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Para Elisa

Oxenford Frayssinet, Lucía

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

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Mi madre está en una camilla en la clínica, en la Unidad de Cuidados Intensivos. 

No me dejan verla. 

Anoche estaba en casa, celebrando con sus amigas y su hermana, mi tía Patty. Cuando las amigas se fueron, le dijo a mi tía: “Me siento rara”. “¿Cómo rara?”, “Rara”, le respondió y se tomó una copa de vino, eso la hizo sentir más “rara” aún y a insistencia de mi tía, se fueron a la clínica que quedaba cerca, mi madre dijo “tengo la presión baja” y la hicieron recostarse para tomarle los exámenes correspondientes. 

Pero no la dejaban irse. “Tengo que irme, ya es tarde. Mejor descanso y ya” 

“Está viniendo la doctora”, le dijeron. 

No sólo vino la doctora sino el jefe de cardiología y antes de darse cuenta estaba instalada en la UCI. 

Mi tía Patty llamó a mi papá que estaba en una fiesta y con el aliento a licor entró vociferando: “¡Mi mujer! ¡¿Dónde está mi mujer?!” 

Tanto así que hasta mi mamá lo escuchó, pero tampoco lo dejaron entrar a verla. 

El corazón de mi madre estaba fibrilando de un modo inusual, acelerado y arrítmico; estaba a punto de romperse y estaban intentando establecer los niveles. Nos contó después que la sentaron en una bacinica de fierro y desde su trono frío le pedía al médico que le permitiera irse. 

“¡Tengo función vendida mañana, doctor, el teatro está lleno!” Mi mamá es actriz. En casa es despistada, graciosa, chambona, indecisa, generosa; en el escenario es lo que quiere ser. Pasa de la comedia hilarante a Clase Maestra, del ama de casa conflictuada, victimizada, a ser María Callas, inmensa, soberbia y se gana todos los premios. A ella le da lo mismo, es su trabajo y tiene que presentarse. 

Escucha que el médico le comenta a una enfermera:

 “Quiere que le dé de alta, ni sospecha que está grave.”

Ve como sacan a una señora de otra camilla, alguien que seguramente no regresará con vida y empieza a angustiarse. 

“¡No puedo morirme! ¡Tengo una hija chica! Dios, ¡haz algo!” Yo tenía doce años, soy su única hija. 

Mi padre avisó al teatro que no podría ir a trabajar y vinieron el empresario y el director a visitarla, ella ya estaba recuperada y en una habitación regular. 

“Vienen a visitarme o a constatar”, preguntó irónicamente mi madre, son amigos desde hace mucho, desde que ella empezó su carrera de actriz. 

Pasó dos días en la clínica y la tercera ya estaba haciendo función. Todo volvió a la normalidad, salvo mi tía Patty, que se apareció con la cara llena de pelotas por el estrés que había sufrido, parecía un monstruo, pobre. 

Me contó unos días después, cuando le suplicaba a Dios no morirse todavía, alucinó a su abuela paterna, Elisa, la vio con su vestido de bolitas azul con blanco, sus peinetas sujetándole el pelo corto, sus pantuflas de cuadros y su mirada sobre ella siempre. Me interesó el tema por la descripción tan detallada y por la fascinación que me produjo. 

Le pedí que me contara más y se explayó contemplando el vacío y llenándolo de recuerdos. 

“Nadie más te podrá contar sobre ella, todos se han ido ya; mis primos no vivieron con ella y nuestro lazo fue estrecho”, me dijo, y prosiguió. 

Me enteré de que Elisa nació en Trujillo, una hermosa ciudad al norte del Perú, sus padres vinieron de Italia, la tuvieron a ella y a su hermano Corrado, su madre murió poco después y el viudo se casó nuevamente con una mujer que los maltrataba, Corrado murió de tuberculosis siendo un niño y ella vivía como esclava en una inmensa casa. Años después, mi bisabuelo, que luego sería su marido y el padre de sus hijos, viajó de Lima a Trujillo para vender armas a los cazadores de la región, era el negocio familiar; importaban armas de Europa y abastecían las armerías existentes. Llegó a la casa de Elisa, negoció con su padre y al despedirse le dijo a ella en un susurro: “Mañana vengo por ti” y así fue, ella lo esperó en la puerta y él la llevó consigo a Lima. 

Ya instalados, le presentó a sus tres hijos, fruto de su matrimonio con una señora con título nobiliario que se encontraba recluida en un sanatorio para enfermos mentales. Cuando murió esta señora, recién pudo casarse con Elisa y legitimó a los cuatro hijos en seguidilla que tuvo con ella. 

La familia era numerosa hasta que murieron los frágiles hijos que tuvo antes mi bisabuelo, salvo uno de ellos, que resultó siendo el terror de los balcones, huyendo de los maridos celosos, hasta que se contagió de una enfermedad venérea que casi lo mata y lo dejó estéril. 

Cuando la hija menor de Elisa cumplía un año, llegó a la Peña Horadada, en los Barrios Altos, la casa donde vivía la familia, una casa llena de recovecos y pasillos secretos- una joven mujer embarazada acompañada de su madre, pidiendo alquilarles la casa del primer piso, estaban huyendo de la vergüenza del “hijo natural” de aquella época. A los pocos meses, mi bisabuelo, no sólo le puso su apellido a la niña bastarda sino que le hizo tres hijos más a la muchacha. 

Cuando mi abuela se enteró del nacimiento del primero, hizo uso del negocio de importación de armas y hasta eligió un revólver, le puso balas y se dispuso a esperar al infiel. 

Mi abuelo, su hijo, que tenía ocho años, aprovechó un momento de distracción de su madre, descargó el revólver y se escondió rápidamente debajo de la cama. Ahí, agazapado, escuchó la discusión y los disparos que nunca fueron. Le salvó la vida a su padre y resguardó la libertad de su madre porque después de ese atentado, la prisión sería su derrotero. 

Mi bisabuelo cambió de casa y la familia cambió de estatus, lo que más resentían era el cambio de colegios. 

Mi abuelo decidió cambiar los estudios por la pesca de camarones en el río Rímac y cuando se hizo mayor su rebeldía, utilizó sus nociones del uso de la pólvora y descarriló el tranvía que iba de Lima a Chorrillos y casi incendia su casa durante la visita de sus tías... pobre mi bisabuelo, fue detenido y llevado a la comisaría. 

Finalmente mi abuelo fue contratado para trabajar en Huancavelica, provincia pobre de la sierra del Perú, para matar burros con su escopeta, que luego eran canjeados por los agricultores de la zona por productos de primera necesidad. Lo mandaron de regreso para que consiguiera un trabajo más adecuado, ya tenía catorce años y esperaban que estuviera más sosegado. Se enamoró de mi abuela y el noviazgo ya estaba durando nueve años cuando Elisa los invitó a vivir con ella luego que se casaran y así fue.

Nació mi mamá y creció prácticamente al lado de Elisa, era una niña como ella hasta que descubrió que su abuela tenía un carácter complejo, era graciosa, ingeniosa, sumamente histriónica y muy observadora, se sabía la vida de todo el mundo y adivinaba lo que iba a pasar. 

“Si bajas las escaleras con los tacones de tu madre, ¡te vas a rodar!” 

“Si arrastras la sopa caliente hacia ti, ¡te vas a quemar!” 

“¡Te ahogarás si te metes al mar por ese lado!” 

Todo se cumplía y luego, las órdenes: 

“Deja al gato tranquilo, ¡si no quiere comer que no coma!” 

“¡Perversa! No le pegues a tu hermano, ¡pobre ángel!” 

“¡No escribas palabrotas en tu cuaderno! Mi mamá estaba convencida de que tenía poderes sobrenaturales. 

En su cuarto bailaban con Paula, la cocinera, Elisa les cantaba un vals criollo de moda: “No me niegues paloma, paloma de mi vida, tus ojos, tus ojos de diamantes, tu pico, tu pico de coral, de coral…”. Mi mamá era zamarreada de un lado a otro y reía feliz. 

Se victimizaba cuando luego de fastidiar a mi abuela, su nuera –algo que nunca dejó de hacer- mi mamá la botaba de la casa –“¡Juera de aquí, abuelita! Ella esperaba a mi abuelo para decirle “Me botó de la casa, me dijo ¡lárgate vieja de mierda!” Y luego correteaba a mi abuelo con un cuchillo, y él: “¡No me mates, madre!” Pero bien que sufrió cuando mi papá se disparó un tiro en la pierna limpiando su escopeta de cacería. “¡¿Donde está mi ñato?!” Gritaba. 

Creo que por todas esas “actuaciones” mi familia se dedica al teatro. 

Hasta que un día todo cambió. 

Empezó a venir el médico muy seguido a casa y a veces se llevaban a Elisa y la traían muy decaída. Dejó de bailar y cantar. Cambiaron su cama por una de fierro blanco que se movía con una palanca y empezó a decirle a mi madre: “Cuando yo me muera, vas a recordar que te quiero mucho”. -Sí, abuelita y ¿cuándo te vas a morir? –“¡Malagradecida, malcriada!” Qué sabría mi mamá sobre la muerte, ni cuando aventó al gato desde el segundo piso para que coma lo supo porque el gato regresó con la pata vendada unos días después. 

Mi mamá iba con mi abuela a la escuelita, compraban alfalfa de regreso para los conejos y mi abuela se mareaba porque estaba embarazada de mi tía Patty. Cuando murieron las crías, mi mamá las enterró con la mano en el jardincito de afuera Elisa lo supo, tal vez porque el olor llegaba hasta su cuarto o porque vinieron los municipales pero mi mamá constató, una vez más, que su abuela tenía poderes sobrenaturales. ¿Cómo sabía que se peleaba con los muchachos del barrio, tenía el don de la ubicuidad? 

Una mañana hubo un movimiento fuera de lo normal en la casa. Vino un sacerdote y los tíos de mi madre, se arrodillaron en el cuarto de Elisa, rezaron y los bañaron en agua bendita, sobre todo a la curiosa de mi madre que estaba en la primera fila junto a Paula. 

Falsa alarma, Elisa siguió prendida de los hilos de la vida y empezaron a llegar más visitas, se sentaban en su cuarto, a la derecha de ella, Paula traía las sillas del comedor y les servía el té. Al otro lado, el izquierdo estaba sentada mi mamá, cerca de los caramelos y con las pantuflas de cuadros de su abuela que no llegaban al suelo. Escuchaba las conversaciones de Rosalía, Peregrina, Perla Goycochea, Clotildita y la muchacha que había adoptado y fue testigo de una tarde de terror, cuando estaban despotricando de mi bisabuelo y escucharon ruidos de cadenas. “¡Perdón...perdón!” gritaban arrodilladas en el suelo, pensando que su espíritu las estaba asustando. El médico empezó a venir todos los días y examinaba a Elisa entre la cabecita de mi madre que miraba de cerca su herida en el pecho y su brazo pecoso que ya no podía mover. Un día se llevaron a mi mamá y a mi tío, su hermano, a la casa de la otra abuela, mi tía Patty se quedó cantando en su cuna y los dejaron ahí varios días que parecían interminables. Mi madre se sorprendió de ver a mi abuela vestida de negro, hasta con medias negras. Apenas llegaron a la casa, subió corriendo las escaleras para ver a su abuela pero Elisa ya no estaba, ni la cama de fierro blanca, estaba la cama de antes con su colcha de flores. “

¿Dónde está mi abuelita?”, preguntó. 

“Se ha ido a los Estados Unidos”, le contestaron. 

“¿Y no se despidió de mi?” Qué ofendida se sentía, pero le duró poco porque los granujas del barrio le gritaron por la ventana: “¡Tu abuela se ha muerto! ¡Vimos cuando se llevaban el cajón!”. En la escuelita las maestras le dieron el pésame, ya no había dudas. 

Ese año entró al colegio de grandes, allí terminaría su secundaria, le costó adaptarse porque las monjas le hablaban en italiano pero se esforzó y al finalizar su primer grado le dieron diploma de honor y medalla por aprovechamiento. 

Al llegar a casa, después de la ceremonia, subió corriendo las escaleras, se detuvo con su uniforme de gala frente a la cama de Elisa, que finalmente había heredado junto con sus pantuflas de cuadros, esperó hasta sentirse observada por ella, le hizo saber que ya era una niña grande, que tenía siete años, le prometió que ya no le pegaría a su hermano ni maltrataría al gato ni escribiría palabrotas en su cuaderno y que el próximo año haría la primera comunión, un breve escalofrío recorrió su cuerpo y sonrió.


Para Elisa fue publicado de la página 95 a página97 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

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