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Reflexiones acerca de un artículo escrito por Jorge Bosch.

Sensini, Antonio N. [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº V

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº V

ISSN: 1668-1673

XII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Febrero 2004: "Procesos y Productos. Experiencias Pedagógicas en Diseño y Comunicación"

Año V, Vol. 5, Febrero 2004, Buenos Aires, Argentina | 214 páginas

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Con cuanta liviandad se usa la palabra investigación en las Universidades actuales, el simple hecho de buscar una palabra en un diccionario, por Internet o por el diccionario parlante se le dice investigar, es “buscar”, investigar tiene connotaciones más serias y no todos los alumnos y profesores tienen condiciones de investigadores, a veces se somete a buenos profesores que se desempeñan magníficamente en el aula, a investigar temas que en realidad no les interesa, lo mismo sucede con alumnos que aún no están preparados para investigar y lo único que logramos es ahuyentarlos del aula y abandonar una carrera para lo que estaban dotados. Mi impresión es que al alumnado en el primer año no deberíamos someterlos a investigar sin antes darles las bases como para poder hacerlo, sin frustrarse en el intento. 

En la reciente reunión de rectores de universidades privadas realizada en Mendoza, quedó evidenciada la falta de presupuesto que asignan las mismas a este tema. 

La peregrina idea de que la misión fundamental de la universidad es la investigación, sostenida por muchas personas que nunca realizaron investigación alguna, ha causado estragos en los países desarrollados pero no ha hecho demasiada mella en los subdesarrollados, como el nuestro se la proclama en ellos solamente, gracias a que el sistema inmunológico de estos países reacciona ante cuerpos extra- ños simplemente ignorándolos. Sí, todos aceptamos el dogma de la investigación, pero todos aceptamos alegremente que no se cumpla. 

Esta hipocresía salva a la universidad, y sobre todo a los estudiantes, porque si reclutáramos solamente investigadores serios para enseñar todas las materias de todas las universidades argentinas, resultaría que el ochenta por ciento de los estudiantes deberían abandonar las aulas universitarias por falta de profesor. Pero esta insuficiencia numérica es el mal menor: mucho peor sería que realmente consiguié- ramos investigadores suficientes para cubrir todas las cátedras, porque en tal caso el noventa por ciento de los estudiantes se vería compelido a huir desesperadamente. 

Alguien podría inferir que siento aversión por los investigadores. Todo lo contrario: he dedicado con la mayor parte de mi vida a la investigación, y aunque en general este amor; como decía Paul Valéry, haya sido no correspondido, he aprendido a admirar a quienes aman la ciencia y son amados por ella. Pero he aprendido también que estos afortunados seres son pocos y que entre ellos, muy pocos poseen la vocación pedagógica, y además, entre estos últimos, son poquísimos los que pueden instrumentar esta vocación con las herramientas adecuadas. 

Sobre este tema recomiendo, sobre todo a quienes tienen asignada la tarea de juzgar a las universidades y a los universitarios, la lectura del libro La cara oculta de la universidad, del destacado astrofísico Vladimir Kourganoff, que presenta abundante material acerca del error que se comete al exigir a los buenos profesores que se conviertan en investigadores y a los buenos investigadores que se conviertan en profesores, sin dejar de reconocer que en algunos afortunados casos ambas excelencias se entrelazan y se complementan en una misma persona. Se hallarán también en ese libro numerosas citas del genial matemático Alexandre Grothendieck, uno de los más grandes de la segunda mitad del siglo XX, de los cuales doy dos ejemplos: “En el sistema actual ¿hay una prevención injustificada e injusta contra el docente universitario?, que no es más que? docente”; “los estudiantes han sido, evidentemente, las principales víctimas de la supervivencia de un sistema de formación y de reclutamiento de los profesores basado casi exclusivamente en el criterio de la aptitud para la investigación”. 

El abuso de la palabra “investigación”, emanado de las altas cumbres universitarias (o, mejor, parauniversitarias) ha derramado su aluvión sobre los rústicos valles donde pululan los humildes, hasta llegar a extremos desopilantes: los niños de la escuela primaria ya no hacen sumas y restas sino que “investigan” esas operaciones: los estudiantes de cualquier nivel ya no recopilan datos sino que “investigan” la bibliografía; ya nadie busca nada porque todo el que busca “investiga” y –añadiría Discépolo– “el que no investiga es un gil”. 

Un destacado profesor de física, que no era considerado “investigador” por sus colegas ni por él mismo, me decía humildemente, casi a modo de disculpa: “Yo sólo deseo entender el universo”. Nada más que eso: entender el universo. En la actualidad se le negaría acceso a la cátedra universitaria que en aquella época él desempeñaba brillantemente. 

Este es, sin duda, el resultado del progreso. Desde la miseria de nuestra decadencia social, política, económica y cultural, estamos logrando aterrorizar a nuestros docentes con el fantasma de la investigación, importando a mansalva las más implacables y envejecidas recetas del Primer Mundo. En un país subdesarrollado, no hay estrategia mejor que esta para arruinar a la vez la enseñanza y la investigación. 

El mito de la investigación se expande con la fuerza irracional de todos los mitos. En vez de privilegiar la cultura, el conocimiento, la capacidad para establecer relaciones entre diversos aspectos de la realidad, se privilegia el empecinamiento en desmenuzar cualquier fruslería con tal de que se la pueda adornar con las borlitas de colores de la investigación. El mito de la investigación arrasa todas las fronteras: se habla de investigación en hotelería, en relacione públicas, en marketing, como si se tratara de mecánica cuántica o de topología algebraica. 

Los que tenemos la responsabilidad directa de los jóvenes sabemos muy bien que lo más beneficioso para ellos es tener profesores cultos, que conozcan a fondo su materia, que sean capaces de renovar y mejorar sus conocimientos, que estén en condiciones de examinar críticamente diversos enfoques y que puedan establecer con sus alumnos una comunicación fluida, inteligente, clara, comprensiva. Si además hacen investigación, mejor; pero este no es un requisito indispensable y, sobre todo, carece de valor educativo –e incluso es contraproducente– si faltan aquellas condiciones esencialmente pedagógicas y culturales. 

Prescindir de las supuestas y forzadas investigaciones de personas que en realidad están bien dotadas para otras actividades significaría una ventajosa reasignación de recursos humanos y un considerable ahorro de papel, tinta, esfuerzo editorial y, en suma, de ese material impreso o electrónico que atiborra el hipertrófico bazar de lo que a nadie le importa. La alharaca de la investigación fingida contrasta con el frío desinterés que en los hechos se demuestran por la investigación seria. En un país cuyo Estado destina a este rubro un ínfimo porcentaje del producto bruto interno y cuyas empresas privadas carecen de incentivos y de vocación para contribuir a esa actividad, la alharaca de la investigación se parece más una farsa mítica que un reclamo cultural. Mientras tanto, muchos auténticos investigadores huyen del país o se resignan a sobrevivir como mendigos.


Reflexiones acerca de un artículo escrito por Jorge Bosch. fue publicado de la página 178 a página179 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº V

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