede modificar en función de tomas específicas que no cubren las expectativas del director. Se la puede mejorar.

Si hacemos un paralelismo sobre las «escenas» educativas es curioso notar que siempre las fallas eventuales de algunas secuencias de ésta película, son en general atribuidas a los resultados de las anteriores, el alumno viene con falencias del secundario, por eso es deficiente en la etapa universitaria. Pero a su vez los responsables del secundario (hoy denominado en forma vanguardista Polimodal) endosan las responsabilidades al período primario (también llamado EGB), si seguimos profundizando en las responsabilidades, es obvio que la etapa del jardín de infantes tiene enorme responsabilidad en la falta de pasión por la lectura, el compromiso por el futuro profesional, la desidia respecto de asumir un rol activo en el propio proceso de enseñanza. Atreviéndome a ir más allá, uno se empieza a dar cuenta que el problema mayor tal vez está en la primera infancia, para llegar a la dramática conclusión que en verdad la culpa de todo la tienen los padres, al punto tal que si agudizamos el ojo crítico deberíamos poner un prudente manto de silencio para no herir susceptibilidades.

Es decir, si hay malos alumnos universitarios ergo, la culpa es de los padres, o tal vez de los mismísimos abuelos. Cómoda posición para seguir editando un film que se asegura un fracaso rotundo de taquilla.

La instancia universitaria recibe a un grupo de seres humanos que en alguna medida tienen ciertas expectativas de lograr un futuro profesional acorde a sus aptitudes. Nosotros como docentes universitarios somos la última o casi última etapa de un proceso que oscila entre 16 a 20 años de aprendizaje con aristas de diverso orden académico. Somos las ramas más delgadas de la copa de un árbol que determinan en algún sentido hasta dónde crecerá. Esta perspectiva pone de manifiesto dos actitudes posibles a tener en cuenta a la hora de formar «profesionales».

Somos funcionales al resto de la secuencia, es decir tomamos una actitud pasiva respecto la «pesada herencia». Sentándonos a lamentar lo que no supimos conseguir ni hacer. Este tipo de actitud conlleva en sí misma graves consecuencias, en primer lugar la pérdida de la calidad académica que se traduce en la inoperancia pedagógica que nos instala en las puertas de una hipoteca a futuro como sociedad.

Siendo optimista esa deuda ya existe, es decir la culpa es de los que nos precedieron, ¿nuestra culpa? No, de ninguna manera.

Desde hace por lo menos dos décadas, las luminarias universitarias con títulos en economía nos sumergieron en la fantasía de los números de la cual aún hoy al día de la fecha no hemos podido salir. Todos son porcentajes, estadísticas, frías cifras que parecieran transformar la realidad en menos dolorosa. Asimismo las políticas educativas se han cambiado de ropa tantas veces que ya nadie sabe que lleva puesto. Es importante destacar que para verificar la eficacia o no de un proceso educativo a nivel nacional, deben pasar por lo menos 12 años como mínimo y a partir de ahí establecer redireccionamientos, cambios sustanciales, o posibles continuidades.

El docente es protagonista directo de los procesos mencionados, y como tal debe asumir la responsabilidad que tiene a su cargo, en muchos casos esto no se verifica, por que a voces de algunos «es poco lo que se puede hacer». En este país semi-fantástico se vivieron cambios en la política educacional casi tantas veces como presidentes hubo en lo que va del ’83 a la fecha. ¿quién se quedó con mi camisa?!!!

Sin embargo debemos estar orgullosos de algo, la última reforma educativa efectuada durante le nefasta década de los noventa es la que aún está vigente. Ya van casi 10 años en el accionar de un proceso educativo que tiene una sola confirmación, fracasó en su lugar de origen, España.

Esto me lleva a una primera conclusión, o somos un país que no lee la letra chica o efectivamente tenemos vocación suicida en el afán de (de) construir una sociedad que pueda estar a la altura de los tiempos que corren.

Los alumnos a los que formamos son hijos de década globalizada, no les interesa el progreso si eso implica leer más de dos páginas mal fotocopiadas, en dónde la exigencia del cumplimiento más elemental de una responsabilidad, se toma como un insulto personal. Está mal generalizar es cierto, siempre hay excepciones, pero haciendo honor a la verdad esta idea del «llame ya» para obtener cualquier tipo de resultado sin pagar un solo costo está férreamente instalada. Nadie les explicó que la Argentina de la calle es otra cosa, que está más cerca de una picadora de carne que de una cena romántica en Puerto Madero. Se tiene la sensación de que los talleres por momentos son una mesa de debate de las actividades del fin de semana. Así las cosas.

Por otro lado la actividad educativa a la que por cierto llevo instalada vocacionalmente, nos debería permitir reflexionar (y hacer!!!) sobre la diversidad a la que somos sometidos a medida que pasa el tiempo. ¿Qué respuestas debemos ensayar para revertir este espejo social en el que se ven reflejados los alumnos universitarios?

Conversando con colegas hay consenso absoluto en que si no se quitan desde la universidad muchos de los lastres negativos que los alumnos traen, el camino que sigue es muy poco prometedor. La preparación para la vida adulta empieza en gran parte en la adolescencia, y es cierto que hay enormes fallas en esa etapa que los dejan mal posicionados para el futuro , pero no podemos quedarnos de expectantes mientras cada alumno que pasa por las aulas ni siquiera se da cuenta la enorme importancia que tiene la elección, el compromiso, su motivación y la pasión por la carrera que ha elegido.

No se viene sólo por un título a la universidad, aunque muchos lo entiendan así. Se viene para experimentar el placer de «poder» entiéndase no en el sentido de dominación, sino en la idea de obtener herramientas para logros, estimulación para el descubrimiento del propio potencial creativo, construcción de una personalidad profesional única y por sobre todas las cosas, la sencilla pero a su vez complejísima idea de ser… mejores personas.

Si las Instituciones universitarias, sus autoridades, sus cuerpos docentes, no somos capaces de entender la trascendente importancia de ésta escena, de que nuestra labor no es tan sólo transmitir conocimientos y que tampoco es hacer 50 cursos de capacitación para lucir títulos en nuestras paredes, no esperemos que la película tenga final feliz.

Esto no es Hollywood, gracias a Dios, esto es la Argentina por desgracia, y si mal no recuerdo he visto pocas películas argentinas que terminen bien. Al menos por una vez cambiemos el guión.


El alumno editado fue publicado de la página 86 a página87 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº V

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