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La identidad en crisis

Díaz, Sergio

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXVII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXVII

ISSN: 1668-1673

Año XX , Vol. 37, Febrero 2019, Buenos Aires, Argentina | 198 páginas

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En las últimas décadas, el término identidad en tanto concepto estuvo sometido a distintos debates dentro el campo de las ciencias sociales y humanidades. Nos interesa particularmente la forma en que Reinhart Koselleck (1993) distingue a los conceptos del resto de los vocablos. Según el historiador alemán, a diferencia de cualquier palabra, que puede ser unívoca, el concepto, siempre es polívoco. A la vez: “una palabra se convierte en concepto si la totalidad de un contexto de experiencia y significado sociopolítico, en el que se usa y para el que se usa una palabra, pasa a formar parte globalmente de esa única palabra”. Además, los conceptos poseen una “concreta pretensión de generalidad y son siempre polisémicos”. Los mismos, son representativos de un contexto en el que conviene señalar dos fenómenos: el posmodernismo y la globalización. El primero de ellos refiere a ciertas transformaciones socioculturales identificadas a partir de los años ‘70 que, según la interpretación que se haga, daban lugar a un quiebre o a una variante específica de la modernidad. Estos cambios eran el resultado de diferentes crisis que revelaban que ciertos procesos se habían agotado y que el mundo que se avecinaba ya era otro. Entre los diferentes elementos que entran en crisis, pueden reconocerse algunos netamente vinculados a la construcción de identidad, como la crisis de un proyecto político e ideológico alternativo al sistema vigente, la crisis de los sujetos históricos, la crisis de la sociedad del trabajo, la crisis de la representación política, crisis de los estados-nación, etc. (Casullo, 2009). La globalización, más asociada con sucesos que cobran vigor en los años ´90, supone una aceleración en las relaciones políticas, económicas y culturales a nivel planetario.

Esta sería la resultante de la combinatoria entre determinadas condiciones económicas y cierto desarrollo tecnológico que permite realizar a lo largo del globo interconexiones en red en tiempo real (Castells, 2005) posibilitando, entre otras cosas, la realización de vínculos entre regiones y naciones distantes, pero también entre sujetos y comunidades con intereses afines. Este escenario se caracterizó por la emergencia de corrientes que proponían formas de organización social sustentadas en cierto respeto a las diferencias, que podían estar basadas en la multiculturalidad o la interculturalidad, ambas concepciones están atravesadas por el respeto a la diferencia, sin embargo, no son análogas.

La multiculturalidad refiere a la convivencia de grupos o culturas diferentes. La interculturalidad, en cambio, se propone como una superación, dado que en ella los “diferentes” no sólo se toleran, sino que se relacionan, cooperan, intercambian y se mezclan, y en dicho ejercicio se enriquecen en donde la pluralidad y la heterogeneidad eran valores positivos; así como por la visi- Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Año XX. Vol. 37. (2019). pp. 175-197. ISSN 1668-1673 193 Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Año XX. Vol. 37 bilización de distintas minorías que demandaban ampliación de ciudadanía a partir del reconocimiento de derechos y el diseño de políticas públicas específicas.

De hecho, si a fines del XIX, la diferencia aparecía como defecto a ser corregido y por tanto se estimulaba a la construcción de identidades puras y homogéneas como las nacionales. A fines del Siglo XX, la diferencia es percibida como riqueza a ser defendida. De esta forma, aparecen nuevas relaciones, nuevos proyectos, nuevos colectivos, nuevos roles, nuevas instituciones, nuevas normas, nuevas jerarquías, y nuevas producciones de sentido que exigían una renovación en la discusión en torno a las identidades.

Si aludimos a las identidades modernas clásicas, podemos referir a aquellas vinculadas a la nación, la clase, la raza, la religión, el pueblo, etc. En cierto momento, éstas fueron dejando lugar para que se visibilicen otras, las posmodernas, como las identidades étnicas, de género, incluso identidades locales o barriales (que si bien se centran en lo territorial son diferentes de las típicas identidades nacionales).

Cabe la aclaración, no es que las identidades típicas hayan desaparecido, ni que las posmodernas sean estrictamente nuevas. En todo caso, lo que sucedió a fines del Siglo XX fue una reconfiguración identitaria. Tal es así que Rita Segato (2007) plantea una paradoja, dado que la exaltación de ciertas identidades particulares, máxima expresión de la diversidad, acontece en el mismo momento en que se cree que el mundo tiende a cierta homogeneización como resultado de diferentes instancias de integración y borramiento de fronteras geográficas y culturales. II ¿Que sería estrictamente la identidad? Vale la pregunta formulada de ese modo puesto que el concepto de identidad es muy utilizado pero poco nítido, incluso suele ser confusa la distinción entre este y otros conceptos que si bien se relacionan no son análogos, como el de “cultura”. (Grimson, 2011). La palabra identidad se deriva del vocablo latino identitas, cuya raíz es el término idem, el cual significa lo mismo (Solórzano Thompson y Rivera Garza, 2009). En los usos actuales, la identidad se vincularía con otros dos conceptos, uno se asociaría a lo idéntico, el otro a lo identitario. El primero refiere a dos personas iguales, el segundo da cuenta de una “pertenencia comunitaria” o la “reivindicación de un lazo social” que procura una “sensación de dignidad” o la impresión de ocupar cierto lugar en el mundo (Descombes, 2015).

En las ciencias sociales, el término identidad comenzó a utilizarse asiduamente a partir de los años ‘50, después de que Erik Erikson lo llevara a Estados Unidos. Este psicoanalista alemán -cuyo principal tema de estudio fue crisis de identidad, supo vincularse con algunos referentes de la antropología cultural norteamericana, quienes terminaron interesándose por el concepto redefiniéndolo. Desde hace algunas décadas, existe cierto consenso en las ciencias sociales y humanidades, en interpretar a la identidad como una construcción social, rechazando toda idea “ontológica” o “auténtica” (Soto Calderón, 2007), expresada en concepciones “´objetivistas´, ´reificadas´, ´primordialistas´, ´sustancialistas´, ´escencialistas´, ´originarias´, ´fijistas´, etc.” (Candau, 2008). Desde la antropología, Claude Lévi-Strauss (1981), expuso que la identidad es una “especie de lugar virtual” que carece de existencia “real” y está lejos de expresar una “esencia”. Desde la sociología, Zygmunt Bauman (2005), propuso que la idea de “identidad” llega como una “ficción”, y nace de la “crisis de pertenencia”, para salvar el abismo existente entre el “debería” y el “es”, con la finalidad última de “rehacer la realidad a imagen y semejanza de la idea”.

De este modo, la identidad no es esencia, ni autenticidad, ni naturaleza, ni biología. La identidad -siemprees una construcción, que cambia, varía, se diseña, se redefine, y muta sostenidamente a lo largo del tiempo. A la vez, como agrega Marcelo Urresti (1998), la identidad -además de relacional- siempre es imaginaria e inconclusa. Imaginaria, “porque el material sobre el que se edifica es básicamente representativo”. Inconclusa, “porque se trata de un proceso sin resolución final, sin sutura, abierto, sometido al cambio y a la catástrofe, propicio a la materialidad del azar, permanentemente expuesto a la aparición de lo inesperado”.

Una posición muy difundida fue la expuesta por Stuart Hall (2003) desde los Estudios Culturales, quien considera que, más allá del modo en que se invoque al pasado histórico (y a los orígenes) y se señalen continuidades con éste, las identidades no hablan de “quiénes somos” o “de dónde venimos” sino en “qué podríamos convertirnos” dado que remiten a una forma de devenir y no de ser, las identidades representarían lo mismo que cambia. Complementariamente, apunta el historiador argentino Luis Alberto Romero (1992), que las identidades tienen incorporado el “pasado y el futuro”, bajo la forma de “tradición y utopía”.

A la vez, existe cierto acuerdo entre diferentes corrientes teóricas en que la construcción de identidad es siempre relacional y dialógica. Es decir, se realiza en relación y en diálogo con el otro. Tal como apuntó Theodor Adorno (2002), “sin diferente no hay identidad”. El desacuerdo, en todo caso, llega al momento de definir qué tipo de relación se establece con el otro a tales efectos.

Hall (2003), por ejemplo, propone que las identidades se construyen “a través de la diferencia, no al margen de ella”, y mediante “la relación con el Otro”. En este caso, el diferente no aparece como un posible par, sino como una alteridad negativa. En este sentido, agrega Ernesto Laclau (2000), que la negatividad del otro bien puede transformarse en “amenaza”, y que en esa relación la identidad “se juega”, allí se lucha por afirmarla y consolidarla, o, al contrario, se redefine o se pierde. También existen miradas que contemplan la relacionalidad, pero no creen que el otro, necesariamente, sea siempre negativo. Es decir, se asume que toda identidad se diseña sobre la diferencia, que todo “nosotros” se construye en relación a un “ellos”, pero los “ellos”, aunque distintos, no siempre representan un antagonismo, ni una otredad radical (Urresti, 1998). Renato Ortiz, desde otra perspectiva, plantea que esta “construcción simbólica” se hace en “relación con un referente”, por ejemplo la identidad nacional se construye en referencia a la nación, “eso significa que no 194 Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Año XX. Vol. 37 (2019). pp. 175-197. ISSN 1668-1673 Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Año XX. Vol. 37 existe el ser de la nación, significa que diferentes grupos dentro de esta nación elaboran una construcción simbólica en función de sus intereses” (Soto Calderón, 2007). La identidad cambia incluso a pesar de la voluntad de quien la asuma (cabe aclarar que las identidades no siempre se tienen o ejercen por voluntad propia, hay marcas de identidad que son impuestas externamente), puesto que al ser relacional, si el Otro cambia, si el referente cambia, o si el contexto cambia, ésta necesariamente cambia. Lo mismo sucede cuando el concepto asume otros sentidos e interpretaciones. Ejemplo de esto es lo sucedido con el concepto “raza”. A partir de los años ´40 del siglo pasado, en el contexto de la Segunda Guerra mundial y el nazismo, surgieron importantes denuncias a propósito de las marcas identitarias realizadas en relación a la “raza” y todo aquello que se hacía en su nombre. El antropólogo británico, Ashley Montagu expuso que el término “raza” era “un artefacto socialmente construido”, que “no hay nada real a lo que pueda llamarse ´raza´” y que la propia palabra era en sí misma “racista”. (1942). Montagu, directamente propuso desterrar al concepto por cuestiones científicas y “humanitarias”, años más tarde será quien escriba la declaración sobre la “raza” promovida por la UNESCO.

El punto es que a partir de ese momento, muchas de las marcas que se realizaban apelando a la raza, comenzaron a efectuarse en nombre de la cultura. La identidad se materializa de diversas formas, por ejemplo en textos, o en libros. Pero también existen otras instancias de construcción identitaria, como los rituales. Néstor García Canclini (1999) propone que la identidad “se pone en escena”, se “celebra en fiestas”, se “dramatiza” y que quienes no participan serán sencillamente “los otros, los diferentes. Los que tienen otro escenario y una obra distinta para representar”. El autor retoma además a Pierre Bourdieu para argumentar que la potencialidad de los rituales radica tanto en la capacidad de “integrar a quienes los comparten”, como en la de “separar a quienes se rechaza”, de esta forma funciona como un mecanismo divisor, capaz de señalar y distinguir a lo que está adentro de lo que está afuera, a “lo mismo” de “lo Otro”. (Canclini, 1999) En esta situación podemos imaginar, por ejemplo, en nuestro país, un acto sobre el 25 de mayo o el 9 de julio que busca interpelar a todos los argentinos en virtud de conmemorar nuestros orígenes, cosa que nos distingue de quienes tienen otros orígenes. Cabe aclarar que esa construcción sobre el origen siempre está en disputa y nunca es la única, siempre habrá alguien más con otra lectura sobre cuál es el verdadero origen. Otro ejemplo, más actual, podría ser un encuentro de un colectivo de mujeres en el que realizan reivindicaciones de género particulares para un sector específico de la población. Allí, estas mujeres se distinguirían de los hombres pero también de otros grupos de mujeres que cuentan con otras miradas y otros proyectos.

Complementariamente al concepto de identidad, nos encontramos con el de identificación. A diferencia del primero, que funciona de manera relacional, el concepto de identificación da cuenta de una operación externa, y habla de una forma en la que dispositivos específicos e instituciones ejercen el poder de marcar grupos y sujetos. Pierre Bourdieu (2001) afirmaba que el Estado, además de monopolizar la fuerza física, busca también monopolizar y concentrar la fuerza simbólica. Esto fue retomado por Rogers Brubaker y Frederick Cooper (2001) para proponer que “El Estado moderno ha sido uno de los agentes más importantes de la identificación”, lo que comprende “el poder de nombrar, de identificar, de categorizar, de indicar qué es qué y quién es quién”. Esto se materializa, por ejemplo, al momento de llevar a cabo un censo de población.

III Por lo dicho, se podría formular la siguiente hipótesis: existen determinados momentos históricos en los cuales ciertos elementos entran en crisis, generando nuevas ideas, proyectos, representaciones, relaciones sociales, etc., que ponen en crisis a las identidades. Esto podría provocar el reforzamiento de las identidades existentes o la emergencia de identidades nuevas. También podría haber una posibilidad intermedia que sería la de un mejor posicionamiento de identidades ya existentes pero poco visibles. De esta hipótesis bien podría desprenderse otra: estos momentos históricos que generan crisis identitarias, demandan relecturas y redefiniciones de los conceptos vinculados a la identidad.

Cabe remarcar que esa globalización descrita en el primer apartado ya no existe más. Dejó de existir -al menos del modo en que se manifestó desde los años ´90- desde el momento en que Donald Trump ganó las elecciones en los Estados Unidos. Grimson (2016).

A esto hay que añadirle acontecimientos como la salida del Reino Unido de la Unión Europea, el resurgimiento de los partidos y movimientos de ultraderecha en toda Europa, así como el reciente triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil. Todos estos fenómenos van acompañados de múltiples manifestaciones de racismo e intolerancia hacia minorías, como por ejemplo los migrantes, y de un profundo descrédito hacia los derechos humanos como principios y marco de referencia para el ordenamiento social. A la vez, y como consecuencia, entró en crisis aquella configuración de identidades que signaba la globalización desde fines del siglo pasado. ¿Acaso era el paraíso aquella globalización? No. En absoluto. El mundo estaba plagado de injusticias, calamidades y problemas sin resolver. Sin embargo contenía ciertos marcos que posibilitaba proyectos para la construcción de una globalización mejor. Incluso podría pensarse que la falta de resolución de ciertos problemas fue la condición de posibilidad para la emergencia de los grupos antidemocráticos y reaccionarios proliferantes ya mencionados. De igual modo, como planteaba Michel Foucault (2002), “donde hay poder hay resistencia”.

Sin duda, alguna estos movimientos encontrarán respuesta en otros que serán su contracara. Esto, indefectiblemente dará lugar a disputas políticas que demandarán nuevas formas de organización, nuevas narrativas, nuevos proyectos, nuevas ideas, es decir, nuevas identidades y nuevos debates en torno a las mismas. Referencias bibliográficas Adorno, T. (2002).

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Abstract: The following work inquires about identity. It repairs in different theoretical lineaments on the concept, at the same time that it refers to the transformations that the identity would suffer in crisis contexts. In it, punctual attention is paid to postmodernity and globalization. 

Keywords: Identity - crisis - postmodernity – globalization 

Resumo: O trabalho a seguir indaga sobre identidade. Repara em diferentes lineamentos teóricos sobre o conceito, ao mesmo tempo em que se refere às transformações que a identidade sofreria em contextos de crise. Nele, a atenção pontual é dada à pós-modernidade e à globalização. 

Palavras-chave: Identidade - crise - pós-modernidade - globalização


Sergio Díaz. Licenciado en Sociología Universidad de Buenos Aires (2005). Magister en Comunicación y Cultura UBA (Tesis en preparación).


La identidad en crisis fue publicado de la página 192 a página195 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXVII

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