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Mark Twain y el signo. Explorando la semiótica a través de la literatura

de la Cruz, Guillermo

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXII

ISSN: 1668-1673

IV Congreso de Creatividad, Diseño y Comunicación para Profesores y Autoridades de Nivel Medio. `Interfaces Palermo´

Año XVIII, Vol. 32, Noviembre 2017, Buenos Aires, Argentina | 211 páginas

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Resumen: El estudio de los signos, o semiótica, constituye una útil herramienta de análisis de los fenómenos sociales. Esta disciplina ayuda a entender la manera en que los repertorios culturales específicos de cada sociedad determinan sus visiones de la realidad. En consonancia con la importancia de estas cuestiones, diferentes programas académicos han incorporen en sus currículos contenidos pertenecientes a este campo. Éstos, sin embargo, son con frecuencia difíciles de abordar. El presente artículo tiene como finalidad ayudar a vencer este obstáculo, presentando una forma de graficar conceptos básicos de la teoría de los signos, a partir de la literatura.

Palabras clave: semiótica - lingüística - signo - literatura – género


Introducción: la importancia del estudio de los signos 

El estudio de los signos constituye un fecundo campo de análisis dentro de las ciencias de la comunicación. Entre sus contribuciones se cuenta la de permitir entender la manera en que los repertorios culturales específicos de cada sociedad determinan sus visiones de la realidad. Este entendimiento abre la puerta a la capacidad de desarrollar competencias analíticas que dejen al descubierto el carácter construido de las representaciones con las que los seres humanos a menudo se manejan. La posibilidad de efectuar lecturas de los fenómenos sociales que vayan más allá de las superficialidades del sentido común depende en gran medida de este tipo de aptitudes intelectuales. 

En consonancia con la importancia de estas cuestiones, es común que programas académicos, orientados ya sea a las ciencias de la comunicación en particular o a las ciencias sociales en general, incorporen en sus currículos, contenidos pertenecientes al campo de la semiótica o semiología, como se designa al estudio de los signos. Estos contenidos, sin embargo, son con frecuencia difíciles de explicar, por parte del docente, y de asimilar, por parte de los estudiantes, debido al carácter abstracto que encierran muchas de sus afirmaciones. El presente artículo tiene como finalidad ayudar a vencer este obstáculo. Para ello, se presenta a continuación, una posible forma de graficar algunos de los conceptos básicos de la teoría de los signos, a partir de la literatura. 

En primer lugar se trabajará con el concepto de signo lingüístico elaborado por Ferdinand de Saussure. Esto servirá para obtener una mayor comprensión de la lengua como un sistema formado por signos cuyo significado tiene un carácter convencional, antes que natural. De las conclusiones obtenidas a partir de este análisis se extraerán principios aplicables a los sistemas de representación que en sentido amplio utiliza la sociedad para dar sentido a su experiencia. El análisis hará hincapié en la cuestión referida a la arbitrariedad de los signos, que constituye uno de los ejes centrales a partir de los generar herramientas de abordaje crítico de las representaciones sociales. En relación a esto, se propone un espacio de reflexión sobre la cuestión de los géneros, a partir de la caracterización hecha en la obra utilizada, que promueve un abordaje crítico de los significados atribuidos a cada sexo en la cultura occidental.

Significados y significantes en Diarios de Adán y Eva 

A la hora de introducirse por primera vez en las cuestiones relacionadas al análisis de los signos, el punto de partida lo constituye, en general, el corpus teórico desarrollado por Ferdinand de Saussure. El autor, de nacionalidad suiza, desarrolló sus estudios entre finales del siglo XIX y principios del XX centrándose de manera específica en el signo lingüístico. Esto significa que sus reflexiones giran en torno a las palabras y la lengua. Empezar por aquí resulta adecuado, ya que entendiendo de qué manera el lenguaje constituye un sistema de signos, resulta más fácil proyectar el concepto al resto de las representaciones a partir de las cuales el ser humanos organiza la realidad. 

Saussure (1945) define al signo lingüístico como una díada, un conjunto formado por dos componentes a los que designa significado y significante. El primero puede pensarse como el concepto al que pone nombre determinada palabra. El segundo, como la parte de las palabras formada por lo que Saussure denomina su imagen acústica. El autor aclara que “la imagen acústica no es el sonido material, cosa puramente física, sino sus huella psíquica” (p. 92). Como una primera aproximación, puede relacionarse, entonces, el significante, con el nombre al que se asocia en la mente cada cosa a la que uno puede referirse o en la que se piensa. Si se piensa, por ejemplo, en la palabra “lápiz”, en tanto signo lingüístico, ésta designa en español a un elemento pequeño, en general hecho de madera, de forma alargada y tal vez cilíndrica o hexagonal, que contiene una mina de grafito en su interior, y sirve para realizar trazos sobre ciertas superficies. La palabra “lápiz”, tal como se presenta en nuestra mente, es en este caso el significante. Todas las ideas posteriores, que asociamos a la primera como explicaciones de lo que ella designa, constituyen su significado. 

En torno a la definición de signo lingüístico Saussure hilvana un conjunto de teorías que sientan importantes bases para el estudio de los significados en su carácter de construcciones sociales. Diarios de Adán y Eva, un pequeño libro de Mark Twain, publicado en 1906, servirá para ilustrar varias de estas cuestiones. En este libro el autor juega con la idea de un registro escrito en el que el primer hombre sobre la tierra deja asentadas sus experiencias. Esta ocurrencia constituye el punto de partida en torno al cual el escritor comienza a imaginar, en tono humorístico, hipotéticas situaciones que podrían haber tenido lugar en la vida de Adán y Eva. 

Lo que hace llamativo a este argumento de un modo particular es que abre la puerta a la creatividad del escritor para explorar las posibilidades de un mundo despoblado de significados. Siendo los protagonistas del relato los primeros actores de la historia humana, se desenvuelven en un escenario signado por la novedad. Esta idea que sirve a Mark Twain como veta creativa a partir de la cual dar rienda suelta a su pluma, con fines que no van tal vez más allá de lo artístico, es interesante, sin embargo, como disparador a partir del cual pensar también cuestiones relacionada al ámbito del estudio social. 

Un primer concepto, factible de ser ilustrado a partir de la narración, es el de signo lingüístico, tal como fue definido por Saussure y explicado más arriba. Al encontrarse los protagonistas frente a un mundo que no posee una historia pasada, todo es nuevo y carente por tanto de cualquier forma de clasificación o codificación en sus mentes. Un escenario de estas características brinda a Mark Twain la posibilidad de imaginar las diferentes formas en que sus habitantes se referirían a las cosas que los rodean, mientras no tienen estas todavía nombres asignados. En esta línea, el escritor juega a definir, sin nombrarlo, aquello a lo que el hipotético autor del diario, hacen alusión: “Esta criatura nueva de pelo largo es bastante entrometida (…) dejó caer agua por los agujeros con los que mira” (Twain, 2009, p.6). 

Lo que en estas dos frases se echa de menos es el significante específico que en español se utiliza para aquello a lo que el hablante se refiere en cada caso. Este sería “mujer” en la primera oración y en la tercera “llorar” y “ojos”. Ante la ausencia de estos vocablos, que en la fantasía del relato todavía no han sido inventados, el hablante recurre a una descripción de aquello que designa. 

 Esto sirve como una primera aproximación a la concepción del signo lingüístico como una díada. El signo lingüístico específico que en español se utiliza para designar la acción de llorar está compuesto por dos elementos: un significante, que en este caso sería la palabra “llorar” en sí, tal como se encuentra incorporada en nuestra mente, y un significado asociado, que podría llegar a describirse como “echar agua por los ojos”. 

Una primera conclusión respecto de estas cuestiones es que la existencia de signos compartidos por una sociedad de hablantes es un requisito útil y necesario en aras de lograr una comunicación exitosa. Sin la mediación de un vocabulario común, en que cada una de las palabras o signos lingüísticos designa un aspecto determinado de la realidad, el entendimiento entre los sujetos sería harto complicado. Este hecho queda ejemplificado por las frases citadas, en donde la sola ausencia de una o dos palabras debe ser suplida por el uso de una explicación más larga.

La disputa por los nombres, el lenguaje como sistema de signos 

Unos párrafos más adelante en el supuesto diario de Adán aparece un fragmento que además de útil para reforzar los conceptos de significado y significante, permite entrever otras cuestiones:

Tenía un nombre muy bueno para el lugar, era musical y elegante: JARDÍN DEL EDÉN. En privado sigo llamándolo así, pero no más en público. La nueva criatura dice que es todo bosques y rocas y paisajes, y que por lo tanto no se parece en nada a un jardín. Dice que parece un parque, y no se parece en nada sino a un parque. En consecuencia, sin consultarme, le ha puesto un nuevo nombre: PARQUE DE LAS CATARATAS DEL NIÁGARA. Esto es el colmo de la arbitrariedad, creo yo. (Twain, 2009: p.7)

En este debate imaginario entre los personajes respecto a cómo llamar al lugar donde viven, aparece de manera explícita la relación entre significado y significante. Por un lado se dan dos significantes, jardín y parque y, por otro, se describe de forma expresa el significado al que refiere el segundo de ellos: esto es un lugar con bosques, rocas y paisajes. 

En relación a esto es posible traer a colación otro concepto importante de Saussure, respecto al signo lingüístico, que hasta el momento no fue mencionado. Esto es, que la lengua consiste en un sistema de valores “donde cada signo toma consistencia por su relación de oposición a otro” (Zecchetto, 2000, p.24). El concepto tras esta afirmación podría explicarse diciendo que asociado a cada palabra que existe en una lengua, existe un recorte de la realidad. Al llamar a determinada porción de realidad de una manera específica se está haciendo un recorte por fuera del cual queda el resto de las posibles porciones de realidad, que recibirán, en todo caso, otros nombres. 

Esto que, dicho así, puede sonar complejo, se ilustra con claridad en el fragmento citado. Si dentro de la porción de la realidad referida a los paisajes terrestres se toman aquéllos conformados por césped y flores y se les da el nombre de “jardines”, se entiende que dicha designación excluye a cualquier otra porción de la realidad. Aquélla conformada, por ejemplo, por los paisajes rocosos poblados de bosques, no estará incluida, entonces, bajo el rótulo de “jardín”. Si se quiere nombrar a este tipo de paisajes de una forma particular habrá en todo caso que asignarle otro vocablo, como ser “parque”. Esto es lo que quiere decir que el valor de cada signo está definido por su oposición a los demás; el significado asociado a cada signo está constituido por el significado que no ha sido atribuido al resto de los signos que conforman la lengua, en la operación de recorte del pensamiento que está efectúa. 

En relación a estas cuestiones, la posición de Saussure representa una novedad respecto a concepciones anteriores. Para el autor, cada una de las delimitaciones conceptuales que efectúa la mente y a las que pone un nombre no responde a categorías o ideas existentes de antemano. “Considerado en sí mismo, el pensamiento es como una nebulosa donde nada está necesariamente delimitado. No hay ideas preestablecidas, y nada es distinto antes de la aparición de la lengua” (Saussure, 1945: p. 136). De acuerdo a esto, nada hay en la mente previo al accionar de la lengua que se corresponda con la idea específica de lo que en español se conoce como parque, ni de lo que se conoce como jardín, ni con ningún otro término. Es la lengua la que organiza el pensamiento delimitando en ideas asociadas a un nombre esa nebulosa materia psíquica inicial. El idioma español agrupa en ese sentido la idea de un paisaje terrestre dominado por bosques y rocas bajo el nombre de “parque”, y la de uno con césped y flores bajo el vocablo “jardín”.

“Se parece a un dodo tanto como yo”: la arbitrariedad del signo lingüístico 

En base a las cuestiones precedentes comienza a advertirse un pronunciado rasgo de arbitrariedad en la conformación del signo lingüístico. Por el lado del componente conceptual, como se ha visto, las ideas o significados detrás de cada término no reflejan divisiones preexistentes dentro del pensamiento, sino que se presenta a priori como un continuo indeterminado. Lo mismo ocurre desde el punto de vista del significante. La parte sonora o sensorial del signo “no es más fija ni más rígida; no es un molde a cuya forma el pensamiento deba acomodarse necesariamente” (Saussure, 1945: p.136). Así como no existe, en el plano del pensamiento, una idea para lo que el hablante entiende por un parque o un jardín, o cualquier otra cosa previa a la intervención de la lengua, tampoco existe, en el del sonido, ninguna unidad fónica determinada para designar dichas ideas. Los vocablos “parque”, “jardín”, o cualquier otro, son delimitaciones efectuadas por la lengua en el plano en principio indefinido del sonido. 

De esta forma, de acuerdo a Saussure la lengua puede ser pensada como una serie de subdivisiones contiguas marcadas sobre dos planos previamente indefinidos y confusos, el de las ideas y el de los sonidos. Ahora bien, no solo los cortes efectuados sobre estas dos esferas carecen de determinación previa, sino también la relación que une a una unidad específica de sonido, o significante, con un concepto específico, o significado. 

Saussure sintetiza esto último afirmando que “el lazo que une el significante al significado es arbitrario” (p. 93). El último párrafo citado de Diarios de Adán y Eva sirve muy bien para ilustrar esto. En éste, el supuesto autor expresa su exasperación ante el hecho de que su compañera rechace el nombre “jardín” en favor de “parque”, alegando una mayor pertinencia de este otro término. Adán manifiesta, de hecho, su opinión sobre esto último, afirmando que “es el colmo de la arbitrariedad” (Twain, 2009: p.7). 

Este juego de palabras resulta útil para ilustrar las observaciones hechas por Saussure. No hay nada en la idea de un paisaje terrestre conformado por bosques y rocas que remita en forma obligatoria al sonido parque. Si hoy existe esa relación entre ese concepto, o significado, y esa palabra, o significante, es por un hecho puramente convención. Es decir, todos los hablantes de la lengua están de acuerdo en llamar “parque” a un terreno boscoso y con roca, pero éste podría haberse llamado de cualquier otra manera. 

Este tópico de la relación arbitraria entre los nombres y aquello que designan es explotado en forma recurrente por Mark Twain a lo largo del relato. En otra de las secciones, la supuesta pluma de Adán deja, por ejemplo, registrado lo siguiente:

Estuve investigando la gran caída de agua. Es lo más lindo del lugar, creo. La nueva criatura la llama Cataratas del Niágara: el porqué, no estoy seguro de saberlo. Dice que parecen las Cataratas del Niágara. Esa no es una razón, es puro capricho y tontería. No tengo manera de ponerle yo el nombre a nada. La nueva criatura le pone nombre a todo lo que se le aparece, antes de darme tiempo siquiera a protestar. Y siempre con el mismo pretexto: parece tal cosa. Por ejemplo, el dodo. Dice que no bien uno lo mira, se da cuenta de inmediato de que ‘parece un dodo’. No hay duda de que tendrá que quedarse con ese nombre. Me fastidia tener que preocuparme de semejantes cosas, y, de todos modos, no tiene sentido. ¡Dodo! Se parece a un dodo tanto como yo. (Twain, 2009, p.7)

La incomodidad de Adán ante los nombres utilizados por Eva, que Mark Twain escenifica a mero título de recurso literario, pone de relieve el principio señalado por Saussure en el contexto de sus análisis académicos. El imaginario escritor del diario deja en claro que no encuentra justificativo para los nombres asignados por su compañera. “El por qué no estoy seguro de saberlo”, dice ante la denominación atribuida al lugar donde habitan, y afirma que no tiene él mismo forma de ponerle nombre a nada. Ante los justificativos argüidos por la mujer para avalar los términos elegidos, el personaje masculino reacciona a ellos confrontándolos con su arbitrariedad: “ésa no es una razón, es puro capricho y tontería, no tiene sentido, se parece a un dodo tanto como yo”.

El signo más allá de la lengua y la cuestión de los géneros 

Muchas de las conclusiones generadas en torno al concepto de signo lingüístico proveen ricas dimensiones de análisis cuando se extiende su aplicación a otras áreas. Saussure, por lo pronto, aunque desarrolló sus teorías acotando sus reflexiones al ámbito de la lingüística, dejó en claro que ésta no debía considerarse más que como una parte de una ciencia más general, dedicada al estudio de los signos en el seno de la sociedad, a la que podría llamarse semiología (Saussure, 1945). Desde esta perspectiva, la lengua no es más que un sistema de signos que expresan ideas “comparable a la escritura, al alfabeto de los sordomudos, a los ritos simbólicos, a las formas de cortesía, a las señales militares, etc.” (p. 43), si bien es el más importante y presenta particularidades específicas. 

El concepto de signo encierra en este sentido un contenido mucho más amplio que el referido a la lengua y las palabras. Así lo entendió el filósofo norteamericano Charles Sanders Peirce, para quien, de hecho, “no tenemos ninguna capacidad de pensar sin signos” (Peirce, 1988: p.90), ya que todo pensamiento es en un última instancia una representación que la mente se hace de algo. Desde esta perspectiva, por lo tanto, la semiótica, como denominó Peirce a esta ciencia, constituye una teoría en última instancia de la realidad toda y del conocimiento, ya que solo es posible acceder a ella a través de signos (Vitale, 2004). Uno de los temas que con modificaciones de diverso grado se proyectó desde lo estrictamente lingüístico hacia otros ámbitos, es el de la arbitrariedad del signo. En esta dirección, el filósofo francés Roland Barthes hace referencia en el prólogo a la primera edición de su libro Mitologías, al sentimiento de impaciencia que sentía “ante lo ‘natural’ con que la prensa, el arte, el sentido común, encubren permanentemente una realidad que no por ser la que vivimos deja de ser absolutamente histórica” (Barthes, 1999: p.6). Este “sentimiento de impaciencia” expresado por el autor es comparable, de hecho, al manifestado por el Adán de Mark Twain ante los nombres dados por Eva a las cosas. En ambos casos la reacción es contra el hecho de que se presente como natural lo que bien podría haber sido de otra manera. En el prólogo a la edición de 1970 de la obra ya mencionada Barthes (1999) explica que leyendo a Saussure se dio cuenta de que entender las representaciones colectivas como sistemas de signos permitía dar cuenta del proceso de naturalización que presentaba como universales ciertas manifestaciones culturales. 

Diarios de Adán y Eva puede resultar útil para profundizar también estas cuestiones. Los códigos lingüísticos en torno a los cuales el autor hace girar las desavenencias entre los personajes no son los únicos presentes en la obra. Tal como afirma Peirce, toda visión de la realidad es construida a partir de signos; por lo tanto, es posible encontrar en el relato otros sistemas de representación, a partir de los cuales el autor trabaja de manera tal vez menos consciente. Las obras literarias se nutren, de hecho, de las ideas y significaciones propias de los contextos en que son producidas. El narrador, al contar una historia, da cuenta, aunque esta sea inventada, de creencias, valores y representaciones que existen en su cultura. Un escritor puede imaginar personajes y los acontecimientos que los tienen por protagonistas, pero sus reacciones, formas de actuar y de pensar, aun siendo ficticias, reflejarán en gran medida formas de pensar y actuar que de verdad tienen lugar en el ámbito social desde el que se produce la historia. 

La obra de Mark Twain aquí analizada provee, en este sentido, interesante material para pensar los significados asociados al carácter del varón y la mujer en la sociedad occidental. Los roles asignados a estos personajes específicos, Adán y Eva, devienen de particular importancia en este sentido, en razón del lugar de arquetipos de lo masculino y femenino que ocupan en la cultura popular. Para proceder al análisis de estas cuestiones basta tomar unos breves fragmentos:

Esta criatura nueva de pelo largo es bastante entrometida.

Siempre está dando vueltas a mí alrededor,

siguiéndome a todas partes. No me gusta esto; no

estoy acostumbrado a la compañía. Ojalá se quedase

con los demás animales.

(…)

creo que tendremos lluvia… ¿Tendremos? ¿Nosotros?

¿De dónde saqué estas palabras? Ahora me

acuerdo: la criatura nueva la usa.

(…)

Me construí un refugio para la lluvia, pero no pude

disfrutarlo en paz. La nueva criatura se entrometió.

Cuando intenté echarla, dejó caer agua por los agujeros

con los que mira, y se los limpió frotándose con

el dorso de sus garras, y produjo un ruido como el

que hacen algunos de los demás animales cuando

están lastimados.

(…)

La nueva criatura come demasiada fruta. Lo más

probable es que se nos acabe. “Nos” otra vez: esa es

la palabra que ella suele usar.

(…)

La nueva criatura dice que su nombre es Eva. Está

bien, no tengo objeciones. Dice que es para llamarlo

cuando quiera que venga. Dije que entonces era

superfluo.

(…)

Ojalá no hablase; está siempre hablando. Esto suena

como una burla fácil a la pobre criatura, una difamación;

pero no es esa mi intención. Nunca he escuchado

antes la voz humana, y cualquier sonido nuevo

y extraño que moleste la quietud grave de estas

soledades de ensueño ofende mi oído y suena como

una nota falsa. Y este sonido nuevo está tan cerca de

mí: encima de mi hombro, justo en mi oreja, primero

de un lado y después del otro. (Twain, 2009, p.6)

Estas citas son suficientes para poner de manifiesto la existencia de claros estereotipos referidos al carácter el varón y la mujer. El primero es representado en forma recurrente como un ser que goza de gran autonomía; disfruta la soledad, prefiriendo esta antes que la compañía, y puede prescindir de la presencia de la mujer, a la que de hecho trata de evitar. Esta última, por el contrario, es descrita como una figura dependiente en gran manera del varón, alrededor de quién anda todo el tiempo buscando su compañía. Se atribuye, por otro lado, a la mujer la introducción en el habla de la primera persona del plural, como si fuera más propio de ella que del hombre, el hecho de pensarse a uno y otro en conjunto en lugar de en forma aislada. La escena de la lluvia también pone en evidencia diferencia entre Adán y Eva con connotaciones cuestionables. Mientras ante la misma situación el primero encuentra una solución de manera independiente, la segunda recurre al varón como único varón. El llanto de la mujer ante la negativa de ayuda por parte del hombre refuerza la imagen de debilidad e impotencia de aquella. 

Es probable que Mark Twain haya utilizado de manera intencional los estereotipos propios de su época, llevándolos a un extremo exagerado con fines humorísticos. Por otro lado, es necesario tener en cuenta que el libro fue escrito en los primeros años del siglo XX, cuando el lugar de la mujer estaba relegado a un papel secundario dentro de la vida social, en mayor medida aún que en la actualidad. Sin embargo, y aunque diversos cambios tendientes a revertir esta situación hayan tenido lugar desde entonces, la imagen de inferioridad del sexo femenino presente en muchas representaciones sociales está lejos de haber desaparecido. 

Una aproximación semiótica a estas cuestiones facilita la elaboración de juicios críticos. Si los significados atribuidos a distintos aspectos de la realidad son entendidos como construcciones sociales, antes que como verdades naturales, es posible poner en cuestión aquéllos de los que sería deseable lograr una modificación.  

Conclusión 

El ser humano interpreta la realidad a través de signos, esto es, otorgándole significados a aquello que lo rodea y con lo que interactúa. Los signos se organizan en sistemas, como ser la lengua, o, en forma más general la cultura, que catalogan y dan sentido a porciones de la realidad para conjuntos determinados de personas. La existencia de estos códigos es inherente a la comunicación porque sin la existencia de signos sería imposible hacer referencia a nada. 

Por otro lado, los significados deben ser compartidos por todos los participantes en la interacción para que esta pueda llevarse a cabo de manera exitosa. Si cada uno de ellos interpretara de forma distinta los signos utilizados no habría forma de que se produjera entendimiento. Que el nombre específico del animal que en español se conoce como “dodo” sea éste o cualquier otro en principio es irrelevante; sin embargo, es importante que todos los hablantes del idioma estén de acuerdo en denominarlo de la misma forma, para que cuando uno lo haga, los demás sepan a qué se refiere. Análoga reflexión puede hacerse para el resto de los códigos utilizados en la vida social. 

Entre diversos temas que atraviesan estas aristas se mueven en general los estudios semióticos: las relaciones entre los signos y los significados, los códigos con que nos comunicamos, las formas de interpretar la realidad y las diversas construcciones posibles respecto a ésta. La cuestión puede llegar a percibirse como trivial si se restringe su aplicación a la discusión de si es más apropiado llamar “jardín” o “parque” a determinado paisaje; sin embargo, a medida que se profundiza en el alcance del proceso de creación significados, deviene cada vez más evidente su importancia en la vida social. A través de este escrito se intentó proveer líneas de abordaje a estos temas que faciliten la compresión. El énfasis puesto en la cuestión de la arbitrariedad tuvo como objetivo demostrar la utilidad de la mirada semiótica para dejar al descubierto el carácter contingente de las representaciones sociales que abusen de un pretendido estatus de naturalidad. 

Referencias bibliográficas 

Barthes, R. (1999). Mitologías. México: Siglo Veintiuno. 

Peirce, C. y Vericat, J. (1988). El hombre, un signo. Barcelona: Crítica. 

Saussure, F. de (1945). Curso de lingüística general. Buenos Aires: Editorial Losada. 

Twain, M. (2009). Diarios de Adán y Eva. Buenos Aires: Cántaro. 

Vitale, A. (2004). El estudio de los signos. Buenos Aires: Eudeba. 

Zecchetto, V. (coord.) (2000). Seis semiólogos en busca del lector. Quito: Abya Yala


Abstract: The study of signs, or semiotics, is a useful tool for analyzing social phenomena. This discipline helps to understand how the specific cultural repertoires of each society determine their visions of reality. Consistent with the importance of these issues, different academic programs have incorporated into their curricula content belonging to this field. These, however, are often difficult to address. The present article aims to help overcome this obstacle, presenting a way to graph basic concepts of the theory of signs, from the literature.

Keywords: semiotics - linguistics - sign - literature - genre

Resumo: O estudo dos signos, ou semiótica, constitui uma útil ferramenta de análise dos fenómenos sociais. Esta disciplina ajuda a entender a maneira em que os repertórios culturais específicos da cada sociedade determinam suas visões da realidade. De acordo com a importância destas questões, diferentes programas académicos têm incorporem em seus currículos conteúdos pertencentes a este campo. Estes, sem embargo, são com frequência difíceis de abordar. O presente artigo tem como finalidade ajudar a vencer este obstáculo, apresentando uma forma de graficar conceitos básicos da teoria dos signos, a partir da literatura.

Palavras chave: semiótica – lingüística - signo - literatura – género


Guillermo de la Cruz. Licenciado en Relaciones Públicas (UNLaM). Profesor en Relaciones Públicas (USAL). Posgrado en Opinión pública y comunicación política (FLACSO). Maestrando en Ciencia política y sociología (FLACSO).


Mark Twain y el signo. Explorando la semiótica a través de la literatura fue publicado de la página 80 a página84 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXII

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