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El amor en los tiempos del consumismo (Segundo premio)

Ortiz Linares, Mariana

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Primer Cuatrimestre 2016 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Primer

Año XIII, Vol. 75, Septiembre 2016, Buenos Aires, Argentina | 170 páginas

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Introducción 

Hay quienes creen en el azar y otros quienes creen en el destino. Pero, por qué no contemplar el intersticio de estas dos partes, ver la relación productiva que puede existir entre ellos y así, ver cómo el destino se construye a partir del azar y viceversa. Los caminos que se crean en el caos de casualidades construyen nodos desde los cuales actuamos. Los lugares a los que nos han llevado estos caminos, que se construyen ante nosotros ciegamente, los transitamos tomando decisiones sobre el presente. Cabría preguntarnos si son estas elecciones el destino o, son acaso, el azar. Este relato cuenta la historia del principio de una relación, es también la historia de amor de dos personas que se conocieron en un lugar muy lejano a todo lo que conocían. A partir de esta historia reflexiono sobre estas instancias que parecerían filosóficas y abstractas, pero que son tan reales como la existencia misma, como mi existencia. Esta es la historia de cómo se conocieron mis padres.

Desarrollo 

Era 1976 en Bogotá y ella no tenía ninguna duda de que en el futuro quería ser médica. Era una chica muy inteligente, la segunda de cuatro hermanas y un hermano. Jimena estaba próxima a terminar el bachillerato, sus buenas notas y calidez humana la hacían una excelente candidata para postularse a esa carrera. Se presentó a la Universidad Nacional de Colombia, que es la universidad pública más prestigiosa del país pero también la de más difícil acceso. Jimena, decidida, presentó los exámenes de ingreso, pero para sorpresa de todos sus familiares y amigos no quedó seleccionada. Determinada a seguir su sueño y aunque también sorprendida y un poco decepcionada, decidió inscribirse a la carrera de biología en la Universidad Distrital para prepararse mejor y presentarse el siguiente semestre de vuelta a la carrera de medicina. Para su inscripción tenía que ir a un edificio que quedaba en el centro de la ciudad. Era mediodía y los trabajadores de las oficinas salían para almorzar. En el camino se topó con el edificio del ICETEX, recordó que en esa entidad del Estado otorgaban becas, y la curiosidad la impulsó a entrar. Buscó con quién hablar pero no había nadie, sólo vio cómo una pequeña ventanilla se cerraba a unos pasos de donde ella estaba. Se acercó apresurada y tocó para preguntar si aún había alguien. Una voz de mujer al otro lado de la pared le inquirió de mala gana qué era lo que quería, ella le preguntó de vuelta si había becas para medicina. La ventanilla apenas se abrió y de ella salió un papel, la mujer dijo, “esto es lo único que hay”, y de golpe se volvió a cerrar la pequeña ranura. Un chico del que no se había percatado se acercó y le preguntó de qué universidad se trataba, Jimena leyó Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Caminaron juntos a la salida, el joven le contó que era una de las becas más difíciles de conseguir, él ya se había presentado un par de veces pero sin éxito. La acompañó a tomar el colectivo y se despidieron para siempre. En su viaje Jimena estuvo fantaseando sobre este lugar tan lejano, cómo seria vivir tan lejos de casa, cómo serían los paisajes y las personas de ese país del que mucho había oído pero del que, a fin de cuentas, poco sabía. Leyó los requisitos: su promedio de notas, una serie de exámenes y pagar el tiquete de avión. 

Llegó a su casa, tenía que contar con la aprobación de sus padres para comenzar la aplicación. 

Félix estudiaba día y noche en la pequeña ciudad de Santiago. Se levantaba temprano con el calor que solo en el Caribe hace en la madrugada y se dirigía a la universidad en donde estudiaba mecánica industrial. A la tarde salía de la facultad para ir al bachillerato nocturno donde estaba finalizando sus estudios secundarios. El poco tiempo libre que tenía lo dedicaba a la militancia en la Juventud del Partido Comunista Dominicano. Eran épocas difíciles en su país, Joaquín Balaguer había sido electo presidente por unas dudosas elecciones democráticas y seguía el mismo lineamiento militar y sádico que ejercía, siendo asesor del dictador Rafael Trujillo. Por esta razón no era el momento más seguro para organizarse y alzar la voz en la isla, pero sin dudas, sí era el tiempo más necesario. Pronto terminaría de estudiar en el colegio y recibiría su título de técnico, por lo que decidió inscribirse para seguir sus estudios en la Universidad Católica Madre Maestra. Un día se encontró con uno de sus primos, quien le dijo que había becas para ir a estudiar a la Unión Soviética, él sabía que la sensibilidad social de Félix y su perseverancia en el estudio, hacían de él un buen candidato. Envió el analítico de sus calificaciones, escribió una biografía que le pedían y meses después viajó a la capital, Santo Domingo, para presentar un examen psicológico. Fue una cita muy extraña, desde que ingresó al consultorio vio cómo el psicólogo, un señor anciano pero aún fornido, andaba de un lado a otro de la habitación buscando algo. Después de varios minutos sin que ninguno pronunciara palabra, el hombre en bata blanca le preguntó por la fecha, Félix le dijo que era 23 de mayo de 1975. Siguió levantando papeles y moviendo libros y le preguntó si él podría vivir en una ciudad de millones de personas. Félix le contestó con convicción que sí, aunque le era indiferente, su objetivo no era la ciudad sino la universidad, lo que él quería era estudiar ingeniería química. No le dijo a nadie de sus planes, era peligroso que se corriera la voz y tener que afrontar luego la persecución y violencia del Estado. Pronto olvidó la aplicación, la cita con el psicólogo y eso que buscaba el viejo con tanta insistencia, después de todo era algo muy poco probable, casi imposible que su sue- ño de obtener la beca se hiciera realidad. 

Cuando Jimena llegó a su casa, sus padres estaban sentados a la mesa terminando de almorzar. Les contó lo que había pasado en el ICETEX y que ella tenía muchas ganas de aplicar a esta beca. Dora la madre de Jimena, que siempre ha tenido un espíritu aventurero se alegró de los planes de su hija “quién quita que su destino este allá”, le dijo. Muy por el contrario, Enrique, su padre de carácter más serio le dio un rotundo no ¿Qué quería buscar ella en uno de esos países? Terminaron de comer y ella no paró de insistir. En la salida, cuando Enrique se ponía su chaleco para volver al trabajo, a regañadientes cedió y le dijo que sí, que podía mandar la documentación y aplicar. 

Los meses pasaron y Jimena ya estaba estudiando biología cuando recibió una carta en donde la citaban para presentarse a una serie de talleres y pruebas. Ella había estado visitando la biblioteca y había aprendido muchas cosas sobre la Unión Soviética. Muchos de los talleres eran en grupo y les planteaban problemas que tenían que resolver en grupo o individualmente. Fueron varios días de prueba. En el colectivo se dio cuenta que había un chico que tenía la misma documentación que ella. Se acercó y empezaron a charlar, él le contó que también quería estudiar medicina. Vivían cerca y siempre coincidían en el colectivo que tomaban para presentar las pruebas. Jimena y Jaime rápidamente se hicieron amigos. La última etapa de las pruebas eran entrevistas. De mayo hasta agosto no volvió a tener noticias sobre la beca hasta que un día de agosto recibió una carta en la que le decían que había sido seleccionada para estudiar en la Unión Soviética. La sorpresa la llenó de alegría, era la primera vez que se iría tan lejos de su país. La celebración familiar llegó con lágrimas de alegría y de tristeza. Mientras la señora Dora organizaba fiestas y reuniones, Enrique se lamentaba a pesar de lo orgulloso que se sentía por su hija. 

Es así como el 26 de agosto viajó con un grupo de 20 estudiantes a Portugal, la primera escala era en Lisboa y la segunda sería un día después en Paris. La ciudad de las luces la maravilló, los paseos al lado del Sena y las angostas y empinadas calles que serpenteaban hasta el MontMartre hacían que las historias que había oído de Europa se volvieran cuentos opacos en comparación a la realidad. Tenían pocos días para recorrer la ciudad y pronto llegó el momento de embarcarse en alguno de los aviones de la aerolínea soviética Aeroflot. Su primer contacto con la cultura soviética fue impactante. La dureza de sus formas y su persistencia en hablarle en ruso, a pesar de su obvia incomprensión, la sorprendió. Llegaron a Moscú y los colores brillantes y saturados de París contrastaban con el gris y el verde empastado de esta ciudad. Un olor muy particular detectó desde que se bajó del avión, era una combinación de pintura densa y cal, con la que estaban pintadas las paredes. Una vez que estuvieron instalados en el hotel de estudiantes llegó una representante de la universidad quien les hablaba únicamente en ruso. Estas formas frías y duras la hicieron sentirse muy insegura de su decisión ¿Había hecho lo correcto en irse tan lejos de casa? En el hotel había personas de todas partes del mundo, y los latinos por la suerte de compartir un mismo idioma fueron los primeros en integrarse y comenzar a circular la información de cómo funcionaba todo. Los primeros tres días serían de turismo por la capital. Fueron a visitar la Plaza Roja, varios monumentos a Lenin y los llevaron al teatro Bolshoi para ver El Lago de los Cisnes. También los llevaron a un gran galpón que estaba lleno de ropa para que eligieran un abrigo, botas, guantes y un gorro. Los estudiantes que llevaban más días les contaron que pronto les informarían a qué ciudad serían enviados para estudiar. Cuando llegó ese día Jimena se sorprendió porque todos los latinos habían quedado en grupos para ir a las mismas ciudades y ella iría a Harkov con dos jóvenes árabes. En el tren se dieron cuenta que no sería un trayecto corto, en lugar de asientos había camas y el tren comenzó a marchar a la tarde. Los chicos hablaron gran parte del camino y no poder comunicarse ni entenderse con ellos, la inquietaba. El cansancio hizo que, prontamente, se durmiera y las horas que pasaron le parecieron minutos cuando llego el momento de bajarse. Estaba cansada y algo asustada, tenía hambre y se sentía muy sola. Una mujer los recibió en la estación y les habló en inglés. Se trasladaron a la universidad, era un edificio hermoso y monumental, cerca de él estaba la residencia universitaria. Llegó a su habitación asignada y en ella estaba Lili, una costarricense de 24 años con quien compartiría habitación. Había dos camas más que eran de sus próximas compañeras de habitación. Lili le explicó que ninguno de los soviéticos regresaría hasta septiembre, todos estaban en las plantaciones recogiendo la cosecha del verano para suplirse de alimentos para el invierno. Este servicio se llamaba Kolhos, era obligatorio para los rusos, y todos iban con agrado pues se trataba de su comida, la comida de todos. Su experiencia comenzó a cambiar cuando conoció la universidad y la ciudad. Las grandes plazas y la belleza del edificio de la facultad de medicina la convencieron de que al final de todo no había sido tan mala idea haber viajado. Además, una semana después llegó Jaime, el joven del colectivo con el que se había hecho amiga Jimena en la etapa de selección. La sorpresa fue muy grata porque Jaimito hubiese podido quedar en cualquier otro rincón del país, pero por suerte había llegado a donde ella estaba. Pronto llegaron sus compañeras rusas de habitación que eran dos chicas muy amistosas. 

Muy lejos, en Dominicana, y meses antes, Félix se topó en la calle con el hombre a quien le había entregado su documentación. Este le preguntó si tenía pasaporte, y Félix le contestó que no. El hombre lo miró risueño y le dijo: “¡Usted se va mi amigo!”. Él estaba totalmente turbado con esa noticia, no se podía imaginar ese mundo totalmente nuevo al que se iría a enfrentar. Esa misma semana fue de vuelta a la capital para sacar el pasaporte y una semana después lo llamaron para confirmarle de su viaje, en los próximos días partiría. 

Félix le preguntó a su abuelo si lo podría ayudar para comprar algo de ropa ya que tenía planes de irse. El abuelo le preguntó que a dónde se iría y Félix le contestó que a Europa, “¡pero Europa es muy grande muchacho!”, le dijo. Aunque quería compartirlo con su abuelo no podía. Nadie debía enterarse de sus planes, pues era peligroso y no quería preocupar a su familia. Después de todo en el pasaporte que había recibido decía explícitamente que no podían transitar las repúblicas soviéticas. El vuelo iba a Curazao, tenían que pretender que viajaban solo con fines turísticos. Allá los esperaba una persona que les entregaría los pasajes con los que viajaría a la URSS haciendo escala en Ámsterdam. Estando en el grupo, que eran aproximadamente 50 personas se fueron difuminando sus miedos, se tornó todo en una situación más divertida de camarería.

Llegaron a Ámsterdam el 7 de septiembre. Allá entregaron todos sus pasaportes para que fueran visados con el permiso de la unión soviética. Días después volvieron los pasaportes y a la noche partieron a Moscú.

Allí llegaron a un hotel de estudiantes, dos semanas después de que una chica colombiana, Jimena, estuviera alojada en el mismo lugar. Félix también fue al teatro y recibió la dotación de ropa. Eligió la única gabardina de color amarillo de todo el galpón, era un poco pesada pero era la única que no era de color gris. 

Los dominicanos andaban todos en grupo y siempre tenían con ellos a alguien que les traducía. Cuando llegó el momento de que les asignaran las universidades una mujer se acercó a él y le repitió varias veces “Harkov, Harkov”, esa sería la ciudad en la que viviría los próximos seis años. Llegaron después de un largo viaje de noche, Elsa una dominicana que también quedó seleccionada para Harkov grabó todo el momento desde que se bajaron del tren hasta que llegaron a la universidad. Les entregaron los talonarios, con los que podían reclamar su comida y los llevaron a hacerse chequeos médicos. A diferencia de su país, en la URSS la medicina era preventiva, por lo cual tendrían que regresar, como todos los estudiantes, en seis meses para volver a hacer los exámenes correspondientes. 

La Smetlana y pan negro se volvieron la comida de la mayoría de los días. Jimena se acostumbraba cada vez más a la cultura soviética o encontraba maneras de adaptar sus costumbres a su nuevo hogar. Las latinas que se resistían a bañarse solo una vez por semana como lo decía el reglamento, construyeron juntas una ducha improvisada que se conectaban con el grifo de los lavamanos. Una de sus compañeras de habitación, Luiba fue muy dulce con ella desde el primer momento que se conocieron. Siempre estaba tratando de enseñarle nuevas palabras en ruso, y este apoyo fue muy importante para Jimena, ya que no solo la ayudaba a su integración sino que también la hacía sentirse cada vez mejor y menos sola. Otra de sus nuevas amistades fue Misha, un ruso que sabía español y le regalaba galletas waffle cuando la notaba triste. También aprendió que cuando había una larga fila en los almacenes era porque había algún producto nuevo o lujoso, como podía ser shampoo o crema dental. Por lo que siempre salía con una bolsa de tela en su mochila para no dejar pasar ninguna oportunidad. El primer año todos los estudiantes extranjeros se dedicaban a aprender ruso. Las clases eran con personas de todas las nacionalidades, los africanos se destacaban porque eran siempre los que más rápido aprendían e interiorizaban los nuevos conceptos. En estas clases conoció a muchas más personas y comenzó a socializar más. Las peruanas siempre estaban hablando de un muchacho dominicano, decían que era muy guapo pero también odioso, se llamaba Félix. Jimena no lo había visto nunca porque él estaba en la facultad de ingeniería, que quedaba al otro lado de la ciudad. En el grupo de latinos se comenzaron a hacer famosas las fiestas de los dominicanos, todos decían que eran las mejores. Y entre más se acercaba el invierno más razones había para congregarse y no dejarse abatir por el frío y las pocas horas de luz. Inició el segundo semestre y con lo que habían aprendido en los primeros meses, tendrían ahora que tomar clases de historia, matemáticas, comunismo científico y música. 

La mensualidad de los estudiantes era de 78 rubros y dos más que estaban destinados para la vivienda, esto era más que suficiente. Al haber pocas cosas para comprar era muy fácil ahorrar, en los almacenes solo se encontraba un par de cosas, pero nunca faltaba el pan, la leche, papas y algún salchichón. Félix aprendía rápido ruso, se había hecho amigo de unos dominicanos, Marian y Francisco de tercer año, que lo invitaban a las tardes para que le enseñaran del idioma. Él viajaba todos los días dos horas en bus para encontrarse con ellos. El segundo compañero de habitación de Félix era un árabe llamado Basem Abu taleb con quien tenía una muy buena relación de mucho respeto, cocinaban juntos huevo y pan y se alegraban mucho cuando conseguían latas de pasta de tomate. Pronto llegó el otoño y en el país entero se organizó una fiesta para recoger las hojas caídas de los árboles, limpiar las plazas y las fábricas. La gente salía temprano y trabajaba duro todo el día con orgullo y gusto, todos trabajaban para todos. Las diferencias con Sudamérica y Europa eran notables, había un gran compromiso con la comunidad y solidaridad extendida. Con los extranjeros el lema de los proletarios del mundo unidos era realidad hasta en las situaciones más cotidianas, si no todos, la mayoría buscaba poder ayudar a los demás. Por otro lado, había mucha intriga de los soviéticos que se preguntaban cómo era ese occidente tan prohibido. Le preguntaban a Félix cómo era ese país del que venían, cómo era la música, la ropa, si era cierto que había sirvientes. Existía un gran mercado negro en Harkov, donde si sabías a dónde ir y por quién preguntar podías encontrar una variedad de productos que en el mercado oficial no existían. Es así como se contrabandeaba carne, jabón, pantalones jeans y vinilos de los BeeGees, aunque en el mercado oficial no hubiese nada de esto. Félix iba al mercado central siempre donde la misma mujer que por un par de rublos más le daba carne de conejo. 

Se acercaba el final de la preparatoria y muchos habían sido reubicados por segunda vez en otras facultades alrededor del país por lo que se hacían muchas fiestas de despedida. Las llamaban El ultimo campanazo. Jimena y Jaimito continuarían en Harkov por lo que estaban muy contentos. Tenían planeado viajar juntos en las vacaciones de verano por Europa. Elsa, una amiga dominicana de Jimena que era de la facultad de ingeniería la invitó a una de las famosas fiestas de los dominicanos. Félix estaba invitado también, así que se alistó y salió de muy buen ánimo porque le habían informado que se quedaría en Harkov. Se alegraba también porque planeaba viajar a Estados Unidos en el verano para visitar a su mamá. 

Se vieron por primera vez y él se acercó a hablarle. Se contaron de los planes que tenían para el verano. Jimena le contó que quería viajar con Jaimito por Polonia y pasarían por Alemania oriental, de allá irían a Francia, Italia y España para luego devolverse para el siguiente cuatrimestre. Él le habló de su madre que hacía varios años vivía en Estados Unidos, que la visitaría pronto. Por lo que hablaron Félix asumió que Jaimito y Jimena eran novios pero de igual manera le dijo audaz y pícaramente: “tu deberías casarte con un dominicano”. Se acabó la fiesta, se despidieron cordialmente y quedaron profundamente conmovidos por ese fugaz encuentro. 

Las semanas pasaron, Jaime y Jimena viajaron a Moscú para pedir las visas de viaje que necesitaban para cada país. Estando en una de las embajadas, un guardia llamó a Jimena por su nombre. Ella se sorprendió mucho ¿Quién la conocería a ella en Moscú? En la entrada vio a Félix, le dijo que le habían negado la visa para visitar a su mamá así que se decidió a viajar por Europa también. Debido a que él tendría las citas en las embajadas una semana después no podría viajar con ellos. Los dos se lamentaron por ello pero no sabían que se encontrarían en todas las ciudades que visitaban con por lo menos un par de horas. Se vieron en Varsovia, en Madrid, en Barcelona y en Roma, entre coincidencia y asincronía se despedían en un país para volverse a encontrar en otra plaza, otra calle, unas veces con sol y otras con lluvia. 

Al volver a Harkov se reencontraron con la intensión de no volver a separarse. Félix tenía razón en que Jimena se debía casar con un dominicano y él sabía que si bien por destino o por azar, su lugar debía ser al lado de ella.

Conclusiones personales 

Los lugares a donde vamos, los paisajes que vemos y las personas que conocemos construyen quienes somos. Pero somos también los lugares, paisajes y personas de nuestro pasado. El futuro se teje con estas lanas de colores y cuentan nuestras vidas sin que nos percatemos. Esta historia de amor, cuenta cómo se conocieron Dora y Félix, es el comienzo de la vida de mi hermana y de la mía, y con suerte, también lo será de las generaciones venideras.


El amor en los tiempos del consumismo (Segundo premio) fue publicado de la página 125 a página127 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

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