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Un ángel sin alas (Primer premio)

Orska Dotti, María

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Primer Cuatrimestre 2016 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Primer

Año XIII, Vol. 75, Septiembre 2016, Buenos Aires, Argentina | 170 páginas

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Nuestras vidas son la construcción de pequeños momentos que van cruzando caminos con direcciones desconocidas, como brillantes estrellas fugaces en galaxias lejanas. Vivimos y aprendemos a viajar a través del tren de las experiencias que nos van formando, aceptando cada segundo que pasa, como una adición más a la esencia que nos encarna. A pesar de que nos gusta convencernos de que somos lo que optamos ser, terminamos siendo completamente manipulados por cada evento que ocurre en nuestras vidas, por muy mínimo que éste sea. Es decir, el conjunto de eventualidades cotidianas (que esta más allá de nuestro entendimiento o control) conforma la mayor parte del por qué somos como somos, o el por qué muchas veces elegimos ser distintos. Cada casualidad tiene un enorme peso en la historia de cada persona: conocer el amor en una cafetería, nacer en la familia que nacemos y toda circunstancia que se convierta en una experiencia personal. 

Las casualidades son el misterio más grande y maravilloso del tiempo y sus incógnitas. El porqué de cada suceso en nuestras vidas, está sujeto a interpretaciones y creencias personales, pero no se puede negar que somos la construcción de cada una de esas experiencias. El escritor checo Milan Kundera, dice que “sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje”. Es decir, que cada día está determinado por un constante paso de diminutos voluntarios e involuntarios episodios, que aparecen misteriosamente como luciérnagas en una oscura noche. Estos episodios son los rieles que van cambiando la dirección de nuestros trenes y nos llevan a lugares en los cuales jamás creímos que estaríamos, saliendo cada vez de un nuevo y desconocido lugar de partida. Todos estos irreemplazables y significativos cambios de dirección son los ladrillos que construyen nuestra esencia y lo que somos. 

Yo era una niña de 11 años, sin ninguna gran preocupación, cuando me enteré que mi madrastra estaba embarazada por segunda vez. Más allá del divorcio de mis padres, no asumía aún ningún evento que yo considerara significativo o transcendental en mi vida. La corta edad no me permitía cuestionar mucho de forma consciente, las cosas, simplemente mi vida era lo que era. Mis padres se habían divorciado cuando yo tenía 4 años y crecí con dos familias que me amaban y protegían de manera incondicional. A pesar de que nunca fue fácil tener dos de todo, (dos casas, dos dormitorios, dos familias, dos conjuntos de reglas distintas para cada lugar, etc.), puedo decir que tuve mucha suerte al crecer con padres divorciados que se llevaran tan bien y que estuvieran siempre tan involucrados en mi vida y la de mi hermano. 

Cuando mi papá se volvió a casar, en lo único que podía pensar era en la ilusión de tener más hermanos y hermanas con quienes jugar y crecer. El nacimiento de mi primera hermana (la primera hija del segundo matrimonio de mi papá) trajo a nuestras vidas una enorme caja de sorpresas e ilusiones. Sin contar el hecho de que ahora tenía una muñeca personal a la cual podía peinar, vestir, etc., habernos convertido en tres hermanos en vez de dos, incrementó nuestra alegría exponencialmente. Así que, con la noticia del segundo embarazo de María Isabel, no se podía esperar nada menos que felicidad y un conjunto de nuevas expectativas, ilusiones y sueños. Recuerdo el sentimiento exhaustivo de emoción que experimenté cuando me contaron que iba a tener otra hermana, y la cantidad de planes y proyecciones que pasaron por mi cabeza. Personalmente, estoy todavía indecisa en lo que concierne a temas como el destino y el libre albedrío, pero sí sé que hay algo más grande, que direccionó nuestras vidas a algo nuevo, a algo mágico. Ésta fuerza superior que está por encima de nosotros, ya sea que se llame Dios, o no (los nombres pueden ser muy poderosos pero a veces pueden alterar los significados y desviar los propósitos) envió a nuestras vidas una sorpresa especial. Una casualidad, la cual nos marcó y cambió para siempre. 

Mi hermana Sara tuvo complicaciones en el parto, y esto ocasionó que nazca con el cordón umbilical enredado en el cuello. La falta de oxígeno al nacer, creemos, le causó un severo daño neurológico y cerebral. En su primer año de vida, Sara desarrollo epilepsia y la mezcla de las convulsiones con su condición de nacimiento la convirtieron en un misterio médico. Los doctores concluyeron que no existía un diagnostico concreto para su caso. Aquí es cuando, la palabra “normal” tomó otro significado, llevándonos consigo, a un nuevo mundo. 

La vida decidió que mi tren y el de mi familia, pasaría por una parada distinta, en la cual aprenderíamos las mayores lecciones de nuestras vidas. Un lugar en el cual, lo normal no estaba determinado por lo ordinario o lo común, un lugar en donde lo imperfecto era hermoso. Una pequeña casualidad que nos dio un rumbo nuevo y nos regaló el milagro más grande que nos hubiéramos podido imaginar. “Un ángel sin alas”, dice siempre mi papá. 

Puede parecer extraño e impresionante pero Sara es la persona que más me ha enseñado. Ella no puede hablar, caminar, comunicarse con gestos, ni hacer matemáticas filosofía o ciencia. Tampoco tendrá un futuro como el mío o el de mis hermanos. Nunca irá al colegio y menos a la universidad. Tampoco se casará ni le dará nietos a mi padre. Jamás leerá un libro ni se enamorará. Es decir, Sara jamás cumplirá con lo que nuestras expectativas o proyecciones tenían planeado para ella. Su tren la llevó desde un principio a ser algo mucho más especial. Para muchas personas, la circunstancia de mi hermana se podría describir con la palabra tragedia, pero la relatividad de las cosas, me enseñó a desenmascarar ciertos secretos. Así como mi hermana jamás hará nada de lo que mencioné, tampoco tendrá sufrimientos banales. Jamás llorará por aceptación, ni cambiará para complacer a nadie. Jamás tendrá que perder su inocencia ni su esencia interior. Jamás tendrá que preocuparse por ser parte, ni por cumplir con las expectativas de la vida ni de la sociedad. Jamás tendrá una vida convencional ni se verá encerrada llorando por lo que no tiene o lo que quisiera tener. Nunca tendrá las interminables frustraciones y sufrimientos que hacen de nuestras cabezas normales, temporales infiernos. Ella vivirá la vida al máximo, disfrutando cada segundo, viendo cada cosa siempre como si la estuviera viendo por primera vez. 

Mi hermana me enseñó que los seres humanos nos vamos cegando al crecer. Tal vez como una consecuencia de las rutinas o tal vez porque muchas veces decidimos cerrar nuestros ojos ante ciertas cosas para poder mantenerlos abiertos con otras. De cualquier manera, los seres humanos vivimos en un constante proceso de olvidarnos de disfrutar y mirar la particularidad y belleza de cada cosa, convirtiéndonos en seres que pasan por la vida sin notar la belleza de las estaciones, lo magnifico de cada canción, la dulzura de cada fruta. Mi hermana me enseñó que las sonrisas son la gasolina del alma, que respirar es un privilegio y que la felicidad es una decisión. Ella es un constante recordatorio para no cegarme, para no dejar que preocupaciones triviales me consuman ni a mí ni a mi esencia. Sara me enseñó a utilizar los ojos más allá del propósito de la visión, y que en cada cosa hay magia y belleza. Viéndola a ella aprendí que la belleza no es independiente, la belleza se otorga por los ojos del que la sabe ver. 

Expresarnos, disfrutar a nuestros amigos, admirar el arte y la música, respirar, reírse, caminar, correr, aprender a sentir los rayos de sol y las gotas de lluvia, bailar hasta que el cuerpo se canse, amar sin restricciones, vivir intensamente. Eso es lo que mi hermana me dice todos los días a través de sus interminables sonrisas. Eso es felicidad: vivir y sentir y aprender a apreciar hasta las lágrimas y la amargura de una despedida o de un fracaso. Estos son los nuevos ojos que ese cambio de direcciones en mi tren me regaló, los cuales atribuyen significado e importancia a mi vida. 

Antes de que mi hermana naciera, no entendía ni me cuestionaba el significado de mi propia existencia, y aunque no lo tengo descifrado ni entendido en su totalidad, ahora sé lo que quiero para mí. Quiero seguir disfrutando de cada cosa, quiero aprender a ver a través de los ojos de la inocencia como si estuviera viendo todo por primera vez, quiero ser feliz, y ser feliz bajo mi significado de felicidad: vivir intensamente. Para mí, vivir intensamente cada lágrima y cada sonrisa, cada haza- ña y cada fracaso, es y será siempre la única manera de darle propósito a lo que hago, por más que mi tren siga cambiando de direcciones. 

Mucha gente nos tiene lastima: “que difícil debe ser lidiar con una niña discapacitada”´, dicen. Pero todo es muy relativo. Tal vez, yo debería sentir lástima por todos los que no tuvieron la suerte de tener una hermana como la mía. Lástima porque nunca van a tener la oportunidad de ver los secretos que Sara me enseñó. Yo no quiero ser una víctima de circunstancias, ni una esclava de mis problemas. Tampoco quiero enfrascarme en las direcciones dificultosas a las que la vida me lleve. Quiero ser dueña de mi felicidad, quiero aprender que no puedo controlar a donde voy, pero sí puedo controlar si río o lloro durante el viaje. Esta es la persona que escojo ser, la persona que mi hermana quiere que sea. Ella me enseña a volar sin necesidad de tener alas.

Conclusiones personales 

Las enfermedades y las condiciones no comunes son un tabú dentro de las sociedades modernas que aspiran a la perfección. El plantear este tipo de diálogos y crear conciencia acerca del respeto y tolerancia a las personas diferentes, se vuelve en muchos casos uno de los primeros objetivos de los familiares de personas con este tipo de situaciones. En mi caso, mi hermana llegó a mi vida en una etapa en la que me cuestionaba muy poco acerca de lo que pasaba alrededor mío. Gracias a esto, en mi cabeza, mi hermana siempre fue normal. Simplemente, era una niña especial. 

Diferente no es igual a anormal, y aunque parezca que las palabras no tienen importancia, el nombrar da mucho poder y define muchos comportamientos de las personas. Por esta razón, es importante escoger siempre las palabras adecuadas. Si Sara no hubiera nacido, seguramente ni yo ni nadie de mi familia tendría este tipo de planteos, pero por alguna razón, Sara nació y desde ese instante todo cambió. Es necesario que se eliminen los tabúes. Es necesario que aprendamos a no tenerle miedo a lo distinto o a lo desconocido, ya que muchas veces encontramos lo magnifico en ello. Para todo aquel que ha sido cercano a Sara o a mi familia, ha sido un aprendizaje interno y externo. Sara nos ha enseñado mucho. Más allá de las preocupaciones por su salud, ella es una niña perfecta, verdaderamente perfecta, ya que no se acerca a las instancias de perfección impuestas por el resto, sino a las suyas propias, y para mí eso es lo más cercano a la perfección que se puede llegar.


Un ángel sin alas (Primer premio) fue publicado de la página 118 a página120 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

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