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La clase, una puesta en escena en tres actos.

Keselman, Luciano [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº V

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº V

ISSN: 1668-1673

XII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Febrero 2004: "Procesos y Productos. Experiencias Pedagógicas en Diseño y Comunicación"

Año V, Vol. 5, Febrero 2004, Buenos Aires, Argentina | 214 páginas

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“Di tu parlamento, por favor, como te lo he recitado, como brincando en la lengua: pues si lo voceas, como hacen muchos actores, me daría igual que el pregonero dijera mis versos”.

Hamlet. Acto tercero, escena dos. W. Shakespeare.

Primer acto

Según el Diccionario de la Real Academia Española, vigésima primera edición, una de las múltiples acepciones de cátedra es: asiento elevado, desde donde el maestro da lección a los discípulos.

Aquí comienzan las similitudes y analogías entre la clase y la puesta en escena de un espectáculo.

El escenario (tradicional y a la italiana) es una parte del teatro construida y dispuesta convenientemente para que en ella se puedan colocar las decoraciones y representar las obras dramáticas o cualquier otro espectáculo teatral. Un espacio definido, con cierta elevación, en el cual se desarrolla la acción escénica.

El actor como el docente se enfrenta a un público determinado munido de un guión, un plan, el cual desarrollará de acuerdo a determinadas pautas preestablecidas con un objetivo específico, previamente acordado.

Actuar es poner en acción y el docente sabe que debe hacerlo ni bien se asoma al escenario-aula. El actor-docente se sumerge en la piel de su personaje para transitar las situaciones, los conflictos, las circunstancias dadas, que conforman las escenas de una obra llamada la clase”.

Activar los engranajes de ésta compleja maquinaria lo antes posible, con ritmo preciso, sostenido y constante no es tarea sencilla. Sobre todo cuando se enfrenta una audiencia de una veintena de estudiantes a primeras horas de una desangelada mañana de invierno en la que las lagañas matinales bien pueden confundirse con apuntes borrosos producto de una mala impresión.

El docente-actor realiza así su pre-escénico que consiste en elevar su estado psicofísico, sumando a éste un precalentamiento de las cuerdas vocales para poder utilizar a fondo las técnicas de proyección, dicción, fonación y pronunciación. A un lado debe dejar sus problemas domésticos y cotidianos. La somnolencia el cansancio, el adormecimiento, el sopor y también el agotamiento para poder interpretar de manera precisa y definida su rol; el papel que le ha sido asignado. El éxito o el fracaso de la representación están marcados por el primer paso.

El docente, como el actor, vuelve a repetir la lección (tantas veces expuesta) con la misma frescura, intención y convicción que la primera vez. El primer golpe debe ser certero. Generar un centro de atención, un suspense. Producir una necesidad adrenalínica de conocimientos por parte del alumno. Situar al espectador en el centro de una intriga que se resolverá dentro de tres horas con un pequeño intervalo en el hall del teatro.

Es entonces cuando el actor-docente comienza a utilizar todas las técnicas aprendidas. Desde la memoria emotiva al método de las acciones físicas. El ritmo, la gesticulación, los tonos, las imágenes cargadas de sensaciones, las emociones ... y los silencios. Queda establecido el código emisor- receptor, un código que no se puede quebrar, pero sí matizar, modular, afinar y armonizar. El escenario-aula-ring ha levantado su telón y ya no hay vuelta atrás.

Corifeo:

Actor se lanza sin red

sobre una jauría

de alumnos

sedientos

de conocimientos.

Coreutas:

....

o no

Segundo acto

Tampoco seas demasiado manso, sino que tu propia discreción sea tu guía. Acomoda la acción a la palabra, la palabra a la acción, con este cuidado especial; que no rebases la moderación de la naturaleza, pues cualquier cosa que así se exagere, se aparta del propósito del teatro, cuyo fin, al principio y ahora, era y es, por decirlo así, sostener el espejo a la Naturaleza, mostrando a la Virtud su propia figura, al Vicio su propia imagen, y a la época y conjunto del templo, su forma y huella.

En un momento determinado el actor rompe la cuarta pared, lo que en teatro se denomina “un aparte”, algo así como quebrar la ilusión y relacionarse directamente con el público. El equivalente para el docente sería el instante en que corta abruptamente su exposición -o monólogo- y lanza preguntas a quemarropa a su auditorio.

Pausa.

Silencio...

Nadie responde.

El actor fija la vista en algún indeciso.

El perplejo espectador finalmente contesta.

¡¡¡Bingo!!!.

Están atentos. Responden. Piensan. Se interesan.

Las respuestas se superponen, El Docente estimula y ordena a la vez.

Todos quieren alzar su voz, la clase ha entrado en un caos de expresiones y pensamientos. El director de orquesta ordena las intervenciones, afirmando, completando o corrigiendo conceptos vírgenes en estado de pura creatividad.

El ritmo se vuelve vertiginoso, las sillas se mueven, los cuerpos se modifican, la polifonía vocal llega al climax y luego... la caída, la relajación y nuevamente el silencio.

Es el momento del recreo, pero... como todo buen capítulo que “continuará” hábilmente se introduce un “gancho”, una pregunta, una definición, un acertijo que se develará en veinte minutos.

Marcación escénica:

El actor-docente cierra su carpeta y con esta acción da por finalizada la primera parte de la clase.

Los espectadores-alumnos se retiran a toda velocidad pensando en el café, los cigarrillos, etc.

El docente-actor descansa y se prepara para el acto final.

Tercer acto

Ah, hay actores que he visto, y que he oído alabar a otros, y altamente (para no decirlo de modo profano), los cuales, no teniendo acento de cristianos ni andares de cristianos, ni de paganos, ni de hombres, se pavoneaban y mugían de tal modo que pensé que algunos jornaleros de la Naturaleza hubieran hecho hombres sin hacerles bien: tan inhumanamente imitaban a la humanidad.

El actor-docente está nuevamente en escena pero los alumnos- espectadores... no.

Llegan de a poco, animados, dispersos, charlan, comentan, sonríen.

El docente-actor sólo percibe fragmentos de un descanso.

Y nuevamente al ruedo. Los esfuerzos por volver a generar el centro de atención se redoblan, se multiplican.

¡Atención!, se escucha decir con solidez y firmeza. Las luces de la sala bajan, las últimas toses se pierden, el acertijo comienza a develarse.

La cadencia se acelera, la dialéctica actor-auditorio marca un crescendo épico. El docente abandona definitivamente su marcación escénica (detrás del escritorio-escenario) y se mezcla con la platea. El personaje se transforma, se convierte en un igual, un par, buscando la complicidad, la respuesta y la conclusión grupal.

La obra ha terminado.

Docente y alumnos, actor y espectadores, se marchan.

Una sola pregunta que quede en la mente de alguno de esos chicos, girando y girando por un par de horas justificará el trabajo realizado.

Las buenas obras de teatro las completa el espectador muchas horas después de haber asistido a la representación.

¿Ha quedado una enseñanza?... tal vez.

¿La obra los ha movilizado?... ojalá.

¿Quién modificó a quién?... afortunadamente todos, en mayor o en menor grado nos hemos modificado.

Coda

Pausa prolongada.

Mientras las luces bajan hasta llegar al oscuro El Docente

hace mutis por el foro.

¿Y los aplausos?...

“... el resto es silencio”.

Telón.


La clase, una puesta en escena en tres actos. fue publicado de la página 104 a página105 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº V

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