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Días de filo y el boleto azul (Primer premio)

Commenge Chieppa, Candelaria

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Primer Cuatrimestre 2016 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Primer

Año XIII, Vol. 75, Septiembre 2016, Buenos Aires, Argentina | 170 páginas

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Introducción 

El relato que se contará a continuación narra la historia del hallazgo de un baúl a casi 66 años del fallecimiento de su dueño.

Baúl que al abrirlo se convierte en un túnel hacia el año 1914, en un momento especial de un hombre en la guerra. En ese baúl se encuentran muchas antigüedades, desgastadas, y algunas ya del todo perdidas, pero en el fondo… un pequeño hallazgo marrón, un hallazgo donde se conocen los pensamientos y sensaciones de Carmine, dándonos un panorama de lo que realmente se siente o sintió al estar allí. 

El hallazgo 

Una tarde de domingo, en una de las tantas tardes de familia en la casa de mi abuela, esposa del hijo de Carmine Chieppa, mi bisabuelo, encontré un baúl de madera marrón con bordes de algún material muy parecido al cuero. Estaba lleno de polvo, desgastado, un poco roto y tenía olor a humedad, pero podía observarse que en algún momento había sido un baúl muy atractivo. Era el típico baúl, marrón, con forma rectangular, de unos 50 centímetros de largo, unos 30 de ancho y otros 30 de profundidad y seguramente muy incómodo de trasladar. Tenía dos manijas de chapa. Me llamó mucho la atención y lo abrí. Estaba lleno de latas antiguas, muy lindas, y dentro de las latas había muchas cartas, fotos, estatuillas y objetos que con el pasar del tiempo no pude identificar. Lo que encontré sólo me despertó más el interés por saber realmente a quién había pertenecido. Busqué por mucho tiempo y entre bichitos y muchas cartas mojadas, encontré unas fotos, unos papeles que parecían ser pasajes y certificados de casamiento y por último, algo muy parecido a lo que es un diario. Era un cuaderno de cuero con solamente una carta o historia. 

Nunca entendí si tenía un destino, si estaba dirigida a alguien o si simplemente era una ayuda, una conexión a tierra para mantener la cordura en medio de semejante vivencia. Si bien le pregunté a mis familiares si tenían alguna idea de para quién podría haber sido, ellos tampoco pudieron contestarme así que simplemente me la imaginé, creo que es un recuerdo de ese momento, una carta que comenzó a escribir en ese momento bélico como esperanza de en un futuro leerla en otra situación, bajo otro contexto… Sí, escribió en ese momento pensando en leerlo y recordar ese mismo momento que lo escribía una vez terminada la guerra o sus servicios. Elegí reescribirla y mostrarla primero porque fue un lindo momento familiar en donde descubríamos un escrito en italiano desconocido de un familiar y segundo porque creo que es una carta profunda y de una extrema sensibilidad, trasparencia, con un poco de angustia, coraje y otra forma de pensar. Seguramente habrá palabras cambiadas o adecuadas a un lenguaje más moderno pero como mencioné antes, su versión original era en italiano y con ayuda de mi mamá, tías, abuela y un diccionario escribimos lo que pudimos. La historia dice así… 

Días de filo 

Cuando era sólo un niño, había imaginado otro modo de vida, hasta imaginaba una vida tranquila y no sé en qué momento eso cambió. Hoy miro hacia atrás y mi vida fue una bala, el filo de un cuchillo con una fina hoja metálica, tierras y ruidos temblorosos. 

Cuando cierro los ojos recuerdo todo, cada ruido, el penetrante frío de las noches, del sonido de las hélices de los aviones en cualquier momento del día que indicaban que alguien se aproximaba, que estábamos siendo observados desde arriba. Haber estado en la guerra es algo que te cambia por completo, te hace valorar la vida, te hace ver las cosas de una perspectiva diferente. En la guerra, la calle es un rejunte de escombros, mirás el camino roto, húmedo, frío, marrón, gris, ruidoso pero a la vez tan silencioso… tan vacío y comienza a parecerte un laberinto sin salida, un eterno túnel sorpresivo donde no sabes qué puede haber al final de él, también ves cuerpos de personas a quienes considerabas tus hermanos a veces ya caídos, ya vencidos, otras lastimados y otras simplemente agotados y agobiados … personas que eran, fueron y serán parte de tu familia, ves personas que ni conoces y te preguntas quiénes habrán sido, la edad que tendrá o el futuro que hubiese tenido, entre otras tantas cosas y mientras tanto, seguís caminando, dentro de ese uniforme que por momentos es tu caparazón y por otros tu chaleco de contención. Un uniforme que consta de un casco, unos pantalones, remera, abrigo, botas, con todos los bolsillos imaginados para todas las cosas que tenemos que llevar. Ese uniforme que aprendés a quererlo, porque te acompaña desde que entrás hasta que te vas. Y así vas caminando, por ese mundo que pocos conocen. Donde allí, en la guerra, se olvida que sos un ser humano, unos te ven como aliado, compañero o soldado y otros te ven como enemigo, pero nadie te ve como hombre, como humano, como persona. No hay opción, uno decidió ese camino. Mirás hacia atrás y podes ver gran parte del camino recorrido por tus huellas y no sabés cuántas te quedan por pisar, aunque los días no sean los mejores, agradeces ver la luz de un nuevo día y agradecés cada huella. Por qué, se preguntarán… Porque un nuevo día simplemente significa que no moriste y que tenés otra oportunidad, otra esperanza de volver a casa. Algunos dicen que vuelven los más fuertes, los mejores soldados y los más dinámicos. Yo puedo asegurar que es una cuestión de suerte, de ser un elegido quizás o de un privilegio que tendrás que agradecer la vida entera y más vale hagas que valga la pena, porque por el trabajo en equipo, hoy podes respirar. En la guerra un juego de cartas con los compañeros, un cigarro, una carta de algún familiar son las cosas que te hacen sentir vivo. Te aferrás a cualquier cosa que pueda considerarse mágico o de buena suerte. Algunos hacen ruido por demás y otros guardan un profundo silencio, algunos se transforman en payasos y otros pierden por completo la risa y al final, estar con uno mismo se trasforma en otra batalla. Yo siempre fui una persona seria, alegre en el fondo pero seria hacia afuera y la guerra como enseña lo malo, enseña lo bueno. Aprendí a reír, no necesariamente desde la gesticulación en mi cara ni del sonido de una carcajada que sale de mi boca sino más bien desde adentro de mí, reír desde el hígado, desde el corazón… esa risa, mantiene los hilos. Y así te mantenés, por meses, en un limbo, donde estás 100% presente pero a su vez, totalmente ausente, perdido.

El milagro 

Un día llega un aviso… llega un milagro. Es un milagro de papel, que llega dentro de un sobre hacia tus manos. Ese milagro primero es escrito por un coronel o alguien de un alto poder, luego es sellado, firmado y guardado en un sobre. Viaja con un montón de otros milagros en una caja milagrosa y tarda precisamente dos semanas en llegar. Cuando llega, el encargado de repartir todas las cartas que envían, a veces regalos, a veces fotos e incluso a veces estos avisos los comienza a repartir. Va caminando, entre todos los compañeros diciendo sus nombres en voz alta. Tendrían que ver cómo corren, una buena manera de hacerlo entender es como si un niño viese a papa Noel con la bolsa de regalos repartiéndolos. 

Y así, me nombraron, y así llegó. Ese aviso, sin anuncio, sin previo aviso, te informa que tus servicios ya son suficientes y que tu tiempo en ese campo ha terminado. Sin previo aviso te devuelven la respiración, te traen algo de calma e incluso con toda la tranquilidad que recibís la noticia empiezan las dudas… dudas respecto a tus compañeros, ya hermanos, qué será de ellos, cuándo los volverás a ver y de repente estás sintiendo miedo y por un segundo dudás en quedarte. Por suerte, esa carta no llega para uno nada más, generalmente son tres los que la reciben y eso transforma la vuelta a casa o a la búsqueda de una casa en algo un poco más simple. Cuando uno duda en qué es lo que tiene que hacer, el compa- ñero es el sostén. Todos pasamos por ese momento de duda extrema, e incluso algunos decidieron quedarse, nunca los comprendí. Recibís la noticia un día y al otro día ya te estas yendo… así funciona. La mañana de vuelta a casa o de ida del campamento es rara, solamente tenés un bolso con las cosas de siempre, con las cosas que viniste y no mucho más. En mi caso, no tenía casi cartas, solamente de mis padres y no muchas. A medida que te vas alejando en el camión verde y comenzás a ver cada vez más pequeños a tus compañeros vuelven las dudas, pero pronto quedan atrás, como todo, pero muy muy instalado dentro de uno. Perdés al campamento en un horizonte eterno. Comenzás viendo todo perfecto, observás hasta el mínimo detalle, no lo podés creer. Y de ver todo perfecto, pasás a ver formas que podes seguir identificando, un poquito más alejado solo ves formas y observás los colores, pero siguen ahí, y ya después, rápido, no ves nada. Es así, terminó.

La vuelta a “casa” 

Creo que lo más difícil es volver a instalarte en la sociedad, pasar de ser ese aliado o enemigo a ser una persona corriente. Volver a tener una casa cálida, calentita, una cama cómoda, una comida sabrosa es algo extraño. Podés pasar horas en silencio recordando. Las primeras noches cualquier ruido asusta, cualquier ruido te traslada a esas noches de insomnio, preocupación y alerta. Una sirena, una voz, unos pasos… todo es motivo para el sobresalto, para la alerta. Cuando llegamos, a mis compañeros, los estaban esperando sus familiares… esposas, hijos, padres y eso me hizo pensar ¿será que es más fácil si alguien te está esperando?, ¿cómo se hará? Ellos siguen su vida, normal, y uno viene con sus mochilas cargadas de experiencias nuevas, vivencias, alertas y miedos… ¿lo tolerarán? No sé cómo habrá sido para los familiares pero sin dudas puedo decir que si no te espera nadie a la vuelta te sentís realmente solo. Allá por lo menos compartías algo, lindo o no, era algo. 

Al principio la forma de ser te hace quedar como un extraño y como un raro, la postura, el rostro, las cicatrices. Les parecés un ser extraño pero nadie te dice nada por miedo o por respeto, vaya uno a saber. Y así vas, como todo proceso poco a poco te vas acostumbrando, empezás a tener conocidos que más tarde se transforman en amigos, volvés a sonreír desde adentro, a tener pasatiempos, empezás a sentirte tranquilo y vivo. Y así te encontrás, en Italia de pronto, viviendo como una persona que siempre perteneció ahí, con tu rutina. 

Filomena 

Una vez adaptado, les puedo asegurar que Italia se transforma nuevamente en el lugar hermoso que siempre fue. De pronto, te encontrás mirando a los alrededores, disfrutando. 

Así fue como conocí a Filomena, mi carta de la suerte, mi ángel, que trajo con ella el mágico boleto azul. Filomena no era necesariamente la mujer más linda y llamativa de Italia, no. Tenía una estatura normal, una piel color café, pelo atado, largo y negro, un vestido que le cubría los tobillos y unos zapatitos negros. Lo que más me llamó la atención fueron sus ojos, eran los ojos más tristes que había visto en una persona que parecía feliz. Descubrirla y conocerla capa por capa fue un disfrute. Detrás de esa mirada que jamás entenderé, había una mujer divina y tranquila. 

Al poco tiempo, ya nos estábamos casando y Filomena estaba embarazada de nuestra primera hija. Éramos sin dudas, felices y yo sentía que la guerra sólo había sido un mal sueño o un capítulo de terror en un libro. 

A nuestra primera niña la llamamos Jaqueline Chieppa, era una hermosa niña, alegre, rubia y con los ojos de su madre, tristes. Lamentablemente falleció a sus seis años por una enfermedad de la cual, aunque hicimos de todo, no pudimos curar. Eso nos devastó, toda la guerra volvió hacia mí, no había forma de que me quedara en Italia. Italia me ahogaba, Italia volvió a ser solitario.

El boleto azul 

¿Qué es el boleto azul? Se preguntarán…Algunos lo verán como un simple boleto de barco pero para mí fue la despedida a toda guerra, mi entrada a la tranquilidad, mi gran adiós a Italia. Fue mi nuevo rumbo hacia Argentina. Luego de la devastadora vivencia que tuvimos con Filomena, decidimos partir. Aunque estábamos viviendo cómodos en cuanto a lo material en Italia, quisimos y sentimos que era necesario irnos. Primero partí yo, aunque fue difícil dejarla en Italia, tuve que partir primero para conseguir un trabajo estable, una casa, y esperarla. El día 2 de enero del año 1924 viajé hacia Argentina y tres años más tarde llegó mi ángel. Con ella en Argentina ya parecía todo tener sentido. Si bien seguía extra- ñando a mi hija, nos encontrábamos mejor. Comenzamos a vivir tranquilos, yo trabajaba y ella se ocupaba de las cosas de la casa. Un poco más tarde, tuvimos dos hermosos hijos, Alfonso Chieppa y Sara María Chieppa. Entonces… ¿Qué es el boleto azul? Es mi conclusión a todo lo que viví, es mi cierre, es mi final de un largo capítulo de mi historia. Para mí, por siempre lo más glorioso.

Conclusiones personales 

La historia familiar me hizo pensar que todos nosotros somos un rejunte de todos los momentos que vivimos, con todas las personas que conocimos y las experiencias que tuvimos. Creo que si bien cada uno elige algunos caminos para caminar (valga la redundancia) a veces la vida tiene preparado algo más y al final de todo, somos quienes somos por todo lo que vivimos conectando únicamente los puntos hacia atrás. Todos tenemos experiencias, historias de vida, todos somos quien somos y somos alguien por algo. Si bien no todos tenemos las mismas vivencias, y algunas, como este caso la guerra, para algunas personas, solamente se pueden imaginar pero nunca llegar a sentir realmente, a veces, en alguno de esos tantos puntos las historias se pueden entrelazar. Carmine tuvo que luchar una batalla, literalmente hablando, pero también tuvo que luchar otra a la vuelta de la guerra y creo que todos en algún momento de nuestra vida luchamos alguna batalla y sería muy hipócrita intentar medir qué o cuál batalla es más importante, ya que las batallas las enfrentamos nosotros mismos y nosotros somos los únicos jueces capaces de medirla. Fue un trabajo interesante con una historia familiar, para mí, interesante que despertó millones de disparadores en conceptos como batallas internas, muertes, la vida, el amor, la felicidad y otros tantos. 


Días de filo y el boleto azul (Primer premio) fue publicado de la página 136 a página138 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

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