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Por capricho del destino (Primer premio)

Trachter, Lucía Victoria

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Primer Cuatrimestre 2016 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Primer

Año XIII, Vol. 75, Septiembre 2016, Buenos Aires, Argentina | 170 páginas

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Prólogo 

Mi relación con mi papá siempre ha sido buena, solo recuerdo una vez que nos peleamos a la vuelta de una reunión de padres de mi colegio secundario, yo era verdaderamente desastrosa y él tenía razón como de costumbre. Mi papá lleva divorciado de mi mamá 17 años, se separaron cuando yo tenía tres años pero mantuvieron una muy buena relación desde lo que me acuerdo. Ambos están muy involucrados en mi vida y son muy atentos, lo cual les agradezco inmensamente.  Cuando yo era chica mi papá vivía en la casa de su tío David en San Telmo, un lugar muy antiguo pero increíble, aunque no pasaba mucho tiempo ahí ya que vivía con mi mamá en Belgrano cerca del colegio. Me encantaba ir. Luego se mudó a Colegiales a un departamento que considero es su lugar en el mundo, no es muy grande pero es perfecto para mi papá. A partir del año pasado comencé a trabajar con él y mi hermano Andrés en el negocio familiar de los cueros, aunque mi lugar no tiene mucho que ver con el de mi papá. Me gusta verlo en su oficina, siempre hablando por teléfono, tomando su Nespresso pero la mejor imagen de él es verlo por la puerta de vidrio sosteniéndose la cabeza, pensativo, no sé si será que pasó algo malo o simplemente está reflexionando pero a mí me parece gracioso. La relación desde que trabajo con él no cambió mucho, nos seguimos viendo los fines de semana en el club o en nuestros típicos almuerzos en Palermo seguidos de visitas a algún local que nos guste a los dos. Ahora tenemos algo más de que hablar, a parte de la facultad o del cine podemos hablar de trabajo, aunque nada pesado, simplemente lo que pasó en la semana. Ahora lo entiendo más, sé de lo que habla cuando le pregunto y me interesa lo que tenga para contarme sobre lo que va a venir.  No encontré el momento para contarle del trabajo que estoy haciendo, aunque sé que le encantaría leerlo no sé si yo estoy preparada, creo que si mi mamá le cuenta no va a quedar otra pero es que lee tanto y sabe tanto que me daría mucha vergüenza mostrarle algo escrito por mí sobre él.

Los comienzos 

Para no ir muy atrás en el tiempo, elijo poner un punto de inicio, para explicar que Frida y Salomón que fueron los padres de mi abuelo Carlos, son los que dieron inicio a la familia que conozco, primero, con numerosos hijos e hijas, y luego creando la empresa que emparentaría a tanta familia, con la llegada de los yernos, de las nueras, de los nietos, de las nietas.  De los años gloriosos escucho hablar de Villa Frida, la fabulosa quinta donde todos se reunían los fines de semana, para jugar al futbol, y al tenis, como si fuera un club privado. Del abuelo Salomón, sé que regaló la sinagoga de Mataderos que lleva su nombre. Una historia más de inmigrantes que hicieron La América en un país de inmigrantes. Casi nada nuevo, los sacrificios, los primeros brillos. 

Carlos Trachter fue uno de los hijos mayores de Salomón y Frida, aquellos polacos de ojos azules, que supieron inventar de la nada un imperio de la piel y del cuero exótico, y Alicia fue una belleza de revista, de familia rusa, que acompañó a Carlos hasta el último de sus días. 

Mi papá se llama Sergio, fue el hijo adorado de Carlos y Alicia, el preferido de sus tíos y abuelos, por lindo, por bueno. Es el hijo del medio, aunque casi mellizo con Silvana que es la mayor por catorce meses. Años después nació Alejandro y así se completó la familia que me precede.  Sergio fue testigo y partícipe de una parte de la historia rica y muy compleja que tenemos en común los miembros de nuestra extensa familia. De esa historia que conozco a través de voces recortadas como si fueran capítulos de un libro escrito por muchas manos.  Mi papa fue un niño dorado y adorado, amante y fanático del futbol, aunque medio pata dura. Tal era su amor por el deporte de la redonda, que cuando a los ocho años lo operaron, todos los empleados de la fábrica del abuelo, firmaron una pelota de fútbol con los nombres de los jugadores de San Lorenzo del momento, y su papá se la llevó al sanatorio diciéndole que se la mandaban los jugadores. Durante muchos años Carlos guardó el secreto que aquel niño adorado guardó incluso con más cariño cuando entendió el amor que encerraba aquella travesura llena de amor.  Una niñez y una juventud sin sobresaltos, viajes, deportes, todo lo que sus padres podían darle hicieron que creciera guapo y feliz, sin ser echado a perder por sus atributos ni por su posición. Fue novio de las más lindas, hasta que siendo muy joven se casó con Sarita, otra joven promesa por belleza y figura. De esta unión nacieron los mellizos Pablo y Andrés, en la época en que no existían las ecografías, Sergio y Sara se convirtieron en padres jovencísimos, que casi jugando criaron a los mellizos, tan pequeños como distintos.  Mientras tanto Sergio ya trabajaba a la par de Carlos, y empezaba a tomar su lugar en el imperio familiar, que con esfuerzo y con muchas peleas y divisiones familiares de por medio, subsiste hasta hoy.  Sergio y Sara tenían todo, una casa linda, hijos preciosos, eran jóvenes y bellos, de buena posición. Sin embargo, y como en toda pareja la vida cotidiana a veces no era tan perfecta como dejaban traslucir, y como resultado, terminaron separándose. Aunque dicha ruptura no fue definitiva, y reconciliación mediante, Sara volvió a quedar embarazada del tercer varón al que llamaron Diego. Lamentablemente durante el embarazo de Dieguito, el padre de Sara enfermó y murió, y el nacimiento apenas trajo un poco de alegría a la tristeza de Sara, sumado a la desilusión de no tener una hija mujer, hicieron que los primeros años después del nacimiento fueran los más difíciles de soportar para la pareja. La depresión por la muerte de su padre, las peleas constantes, hizo que la pareja se separara otra vez, y que Sergio dejara definitivamente la casa de la calle Arribeños, a los mellizos y a Diego.

Una nueva etapa 

Mientras vivía su nueva vida de separado, no faltaron los romances y las aventuras con bellas mujeres, bailarinas italianas, actrices argentinas, viajes a las ferias de Europa por trabajo, y un criadero en el Matto Grosso lo mantenían en buena forma. Mientras los negocios a veces daban saltos como en una montaña rusa, que aguantaba los vaivenes de la famosa por inestable economía argentina.  La relación con Sara no fue ni volvió nunca a ser buena, ni cordial, ni siquiera formal. Los reclamos estaban a la orden del día, y afortunadamente para Sergio, sus padres Carlos y Alicia, nuevamente estaban al pie del cañón para ayudarlo con los chicos los fines de semana, organizando pijamadas en el dúplex de la avenida Quintana, viajes con los nietos, y almuerzos con todos en el club, donde las camisetas de fútbol y los guantes de arquero eran los tesoros más preciados.  Pablo y Andrés, mis hermanos mellizos, crecían dividiendo sus días entre las tareas del colegio bilingüe, el fútbol de Geba, el tenis y los amigos del club ADR, que fueron el semillero de lo que después sería La banda, un equipito que haría historia y cuyos miembros al día de hoy siguen siendo amigos y confidentes.  Diego, el más tímido, aunque también mega futbolero miraba con admiración a sus hermanos mayores, y asombraba con su parecido a Pablo, sus rasgos, su flacura divina. Al igual que los mellizos, Dieguito tenía su grupete en el club, mucho más traviesos que los mayores, entre los que Tuti y Guillermito se destacaban, también Gaby, el primo, y Paco y Gonzalo y otros que no eran tan amigos, pero que crearían la otra banda. Más reos y con menos fútbol.

Hasta noviembre de 1993 

A finales de aquel mes Sergio conoció de casualidad a quien sería la madre de su única hija mujer, o sea yo, la princesa de la familia. Cuentan en las historias de la familia, que mientras Sergio y sus hermanos, Silvana y Alejandro, sólo traían nietos varones al mundo, el abuelo Carlos ofrecía una recompensa para quien diera una nieta mujer a la dinastía y rompiera con la racha de nueve varones al hilo.  El noviazgo entre Sergio y Alejandra tuvo que pasar por muchos problemas, mejor dicho, prejuicios, Sergio era casi cuarentón, separado y de familia judía, mientras que Alejandra era una hippie estudiante de letras de veinte años de una familia cuyo padre era un católico recalcitrante y conservador. Así las cosas, se enamoraron. Dice mi mamá que desde la primera vez que la abrazó supo que Sergio sería el padre de sus hijos. Una mezcla de galán bien vestido que además encajaba justo en la figura de padre que ella buscaba.  Para Alejandra resultaba casi divertido, aunque no siempre, enfrentar cada presentación, o escuchar cada comentario por su edad, por su condición de no judía, por ser hippie y de barrio en el ámbito familiar acomodado de la familia de Sergio, que vivía en Recoleta o Palermo sobre Avenida del Libertador, conocían el mundo y no les agradaban mucho las personas fuera de su círculo. 

Dieguito 

Él tenía cinco años cuando mis papás empezaron a salir. Sergio lo dejaba en la casa de Ali para poder ver a mi mamá los fines de semana, aunque no siempre resultaba bien, porque apenas se enteraba Sara, ardía Troya. 

Alejandra a los veinte ya tenía varios sobrinos y estaba al tanto de los juegos, de las series y de todo el mundo infantil de aquel entonces, por lo que la relación, aunque al principio fue desconfiada por Diego, una vez que se conocieron mejor, se llevaron de maravillas. Mi hermano era por los quince años de diferencia el hermanito que mi mamá no tuvo y Alejandra era para él una mezcla de niñera joven que hacía todo lo que le pedía.  Jugaban a los muñecos, atravesaban la ciudad buscando comics, lo vestía en la cama calentito para ir al cole. Veían tele juntos, y organizaban los mejores programas de fin de semana, incluyendo a todos los amigos del club.

Lucía 

Mi llegada trajo alegría en el peor momento económico de la familia. Las peleas dentro de la empresa familiar trajeron divisiones que todavía hoy persisten, sin embargo, el círculo más cercano se mantuvo siempre como un bloque que soportaba y contenía todo.  Mi abuelo Carlos siempre decía a mi mamá: “yo siempre te voy a querer porque me diste a mi nieta”. Y aunque cuando se enteró Dieguito que iba a tener un hermano dijo que lo iba a tirar por la ventana, su carita cambió cuando le dijeron que en vez de un hermano iba a ser una hermanita y enseguida me amó.  El embarazo fue una prueba difícil para todos, porque aunque mi mamá se sentía la mujer de 22 años más feliz y plena del mundo, alrededor se había desatado una verdadera batalla campal entre Sergio y su ex esposa Sara, en donde Dieguito y los mellizos quedaron en medio de las acusaciones cruzadas, los insultos y los desagravios.  Era el año 1996 y la economía del uno a uno golpeaba y empeoraba la situación familiar. Pero Sergio sacó su capa de caballero y le propuso casamiento a mamá en The Embers, mientras mamá comía todo lo que su embarazo le permitía comer. No fue romántico, pero así es Sergio, pura corrección en el momento justo.  Mi nacimiento fue el acontecimiento familiar de la década. Mamá estaba muy tranquila con su enorme panza cuando le dijeron que tenían que inducir el parto porque ya no había más lugar para mí. Ya era la hora de salir y aunque para ella era un shock que eligieran el día de mi nacimiento, se lo tomó casi con enojo, pero de su enojo salieron tartas, ensaladas de frutas y un montón de comida que guardó en la heladera para que nadie pasara hambre mientras ella estuviera en el sanatorio pariendo. El 16 de mayo de 1996 Alejandra se despertó, se bañó y desayunó liviano, cosa de lo que después se iba a arrepentir porque durante el goteo no le dieron nada de comer y en esa época su apetito era más que voraz.  A media mañana, se fueron a la Clínica del Sol de la calle Arenales, un sanatorio que en ese momento funcionaba únicamente como maternidad. Estacionaron cerca y caminaron algunas cuadras hasta llegar. En el camino se encontraron con unos conocidos, que no podían creer que con tanta tranquilidad fueran a internarse para hacerme nacer. Mis papás parecían que estaban de paseo cuando iban para el sanatorio. En la clínica la esperaba Anita, la partera y el obstetra. Ya era el mediodía y a mi mamá la enchufaron al goteo, que duró seis largas horas, en las que mientras tanto iban llegando los abuelos, tíos y mejores amigos. A las 5:30 de la tarde fue momento de ir a la sala de parto, peridural de por medio, a las 18:19, respiré el mundo por primera vez.  Tal fue la algarabía por mi nacimiento que afuera de la sala se escuchaban gritos y risas, tan fuertes, que por altavoz pidieron a los familiares de la familia Trachter que hicieran silencio. Después de todo, estábamos en un sanatorio.  Tuve el mejor recibimiento del mundo. Mi abuelo Carlos y su amigo Martín no se movían del silloncito de visitas, mi tía Silvana, mis primos, amigos y toda la familia pasó para conocerme. Y yo despierta y con los ojos muy abiertos los iba descubriendo a todos.

La vida 

Dije varias veces que aquellos años fueron difíciles, en lo económico y familiar. Pero Sergio se mantuvo a flote, como pudo, en medio de tantos problemas.  Sara estaba peor que nunca, que mi papá hubiera rehecho su vida con una veinteañera sacaba lo peor de ella, y atacaba económicamente a mi papá, que ya le había dado todo en el divorcio, pero su furia pudo más. Con ayuda de la abogada más despiadada y hoy más conocida como la defensora de las botineras y mediáticas, Sara exigía cada día más y más dinero, aunque no lo necesitara. Ella quería ver a Sergio fundido, y generó las situaciones más terribles, que con el tiempo, trajeron consecuencias peores.  Sara pedía aumento en la cuota alimentaria. Como Sergio no estaba en condiciones, mandaba la ropa de los chicos a ser lavada en nuestra casa, que tenía un lavadero de dos por dos. También los mandaba a comer y así mi mamá se la pasaba cocinando para un batallón. Situación que duró hasta que yo nací y hubo una especie de tregua, una calma chicha que duraría un suspiro en el viento.  Mis hermanos mellizos ya eran adolescentes y manejaban como podían la situación, se escapaban por la tangente y los afectaba, pero quien más sufrió aquellos años fue mi hermano Diego o Totó, que fue la manera en que yo lo llamaba cuando empecé a hablar.  Sergio, en ese momento y por primera vez en su vida había aceptado trabajar en relación de dependencia, porque con los cueros no podía pagar los gastos, repartir a la familia y cumplir con las exigencias de Sara. Así que el 24 de agosto, es decir, un día después de haberse casado con mamá, se levantó temprano y se fue a trabajar. Dejó a mi mamá entre triste y desconcertada, sin luna de miel, ni romanticismo, por lo menos no del que ella tanto había leído en las novelas de García Márquez.  Sin embargo, mi mamá volaba, en su mundo maternal me tenía a mí, como su muñequita adorada, su tesoro más preciado, lo único que había querido en su vida, ya lo había conseguido, era una mamá. Y aunque en ese momento su juventud no la dejaba actuar con inteligencia, sino más bien con intuición, hizo lo mejor que pudo para lidiar con un bebito de días, y con los problemas del afuera que no eran pocos. Mi hermano Diego sufrió mucho, tanto que a los pocos meses de mi nacimiento quiso vivir en casa. Nuestra casa era muchísimo más pequeña y sin las comodidades del piso de Sara, pero evidentemente había más amor. Y Sergio hacía lo imposible para que no faltase nada. Alejandra se las arreglaba para llevarlo y traerlo del cole, hacer la comida, darme la teta, y ajustarse a los veintitrés a la vida de una mujer con una familia que, de repente, era enorme y exigente.  Sergio trataba de cumplir todos los roles, sostén de familia, padre de mellizos adolescentes, llevar a Dieguito a terapia porque tuvo ataques de pánico y no quería ir a la escuela ni estar con su mamá. Además de trabajar para un jefe y ocuparse de la alicaída empresa familiar. Y de una esposa joven con una bebita recién nacida. 

En aquellos años no hubo vacaciones, pero no faltaron las mudanzas, que teóricamente acompañaban los vaivenes de la economía familiar tan compleja. Mientras todo pasaba por él. Todas las decisiones importantes las tenía que tomar en soledad.  Para descargar tensiones y usar su potencial futbolístico, se convirtió en el director técnico del equipo de fútbol de mis hermanos mayores, que se llamaba La Banda. El deporte y la vida de club se convirtieron en el espacio donde todos nos sentíamos contenidos y relajados. A esa altura yo ya había crecido como para poder ir a la actividad del club, mi mamá aprendió a jugar el tenis y Diego tenía su grupo de amigos con los que se reía y lo pasaba bien.  El año 2000 nos encontró cenando en el club, Sergio y mi madre ya no se llevaban tan bien como al principio, los problemas los sobrepasaban y no encontraban la manera de acompañarse mutuamente. A esa altura Sergio se refugiaba viendo fútbol solo en un cuarto y mi mamá con veintisiete años no sabía bien qué hacer ni cómo salir de esa espiral. Mientras tanto yo ya había empezado el jardín y era una nena de libro, cuyo crecimiento y madurez encajaban justo en cada etapa.  Papá y mamá se separaron a fin del año. El 2001 nos encontró mudadas de casa, de escuela. Sergio se fue a San Telmo, a la casa de su tío David, hermano menor de su papá que tenía casi la misma edad, y era un arquitecto que disfrutaba del tango, las comidas ricas, las amigas, un bon vivant adorable que nos ayudó a pasar por ese momento tan gris de nuestras vidas.  Los años pasaron y todos nos fuimos rearmando como pudimos, Sergio pudo reordenarse poco a poco y pudo comprarse su departamento nuevo, mamá tuvo un novio y mi hermano Andrés se casó. Todo parecía ir acomodándose, pero de nuevo su hijo tuvo recaídas y estaba en tratamiento. Lo que había sido su ataque de pánico de chico de adolescente se profundizó, y para cuando mi madre quedó embarazada por segunda vez después de 9 años, Diego empezaba con internaciones por tiempo indeterminado.  La vida de Sergio dejó de ser su vida. Aunque en el trabajo le iba mejor y había retomado las riendas de la empresa familiar, su tiempo se consumía con Diego, a pesar de estar soltero y disponible, no podía sostener una relación estable con ninguna mujer porque Dieguito y yo estábamos primero. La enfermedad de Diego avanzaba, y Sergio siempre estaba buscando cambios y alternativas a las terapias, y quería que Diego encontrara paz y fuera feliz. Mi hermano siempre fue especial, sensible y tímido. Papá vivía para Diego.  A principios de marzo de 2010, semanas después de que Sergio se convirtiera por primera vez en abuelo, Diego se suicidó. Estos últimos seis años en la vida de Sergio estuvieron marcados por su propia terapia, por su viaje interno constante, un descenso lleno de preguntas, un viaje triste, que lo lleva directo a lo más triste de su corazón, donde lidia con la culpa, con los “y si hubiera hecho tal o cual cosa, Diego seguiría vivo?”  Nada en la vida volvió a ser como antes, como nunca, nuestro mundo cambió. Diego dejó no solo el vacío de su existencia, sino que se llevó parte de nosotros. Todos lo sentimos y lo llevamos de una manera distinta, yo perdí a mi hermano, mi papá a su hijo. 

Las muertes que siguieron fueron más esperadas, la generación de Trachter de mis abuelos y tíos abuelos fueron dejando su espacio a múltiples nacimientos en la familia, demostrando que la vida sigue.  Sergio sigue. Y aunque a veces cae, vuelve a levantarse. Casi no habla del tema, pero le sigue doliendo. De estos años tan dolorosos le quedaron algunas obsesiones y muchos miedos, pero sigue siendo el hombre responsable que se ocupa de toda la familia, que me cuida y que me da todos mis gustos, que quiere para mí lo mejor y que me manda a recorrer el mundo, a aprender idiomas, que me da libertad para elegir lo que quiero hacer, el que me invita a Palermo a almorzar y de paso a chusmear las vidrieras y, siempre pero siempre, encontrar alguna cosita nueva.  Sergio es el héroe de mi vida. Es el hombre con el pecho más grande del mundo, a quien el gris de su pelo le costó la vida. Es mi ejemplo de padre, de hijo, de hermano de sus hermanos, de amigo de sus amigos. Es el hombre que se sobrepone todos los días a la vida y sigue viviendo y haciéndome la vida más simple y más feliz a mí y a mis hermanos, a mi mamá, a sus amigos y a todas las personas que lo rodean.

Conclusiones personales 

Creo que en el relato describo a mi papá de la manera más sincera que puedo gracias a la ayuda de mi mamá y mi tía que fueron muy honestas conmigo a la hora de armar el trabajo, tuvimos largas conversaciones acerca de Sergio y la familia en general, lo que me inspiró mucho. Igualmente fue difícil escribir acerca de mi hermano, un tema todavía muy delicado para mí y para todos, no solo escribirlo sino releerlo se me hizo casi imposible y creo que esa fue mi mayor traba, no por no conocer la historia, sino justamente por lo contrario.  Me gustaría algún día tomar confianza y enviárselo a mi papá para que lo lea, sin que yo esté presente, claro, para que sepa lo importante que es para mí y que se sienta reflejado como la maravillosa y valiente persona que es.


Por capricho del destino (Primer premio) fue publicado de la página 109 a página112 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

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