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Hacia un teatro de emergencia

Flavia Gresores Lew

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº XXXVIII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº XXXVIII

ISSN: ISSN 1668-1673

Quinta Edición del Congreso de Tendencias Escénicas

Año XX , Vol. 38, Mayo 2019, Buenos Aires, Argentina | 260 páginas

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Resumen: Al hacer una visita a la oferta de nuestro cuadro de avisos, raramente nos encontramos con una reflexión teatral sobre la adolescencia. En general, el teatro para adolescentes es teatro didáctico, adoctrinante o para niños grandes. Esto contrasta con la gran producción específica de música, artes plásticas y literatura, cuya producción es el reflejo abrumador de los temas que los preocupan y ocupan, de lo que específicamente pertenece a la adolescencia, pero con el énfasis puesto en la coyuntura. Normalmente, es una mirada salvaje y precisa del mundo, arte de necesidad y exorcismo, arte de emergencia.

Palabras clave: Adolescencia – teatro – producción – identidad – erotizar – ficción - adoctrinante - jerarquizar [Resúmenes en inglés y portugués en la página 221]

Proyectos Pedagógicos en el Área de Espectáculos. Innovación en estrategias de enseñanza La metamorfosis de Elizabeth Madre: Está sufriendo un cambio metabólico Robert: Pero… ¿Un cambio a qué? Se oye un grito agudo de una adolescente. Robert tiene el impulso de correr hacia la niña y la madre lo agarra fuerte del brazo.

Madre: ¡Espera! No puedes interferir Robert, sea lo que sea este proceso, debemos dejar que siga su curso. Podemos dañarla, o matarla. (Johnson, 1983) Esta situación podría ocurrir en un living en Palermo, donde presenciamos la preocupación de dos adultos, presumiblemente padres o responsables, por el encierro de su hija, que está pasando por la difícil etapa de metamorfosis de niña-púber en adolescente. Sin embargo la lucidez de la escena radica en el cómo, en la situación donde ocurre este diálogo que, en una primera lectura, parecería ser estereotipado y falto de vuelo poético. Sin embargo, se trata de un capítulo de V invasión extraterrestre, donde Elizabeth, una pequeña rubiecita, escapa de su casa guiada por una angustiosa inquietud. Por pura intuición se mete en una cueva, su cuerpo se cubre de una crisálida viscosa, donde percibimos un corazón que late fuerte, fluidos pegajosos y babosos que se hinchan y deshincan a su ritmo, el rostro horrorizado de estos adultos que observan, y la lucidez de la madre, que le ordena a Robert no interferir en el proceso ante su impulso. Sin embargo, se quedan ahí, a una distancia prudente, observando y acompañando, soportando su propia angustia, su deseo de aliviarla como reflejo resarcitorio de la propia adolescencia. Mientras tanto, una nave nodriza ha tapado el sol, y miles de extraterrestres con apariencia de lagartos súper sensuales se alimentan de nuestras ratas mientras conquistan el planeta Tierra con ametralladoras laser.

Esta escena me permite reflexionar sobre el teatro, en este caso desde su deuda con los adolescentes. Es un gran ejemplo para lo que a continuación desarrollaré sobre la problemática de la producción y jerarquización del teatro específicamente para, de y con ellos. Condensa en un minuto el fenómeno de transformación con profundidad, sensibilidad, desde una poética con vuelo propio que se distancia absolutamente de la solemnidad, dándole importancia a la mutación en sí. Emulando el ciclo de la mariposa, crea un mito-rito de transformación en forma de metáfora extraordinaria y pregnante que, aunque sea televisión, es teatralmente muy interesante.

Hay un ritual de pasaje, de construcción de identidad, un duelo de transformación. Darles valor a esas ceremonias y a esos gestos de cambio es hacerlos visibles; es valorar eso que les está ocurriendo a los adolescentes en sí mismo. El arte teatral nos permite ingresar en esta zona de frontera, habitar este punto de indeterminación y constituirlo en rito, en lugar de encuentro y de goce, como un recital.

Hay una mirada adulta sobre esa transformación, un vínculo imaginario donde dialogan las adolescencias.

Esa metamorfosis, por intensa y arrolladora, nos vulnera.

Pero, ¿qué mejor que estar vulnerables para producir entre generaciones? La producción teatral para y con adolescentes El arte para adolescentes es el mismo que consumimos los adultos, o casi. Asumo que el adolescente es espectador de obras para adultos y no para niños, como muchas veces se pretende. Pero, a diferencia de otras artes, los eventos teatrales se dividen en adultos y niños - adolescentes.

Lo que es escaso, y es particularmente mi interés, son aquellos que apuntan a las inquietudes que les son exclusivas y que podrían contribuir a la emergencia de aspectos profundos de su imaginario. Muchas veces lo que no encuentra palabras encuentra escena. La identificación colabora a reconocerse y tramitar esos aspectos.

El enfoque teatral, basado en mi propia experiencia como dramaturga y directora, lucha contra concepciones ingenuas o infantiles.

Una obra habla de las problemáticas de la generación que las produce o de su mirada sobre ellas. Al hacer un recorrido por la oferta de nuestra cartelera, raramente nos encontremos con una reflexión teatral sobre la adolescencia, o que haya dialogado artísticamente con los adolescentes para que esté su óptica en juego. En general, el teatro para adolescentes es teatro didáctico, adoctrinante o edulcorado, donde lo que ocurre parece estar arrancado del mundo para que aquello que se quiere decir no se vea minado. O, también, para niños grandes (que alguien explique este concepto y quede indemne).

Una de las tantas cosas que distingue a un adolescente de un niño es la capacidad de diferenciar ficción de realidad. No se los puede pensar conjuntamente como público solo porque las etapas se tocan.

Esta falencia contrasta con la gran producción específica de música, plástica y literatura, cuya resultante es el reflejo contundente de los tópicos que los preocupan y ocupan, de aquello que compete específicamente al ser adolescente, pero con el énfasis puesto en la coyuntura.

Todas esas otras artes dan cuenta del mundo donde esas problemáticas están inmersas, a veces reflejando la realidad y otras un estado de la imaginación. En cualquier caso, el anecdotario personal trasciende a un universal, y lo hace un sentir adolescente, donde ellos se definen por un nosotros somos o ellos son, una tribu a la que pertenecen o a la que no pertenecen.

Hacemos pogo, que no es lo mismo que bailar pero se parece. Hacemos pogo porque eso nos hace nosotro sin “S”, porque te deja poco aire saltar. Estamos juntos, en un enjambre que no tiene nombre: porque so vo, somo nosotros, somo la masa enardecida, la turba enfurecida, y estamos calientes, estamos bravos.

Con ganas frote, de salto, de roce y de canto.

Hacemos pogo porque es la arenga colectiva, lo que nos queda de los revolucionarios y nos sostiene la vida. Los pogo bancamos la parada, puteamos a la yuta, a la yuta hija de puta, y a todo género de ortiva que quiera domesticarnos. Somos la masa informe que defiende al mundo de la esperanza vencida, la fuerza joven que salta, se frota y se transforma en energía. Somos el rito, somos el grito, somos la locura.

Por un gol, por la música, por nuestros derechos, para ver si el mundo vibra y nos sacude la monotonía.

Somos amigos, somos amantes, somos militantes.

Si, si señores yo soy del pogo, si si señores, del pogo soy (Gresores, 2017) Mea culpa En una entrevista reciente, a raíz de la publicación de su novela Este es el mar, Mariana Enriquez hablaba de los adolescentes con estas palabras: …Creo que están buscando cuál es su lugar de poder.

Porque saben que lo tienen, pero no tiene un nombre, ¿no? Están en una especie de masa medio sin nombre. Entonces hay cierta furia, cierta violencia, en ese impulso de buscar una especie de individualidad poderosa. (Yuszczuk, 2017) Efectivamente, la de los adolescentes suele ser una mirada salvaje y certera del mundo, arte de necesidad y exorcismo, arte de emergencia.

Hace unos meses leí Este es el mar. La compré para mi sobrina de 14 y quise leerla antes. Yo tengo un gran recuerdo de la primera novela que leí de Mariana en mi adolescencia, Bajar es lo peor, primero la leí yo, y después nos juntábamos con mis amigas, para hacerlo. Las chicas éramos un monstruo pegajoso, una masa homogénea y doliente de mil cabezas. Una leía y la demás escuchábamos mientras nos hacíamos lo que llamábamos muni muni, una especie de torre humana donde ejercíamos en cadena, sobre el cuerpo de la más cercana, un masaje mezclado con pellizcos que producían dolor y por supuesto placer.