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Lectura de doble comando para obtener licencia de lector.

Contreras, Myriam

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXVI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXVI

ISSN: 1668-1673

II Congreso de Creatividad, Diseño y Comunicación para Profesores y Autoridades de Nivel Medio. `Interfaces Palermo´

Año XVI, Vol. 26, Noviembre 2015, Buenos Aires, Argentina | 270 páginas

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La idea que vengo a presentarles, ni nueva, ni original, nació en mí tratando de aprender a manejar, sólo que mientras el instructor me hablaba de embragues, cambios y frenos yo, que la noche anterior había terminado de leer para mi hijo Alí babá y los cuarenta ladrones, en lo único que estaba pensando era que tenía que marcar en el libro los fragmentos más divertidos.

Y mientras pensaba eso, me parecía escuchar como en un sueño, palabras que me venían quién sabe de dónde, sobre no perder de vista el tráfico, frenar, y levantar el pie izquierdo. El instructor de manejo aprieta el freno y salva nuestra vida y la de los transeúntes de una calle, que por tranquila, no era el lugar apropiado para que intentara aprender a manejar. ¿Me ayudó el doble comando? Sí. ¿Continuó aquella clase de manejo? Obviamente que no ese día. Quería deshacerme del instructor -quien ya había descubierto mi natural torpeza para distinguir el pie derecho del izquierdo- y encontrar un bar donde empezar a tomar nota sobre los mejores momentos de la lectura provocados por la ingenuidad de Alí Babá y las astucias de Nurul Leila, la criada que defiende la vida de su amo. Esta pequeña anécdota, este ausentarme de lo que estaba haciendo -volante en mano- para transitar por lo que verdaderamente me gusta, me puso en el mismo lugar que los chicos en el aula. Todos los días, en algún momento, por mucho que los estudiantes parezcan prestar atención, sabemos que no están allí, algo nos dice a los profesores que sus mentes han volado a otro lado, a veces a un cielo cercano, a veces a otros mares, y otras a un océano bien lejos y entonces, estamos solos o con unos pocos en clase… justamente, como estaba mi pobre instructor de manejo.

Si tuviera la oportunidad de hacer el cruce a los años que tienen hoy estos estudiantes, si pudiera volver a tener entre dieciséis y veinte años ahora, yo también estaría más preocupada por rendir bien para que mi papá me preste el auto, que por entender el Martín Fierro y casi seguro que pensaría que correr a 120 Km. por hora es más adrenalínico que leer el Lazarillo de Tormes o Fuenteovejuna.

Entiendo a esos chicos que transitan por la Literatura sin una guía de doble comando, entiendo que no obtengan una licencia de lector si frenan mal, confunden los cambios y pierden de vista lo que leen y frente a este panorama hasta me parece lógica su distancia con el libro.

Yo leo y disfruto de la lectura por iniciativa propia, no tuve padres que me leyeran –aunque los vi leer-, así que tampoco predico a rajatabla que un padre o una madre que lee a sus hijos los convierte en lectores.

En los tiempos en los que crecieron los de mi generación, las lecturas obligatorias de la escuela eran: Platero y yo, Chicocarlo, Mi planta de naranja lima, Don Segundo Sombra, Rosaura a las diez, Los árboles mueren de pie y M´hijo el dotor… y cuando recuerdo estos libros, que leí completos y aún hoy los considero difíciles para la escolaridad primaria y secundaria, tengo un sentimiento de piadosa comprensión hacia mis compañeros de entonces, a quienes por leer esos textos o intentarlo, los intuyo lejos de la lectura. Estoy segura que ellos no se convirtieron en padres lectores para sus hijos y no porque esos libros hayan sido malos, sino porque leyeron mal y por obligación, sin información contextual que les facilite el abordaje de las obras.

Hoy les diría a muchos docentes, instructores del manejo del libro en esos años, que todos sabemos que la pancita de Platero era tan suave que se diría de algodón… porque nadie pasó de las primeras hojas, Platero sin una guía de lectura se convierte a la quinta página en un texto difícil de alcanzar -que va y vuelve por descripciones indescifrables- críptico como un laberinto dadá, con todo el respeto que merece Juan Ramón Jiménez.

Chicocarlo, Mi planta de naranja lima eran textos sin cerrojos para quienes, como yo, veraneábamos en el campo y podíamos tener una idea aproximada de cómo transcurría la infancia en el Interior: con otros modos de habla, siestas, calles de barro, viejas con piel de pergamino que nos hablaban de aparecidos, frutas para robar, acequias y surgentes. Para el pibe prototípico de ciudad, esos libros eran una pesadilla, nunca habían pisado el campo, veraneaban en la playa con el salvavidas de plástico y creían que todos los chicos del país experimentaban lo mismo.

Ni qué hablar de M´hijo el dotor. ¿Cómo no iba a sentirse perdido un joven ante un texto clásico que hablaba de las inquietudes de progreso de una familia de principios del mil novecientos? En clase los estudiantes no teníamos idea del marco histórico de esta obra, nada sabíamos sobre las circunstancias sociales que moldearon el afán de esos individuos por darle a sus hijos una vida mejor y por eso, cuando nos llevaban al teatro, el estado de confusión se completaba con actrices vestidas de largo, actores que se trataban de usted y la escueta escenografía tampoco ayudaba en la ubicación de época, ni lugar. En su madurez, sé que muchos de aquellos chicos recuerdan que hicieron una excursión muy divertida -por lo largo del trayecto entre la escuela y el Teatro Colonial- pero pocos saben qué fueron a ver, ni tienen presente el nombre de Florencio Sánchez. Y Rosaura a las diez: hoy quisiera volver en el tiempo para ver cómo mi maestra de sexto grado esquivó en clase de Lengua, en un colegio religioso, el espinoso asunto de que Rosaura hubiera salido de un prostíbulo pues, o esta maestra fue muy sagaz o como alumnos fuimos muy respetuosos y no quisimos preguntar o -y ésta es la opción más probable- ninguno tenía idea de nada, incluido el Ministro de Educación de entonces. Era 1979, recordemos cuán perimido estaba el tema prostíbulos en esos años. Yo comprendí mejor Rosaura a la diez años más tarde, cuando vi la película de Mario Sóficci. Gracias a Susana Campos pude ver una Marta Córrega en todos los matices que el autor había ideado para su personaje, ni que hablar del Camilo Canegato que interpretó Juan Verdaguer, después de este actor, aquel restaurador de cuadros, tímido y de poco mundo, no podía tener otro rostro, ni otra voz.

Me hubiese gustado que la maestra de entonces guiara mi lectura y me anticipara por qué el narrador iba a cambiar de capítulo en capítulo, y por qué, yo lectora aunque no comprendiera, debía igual seguir leyendo hasta urdir en la voz de cada personaje, el misterio de la trama de este policial, por que lo que estaba aprendiendo con esta lectura, era la técnica de escritura de un policial. Así, me hubiera interesado mucho más. Yo lo leí, muchos de mis compañeros no. Y Marco Denevi no se merecía en aquellos años que tantos chicos y chicas huyeran de su libro.

En suma, lo único que busco decir aquí es que todavía, los jóvenes me hablan de estos textos y sé que por saltar estos pasos previos, los hemos alejado de la lectura, ¿le hacemos buena prensa al libro por este camino? No. Y por eso sugiero replantear estratégicamente el modo que llevamos Literatura a clase.

El primer cambio debería ser asegurarnos que la lectura ponga diversión en el aula. ¿Hay textos que se han ganado la fama de pesados? Sí, no comencemos el año con ellos. Si tuviera que limpiar un bosque de acacias no empezaría con una palita, me conseguiría una topadora, para levantar de raíz lo que me entorpece el acceso.

Los adolescentes también tienen problemas, grandes preocupaciones, inquietudes que nadie les resuelve y preguntas que ni ellos mismos pueden terminar de formular. Están tristes, desconsolados, disconformes con lo que la vida actual les ofrece, ¿entienden lo importante, lo sanador, que sería ofrecerles a estos chicos una hora de risas provistas por una buena lectura? Están en la escuela, hasta que sean mayores de edad no se les permitirá estar en otro lugar, no quieren estar ahí y no comprenden para qué están ahí, para sus almas que bullen por salir a vivir, nosotros somos casi unos carceleros. ¿Cómo no van a evadirnos con los jueguitos? E insistiendo con textos dificultosos en una primera aproximación a la lectura, ¿no estamos facilitándoles una senda hacia los jueguitos? ¿Por qué no invertimos la acción y los atraemos hacia la lectura? Llegar al texto de la mano de los docentes, no significa abrir el libro por voluntad propia o por la fuerza: hoy existen excelentes versiones en películas de muy buenos libros, la ciencia ficción sigue ausente en las aulas aunque apasiona a mucho público joven, ni hablar de la historieta, el fútbol…hay cuentos fantásticos para engarzar esas perlitas de estudiantes -que todos tenemos- a los que lo único que les interesa es gambetear una pelota en la Playstation. Los varones quedan fascinados cuando una profesora trae el fútbol al aula con Soriano, Sacheri, Galeano. Pero mayor es la impresión de esa docente cuando en el aula algún chico le dice que conoce ese cuento porque Alejandro Apo lo leyó en la radio. ¿Imaginan eso? Un locutor, previo al partido, un sábado a la tarde, lee y conmueve a miles de hinchas de fútbol y de algún modo, los hace mejores.

Me duele bastante cuando los jóvenes en esta casa de estudios dicen odiar el Siglo de Oro Español porque yo siento pasión por este período de las letras españolas pero entiendo el sentimiento de los chicos si pienso que mi amor por Lope de Vega, Quevedo, Garcilaso, no me lo inculcó mi profesora de Literatura quien nos hacia leer en voz alta fragmentos de sus obras y nos aplazaba por no leer con precisión el castellano antiguo, al que no habíamos tenido nunca acceso.

Cuando les pregunto a mis estudiantes qué leen nunca me mencionan a Verne, Salinger, Bradbury, Poe, Asimov, Kafka, Dickens, Lovecraft, Twain, ni ningún autor con los que era posible divertirse por horas, antes de la TV y de Tinelli.

¿Alguna vez se preguntaron por qué una chica lee a Paulo Coelho y no a Víctor Hugo? Yo sí, creo que es porque no tuvo oportunidad de descubrir en el mundo literario que alguien escribió lo mismo que Coelho y lo hizo antes y mejor. Porque si algo debemos concederle a ese autor es que sabe muy bien lo que hace y lo hace muy bien, mezcla y reparte el mazo seguro del desconocimiento o el olvido de la gente, busca entre los escritores olvidados quien mejor cuenta sobre los conflictos existenciales y lo presenta en sus palabras como si fuera algo nuevo.

Si creen imposible jugar con el desconocimiento o el olvido de la gente, piensen cuántas veces han escuchado ante el horror de la muerte de dos ancianas en manos de un joven ladrón la frase estas cosas no pasaban antes, sin tener en cuenta que éste no es más ni menos que el argumento de Crimen y Castigo, libro que cuando presento en el aula como una de las primeras novelas psicológicas y cuento que fue pergeñada en una prisión rusa, en 1866, bajo las penurias del régimen zarista – que también describo-, sé que Dostoievski me levanta un pulgar desde el más allá, porque acabo de sembrar una semilla y Fiodor, en alguna mesa de saldos, estará esperando a estos futuros lectores.

Hay que hacer más marketing, más publicidad de la buena Literatura si queremos que los chicos lean. En España se producen excelentes materiales audiovisuales para acercar a Cervantes a quienes ven El Quijote en dos tomos y salen corriendo, en un par de horas, la calidad de un buen material fílmico, puede generar un converso para la lectura. Van a ver una película, está bien, pero en unos años lo van a leer, el chico que ha visto una buena versión de El Quijote en un film reconoce con mayor facilidad a los personajes, el escenario, la dama cuyo honor hay que defender y cuando entiende las burlas del autor hacia la tradición caballeresca, el libro se vuelve asequible, el joven lector deja de andar a tientas, lee mejor y lo disfruta.

¿Alguien descree de la influencia positiva que puede generar el musical de Los Miserables sobre la lectura posterior de la obra de Víctor Hugo? ¿Es posible aprender Literatura desde otras artes audiovisuales? ¿Enseñaríamos mal Literatura por ese camino? No creo. Sólo estamos empleando técnicas de posicionamiento a favor de ella, ubicando de otro modo los productos en góndola, los más seductores a la vista de los consumidores, para que luego nos compren los otros. Y a propósito de eso ¿será posible que dejemos entrar en el aula los textos de Bocaccio, Pirandello, Balzac, Jardiel Poncela, Burguess, Saki, Bukowski? Les aseguro que nada de lo que estos autores puedan ofrecer desde sus páginas será más escandaloso que todo lo que los adolescentes de hoy reciben de ese compilado de miserias de la comedia humana que es la televisión actual e Internet en muchos aspectos.

No digo que dejemos a Don Segundo en las sombras, pero si vamos a llevar literatura gauchesca a las aulas asegurémonos de decodificar todo el contenido del libro, estamos ante estudiantes con Blackberry, que con suerte sabrán lo que es un mate, un poncho, un caballo y un rancho. Pero que sin una instrucción de doble comando estos lectores iniciados estarán destinados a chocar, como yo, en la primera esquina, pues nada de la vida actual los llevaría a interesarse por el destino trágico del gaucho y del indio en el siglo XIX, cuando el país los consideraba un obstáculo para la civilización. Sin esa información les será imposible entender la impasibilidad de aquel anciano ante su suerte y el significado de la muerte social, objetivo del libro de Güiraldes.

Y un último ítem que me gustaría señalar brevemente, es que la escuela secundaria además, debe ser la gran formadora de cultura general de esos jóvenes que llegan a la universidad y lo desconocen todo acerca de los movimientos sociales y culturales que transformaron el mundo en el que viven, hay una cosmogonía pre-Internet que les es ajena, y eso también debería ser competencia de la escuela secundaria. Sin burlas y sin sesgo de humor, podría definir que los chicos que salen del secundario son, en el marco universitario, como grandes en pañales: ya no es sólo una cuestión de problemas de ortografía y comprensión lectora, traen errores conceptuales de tal calibre que si alguien no los ayuda a equiparar esta falta de conocimientos, verán afectada no sólo la calidad de los estudios que intentan cursar, sino también la calidad de su formación profesional. En fin, propongámonos -en el trabajo diario- ayudarlos en esa dirección, que comprendan que los docentes, desde el mundo de la cultura, ponemos en sus manos herramientas que a corto o a largo plazo ellos tienen el deber de saber manejar, sólo así el conocimiento los hará libres y autónomos, sólo así obtendrán una licencia de lector que les permitirá transitar por la ruta de todos y abrirse camino hacia sus propias rutas.

Abstract: It may sound ridiculous but just as there are cars double command to help a driver not experienced learning to drive, the same way, teachers can develop and strengthen reading skills of students who do not read, drive reading, guiding, although that involves reading address from outside the book, for example, introducing them to Don Quixote from a good version.

Keywords: readings - pedagogy - teaching resource

Resumo: Pode que soe ridículo mas bem como existem autos de duplo comando para ajudar a um motorista não experimentado a aprender a manejar, de igual modo, o docente pode desenvolver e afianzar a capacidade leitora de estudantes que não lêem, conduzindo a leitura, guiando-a, ainda que isso implique abordar a leitura desde fora do livro, por exemplo, os iniciando no Quijote desde uma boa versão.

Palavras chave: leituras – pedagogia – recurso pedagógico

(*) Myriam Contreras. Técnica Superior Publicitaria (UCA). Directora Cinematográfica (Escuela Superior de Cinematografía). Animación Cinematográfica (Escuela de Artes Visuales del Ptdo. de Avellaneda).


Lectura de doble comando para obtener licencia de lector. fue publicado de la página 114 a página117 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXVI

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