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Una historia de mi familia (Primer premio)

Elorza Maurizio, María Neyla

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Primer Cuatrimestre 2016 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Primer

Año XIII, Vol. 75, Septiembre 2016, Buenos Aires, Argentina | 170 páginas

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Introducción 

Es incontable la cantidad de sacerdotes que renuncian a su compromiso con la iglesia de una u otra manera. Algunos, cometen graves faltas a espaldas de su congregación, otros, se abastecen de dinero a costa de los feligreses de sus parroquias, y hay quienes cometen pecados a los que habían jurado renunciar. 

En cada congregación, cientos de sacerdotes se enfrentan año a año a la decisión de abandonar el lugar al que pertenecen para cumplir con su vocación de servicio en tierras que no cuentan con la misma suerte que las suyas, para así entregar sus vidas a quienes más necesitan de ellos.

Así sucedió con estos dos sacerdotes Franciscanos que habían sido amigos desde la infancia, y ahora emprendían juntos el viaje hacia su nuevo destino, sin conocer las historias que resultarían de este, y lo único que con certeza sabían, era que viajaban para hacer el bien, y esperanzados y llenos de fe, hicieron las maletas y empacaron sus corazones para dirigirse al lugar que a partir de ahora llamarían hogar. 

Ellos eran hombres de fe que por su amor a la humanidad dejaron atrás todo lo que tenían para cumplir con su compromiso como religiosos, y durante esta aventura se enfrentan con caminos difíciles en los que deben tomar decisiones que no impliquen abandonar su vocación como misioneros.

Desarrollo 

Comenzaba julio del año 1935 cuando Valentín Elorza Beitia y Petra Ugarte Igartua llegaban a la recta final de la espera por su quinto hijo, Miguel Elorza Ugarte. Ellos vivían en un hermoso caserío de AuntzErreka, que traducido del euskera al español significa Río de cabras. El pequeño pueblo está ubicado en Oñati, en la provincia de Guipúzcoa del País Vasco que pertenecía a España, pero no del todo, ya que en 1936 se aprobó el estatuto de Autonomías, y se elige al primer Lehendakari o presidente del gobierno Vasco, un dato que para los habitantes de este país es importante mencionar. 

Los Elorza eran una familia ejemplar, Miguel creció en un ambiente bastante cálido junto con sus padres y sus nueve hermanos: Reyes, Félix, Jesús, Elías, José Luis, Tomas, Mariangeles, Maritere y Pilar. Todos pasaron la infancia y juventud en el caserío, iban a una escuela cercana y durante las vacaciones les encantaba ir a disfrutar de las playas de San Sebastián, una hermosa y emblemática ciudad a unos 50 minutos de su hogar. “San Sebastián es una ciudad para ver y gozar, como una dama mimosa que se recuesta lánguida a la orilla del mar para sentir eternamente las caricias de las olas”. (Torres, 1993). 

Las personas que los conocen, dicen que esta familia se caracterizaba por romper el estereotipo de frialdad europea. Petra y Valentín eran ambos agricultores, y a medida que sus hijos crecían, igual que todos los padres, crecían con ellos. La juventud de sus diez hijos transcurrió con normalidad, con su ejemplo habían formado personas de bien. 

Finalizando los años 50, cuando algunos de los hijos de esta pareja ya habían formado sus familias y otros trabajaban en agricultura y en la industria con sus padres, Miguel o Mikel, como solían llamarlo por su traducción al Euskera, llegó un día a casa con noticias que cambiarían la vida de toda la familia, y ninguno de ellos imaginaba cuánto. Mikel pensaba que su misión en la vida iba más allá de lo que todos los jóvenes acostumbraban hacer, él no quería ser un agricultor como sus padres, ni trabajar en las fábricas como sus hermanos, quería ayudar a la gente y dedicar su vida a ello, y para esto había decidido formarse para ser sacerdote. 

El sacerdocio no fue una idea que a Miguel se le ocurrió de repente, su mejor amigo lo había convencido de acompañarlo, prometiendo que juntos darían un gran aporte a la humanidad y cumplirían su sueño de vivir para ayudar. Miguel y José María habían sido amigos por muchos años, se conocieron de pequeños en el colegio, y a pesar de ser Miguel unos años mayor eran compañeros de travesuras y cada uno era prácticamente parte de la familia del otro. Juntos compartieron muchas experiencias inolvidables. 

Josemari, como lo llamaban las personas cercanas, creció en una familia de cinco hermanos que se parecía mucho a la de Miguel. Su hermana mayor Juanita era monja en el convento de Aránzazu, y en ocasiones les pedía a su hermano y su amigo que hicieran algunos mandados para la parroquia, o ayudaran con las obras. Fue allí donde nació el interés de estos dos jóvenes por pertenecer a la iglesia. El Santuario de Aránzazu aún es un lugar de gran importancia para Oñati, no solo por su arquitectura y reconstrucción, sino también porque su historia lleva escrita una aparición de la mismísima Virgen María. Se menciona en la página de turismo de Oñati (2015):

A un pastor llamado Rodrigo de Balzategi se le apareció la Virgen sobre un espino y éste, asombrado, le preguntó: “Arantzanzu?” (¿Tú en un espino?). Luego siguieron los siglos de devoción, peregrinación, arte y cultura que la comunidad franciscana supo organizar en aquellas inhospitalarias alturas. El monasterio sufrió fuegos de forma casual o intencionada en repetidas ocasiones, 1553, 1622 y 1834, teniendo que ser reedificado otras tantas veces.

Mientras se preparaban para el sacerdocio junto a los franciscanos en este convento, Mikel además estudiaba aviación en su tiempo libre, por lo que llegó a ejercer como piloto de la congregación a la que pertenecían. 

En diciembre del año 59, habiendo avanzado en gran parte sus estudios como religiosos, reciben de sus superiores un documento en el que se informaba que debían viajar como misioneros, como hacían cada año entre cuatro y nueve sacerdotes de los que recién empezaban. A todos los destinaban en pares o grupos a diferentes lugares, en todos los casos se dirigían a países de América del Sur, en especial a los más pobres. 

Los superiores habían decido enviar a Josemari directamente a Bolivia, un país ubicado al centro de Sudamérica, donde llevaría a cabo su misión de evangelizar y ayudar a los habitantes de la comunidad. Lo destinaron a una parroquia llamada Fátima, que también pertenecía a la congregación franciscana en el departamento del Beni, que a pesar de tener riquezas naturales y contar con una gran ciudad, en los territorios alejados aún había analfabetismo y una población bastante escasa de recursos. Mientras tanto, Miguel tendría que dirigirse primero a la ciudad de Buenos Aires en Argentina, lo habían enviado allí a colaborar con otros hermanos franciscanos en una parroquia para luego dirigirse a Bolivia. 

La situación económica de la comunidad franciscana en Oñati no había sido buena en los últimos meses, por lo que el dinero para Miguel había demorado en llegar. Cuando esto se convirtió en un problema para el sacerdote, empezó a pedir ayuda económica a la Parroquia de Fátima en Bolivia, pero no obtuvo respuesta. 

En el tiempo que permaneció allí, Miguel y algunos compañeros del convento en el que se quedaba, empezaron a buscar trabajos ocasionales como obreros para conseguir dinero y ofrecieron misas clandestinas en barrios alejados para poder llevar a cabo una parte de sus objetivos. La buena voluntad de Mikel y la compañía de los sacerdotes que había conocido en Buenos Aires hicieron la situación más llevadera. Luego de un poco más de tres meses, se le informó que finalmente lo enviarían a su último destino, y sin perder el optimismo emprendió el viaje a ese nuevo país. 

Miguel conocía la existencia de Bolivia, pero no sabía mucho del lugar a donde se dirigía. Sabía que el presidente en esa época era Paz Estenssoro y que había vuelto a asumir la presidencia recientemente, también tenía entendido que el país atravesaba tiempos difíciles, algo que pasaba a menudo. El sacerdote no estaba enterado de que se dirigía a la zona más calurosa del territorio boliviano, y la más propensa a inundaciones que acarreaban consigo consecuencias fatales para las comunidades. A pesar de esto, conocía el hecho de estarse dirigiendo a la zona con mayor índice de pobreza, pero al mismo tiempo la más rica en cuanto a recursos naturales y especies animales. Este hermoso territorio había sido olvidado por los gobernantes por años así como su gente, que en las ciudades era adinerada y vivía muy bien de la ganadería y exportación de materias primas, pero en el campo las condiciones de vida eran precarias. 

Desde su llegada, Miguel consideró este pueblo su hogar. Encontrarse con su mejor amigo y compartir el trabajo le había venido muy bien. Además de ofrecer misas en la parroquia de Fátima, estos dos sacerdotes las llevaban a las comunidades alejadas y se quedaban algunos días, a veces juntos, y en ocasiones se turnaban para cubrir los oficios. Otras veces enviaban a Miguel a transportar enfermos en un pequeño avión para que recibieran atención en los hospitales de la ciudad, mientras que Josemari ayudaba a labrar la tierra en el campo. Así fue como se dedicaron íntegramente a cumplir con lo que se habían propuesto, y durante los primeros meses además de hacer muchos amigos, habían ayudado a la comunidad a progresar en el aspecto económico, pero sobre todo el espiritual, llegando a ser muy queridos por los pobladores tanto en el campo como en la ciudad. 

Un día, mientras Miguel hacía algunos mandados en la ciudad, le pidieron que llevara una carta para los Velarde, una familia de ganaderos que solía colaborar siempre con las causas de la iglesia. Con buena voluntad se dirigió al lugar y allí encontró a su amiga Marta, una joven que había conocido semanas atrás y con la que había intercambiado conversaciones muy agradables. Parecía interesada en las obras de los franciscanos y en los últimos días había estado yendo al convento a dejar víveres para ayudar a las pequeñas comunidades. Esta vez Marta se encontraba con una amiga, la hija menor de los dueños de casa. 

Neila, igual que Marta, tenía 20 años, era una mujer muy linda de ojos marrones enormes y el cabello oscuro y largo. Se dedicaba a colaborar a su madre en casa y a veces ayudaba a su padre en la administración de las propiedades. Su familia había vivido en la ciudad desde que sus padres se casaron, tenía siete hermanos, de los que tres se habían ido de casa muy jóvenes. Ella era amiga de marta desde la infancia, pero no siempre pensaban igual. Marta había tratado de invitarla a colaborar con las obras de la parroquia por semanas sin recibir una respuesta positiva. Sin embargo, por alguna razón, ella misma se ofreció cuando Miguel lo propuso en su puerta esa tarde. 

Pasaban los días y el interés de Neila por ir a la parroquia había crecido curiosamente, y Marta estaba feliz con la compañía y el buen corazón de su amiga, quien no tenía problema en hacerlo pero dentro de ella sabía que lo que realmente la motivaba era charlar un rato con el simpático sacerdote que a veces tenía la suerte de encontrarse. 

No pasó mucho tiempo cuando Marta vio que era evidente que nacían sentimientos de aquellas conversaciones de horas que su amiga mantenía con el sacerdote, podía ver la emoción en sus ojos cuando lo escuchaba hablar de su familia y de su tierra natal y le hacía infinitas preguntas sobre su vida. A Neila le encantaba viajar, y por lo mismo, amaba oír de lugares para conocer y sus paisajes. Marta no dudó en preguntar si algo pasaba en el corazón de su amiga, quien no negó que se sentía atraída hacia el sacerdote, pero que esto solo les traería problemas a ambos, tanto con la iglesia como con su familia. Estaba decidida en no dejar que sus sentimientos cambiaran los planes de Miguel, por mucho que se le acelerara el pulso al verlo. 

A pesar de la cara de cansancio que solía llevar, Miguel era un hombre muy apuesto, tenía ojos verdes y pequeños y cabello marrón claro, era alto, delgado, y siempre mostraba una sonrisa a quien saludaba. Normalmente, era un hombre seguro de sí mismo y de sus objetivos, aunque últimamente algo nublaba la visión de sus proyectos, estaba enfrentando una situación que nunca antes había experimentado, notó que le alegraba más de lo normal cuando se encontraba a su nueva amiga, los ojos le brillaban y el corazón latía con mayor velocidad, y había llegado a la conclusión de que estaba pasando algo que podría cambiar su destino. Mikel se estaba enamorando. 

Por muy difícil que fuera asimilar su propia situación, sentía que debía contarle a su mejor amigo, ya que normalmente era un excelente solucionador de conflictos, pero esta vez la comunicación fue lenta ya que Josemari había vuelto a Oñati a visitar a su hermana. Aun así, Miguel envió su carta y dejó que las cosas tomaran su rumbo, encomendando a Dios el conflicto en el que se encontraba. 

Lo que vino después no fue fácil, siguiendo el consejo de su compañero de vida, Miguel puso al tanto de la situación a Neila, ambos hablaron sobre lo que sentían y lo duro que sería tomar una decisión al respecto, pero pensando muy bien qué era lo mejor para los dos, lo intentarían. La próxima carta que Josemari recibió informaba que Miguel había decidido dejar los hábitos, que Neila esperaba un hijo suyo y querían formar una familia. 

Aunque había obviado algunos detalles en la carta para evitarle el estrés, la historia no había sido sencilla como Josemari leía. Fue un proceso de adaptación para Miguel, así como para Neila y sus padres, quienes por cierto veían el inicio de esa relación como una enorme falta a sus valores religiosos y a la Iglesia misma, que creían que habían enseñado a su hija a honrar desde pequeña. 

Juan Velarde era un hombre de pocas palabras y como todo padre tradicional y conservador quería un buen esposo para su pequeña hija, pero no estaba listo para perder su compañía tan pronto y menos con un sacerdote sin mucho que ofrecer además de amor. Por su parte, su esposa Ana estaba llena de sensibilidad y aunque le aterraba lo que su hija estaba haciendo y lo que la gente del pueblo diría, preferiría siempre su felicidad, por lo que logró ablandar el corazón de Juan después de algunos meses y largas discusiones. Estaba claro que el amor de estos dos jóvenes podía sentirse a kilómetros, y así lo demostraban cada vez que se los veía juntos, y lo confirmaba Miguel suplicándole a su futuro suegro que cediera a su petición de permitirles unir sus vidas. 

A pesar de ansiarlo mucho, no pudieron contraer matrimonio inmediatamente, ya que querían casarse por la iglesia y no solamente por el medio civil y el proceso para esto conllevaba mucho tiempo en aquel entonces. El sacerdote debía avisar a los supervisores para que pidieran formalmente al Vaticano su reducción al estado laical y eso debía concederlo el mismo Papa, todo esto por medio de cartas que tardaban meses en llegar a destino, por lo que durante el proceso la pareja había decidido vivir en concubinato. 

El 12 de diciembre de 1965 nació su hijo Juan Pablo, a quien llamaron así por la admiración y respeto que sentía Miguel por el Papa Juan XXIII. 

Mientras tanto, Josemari se había quedado en el convento de Aránzazu para estar cerca de su padre y acompañarlo en sus últimos días. 

Miguel trabajaba como piloto en Bolivia y experimentaba esta nueva vida en familia que había elegido tener, que por cierto disfrutaba mucho. Siempre comentaba en las reuniones que agradecería a Marta toda su vida por haberle presentado a su esposa, y que por eso la había nombrado madrina de Juan Pablo. 

Año y medio después estaban a la espera de su segundo hijo. Miguel había conseguido un puesto en el trabajo que le exigía estar fuera de casa muchos días, por lo que aprovechaba al máximo los pocos que tenía con su familia. Mantenía siempre al tanto a su mejor amigo de cada experiencia que tenía y cada lugar que conocía, así la distancia no era una barrera para ellos. Un domingo antes de partir por dos semanas, habían ido Miguel, Neila, Marta y Juan Pablo al río para que el pequeño conociera, y mientras Miguel jugaba con su hijo, Neila le contó a su amiga una pesadilla que había tenido, en la que Miguel se despedía y ella sentía muchísimo frío. Marta, a pesar de ser muy supersticiosa, prefirió calmarla para que no pusiera nervioso a su esposo ni le hiciera daño al bebé que esperaba. Terminado el día la pareja acompañó a su amiga a casa, se despidieron con un abrazo y le dejaron al niño porque ellos saldrían a cenar. 

Al día siguiente Neila no fue a buscar a su hijo. No había podido levantarse de la cama por el dolor que sentía, pero no era cualquier dolor, sentía dolor en el alma. Le habían informado a su padre, por la radio, que el avión que manejaba su esposo se había estrellado en un cerro cerca del departamento de La Paz y los cuerpos que se habían encontrado estaban sin vida. Del accidente no se pudo averiguar mucho, las causas parecían ser climáticas pero no se confirmó porque Neila no había querido averiguarlo realmente, no le importaba saber por qué había ocurrido ni cuánto había sufrido Miguel. Algunos aviadores, amigos de la familia habían dicho que cerca del cerro que estaba en la ruta de Miguel, recientemente habían puesto cables que no se veían claramente, lo que ocasionó la caída inmediata del pequeño avión, y la gravedad del impacto había acabado con las vidas de los tripulantes. Por otro lado, los conocedores de la zona en la que sucedió afirmaban que se debía al clima, al ser La Paz uno de los lugares más fríos del país podía haberse congelado el motor y ocasionado que en menos de un segundo se estrellaran contra el cerro nevado. Otros amantes de los rumores también habían expresado su opinión diciendo que podía haber sido a causa del alcohol, o incluso un castigo divino. 

Ponerse a analizar la veracidad de cada teoría no cambiaría nada y mucho menos aportaría. Había pasado lo que toda familia de aviadores más teme desde que la profesión inició. Se había ido a un viaje eterno que no tendría regreso. Los pilotos dicen que cuando un colega muere solo vuela más alto, o tiene su último vuelo y el más lindo de todos, pero los familiares solo desearían que ese despegue jamás se hubiera concretado, haberles pedido que se quedaran esa última vez, porque ellos no sentirían, cuando fuera, que era el momento de partir, simplemente nunca están listos para despedirse. Nadie podría explicar el dolor que esta mujer sentía. Era el mismo frío de su sueño, pero esta vez venía desde adentro, desde lo más profundo de sus huesos. 

Dos semanas después Neila no esperaría a su amado en el aeropuerto, y Josemari no recibiría cartas llenas de la felicidad de su amigo. Está demás mencionar que fue él quien tuvo la difícil tarea de avisar a la familia de Miguel, no había forma sencilla de decir palabras tan duras cuando él mismo no tenía consuelo. Le hablaba al cielo a diario buscando a su mejor amigo y pidiéndole a Dios que le diera paz, y sólo la encontró cuando en una de sus conversaciones juró a Miguel donde sea que estuviera, que cuidaría de sus hijos, que sabía eran lo más preciado para él. 

Luego de la muerte de su padre, este buen amigo se dirigió de nuevo a Bolivia a conocer a los hijos de su hermano del corazón, decidido a cumplir con lo que había prometido. Conoció a Juan Pablo y tuvieron una conexión casi igual a la paterna. Meses después vio nacer a Mirko, el pequeño que venía en camino cuando Miguel había partido, y acompañó a Neila como lo hace un ángel guardián, sin interés alguno y sin abandonarla por duros que fueran los días. 

El amor que les tenía a los dos hijos de su amigo era inexplicable, sabía que su presencia en la vida de ellos cumpliría un rol importante. Josemari estaba convencido de que su verdadera misión era esta. Dios lo había enviado a cuidar de estos dos niños y amarlos como si fueran propios, y así lo hizo, una vez más renunció a su vida para cumplir con lo que Dios tenía preparado para él. 

Fue así como Mirko y Juan Pablo siempre supieron que cuando necesitaban el apoyo de un padre podrían contar con su tío Josemari, desde pequeños le tuvieron confianza para pedirle consejos y caer de sorpresa en el convento de Fátima, donde se había quedado permanentemente para estar cerca de ellos. Cuando atravesaban la adolescencia los llevó a conocer a la familia en Oñati, haciendo muy feliz a su abuela Petra por poder tener cerca a esta gran parte del corazón de su hijo, y llenar de amor a estos dos hermanos. 

Nadie aceptó realmente la pronta partida de Miguel, pero todos entendieron que había un ángel que llenaría el vacío que había dejado y lo agradecieron eternamente. Josemari continuó toda su vida brindando servicio a la comunidad y a la Iglesia, y regalándole todo su amor a esta familia que llegó a quererlo como si de su mismo padre se tratara, incluso para las generaciones siguientes no hubo alguien que mereciera más el título de abuelo que este hombre de gran corazón.

Conclusión 

El proceso de construcción de esta historia fue una experiencia enriquecedora en varios aspectos. Por un lado, la dificultad que tenía al principio para ordenar los sucesos y expresar mis ideas e intenciones para narrarlos se fue desvaneciendo con el tiempo y la ayuda obtenida. 

Al iniciar con la investigación exploratoria tenía muchas expectativas y poca información, ya que nunca había preguntado qué había pasado con mi abuelo exactamente ni me lo habían contado salvo por unas cuantas anécdotas que alguna vez se comentaron en reuniones familiares. Mientras avanzaba en el trabajo las preguntas que había formulado se fueron multiplicando, y puedo decir que aunque no obtuve todas las respuestas ni pude contar algunos detalles porque mis familiares no recordaban todo lo que yo quería saber, y no conté con la información suficiente para explicar algunas cosas que habría querido sean parte del relato, logré darle forma a esta historia con lo que encontré. Como primera experiencia escribiendo no fue sencilla, pero aseguro que aprendí muchas cosas aplicables a futuros proyectos tanto dentro de mi carrera como personales. 

Fue fascinante oír a mi padre contarme todo lo que sabía, que no era mucho, sobre la vida de mi abuelo. Cuando le comenté que escribiría esta historia se sintió conmovido, y cada día me escribía un poco de lo que recordaba sobre su padre, luego se contactó con Josemari, que actualmente está en España, y me ayudó a comunicarme con él. Josemari se puso muy feliz y me contó también todo lo que recordaba. Sentí que aunque no llegué a conocer a mi abuelo, podía apreciar un poco de lo que había hecho y cómo había vivido. Fue gratificante sentir que a pesar de su partida, dejó a sus hijos y nietos como herencia la compañía de este hombre de gran corazón que era su mejor amigo. Al terminar de escribir, no pude evitar sentir nostalgia y agradecimiento hacia mi abuelo Josemari, que sin esperar nada a cambio dejó todo por las personas que ahora podemos llamarnos su familia.


Una historia de mi familia (Primer premio) fue publicado de la página 145 a página148 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº75

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