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Sobre la necesidad de una revisión crítica de las representaciones profesionales.

Bettendorff, María Elsa [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

ISSN: 1668-1673

XIII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Febrero 2005. Buenos Aires. Argentina:"Formación de Profesionales Reflexivos en Diseño y Comunicación"

Año VI, Vol. 6, Febrero 2005, Buenos Aires, Argentina | 288 páginas

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Si todavía, en nuestro imaginario pedagógico, los integrantes de las comunidades académicas sostenemos la idea de que la Universidad –además de un espacio de formación científica y/o profesional, de producción y circulación de conocimientos e, incluso, de inserción laboral– es un dispositivo fundamental en la generación del pensamiento crítico y autorreflexivo que permite al individuo evaluarse y rediseñarse como sujeto ideológico –al interpelarlo en su condición de ser social, y no sólo como un mero soporte de la rizomática estructura de los mercados–, se hace imprescindible preguntarnos en qué medida esta convicción está respaldada por políticas educativas que promuevan el desarrollo de la autonomía intelectual en el irrenunciable marco de valores tales como la responsabilidad, el respeto mutuo y la solidaridad o, más humildemente, por estrategias de enseñanzaaprendizaje dirigidas a la autocomprensión y a la proyección de los estudiantes hacia el horizonte de una identidad a la vez colectiva y personal –i.e., distintiva antes que diferenciadora– relativa a su futura condición de profesionales universitarios. 

Aún sin ignorar el –casi– clásico debate sobre la conflictiva relación entre Universidad y profesionalización –que excedería largamente las posibilidades expresivas de estos párrafos–, nos limitaremos aquí a analizar algunos factores causales de la necesidad recién señalada, para proponer finalmente una dirección operativa que, aunque arbitraria y, sin dudas, también precaria en su formulación, pueda servir como punto de partida a un abordaje profundo de la problemática identitaria en el contexto de la formación especializada –o, al menos, invite a su discusión–. 

La construcción de una identidad profesional es, para la mayoría de los universitarios, el cauce que contiene el incesante flujo de problemáticas, conceptos, procedimientos e instrumentos de los que deben apropiarse, con mayor o menor suerte y entusiasmo, a lo largo de su carrera; siguiendo la obviedad de la metáfora, es –o, mejor dicho, debería ser– la justificación de cada minuto y cada centavo –léase aquí una alusión al pragmático refrán sobre la relación entre tiempo y valor material– invertidos durante su permanencia en las aulas. Dicha identidad supone el sentimiento de pertenencia a un grupo que se recorta del cuerpo social –al tiempo que se inscribe en él– por sus competencias teóricas y prácticas y por un capital simbólico que se evidencia en la posesión de uno o varios títulos –si damos suficiente crédito a las actuales demandas de postítulos, productos de la constitución de un insaciable mercado académico–, pero que exige ser continuamente refrendado en el reconocimiento de los pares. 

Entonces, ya sea como misión de una organización educativa de nivel superior o como proyecto individual –interpretada siempre como expectativa–, la identidad profesional es una configuración cognitiva y emocional que condiciona no sólo las acciones e interacciones comunicativas, didácticas y productivas expresas, sino también las omisiones, los implícitos, y hasta los prejuicios y temores de los actores universitarios. Representación social y autorrepresentación; ley y deseo: sin ser ella misma sujeto, se prefigura como núcleo de una intersubjetividad imperiosamente consensuada por la cultura institucional. 

La fuerza de la evidencia no es, sin embargo, un dato que exima del requerimiento racional de revisar los contenidos –atributos, aptitudes, actitudes, habilidades…– de este tipo de representaciones y, menos todavía, de evaluar sus auténticas conexiones con lo real-social. Valgan como ejemplos algunas de nuestras imágenes «caseras»: no bastan el sentido común, la experiencia acumulada ni la bibliografía recomendada –por lo general, de origen europeo o estadounidense– para determinar con claridad qué o quién es un diseñador gráfico, un relacionista público o un publicitario en nuestro país, cuál es su papel en un entorno socioeconómico altamente inestable, cómo pueden describirse sus intervenciones concretas en el mundo del trabajo o del posttrabajo y el tecno-madismo de la hegemonía globalizadora, en qué se parecen y en qué se distinguen sus funciones de las de otros «analistas simbólicos» –al decir de R. Reich–, qué lugar tiene la ética en su praxis cotidiana, etc., etc.; en suma: las innumerables aristas del «ser profesional», remitidas a un entorno de vertiginoso dinamismo y contundente complejidad, desnudan más presunciones que certezas, más inquietud que sosiego, más incomodidades que confort. De esta manera, ese «ser», fijado en la presuntuosa atemporalidad del infinitivo, exige desplegarse en las dimensiones del pasado («fue»), del presente («es») y del futuro («será»), al ritmo de la irrevocable historicidad de las sociedades. 

¿Cómo apresar, entonces, la idealidad de las representaciones profesionales en la materialidad –natural o culturalsimbólica– de la existencia? Y, a la inversa: ¿cómo detener el constante flujo de la vida social efectiva para contrastarlo, aunque sea por un momento, con esa ilusión tan necesaria de una identidad relativamente estable, que opere como un marco de referencia para el hacer y el hacerse? Volvamos al principio de este texto: como docentes universitarios y, por lo tanto, como intelectuales –en el sentido más amplio y más prístino del término–, compartimos seguramente la convicción de que nuestro ámbito de trabajo es un espacio – legítimo o legitimado, si es que el sufijo propone alguna distinción– de producción del pensamiento crítico; ese pensamiento no se agota en la detección de problemas o en la reelaboración de conceptos, sino que se funda en lo que autores como Habermas han llamado el interés emancipatorio, es decir, aquél que reconoce la intrínseca relación entre el conocimiento y la intencionalidad de ese mismo conocimiento, que es capaz de sacar a la luz los automatismos de la razón y su discurso, las violencias y sometimientos externos e internos a nuestra conciencia histórica y, sobre todo, los silencios que el vínculo poder-saber ha instalado en la trama de nuestras propias narrativas identitarias, para que esas narrativas no obstruyan la emergencia de nuevas identidades, las de nuestros actuales alumnos y futuros profesionales, que tal vez, aún sin ser las nuestras –o, precisamente, por esa misma causa–, puedan llevar la impronta del autoconocimiento liberador.


Sobre la necesidad de una revisión crítica de las representaciones profesionales. fue publicado de la página 45 a página46 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

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