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Formación de profesionales creativos

Gallego, Daniel [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

ISSN: 1668-1673

XIV Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2006:"Experimentación, Innovación, Creación. Aportes en la enseñanza del Diseño y la Comunicación"

Año VII, Vol. 7, Febrero 2006, Buenos Aires, Argentina | 272 páginas

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En cuanto ámbito de negocios exista, se suele escuchar la palabra «creatividad» con tal frecuencia que a menudo perdemos la noción de lo que realmente significa. Como se trata una palabra que tradicionalmente «queda bien» para acompañar cualquier acción, se la suele usar a mansalva: visión creativa, modelos creativos, estrategia creativa, venta creativa. Es muy común escuchar esa ponderación de la creatividad en cientos de reuniones gerenciales y en ámbitos de empresa. Pero la pregunta cae de maduro ¿Qué pasa cuando la creatividad está asociada a una persona? ¿Qué pasa cuando se habla de que alguien es «un creativo»?.

Ahí el panorama cambia por completo. La primera foto que imprime la mente suele estar asociada a un atorrante que viste ropa extraña de la Bond Street, tiene algún tatoo tribal en el antebrazo y luce barba descuidada de cinco días. Obviamente no madruga nunca, escucha música rara y anda por la vida con una permanente actitud de desgano que seguramente indica que no le importan los amigos, la pareja, los padres, los vecinos, los compañeros de laburo ni las mascotas de la abuela. Y por supuesto...vive drogado, fumando porquerías por ahí o tomando pastillitas de colores en cuanta fiesta de música electrónica haya. Es rara la dicotomía: La creatividad -en tanto asociada a una acción- es admirable, pero asociada a una persona, es algo de temer. 

Y acá estamos nosotros, los docentes de las carreras de comunicación, en el medio de esta disyuntiva. Formando a gente que quiere ser creativa, y que (desde que tienen memoria) reciben la monolítica consigna de que en el trabajo, la pareja y la vida hay que ser...sí, acertaron: creativos. Esta consigna cae como gota de agua en la cabeza a través de todos los grifos mediáticos existentes (radio, televisión, revistas, Internet, vía pública y hasta mensajes en los baños). Incluso mi madre la suele repetir como lorito cuando intenta mostrarse como «vieja piola», para que yo (en este caso el «nene», aunque acuse 38) le suba la calificación de un correcto 4 a un orgulloso 7. Todo muy lindo, muy loable. Pero para los que trabajamos en la formación de futuros profesionales creativos ¿de qué hablamos cuando hablamos de creatividad? 

Es indudable que para mover efectivamente los hilos de la comunicación hay que tener información, capacidad de análisis, y objetivos claros. Sobre cada uno de estos aspectos hay una abundante cantidad de apuntes, teoría, autores y exposiciones, necesarios por cierto, pero (según la humilde opinión de este docente) insuficientes. ¿Será suficiente aportando visiones de otros autores? ¿Tal vez con más apuntes y más ejercicios? ¿Una mayor profundidad en los temas a desarrollar? No es ese el planteo. Lo que este docente pide (aflojándose la imaginaria corbata que jamás usó) es que enseñemos a los alumnos a....jugar. 

Sí, eso. Jugar. El proceso creativo es creativo en tanto tengamos la decisión de ir por caminos no transitados, de asociar libremente, de preguntarnos ¿por qué no? en lugar de ¿Por qué? Es una sana rebeldía, necesaria, y definitivamente imprescindible en el ámbito de la publicidad y del diseño. Observo a menudo alumnos educados en la idea del «así no», que con el correr de los años terminan convenciéndose de que hay un solo camino para hacer las cosas bien: el que se les indica. 

En este proceso se pierde irremediablemente el principal motivo por los que un redactor o un diseñador se relaciona con las palabras o las imágenes: jugar. Y dentro de esa pérdida, se produce otra tal vez más grave: la del estilo. Con lo cual terminan siendo excelentes «copiadores» de lo que ya se hizo, pero con serias limitaciones a la hora de explorar caminos nuevos y plantearse desafíos. ¿Cómo lograr que de «copiadores» pasemos a formar «hacedores»? 

Yo tengo el convencimiento de que se logra cuando a los alumnos se los incita a perder el miedo, se les da confianza y se comparte con ellos el espíritu de la profesión. O lo que es lo mismo: se los invita a jugar. No es este planteo una falsa dicotomía entre «educación formal» y happy hour creativo con alucinógenos gratis», lo que este autor plantea es agregarle un poco de espíritu rebelde a la educación formal. Es extraño ver que cuando a los alumnos se les ofrece total libertad muchos de ellos terminan pidiendo casi de rodillas determinadas reglas de juego (de redacción, de diseño, o de lo que sea). Es necesario conocerlas, pero tan necesario como eso, es ponerlas constantemente en duda y buscar otros caminos. Un profesional creativo debe jugar a inventar nuevas reglas de juego. Si no, no sería creativo, sería un data entry. No sería original, sería copia.Juguemos. Re-enseñemos a jugar. Porque todos llevamos un nene adentro, pero sólo los creativos que hacen trabajos memorables saben sacarlo a la luz.


Formación de profesionales creativos fue publicado de la página 104 a página105 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

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