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Latinoamérica según Latinoamérica

García, Marisa [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº47

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº47

ISSN: 1668-0227

Tejiendo identidades latinoamericanas

Año XIV, Vol. 47, Marzo 2014, Buenos Aires, Argentina | 199 páginas

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Desde su territorio heterogéneo, definido por historias coincidentes y raíces compartidas, Latinoamérica persigue un sentido de unidad con banderas que evidencian multiplicidad. El contraste la define como rasgo distintivo de su abundante comunidad, aspirando a una conformación abarcada por las diferencias.

Poblada de puertas abiertas que exponen la bienvenida a otras culturas y modelos, o librando en forma simultánea la salida de sus descendientes hacia ajenas idiosincrasias, Latinoamérica parece haber basado su carácter en argumentos sostenidos en “aquello que no es”, transcurriendo en una reciente historia excedida de acontecimientos.

Como consecuencia de la exploración que persiste en el inconsciente de sus pueblos y comunidades, la identidad cultural latinoamericana sostiene una búsqueda continua. La intransferible relación que mantiene con el ser individual se proyecta hacia un vínculo colectivo que la sociedad construye con su espacio de pertenencia y con sus pares. Ana María Gorosito Kramer (1997) define cómo la identidad en su enlace con la cultura relaciona dos aspectos que reúnen al sujeto con los otros, sumergiéndolos en relaciones sociales que originan un sentido de pertenencia.

La identidad es un aspecto crucial de la reproducción cultural: es la cultura internalizada en sujetos, subjetivada, apropiada bajo la forma de una conciencia de sí, en el contexto de un campo limitado de significaciones compartidas con otros. Y simultáneamente la identidad es un aspecto crucial en la constitución y reafirmación de las relaciones sociales, por cuanto conforma una relación de comunidad con conjuntos de variado alcance a los que se liga una pertenencia vivida como “hermandad” (Gorosito Kramer, 1997, p. 102).

El discernimiento y aceptación de la identidad cultural potencian el empuje necesario para traspasar las fronteras, neutralizando al riesgo irreparable que provoca el extravío de la raíz esencial.

“Lo mejor que el mundo tiene está en la cantidad de mundos que el mundo contiene” expresa el escritor Eduardo Galeano (2005, párr.7), denotando la fortaleza de la constitución heterogénea latinoamericana representada en una fisonomía social variada, disímil, extrovertida anqué íntima y confidencial, casi inexplicable pero definida en su mismo misterio. ¿Por qué la identidad latinoamericana debe ser contorneada con retazos de imágenes estáticas e inflexibles de espejos ajenos, cuando su esencia responde a la acción, a la inquietud y a la búsqueda?, una búsqueda movediza pero orientada en la que existe un inquebrantable punto de partida determinado por lo que fue y su origen. No hay posibilidad de contornear la identidad sin un presente, y no hay presente sin pasado. Son dependientes y opuestos en su estado, encontrándose representados por la imperturbable columna que sostiene al pasado y por la impredecible escena que define el presente, ambas en pos de conformar a futuro un territorio con oportunidad de ser escuchado.

Si bien la diversidad caracteriza a las sociedades latinoamericanas, el sentido de pertenencia y la identificación con sus pares sostienen la distinción que las personifica frente a los otros. Pero estos otros, aquellos habitantes del mundo ajeno, pujan por establecer modelos construidos sobre el desconocimiento de la historia congénita y es entonces cuando el concepto que algunos autores definen como alteridentidad emerge, determinando lo que podría definirse como identidad importada. Según Ana María Gorosito Kramer “la identidad permite la aparición de esferas de identificación, experimentadas como hermandad o pertenencia, coexistentes en su interior y coextensivas con las restantes bajo las más diversas combinaciones” (Gorosito Kramer, 1997, p. 103).

Estos conceptos volcados evidencian la presencia de alguien más, ya que tanto la identificación como la hermandad conllevan y detonan en la existencia de él otro. El acto de asumirlo e incorporarlo concluye en un terreno ético como formador del propio sujeto definido como tal y lo ubica en la creación de un territorio común contenido por el “nosotros”.

La alteridad representa inclusión, comunidad y sentido de hermandad como estandarte de sociedades que comparten historias ancladas en una heterogénea composición. El contexto global induce a la uniformidad y a establecer patrones de exportación culturales como una suerte de evangelización posmoderna contenida en una red universal, mientras las identidades pujan por sostener sus propias esencias frente a la respirable advertencia de ser conquistadas.

La corriente historicista concibe a la identidad bajo un formato permeable capaz de sufrir mutaciones como consecuencia de acontecimientos individuales o colectivos inmersos en el proceso evolutivo de las sociedades. Estas mantienen sus conexiones e intercambios intraculturales en un mundo donde las articulaciones se extienden en el horizonte, acarreando las consecuencias contagiosas de sus múltiples destinos. En este sentido Paul Gilroy expresa:

Podemos basarnos en la contribución de los estudios culturales para deshacernos de la idea de que la identidad es un absoluto y encontrar el valor necesario que nos permita argumentar que la formación de la identidad es un proceso caótico que puede que no tenga fin (Gilroy, 1998, p. 82)

La memoria progenitora

La memoria relatada en primera persona conduce a la trascendencia del propio conocimiento. “Que nadie te diga quién eres” exclamaba la protagonista latina de un film de domingo, retumbando en forma tajante a través del continente. Los recuerdos artificiales tiñen las referencias confundiendo la percepción del presente y allanando el camino hacia la manipulación en un futuro. No importan las versiones, los matices ni las interpretaciones importadas que desembarquen, mientras la memoria se ocupe de resguardar la identidad.

Los recuerdos personales y la capacidad de identificar el paisaje en el reencuentro con la imagen familiar, alejan al individuo y a las sociedades de una memoria ficcionada. En diversos textos de la literatura latinoamericana la memoria y la cultura se nutren y conviven respondiendo a la demanda de una reserva histórica que trascienda a las generaciones.

En la sobresaliente obra de Gabriel García Marquez Cien años de soledad el autor evidenciaba el olvido a través de sus personajes, como rasgo propietario de un poblado donde la historia fue atenuando la memoria progenitora. Por su parte la narrativa histórica del escritor y periodista Eduardo Galeano en el libro Las venas abiertas de América Latina aporta su recorrido por el destino de un territorio en el que la explotación llevada a diferentes aplicaciones y acepciones acorraló a la dignidad de cada una de sus poblaciones.

Esta infinita literatura inspirada en la búsqueda de respuestas ansiadas por los autores funciona a su vez como documento palpable de la historia, a partir del cual la memoria retoma su protagonismo incorporando rostros, nombres y referencias espaciales. Cada párrafo narra la visión experimentada por sus sentidos, nutriendo de historias subjetivas la memoria colectiva vivenciada por sus heterogéneos personajes que amparan en su sustancia la huella de un pasado compartido.

La actitud de aceptación, en detrimento de la mirada que reniega de su propio origen y de la empatía con el par cultural, resguarda y arraiga la identidad en el transcurso del viaje, transportando sociedades capaces de fundirse en un mundo ajeno sin perder de vista el faro de la naturaleza latinoamericana.

La memoria estimula el sentido de pertenencia de una comunidad con historia, en la que el fraccionamiento engendra a la integración bajo la consigna de reconocer, asumir y transmitir aspectos relevantes para la construcción de relaciones sociales, así como los capítulos de una historia común que promueva la esfera de una identidad cultural.

Universalidad y la memoria como aliada

Parafraseando a Jean Baudrillard (2008), el simulacro prevalece ante lo real en el universo posmoderno. Mientras, las versiones de la realidad reproducidas de manera expansiva generan construcciones capaces de conformar la historia a pesar de su formato inverosímil.

El mundo adquiere desconocidos significados simulando cambios radicales y nuevos escenarios, en un intento por diluir las nociones de territorio, nación, región, etcétera, llevándolas a una representación carente de sentido vincular con sus habitantes. Bajo la visión espacial del mapa todo parece unificarse y ser parte de lo universal como si la expresión simbolizara una nueva concepción de territorio o nación. La tecnología matiza las culturas contemporáneas generando un sentido de raíz terrenal común, mediada por la imagen artificial que no se corresponde con lo originario. La integración en manos de la red tecnológica, la redefinición de la distancia y una economía atravesada por la globalidad, redefinen el contorno limítrofe volcado en el inconsciente colectivo. Pero esa carencia de límite se traduce en una advertencia para la identidad local, la cual reacciona emitiendo anticuerpos a fin de preservarse ante la silenciosa conquista que supone el intento de universalizar los territorios.

Para Jesús Martín Barbero “el lugar significa nuestro anclaje primordial: la corporeidad de lo cotidiano y la materialización de la acción, que son la base de la heterogeneidad humana y de la reciprocidad” (Martín Barbero, 1999, p. 38). Bajo esta interpretación el propio territorio latinoamericano como lugar encarna un anclaje personificado en el sentido de pertenencia, incentivado por la preservación del límite físico e histórico que trasforma a la región en un mapa uniforme frente a la globalización. Desde una perspectiva en la que las culturas identitarias tienden a diluirse para mimetizarse en una virtual universalidad, la construcción de la realidad parece perder sentido al ser mediada por una red ilimitada de interpretaciones. La naturaleza plural que compone a la región latinoamericana, aquella que la distinguió por su conformación singular frente a la aparente homogeneidad de las demás, cuenta con la fortaleza de estar capacitada para convivir en un terreno en el que todos comparten el espacio a pesar de las diferencias. Esta capacidad la conduce al desafío de capitalizar una convivencia plural en pos de reafirmar su identidad ante el afuera.

Es entonces cuando nuevamente el reto de asumirse retoma su sentido como objetivo a cumplir, por parte de un pueblo que cuenta con la potencialidad de sobrevivir a la constante presencia invasiva que implicó la importación de modelos ajenos.

La imagen de la latinidad expuesta a través de las extensiones mediáticas puja por homogeneizar y subestimar el arquetipo. La actitud reiterativa de aquellos otros que insistieron en mostrar un espejo con imágenes lejanas a la dignidad, persiste a pesar de los pasos evolutivos experimentados. “Latinoamérica cuenta con tremendas reservas de dignidad” destaca Eduardo Galeano (2005, párr. 40) en relación al reto que le significa la defensa de su preservación en un escenario que facilita la expansión del poder. Pero el término  dignidad ubica al territorio en una actitud poco permeable a la sumisión de cara a los espejos que muestran las imágenes forasteras. Si bien la globalización se presenta como campo fértil potenciado por las redes tecnológicas, en línea con el pensamiento de Manuel Antonio Garretón , vale suponer que la sociedad global como tal no existe, sino que existen determinados sectores sociales que se encuadran en el modelo global, como hay otros que se reafirman en la renacionalización u otros que se comunitarizan (Garretón, 1999, pág. 136).

Ante el estímulo de diluir las fronteras las reacciones se atomizan generando modelos alineados pero también opuestos al sentido que propone la sociedad global, y es entonces cuando la personalidad social conformada por su genética histórica, su memoria progenitora y su presente se conjugan a fin de lograr una representación que los identifique.

La dispersión alimenta la red de la interacción y esa misma red es la que conecta a la sociedad latinoamericana con la realidad de los otros. La experiencia de incorporar a la construcción de la propia realidad las crisis y transformaciones actuales vivenciadas por culturas externas, empuja a la región a una práctica reflexiva que reorganiza su autoestima y dignidad. El flagelo de verse a sí misma como una región signada por la explotación, la inestabilidad, el autoritarismo y la crisis pierde la presión ejercida por la subestimación forjada en años de historia. Si bien las piezas que conforman la identidad también cuentan con recuerdos oscuros, también son éstos mismos los que operan como efecto de contraste a fin de valorar el camino recorrido.

Parafraseando a Nestor García Canclini (1999, p. 53) quien expresa que los pueblos encuentran su sentido en la afirmación de sus diferencias y en la sabiduría de lo diverso, su reflexión nos conduce a comprobar la oportunidad con la que cuenta una región en la cual la diferencia y la práctica de lo diverso se encuentran representadas en su heterogeneidad, otorgándole el sentido al que hace alusión el autor.

¿Cuál es el objetivo de construir posiciones en un contexto inestable que simula uniformizarse? Quizás las categorizaciones hayan perdido su sentido, o quizás la universalidad se limite sólo al mundo virtual mientras que en el mundo real las diferencias deban permanecer en su acepción constructiva, como pilar y amparo de una sociedad plural y madura. 

Latinoamérica en el espejo

El informe de Latinobarómetro realizado en base a 20.204 entrevistas en 18 países, publicado a fines del año 2011 expresa una clara lectura referida al escenario actual de Latinoamérica en relación al resto del mundo: “América Latina está en su mejor primavera en un momento que el mundo pasa por un momento “sic” complejo e incierto, incertidumbre que la región no siente como amenaza sino más bien como una oportunidad” (Latinobarómetro, 2011, p. 5).

Desde el expuesto objetivo de practicar una visión ajustada a cada país de la región en la interpretación de los números, el análisis de los datos volcados en el informe destaca una coyuntura que parece darle a Latinoamérica la posibilidad de consolidarse frente a los otros sostenida, entre otros valores, en su identidad. La expuesta intención de matizar buceando en la lectura de las encuestas demuestra, bajo su razonamiento cuantitativo,  la necesidad de concebir a Latinoamérica como una región caracterizada por una sutildiversidad más allá de sus rasgos de identidad cultural compartidos. Asimismo el informe destaca en su preámbulo la extinción de los viejos estereotipos exhibidos en los espejos hollywoodenses que encarnaban personajes machistas escoltados por una mujer desdibujada y sumisa, “esa ya no es Latinoamérica tampoco “, declara con énfasis el informe.

Si bien este dato puede parecer irrelevante frente a la información relacionada a variables políticas y económicas que atraviesa la lectura del estudio, no lo es cuando esto revela la toma de conciencia sobre el poder de las imágenes y los imaginarios, despejando así la mirada de una sociedad que durante décadas se asumió con la única imagen que los espejos ajenos le mostraban.

A fin de analizar la trascendencia de estas representaciones en el imaginario social y su etérea pero penetrante influencia, es pertinente abordar el significado del término desde la psicología como fuente primaria y referencial del concepto imaginario y su distinción.

Noción que se ubica actualmente en el campo de análisis de lo histórico-social bajo dos acepciones: la que habla de imaginarios sociales es una terminología que algunos autores proponen para designar los mitos, las ideologías, las formas de interpretar el mundo y las creencias, como productos de la función significante de toda sociedad. Son las referencias específicas que todo conjunto social produce y a través de las cuales se percibe y elabora sus finalidades. Ellos otorgan una representación totalizante de su sociedad y le dan identidad y cohesión. (…) La otra acepción es la del imaginario radical. Se define como la capacidad imaginante “sic” de los colectivos anónimos de inventar sus propias significaciones imaginarias, las que se encarnan en las instituciones y hacen ser a ese histórico-social lo que es (Diccionario de Psicología. Letra I, 2006-2012).

Una fracción de las referencias específicas que diseña los trazos cotidianos de la sociedad es provista por el escenario del espectáculo. Los medios de comunicación más allá del claro objetivo de transmitir una lectura e interpretación de los hechos y propagar las noticias, también funcionan como vehículos de ficciones o relatos de historias, algunas cercanas y propias, otras ajenas. La narrativa de esas ficciones, sus personajes y su mística propagan modelos y perfiles que día a día son multiplicados y reafirmados en el imaginario de los espectadores que las consumen, en su acepción literal, con una actitud permeable, desprovista e inocente.

La industria del entretenimiento desde su rol pasatista albergado en la distracción, conforma una arista que por su propio fin se refugia en la levedad que la libera de acarrear con la responsabilidad de formar, representando en sí misma una influencia poco identificable pero profunda e insondable en su trascendencia sobre el imaginario social.

La percepción de sí misma en la que Latinoamérica se vio sumida y acorralada largo tiempo se desvanece frente a la oportunidad que los acontecimientos de esta década le demuestran.

Aquella imagen el espejo tan castradora en la formación de su identidad, así como las personificaciones volcadas en los antiguos protagonistas latinos del mundo ficcionado, fueron perdiendo credibilidad frente a una realidad difícil de opacar que trasciende las fronteras. La misma interacción e intercambio propuestos por la globalización tecnológica conducen a propagar la desmitificación de aquellos estereotipos difundidos de manera insistente. La magnitud del imaginario se asemeja a la omnipotencia ejercida por la realidad cuando atraviesa los aspectos sociales, a diferencia de la imaginación que refiere a los individuos. En relación a este concepto el autor Jean Jaques Wunenburger expresa:

Por una razón metodológica, se distingue al imaginario de la esfera (nunca del todo clara) de lo real, pues si bien aquel suele distanciarse de ésta y hasta oponérsele en muchos casos, no se debe ignorar que la mayor parte de las veces la realidad comienza siendo un sueño, un proyecto, una representación mental de una persona o un grupo de ellas (Wunenburger, 2003, p. 7).

Esta noción conduce a reflexionar sobre el alcance de las significaciones imaginarias y su influencia en la búsqueda y construcción de la identidad cultural latinoamericana, que en muchas oportunidades se encontró inmersa en una realidad edificada sobre sueños o proyectos de otros, ajenos, lejanos e ignorantes de la propia historia.

La construcción de un mundo posible en los medios de comunicación

El autor Juan José García Noblejas desarrolla un análisis sobre el tratamiento de la información y los contenidos mediáticos en relación a la creación de un mundo posible interceptado por intereses, intenciones direccionadas o por la misma ausencia de sentido y reflexión existente en la transmisión de estos contenidos. A esta visión le incorpora la experiencia del procesamiento interno por parte de los receptores, la cual los trasforma en coautores subjetivos de contenidos (García Noblejas, 2005).

En los tiempos que corren el avance de las plataformas de comunicación, provocado por autopistas de conexiones virtuales e innovación tecnológica, ubica a los individuos en la posición de productores subjetivos con extensiones capaces de escudarlos ante la prolífica oferta de información.

En la reelaboración de la información, el asalto de las versiones heredadas y las conceptualizaciones se infiltran en el proceso, generando una re-edición de la versión original. Tanto la identidad cultural como la autoestima del colectivo anónimo social alcanzan fuerte preponderancia en este proceso interpretativo, fortaleciendo o debilitando los matices que el contenido de la información comprende. La consecuencia de este proceso se define entonces cuando las significaciones imaginarias despiertan y se fusionan con el estímulo de la información.

El imaginario suele ser tentado por el anhelo y en el anhelo surgen las ilusiones como antesala de lo posible, contorneado por el deseo. El mundo presentado como real es expuesto por los medios de comunicación en todas sus plataformas, siendo inevitablemente interferido por los mundos posibles de la subjetividad, cual representación originada en la memoria y en la concepción innata de la identidad individual y colectiva.

Si bien el concepto de mundo posible fue abordado por la filosofía, la lógica y la epistemología en sus razonamientos, la teoría de los mundos posibles afronta también una lectura semántica aplicada a un hecho ficcional desde su significado. Umberto Eco emprende un recorrido por el campo de la filosofía y la literatura, transitando el significado que subyace en una existencia sugerida a partir de la ausencia, aquello inexistente que paradójicamente no puede negarse.

Los mundos posibles toman características de mundo real, crean sus propias leyes y elementos que lo componen, basándose en la creencia y afirmación de su existencia. El hilo narrativo de estos mundos le otorga aspecto de realidad en la que imperan sus propias organizaciones. Inmersos en él los personajes toman vida adquiriendo rasgos humanizados e identidades que interactúan generando estructuras vinculares y modelos de convivencia social. En los mundos posibles cualquier coincidencia con la realidad es mera casualidad, ya que los mundos posibles establecen sus propias reglas a partir del encadenamiento inédito de los hechos.

Es prácticamente una obviedad asumir que los medios de comunicación cuentan con recursos para crear un mundo posible, inclusive hasta diversas versiones de él, a través de su alcance masivo y propagador de los consumos culturales.

En la creación y adaptación de estos mundos, Latinoamérica se enfrentó a una versión de sí misma producida por otros y propagada por mediadores ramificados que se replicaban en diferentes formatos y contenidos. Fue entonces cuando el sueño de un mundo posible latinoamericano se vio avasallado y entumecido tanto por los acontecimientos impuestos en el ejercicio de un poder que la sobrepasaba, como por la versión libre de una historia narrada con la incorporación de capítulos que no le correspondían.

Si la realidad muchas veces es fundada por los sueños, un sueño que según J. J. Wunenburger la mayoría de las veces opera como antesala de la realidad, podemos inferir que muchos de los acontecimientos en los que se encontró sumergida la región fueron fundados también por sueños, pero sueños de otros. Jordi Pericot en relación a la confección de mundos posibles manifiesta:

Un mundo posible es real en tanto que hace referencia a un mundo narrativo de estructura cultural que, aunque no sea efectivo, es verdadero en la medida que está formado por un conjunto de individuos dotados de propiedades y de acontecimientos que se juzgan posibles y coherentes (Pericot, 1997, párr. 21).

Como señala J. Pericot este mundo posible adquiere características de realidad cuando es personificado por individuos que protagonizan acontecimientos posibles y coherentes, siendo primordial que la composición narrativa sea elaborada por un tejido enlazado en una determinada cultura, de esta manera es como se logra transmitir entonces el estado de realidad.

El patrono mediador de la realidad es representado principalmente por los medios de comunicación a los que hoy se les añade el alcance universal que le otorgan los avances tecnológicos. La escritura asociada al soporte audiovisual funciona como escenario contenedor propicio para respaldar con mayores indicios de realidad las historias de ficción y las interpretaciones reeditadas por otros autores.

Hoy por hoy los individuos y las sociedades cuentan con suficientes recursos para crear su propio mundo posible. Los nuevos espejos sociales se publican y exponen a través de las diversas versiones provistas por la misma ciudadanía, la cual cuenta con la capacidad de modificar y reinventar estos espejos según lo impongan las corrientes permeables al influjo universal. Ya no es sencillo establecer modelos uniformes. Si bien los medios de comunicación cuentan con cierta soberanía sobre la realidad, los individuos desde un espacio común compartido interceden en esta soberanía incorporando su versión, como parte componente de una realidad colectiva.

La identidad cultural se ve atravesada por la producción ciudadana que utiliza a los medios de comunicación como canales de expresión y revelación ante la mirada de los otros. La versión importada de la memoria histórica ya no cuenta con un territorio que le permita prosperar ni imponerse, por coexistir con los ojos plurales y moderadores de las idiosincrasias latinoamericanas.

El formato global soportado por las plataformas mediáticas permite el registro de infinitas versiones referidas a los acontecimientos, así como también el acceso a los aspectos más trascendentales que contienen a los seres humanos, exponiendo las diferencias y las similitudes más allá de las fronteras.

El proyecto “Seis mil millones de otros” emitido actualmente en la televisión paga protagonizado por personas disímiles entre sí en representación de la diversidad, bucea de manera simple e intensa en aquello que subyace detrás de la multiplicidad de razas, idiosincrasias, religiones, creencias y culturas que componen a la población mundial desde cada rincón. Este formato revela el significado de conceptos sustanciales como la amistad, el amor, la felicidad, los hijos y la familia, entre otros, evidenciando a través de cada protagonista la existencia de un sentimiento común y universal por sobre las culturas y los orígenes.

El hallazgo del atinado título “Seis mil millones de otros” logra representar una irónica y acertada expresión que conjuga en su esencia la diferencia y la igualdad que comparte cada uno de los habitantes en las más lejanas latitudes, simbolizando en este sentido una suerte de agrupación sin distinciones. Sumergido en la llamada posmodernidad y en las manos propagadoras de los medios de comunicación, este proyecto televisivo parece demostrar una noción superadora del término globalización, incorporando a su universalidad una perspectiva canalizadora de aquello que distingue a la naturaleza humana en su particularidad y sentimiento.

El alcance de los medios de comunicación, como colaboradores en la construcción de las identidades culturales, atraviesa los espacios íntimos y la cotidianeidad de manera cómplice y sutil. Su costado invasivo y dominante se alimenta de la ausencia de sentido crítico y discernimiento por parte de quienes los consumen, de la misma manera que la imperceptibilidad de sus efectos le otorgan dominio.

Desde los personajes de Disney hasta los protagonistas de las telenovelas latinas de la tarde, todos fueron partícipes en la formación de arquetipos fundadores de generaciones latinoamericanas en busca de referentes. El denominado imperialismo cultural supo imponer décadas atrás sus propios modelos a través de la industria del espectáculo y potenciar la caricatura del arquetipo latino haciéndolo permanecer durante décadas, hasta la actualidad, a pesar de la extinción que atraviesa el segmento representativo de este arquetipo.

Las imágenes en los espejos latinoamericanos diseñadas por los otros y los mundos posibles volcados en narrativas intencionadas simulando una realidad, encuentran mayor viabilidad en territorios incapaces de diseñar sus propias imágenes. Resulta primordial que cada país o región cuente con la libertad y autonomía de representarse a sí misma, a fin de neutralizar el avasallamiento de culturas e identidades ajenas capaces de anular la propia historia y los propios sueños. El sueño de vida latinoamericano.

En el año 1982, sumido en un contexto que parecía no comprender la situación de Latinoamérica, Gabriel García Márquez en su discurso de aceptación del Premio Nobel expresaba: ”La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios”. Treinta años después de este sensato y sentido discurso el escenario actual de afianzamiento en la región advierte la oportunidad de eliminar esta soledad en la que Latinoamérica se encontraba sumergida. El ejercicio de la memoria consolidado en la identidad, supone el estímulo que anima la expresión de las nuevas generaciones encargadas de propagar la versión fidedigna de la historia. En este sentido los medios de comunicación contenedores del arte, el entretenimiento y la información, accionan como puentes aliados con innumerables extensiones capaces de transmitir la propia cultura.

La concreción de los mundos posibles imaginados por las generaciones pasadas parece materializarse en sus descendientes, con el fin de desmitificar antiguas representaciones forjadas en sueños ajenos y distantes de la esencial identidad latinoamericana.

Referencias Bibliográficas

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Latinoamérica según Latinoamérica fue publicado de la página 37 a página47 en Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº47

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