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Despertar… de un sueño lindo

Villarruel, Claudio

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ISSN: 978-987-1374-18-2

Comunidad de Tendencias 2012 Hernán Berdichevsky Andy Cherniavsky Diego Dillenberger Gustavo Domínguez Gonzalo Fargas Miki Friedenbach Marcelo Gordin Javier Iturrioz Gabo Nazar Sebastián Ríos Fernández Marcelo Salas Martínez Ricky Sarkany P

Año VI, Vol. 17, Julio 2012, Buenos Aires, Argentina | 116 páginas

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“Hay que parar sólo para pensar y repensar.”

Villarruel, ClaudioAdmiro profundamente a los niños porque son la vida en bruto, lo mejor y lo peor está en ellos. Tienen esa sensibilidad imposible de racionalizar, por eso los artistas hablan del niño que llevamos dentro. En este sentido, Nietzsche describía tres momentos del espíritu. El primero es el del camello, es el “tu debes”. El segundo el del león, la lucha entre el “yo quiero” y el “yo debo”. Finalmente,
el único capaz de sintetizar esta lucha es la transformación
del león en niño, el “yo quiero”, que es esa rebeldía que veo en los niños y los artistas, incluso en los más viejos. Veo esa mirada infantil de la vida y creo que cuando uno la pierde no es que creció, sino que empezó a envejecer irremediablemente.
En este sentido, los éxitos laborales son resultados casuales de algo que alguna vez soñamos pero que nunca pensamos seriamente que se concretaría. Nunca pensé que todo esto me sucedería y creo que lo más importante no es la obtención de tal o cual objetivo, sino el
deseo que te mueve, que te impulsa, que te motiva.
Es por ello que insisto en que los niños son como una tabula rasa con hambre de conocimientos legítimos que la escuela llena con sus mandatos. En otras palabras, lo que hace la educación formal es generarles ciertos hábitos que supuestamente la sociedad demanda: disciplina, domesticación de los impulsos naturales, adaptabilidad, etc. Más allá de todo, lo que más deseo es que mi hija esté preparada para vivir, lo cual significa poder ser feliz, entendiendo los sufrimientos y las tristezas como momentos que los puede revertir en aprendizaje, en sabiduría.
En algunos aspectos siento que sigo teniendo nueve años, lo cuál me ha diferenciado mucho en las estructuras corporativas más formales. Con el tiempo, he aprendido a ser más prudente, a callarme a veces, a controlar parte de los impulsos. Pero necesito y elijo mantener esa luz, a pesar de que algunos se resignen a perderla debido a las presiones de su entorno.


Ponerse en el lugar del otro
Los padres somos simples acompañantes de una vida y debemos brindar a nuestros hijos los principios de solidaridad y el poder ponerse en el lugar del otro. En mi caso, que fui educado en la escuela y la universidad pública, que menos puedo hacer, desde mi lugar como productor de televisión y creador de ficciones, que devolverle a esta sociedad algo de todo eso.
Un capítulo de Televisión por la inclusión tiene que ver justamente con la voluntad de incluir y con como derribar las barreras que presenta la sociedad. Cuenta la historia de una chica que vive en una villa y tiene un gran talento.
Es violinista de una sinfónica pero está llena de prejuicios, porque se siente incómoda en el mundo de la música clásica que suele ser bastante elitista. El miedo al rechazo se traduce, en su caso, en ocultar su origen humilde tratando de imitar un estilo pequeño burgués que le permita mimetizarse con sus compañeros de orquesta. La historia trata, en definitiva, de los prejuicios que nos alejan de los otros, porque el desconocimiento suele disparar los miedos.
También las asimetrías y las trabas que se imponen ante la desigualdad de oportunidades, no solo en la creación, sino en todos los órdenes de la vida.
Tuve la suerte de estar diez años en una corporación en la que el core business no era los medios de comunicación. Tuve mucha libertad y mucho apoyo lo cual permitió jugarnos y arriesgarnos y siempre dar un paso más. Por ejemplo, en una telenovela como Montecristo, pusimos a la protagonista como hija de desaparecidos durante la ultima dictadura cívico militar de 1976. Esto fue un quiebre en el concepto de telenovela, pero fue también poner nuestras
convicciones sobre la mesa.
En Vidas Robadas tocamos un tema como la trata de personas. Muchos nos dijeron que nos íbamos a meter en un problema dado que en ese contexto sería muy difícil contar, al mismo tiempo, una historia de amor. Nos costó, es cierto. Pero pienso que siempre elegimos el camino más difícil porque es el que está más ligado con nuestra filosofía de vida, con nuestra ética.
En general nos planteamos en que contexto queremos contar una historia. Porque la ficción ha evolucionado en términos de imagen, producción, realización y, sobre todo, en la posibilidad de contar otras historias. Estamos convencidos, al menos esa ha sido nuestra experiencia, de que hay un público maduro y ávido de ver reflejadas determinadas problemáticas a través del relato televisivo. Esto nos permitió bordar temas duros de la realidad sobre los que no
existía demasiada conciencia, y reafirmar que la ficción es una herramienta muy poderosa, ya que permite un abordaje a los temas desde la emoción más que desde el discurso.
En Telefe teníamos libertad total pero también la obligación, de alguna manera autoimpuesta, de mantener el canal como líder. Por lo tanto, nuestros proyectos debían enfrentarse al desafío de combinar complejidad con masividad, calidad con éxito. Tuvimos suerte porque muchas
veces logramos concretar esta apuesta difícil. Intuíamos, por la acumulación de experiencia de tantos años de hacer televisión en diversos momentos de la Argentina, que si le proponíamos a la gente contenidos que le hicieran pensar, además de entretener, podía funcionar. Creo que ésta ha sido una de las mayores satisfacciones. Que la televisión haya pasado sus propios límites para ayudar a recuperar nietos apropiados durante la dictadura. O ayudar a promulgar una ley sobre trata de personas que se tradujo inmediatamente en el cierre de 35 prostíbulos. Y todo esto a través de un programa como Vidas Robadas, de 25 puntos de rating, que ponía sobre el tapete un tema bastante desconocido para la mayoría de la audiencia televisiva.
Para hacerlo nos inspiramos en el caso de Marita Verón y la lucha de su Madre Susana Trimarco para recuperarla.
Hoy, los involucrados están siendo procesados. La justicia llegó con el pequeño aporte nuestro de hacer visible esta realidad de la esclavitud moderna.


Pequeñas grandes señales del destino
Con Bernarda Llorente (mi socia) llegó un momento en que sentimos que el ciclo en Telefe estaba cumplido. La gestión empieza a minar la creatividad y, de alguna manera, la pasión. Va disminuyendo la capacidad de asombro o de enfrentarse a situaciones nuevas. Este trabajo solo puede hacerse si uno tiene toda la pasión puesta y toda la energía. Y mientras se está en la rueda y funciona con semejante adrenalina es difícil poder tener un diagnóstico claro de las propias sensaciones. Pero siempre hay que estar atentos a las señales.
Creo mucho en las pequeñas señales del destino. Recuerdo que nosotros empezamos el 18 de diciembre de 1999 y terminamos el 18 de diciembre del 2009. En broma, en diciembre del 1999 dije que íbamos a estar diez años en la empresa, aunque no tenia ni idea de lo que pasaría después.
La primera señal que sentí fue cuando me ofrecieron la dirección del canal. Le dije a Bernarda, quien vivía en Washington con su marido Jorge Taiana porque éste estaba en la Organización de Estados Americanos (OEA), que aceptaba la propuesta si ella venía. Le dije: “Si vos te venís yo firmo el contrato”. Entonces me dijo: “Bueno”, y firmé. Después, cuando la llamé para preguntarle: “¿Cuándo venís?” me dijo: “Estaba bromeando, ¿en serio pensabas que iba a ir?”.
Cuando me respondió eso casi me muero, pero somos amigos hace 25 años y en el fondo de mi corazón sabía que iba a venir porque sé que tiene un empuje increíble. Finalmente volvió y ese gesto me dio una señal, supe que seguiríamos hasta que nos aburriésemos de la rutina.
La vida, el destino, las causalidades o casualidades te van direccionando. Ya veníamos un poco cansados, porque cuando estás en una actividad tan competitiva como la televisión y dirigís un canal líder, nunca podés relajarte. El 2008 fue un año difícil y logramos remontarlo, lo que
nos permitió ganar consecutivamente durante 10 años. Gustavo Yankelevich, mi antecesor y quien me propuso en su lugar, había hecho una gran gestión desde el 90´ al 99´.
Entonces sentía la obligación de que el día que me fuera debía entregar el canal tal como lo había recibido. Ese 2008, cuando hice el cálculo y todo indicaba que perderíamos el año le dije a mi equipo: “Ganemos por lo menos un mes, revirtamos la tendencia”. Finalmente ganamos el año y ésa fue una señal.
La segunda señal fue en el 2009, cuando empezó a funcionar la programación de una manera increíble y, en agosto, ya habíamos ganado el año. Nos miramos con Bernarda y dijimos: “Es el momento”, porque ya estábamos a dos puntos de Canal 13 y dejábamos el canal, primero y rentable. Teníamos ganas de salir de tanta alienación y empezar a hacer todas las cosas que habíamos ido postergando, tanto en lo personal como en lo laboral. Hablamos con la gente
de Telefe y lo entendieron. De hecho nos propusieron hacer una productora para trabajar con ellos.


Correr al ego
Sin duda, la decisión significó correrse un poco del ego porque la televisión es así, te va un mes mal y diez años bien y siempre queda la última foto. Entonces, lo entregamos
como nos lo habíamos propuesto, rentable y con una programación fuerte para la continuidad del liderazgo.
A principios del año 2010 iniciamos una productora de cero, ON TV, con la premisa de no crecer en estructura sino en ideas. Es un concepto de productora a la inglesa.
Trabajamos ideas y contenidos y, cuando es necesario, recurrimos a una estructura de producción dependiendo del producto del que se trate. Estamos trabajando para el mercado
nacional y también mucho para el mercado internacional. No me siento un empresario porque no me mueve la plata sino los proyectos que me entusiasman y que siento que valen la pena. Es importante no quedarse anclado en la imagen que los demás tienen de uno, porque ese es
el fin. Con el tiempo fui tomando noción de lo importante que era el sillón en el que estuve sentado diez años.
Siempre estuve concentrado en que al canal le fuera bien y que a la gente a la que contratábamos le fuera bárbaro. La televisión es un trabajo creativo pero esa creatividad
también debe ser colectiva. El rol de director artístico no es de nadie. Es una circunstancia en tu vida y si no lo entendés así te espera un destino de mediocre egocentrismo. En todo proyecto siempre hay que tener presente que en algún momento hay que soltar y ver que pasa. Pero la posibilidad del distanciamiento escénico u objetivo es un privilegio que muchas veces uno le debe a su experiencia de vida o a su entorno. Mi padre, Sergio Villarruel, quien fue un periodista reconocido y durante veinte años condujo el noticiero central de Canal 13, era de ese tipo de personas. De esos periodistas que se formaban y nos formaban, que creían en la seriedad y la importancia del rigor periodístico, que escuchaban al entrevistado y eran respetados por ellos. Él decía: “Yo no soy artista, soy periodista”.
Tengo esa escuela porque he vivido con la fama por mucho tiempo y la fama es solo humo, nada más. Nunca pensé la fama como poder sino como un facilitador para darle posibilidades a la gente para que brille.


Despertar… de un sueño lindo fue publicado de la página 111 a página113 en EMPRENDEDORES

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