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La enseñanza del dibujo.

Ruiz de Arechavaleta, Julián [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

ISSN: 1668-1673

XIII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Febrero 2005. Buenos Aires. Argentina:"Formación de Profesionales Reflexivos en Diseño y Comunicación"

Año VI, Vol. 6, Febrero 2005, Buenos Aires, Argentina | 288 páginas

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El mundo que nos rodea está repleto de formas y colores, de texturas y brillos, de materia y energía – o en todo caso – de las manifestaciones de esta energía. Vemos objetos, percibimos colores, olemos, sentimos. Aceptamos las formas como se nos presentan. Descubrimos correspondencias entre esas ideas y las formas que las originaron. Nos sentimos de esa manera «cómodos». Pero rara vez nos cuestionamos el porqué de esas manifestaciones. No conocemos, por lo tanto, las relaciones que existen entre los componentes de la realidad y sus manifestaciones. 

Tal vez nunca podamos aprehender la realidad de manera totalmente objetiva, no mientras medie entre ésta y nosotros nuestro sistema nervioso, encargado de «traducirnos» lo que hay allá afuera. Pero nadie nos impide encontrar relaciones entre las diversas manifestaciones de nuestra experiencia, las cuales se corresponden con sus pares de la realidad. 

A partir de estas experiencias decidimos nuestras reacciones. Construimos una representación del espacio en el que nos desenvolvemos. Decodificamos, en definitiva, la información que nos llega desde el mundo exterior. 

Se puede hablar, entonces, de un lenguaje de la visión, y de que éste estructura nuestra conciencia. 

Como integrantes de un grupo social estamos influenciados por una cultura determinada. Cada grupo, por pequeño que sea, tiene un rol distinto y diferenciado de los demás. Cada grupo o subgrupo – podemos hablar de clases sociales, etnias, nacionalidades, y hasta sexo – juega un rol distinto, y percibe la realidad de manera distinta, de acuerdo al lugar que ocupa dentro de la sociedad o grupo en el que se desenvuelve. Si la manera que tenemos de desenvolvernos en nuestra vida diaria determina nuestra conciencia, podemos decir que cada integrante de un grupo «ve» de manera distinta. Y dentro de cada grupo y subgrupo, por haber experimentado experiencias particulares – incluso dos hermanos- también lo harían. 

Junto al lenguaje verbal, existe un «lenguaje visual», que al igual que el primero, determina nuestra conciencia y nos hace miembros de una sociedad. Nuestra educación está impartida a partir de palabras, pero también de imágenes. Y estas imágenes tienen un enorme valor educativo. 

Vuelvo de esta manera al motivo de este trabajo. La enseñanza del dibujo, pero no como mera copia de la realidad, sino como experimentación de las relaciones que existen entre los distintos componentes de la realidad que nos rodea. Esta realidad nos llega a través de estructuras específicas. Nuestros ojos. Pero estos no «ven» realmente las cosas de nuestro entorno. Son simplemente órganos receptores de luz y generadores de impulsos. Nuestro cerebro decodifica estos impulsos, traduciéndolos en sensaciones ópticas, auditivas, táctiles, etc. Estamos de alguna manera condenados a percibir de acuerdo a lo que nuestro sistema nervioso está preparado para hacer. 

Pero a pesar de ello, nada nos impide entender las leyes que gobiernan aquello que vemos, y a experimentar y medir las diferencias de los resultados bajo distintas condiciones. No podemos explicar lo que significa el brillo de un material, pero sí sabemos que éste varía de acuerdo a su posición con respecto a una fuente de luz. Que también el brillo varía de acuerdo a las características del material sobre el que incide la luz, etc. Podemos reproducir artificialmente esas características para percibir un brillo semejante bajo otras condiciones. O incluso llevar al extremo estos resultados como mera experimentación, a sabiendas de que no pueda darse semejante resultado en la naturaleza. 

No entendemos tal vez porqué vemos las cosas que vemos, pero sabemos que ellas están allí, merced a las diferencias de éstas con el fondo que las enmarca. Reconocemos los límites de un objeto gracias a la diferencia de velocidad con que se mueve un punto del objeto con otro del fondo. Podemos pasar nuestra mano - otra manifestación de nuestra percepción – entre el objeto y el fondo, y sabemos que no hay más que aire allí. 

Reconocemos y aprehendemos el espacio a partir de ciertas convenciones. Sabemos que las imágenes se proyectan sobre nuestra retina en menor proporción a medida que se encuentran más lejos. Sabemos que dos elementos no pueden ocupar el mismo espacio en el mismo momento. Y aunque no conozcamos las características de la materia que forman los objetos, sabemos que si intentamos enfrentar dos tazas, por ejemplo, de arcilla, rebotarán o se romperán una contra la otra. 

En base a esto, reconocemos en una expresión bidimensional la lejanía de lo representando a partir de la ubicación relativa con otros elementos, a partir del tamaño relativo de los mismos, y a través de la superposición. Si se superponen, entendemos que uno está detrás de otro. Si se ve uno a través uno del otro, intuimos que es «transparente». 

Reconocemos los colores, y aunque no podemos describir con palabras el significado del «azul», sí podemos relacionarlo con sensaciones, texturas y hasta temperatura. Por más que estas relaciones sean en muchos casos meramente culturales, no dejan de ser reales, y pueden ser reproducidas y manipuladas para generar experiencias y sensaciones diversas sin esperar a que la naturaleza se decida a crearla por ella misma. Podemos hacerlo nosotros, con elementos de nuestra confección, y cuando se nos antoje. 

Los colores se manifiestan de una determinada manera, y también sabemos que el color de un objeto genera una reacción sobre los elementos que lo circundan. Un objeto de un color genera una sombra de un color complementario. Y si bien esta complementariedad es una mera convención, podemos determinar qué convenciones van a desencadenar otras tantas convenciones. 

El mundo que recreamos dentro de nuestra mente es meramente convencional, y tal vez, por más que nuestros intentos sean esmerados, nunca lleguemos a percibir la realidad sin intermediarios, sin las estructuras que codifican y decodifican la información que del medio nos llega. Pero podemos encontrar sentido a todo ese conjunto de convenciones. Y tal vez ese sea el primer paso para una comprensión cabal de la realidad. 

«La representación visual opera por medio de un sistema de signos basado en una correspondencia entre estímulos sensoriales y las estructuras visibles del mundo físico… El hombre ha aprendido paulatinamente a ordenar determinadas relaciones visibles de los acontecimientos espaciotemporales, a saber, las de extensión, profundidad y movimiento. El desarrollo histórico de la representación muestra una conquista gradual de estas relaciones ópticas en los términos de superficies gráfica bidimensional». 

No es casual, de esta manera, las diferentes formas de representación que diversas culturas exhibieron y desarrollaron a lo largo de los siglos. Estas manifestaciones estaban determinadas en principio por sus adelantos técnicos.

El desarrollo de la óptica. Por ejemplo, fue fundamental para el desarrollo del método de perspectiva cónica tal como hoy la conocemos. Las creencias religiosas, si las tenían, y la concepción del mundo fueron también determinantes. Su actividad económica y productiva, su ámbito geográfico y hasta la disponibilidad de tiempo del que dispusieran para realizar sus representaciones pictóricas. 

La sociedad occidental, de la cual nosotros formamos parte, descubrió nuevas formas de representación a partir del siglo XV, durante lo que denominó el Renacimiento. El descubrimiento de ciertas nociones de óptica y el desarrollo de la geometría, en paralelo con el aumento y la organización en una escala cada vez más global (entendiéndose global dentro de los límites del viejo mundo) del comercio, generaron un cambio en la forma de ver el mundo. 

Los límites del mismo se ampliaron, y el contacto con otras culturas aumentó el bagaje de conocimientos que en aquel entonces se poseía. El «Punto de vista» particular que predomina en la perspectiva cónica, se deriva de la manera de ver cada vez más individualista, originada a partir de la acumulación de riquezas, que aunque no fue característica de la época, comenzó a evidenciarse a partir de la evolución del comercio. Esta manifestación, evolucionada hasta límites inimaginables en nuestra época, contribuye a establecer como método estandarizado el sistema de representación de perspectiva.

Independientemente de los mecanismos físicos para aprehender la realidad, y de los procesos internos que hacen que los individuos construyan su propio mundo, los factores externos relacionados con las creencias religiosas que las manifestaciones individuales cobraban en la vida de ellos, influía en, y modelaba la representación de sus realidades. Un claro ejemplo son las manifestaciones pictóricas orientales, chinas sobre todo – y japonesas- y el arte de ciertas tribus no contaminadas por la cultura occidental. Muchos integrantes de culturas distantes no reconocen en la manifestación plástica los mismos elementos que reconocen otros, e incluso no pueden reconocerse a ellos mismos en la imagen impresa de una fotografía. 

De manera muy resumida he mencionado una gran cantidad de conceptos sobre la percepción, sobre las manifestaciones en nuestra mente de la realidad que nos rodea, y sobre la representación de esta realidad. 

No cabe duda en este punto, que el tema fundamental para una correcta aprehensión de los conocimientos de la representación en dos dimensiones, es una clara conciencia del espacio tridimensional en el que nos desenvolvemos. No basta con conocer y saber utilizar los elementos que componen el simple dibujo bidimensional – me refiero a la línea de horizonte, punto de fuga y medidores – sino conocer las relaciones entre esos elementos. 

No es necesario tampoco aprender cualquier método de representación sin tener en claro el fin al que se quiere llegar. La representación de una porción de la realidad debe tener un objetivo definido, tanto una mera satisfacción personal, o la intención de comunicar una idea, un proyecto, las características de una producción existente en nuestra mente, y cuyas dimensiones y características físicas necesitamos que sean reproducidas lo más fielmente posible. 

Cada representación tiene un porqué y responde a necesidades diversas. Cada método utilizado no debe responder a un capricho personal. 

Se debe tener conciencia, y hacer entender al alumno, que el éxito en la construcción de un plano, lámina o representación no depende de lo más parecido a la realidad que termine siendo el dibujo, sino de la coherencia que guarde con las reglas que dominan la representación elegida y practicada. Que los dibujos nunca van a parecer reales, sino que van a permitirnos hacer una representación en nuestras mentes de sus dimensiones y características. Que vamos a poder manipularlos y modificarlos sin necesidad de tocarlos, y que vamos a poder pensarlos en relación a otros que ya tengamos incorporados. Cualquier método debe ser explicado teniendo en cuenta el contexto en el que fue creado. Que las reglas que la dominan son convencionales, e implican una codificación y decodificación constante. Y que cada método implica una drástica deformación de los elementos representados. Que podemos deformarlos más drásticamente aún moviendo los hilos correctos dentro de límites aceptables. Y que podemos hacerlo a voluntad, logrando experiencias diversas en quien observa nuestra producción. 

Las reglas de la representación no están hechas para dominarnos, sino para que las dominemos nosotros a ellas. Dentro de un marco profesional de una actividad industrial, se deben respetar escalas y dimensiones. Relaciones entre elementos y una organización rigurosa de las partes para que aquello que deseamos representar resulte legible para todo aquel designado para decodificarlo. 

Pero fuera de ese contexto, somos libres de llevar al extremo las variables del método de representación elegido. Podemos utilizar el conocimiento que tenemos de la realidad en la que nos desenvolvemos. Podemos jugar con los elementos que la conforman. Sacar provecho de la capacidad creativa que logramos desarrollar a partir del conocimiento de ese espacio, sin por ello rendir cuentas a quienes no entiendan ni se esfuercen por comprender el significado y los beneficios que tal práctica conlleva. 

E incluso podemos violar sus reglas, sin considerar por ello, que estamos cometiendo pecado alguno.


La enseñanza del dibujo. fue publicado de la página 210 a página211 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

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