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Un análisis de coincidencias (Primer premio)

Bascougnet, Manuela

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Primer Cuatrimestre 2016 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Primer

Año XIII, Vol. 75, Septiembre 2016, Buenos Aires, Argentina | 170 páginas

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Introducción 

Si bien la huida de emigrantes por la perversidad y crueldad del mayor combate provocado por el hombre en el siglo XX ya es un cliché, siempre hay historias entre medio, que a simple vista son confusas de ver, pero a las que si se les acerca con cuidado, se las trata con cuidado y se las asoma con lupa, pueden revelar las más sublimes e interminables memorias. Como toda historia tiene un tiempo y espacio, y con respecto al segundo, se sitúa en uno de los más maravillosos rincones del mundo. Trento, según el imperio romano, HautAdige (literalmente, Alto Adigio) en las manos austriacas, Venezia Tridentina bajo la dictadura de Benito Mussolini, hasta que con el acuerdo entre Italia y Austria en 1946, llevó el definitivo nombre de Trentino Alto Adige. Fue en 1916, en esta región nórdica donde nació Josefina Scubla, mi recordada bisabuela y se crió en la misma diversidad, en la frontera entre la belleza y la crueldad que transporta toda guerra. Al igual que Giovanni Scubla, mi bisabuelo. Ambos, pudieron darle frente a los regímenes totalitarios, el nazismo, la pobreza, la humillación, y todo tipo de crueldad a los que uno puede estar expuesto en guerra tan exterminadora. Pero juntos, siempre juntos. 

Esta es una historia de traición, de coincidencias, de encuentros inoportunos, del desenlace de una serie de eventos desafortunados (y otros que no tanto, de guerras, y sobre todo: de una búsqueda interminable por la paz y la identidad. Si bien la huida de emigrantes por la perversidad y crueldad del mayor combate provocado por el hombre en el siglo XX ya es un cliché, siempre hay historias entre medio, que a simple vista son confusas de ver, pero a las que si se les acerca con cuidado, se las trata con cuidado y se las asoma con lupa, pueden revelar las más sublimes e interminables memorias. En un día como muchos otros de 1916, nace María Josefina Scubla, en uno de los más hermosos rincones del mundo, situado en el norte de Italia, en la frontera con Austria y Suiza, Trentino Alto Adigio es entre las regiones italianas una de la más conocida por la belleza de sus montañas, esas majestuosas cumbres cubiertas de nieve, bosques, cursos de agua, lagos, aquellos juegos mágicos de luces entre los picos de las Dolomitas. En fin, un pueblo de ensueño coronado por los mil tonos de una naturaleza auténtica y virgen. Bajo las manos austriacas, la provincia era llamada HautAdige (literalmente, Alto Adigio), y fue allí donde todo comenzó. Josefina, mi recordada bisabuela, se crió en la mismísima diversidad que se haya en la frontera entre la belleza de los pueblos nórdicos y la crueldad que transporta toda guerra, ya que a los dos años, ya sobre el 1918, éstos pueblos una vez austriacos fueron puestos al mando de la conquista italiana, al perder Austro-Hungría la primera de las dos mayores guerras alguna vez presenciadas por la raza humana. Alemania y el imperio Austro-Húngaro fueron derrotados contra las potencias de los aliados, y gracias a la disolución del imperio, el ejército italiano tomó poder de la región, interesado por la ubicación geográfica de éstos pueblos, no bajo el interés que uno imaginaría, el de su latente belleza, sino que por la ventaja ubicación de la región para ataques militares. 

La vida en aquellos años de guerra fue atroz, pero al finalizarse, sobre el año 1918, la familia de mi bisabuela (y toda Europa) presenció unos momentos de calma. El simple hecho de irse a acostar por las noches y no sentir misericordia por sus vidas parecía un sueño, ahora hecho realidad. La pausa de los bombardeos, de los combates, de los millares de combatientes heridos era un privilegio que pensó que jamás les era posible volver a retomar. Los años fueron pasando y de a poco, el pueblo volvió a su normalidad, las calles comenzaron a presenciar fiestas, reuniones entre ciudadanos, sus típicos mercados de alimentos, y toda esperanza por volver a ser una región unida lentamente volvía a florecer. 

Y así como los años pasaron, Josefina ya era toda una joven mujer, su cabello castaño y sus ojos almendrados combinaban a la perfección, su amabilidad era infinita y su gracia invocaba la auténtica cultura italiana. Todo marchaba a la normalidad cuando, en el mismo pueblo de Trento, un amigo en común le presenta a un joven muchacho: mi querido bisabuelo Giovanni Scubla. Italiano de alma, se lo podía escuchar generalmente en tonos gritando, expresivo como pocos, auténtico tano, pero muy dulce, reflexivo y generoso en su interior. Uno de aquellos hombres amables, muy atentos, humildes y trabajadores que hoy en día tanto cuesta encontrar. El flechazo fue instantáneo, y entre salidas y encuentros, al cabo de un par de años ya estaban dando el sí, en la misma capilla que lo habían hecho sus padres, rodeados de la inmensidad que sólo los Alpes Suizos pueden brindar. 

Los días iban espléndidos, que luego se convirtieron en meses, para transformarse en años. Mis bisabuelos disfrutaban del matrimonio como ningunos otros. Todas las tardes, cuando Giovanni volvía al pueblo de trabajar, justo cuando se ponía el sol, Josefina lo esperaba con la mesa servida para dos, y una cena bien caliente. Los sábados, que Giovanni volvía temprano, los usaban para permitirse algún lujo, un almuerzo afuera, una escapada a los pueblos vecinos. Y los domingos, como toda familia conservadora, los pasaban en su hogar, disfrutando de la calidez que sólo éste puede brindar. 

Era un día como cualquier otro, Josefina se dirigía al mercado para abastecer su alacena con los ingredientes de sus recetas, cuando pasaron dos hombres que llamaron su atención: altos, de cuerpo esbelto, rostros alargados, de quijada cuadrada y tez blanca como su cabellera, rasgos faciales finos y marcados. Supuso que serían tan solo algunos turistas perdidos, pero al identificar las chaquetas que portaban a juego grabadas con el nombre de cada uno, prácticamente impronunciables para mi joven bisabuela, descartó toda posibilidad de ello. Ya había estado observando señores usando aquella exacta vestimenta recientemente por la ciudad. Eran alemanes. 

Lo que mi bisabuela no sabía para la fecha, era que Italia estaba a punto de cambiar definitivamente. Como es público, el país a pesar de haber resultado en el grupo ganador tras la Primer Guerra Mundial, no salió beneficiado con el Tratado de Versalles, muchas de sus tierras no se le fueron devueltas y finalmente, decidieron una táctica inesperada: cambiar al bando del Eje, de la mano del Japón de Hito y la Alemania de Hitler, dos aliados muy poderosos, pero con orientaciones extremistas. Hacia el fin del 1930, cuando el gobierno italiano firmó un armisticio con los Aliados, Trentino fue partícipe de un juego carente de azar: junto con las provincias de Bolzano y Belluno, la región fue ocupada por Alemania, que lo reorganizó bajo la zona de operaciones del litoral del Adriático, y lo nombró Voralpenland, poniéndolo bajo la administración de Gauleiter Franz Hofer. Pero además, del trío tomado de facto, fue la única región inmediatamente anexionada al Reich alemán (con el añadido de la provincia de Belluno). Sus habitantes italianos eran perseguidos. 

Para el cabo de un par de meses, mis bisabuelos vieron su encantadora ciudad completamente transformada. El miedo la abrumaba a Josefina cada vez que debía salir de su casa, el terror del incierto futuro que le podría deparar cada vez que Giovanni se dirigía a trabajar era doloroso. La capacidad de vivir sin certezas algunas, y todavía sin verse paralizada por la duda, era quizás la peor amenaza que la contaminaba. Cecilo, su amigo desde la primaria, uno de las autoridades de la región que ocupaba el puesto de Podestàs italianos, fue reemplazado por autoridades del Tercer Reich y exiliado de su tierra natal, así como muchos otros. A los niños en la escuela se les era enseñado el alemán de la misma manera que el italiano, así como sus costumbres y cultura. De manera tan paralela a la de un alemán natal. La diferencia que era en su propio país. 

Un domingo como cualquier otro, fue a la tienda de revistas a llevarle a su esposo el mismo diario que compraban desde que tenía memoria, IllPopolod’Italia, se acercó al dueño, un anciano bajito y con poco pelo, con el que frecuentaba a diario e intercambiaba un par de palabras, pero las suficientes para saber que se trataba de ese tipo de hombres que todavía valoraban los buenos principios y la verdad. Sus conversaciones solían ser en italiano, pero al encontrarse presente un general germano, con un escaso pero descifrable alemán sugirió: 

–Buenos días señor, ¿me daría el periódico del día?– 

El hombre, con temor, se le acercó y le extendió el periódico autorizado por el nuevo Reich. 

–Tome éste señorita, hágalo por mí– 

El peor sentimiento de angustia subió por su garganta. Esas pocas palabras tenían un significado mucho más profundo. Significaban el silencio, la libertad de expresión que cada uno de los italianos carecía, la impotencia de vivir como un extra- ño en su propio país, de sentirse olvidado, rechazado por su propia patria. Significaban la esclavitud de comportarse regido por el miedo. En ese exacto momento, Josefina entendió todo. En ese exacto momento, esas exactas palabras significaron otra cosa: “Vete de aquí”. 

Josefina sabía que no podría seguir viviendo de aquella forma. Algo tenía que cambiar. Y si no podía ser su país, entonces serían ellos. Sabía que no aguantaría un solo día más viviendo en su (ahora nombrada) calle Dorotheenstrabe, de la que no sabía ni el significado, ni cómo pronunciar. Sabía que no resistiría un solo día más ver las plazas donde jugaba de pequeña, las jugueterías, las librerías, colmadas de insignias alemanas y repletas de mercadería extranjera. Sabía que no soportaría un solo día más ver a sus conocidos desaparecer, a sus colegas huir y a su patria morir. 

Las cuatro cuadras camino a su casa se sintieron como 100 kilómetros. Su cabeza (por mucho que intentara detenerla) no podía dejar de pensar. Huir de un propio país al que solías admirar, del que viste morir a tus antepasados luchando en su defensa por generaciones y generaciones, y ahora no sentirse identificada en lo absoluto por él, ni por sus valores, ni por sus ideales era desgarrador. Cómo saber si debía enterrar los recuerdos de la vida pasada, del orgullo por su patria, las memorias de las centenares de veces que solía disfrutar de sus calles, de sus plazas, de sus granjas, para enterrarlos definitivamente, cómo descifrar si debía sepultarlos en lo más profundo de la tierra para no volver a abrirlos jamás, o si habría de esconderlos sutilmente, en un sitio que recuerde y pueda volver a sacar cuando todo vuelva a la normalidad. Cómo decidir entre huir de la desgracia o soportarla, manteniendo la esperanza de que un día todo volvería a ser como lo era antes. 

Volvió a pensar en la situación que acababa de presenciar, los tristes ojos del anciano le querían transmitir un mensaje. Un mensaje de aliento. Ahí descubrió que él, a diferencia de ella, no tenía muchas opciones, que la calidad de vida que sufriría quedándose en Italia y acostumbrándose a su nueva nación era todavía algo mejor que la que le proveería el exilio. Sí, era un mensaje de aliento, de aliento a reconstruir su vida, porque ella era joven y tenía toda la vida por delante, porque ella podía hacer lo que el hombre no, debía hacerlo por él. 

Tiró el periódico al cesto y continuó camino a casa, sabía perfectamente lo que debía hacer. Entró a la comodidad de su hogar y al instante que observó a Giovanni cocinando para ella, lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Estaba orgullosa del hombre que tenía al lado suyo, y se sentía convencida que juntos podrían afrontar cualquier batalla que les deparara la vida. Cuando le contó el incidente del periódico, no necesitó decir más. Giovanni había comprendido todo, él sentía la misma angustia y estaba decidido a acabar con ella, a buscar un futuro mejor. Le secó las lágrimas de su cara, la abrazó fuerte y gozaron de la más hermosa y serena comida que hacía mucho tiempo no celebraban. Ellos, como muchos otros, decidieron no enterrar la caja de los recuerdos, sino celebrar los mejores, aprender de ellos, y partir a un nuevo destino a construir los próximos por guardar.

Conclusiones personales 

Para mi persona, realizar este trabajo práctico final fue todo un reto. Mi historia se basa en la inmigración de mis bisabuelos, y si bien, mi padre los recuerda perfectamente y con el mayor cariño, el abandono del país originario de mis antepasados es un tema que conmocionaba mucho a ellos y del que preferían no hablar. Por eso, tuve que indagar en los escasos recuerdos que poseía y relacionar las fechas exactas con los hechos cronológicos de la historia europea. Al fin y al cabo, luego de realizar un viaje temporal, obtuve resultados muy reconfortantes. Si no fuera por la realización de este proyecto, jamás hubiera comprendido de tal forma el esfuerzo que ellos pusieron para salir adelante, las condiciones a las que se vieron expuestos, y jamás me hubiera sentido tan orgullosa de mi apellido como lo estoy hoy en día.  


Un análisis de coincidencias (Primer premio) fue publicado de la página 128 a página129 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

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